Regar las estrellas
Algunos apuntes sobre Héctor Vargas
Ruiz
[La Laguna, 1972 – Santa Cruz de Tenerife, 2014],
acompañados de una breve
selección de su poesía.
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Foto: Gemma Mederos
|
Nacido
en 1972 en La Laguna, Héctor Vargas cursó sus estudios de secundaria en el
instituto Poeta Viana, situado en Santa Cruz de Tenerife. Allí se destacó como
colaborador en los programas de Radio Poeta, una pequeña emisora de radio que
mantenía el instituto en aquella época. No tardaría en vincularse estrechamente
a la actividad de algunos locales míticos de La Laguna, entre ellos el Blues
Bar (antaño conocido como Blues de Bar) y el Café Siete, convirtiéndose en una
figura conocida en el entorno artístico de la noche lagunera: de este modo,
colaboró en numerosos eventos como lecturas, recitales de poesía y música,
actuaciones teatrales y cuentacuentos. Esta actividad coincidió con un periodo
en que la vida cultural de La Laguna se desarrolló con especial intensidad, entre
mediados de las décadas de 1990 y 2000, pese a llevarse a cabo con frecuencia
en espacios ubicados al margen de las instituciones oficiales de la cultura.
A lo
largo de su vida, trabajó como administrativo en diversas empresas, pero la
literatura fue siempre su verdadera vocación. Héctor publicó poemas, relatos y
ensayos en diferentes revistas de carácter alternativo o surgidas en los
ambientes estudiantiles de la universidad de La Laguna, como Anochece que no es poco, Assabiya, El Brinco, Lagenda, Lagotera, La Tapa, Papel Mojado, QM y Raciocidio. También formó parte de dos grupos de teatro
universitario: Teatro Negra (1995-1996) y Teatro.es (2004). La escritura de
Héctor se vio reconocida cuando ganó el Premio de Poesía Ciudad de La Laguna en
el año 2000 con su libro Crepitaciones
(Ayuntamiento de La Laguna, 2002). Unos años más tarde saldría a la luz su poemario
Entropía de bolsillo (Ediciones Idea,
2007). Estos dos volúmenes de poesía constituyen sus únicas obras individuales que
se han impreso hasta la actualidad. No obstante, algunos de sus textos
narrativos pueden encontrarse en varias antologías de relatos breves, como los
libros Acrobacias (Asociación
Beecham, 2003), Lunátic@s (Asociación
Beecham, 2005) y Relatos del Blues Bar (Baile
del Sol, 2007). En sus últimos años siguió desarrollando su faceta de actor
teatral, sobre todo en las llamadas Misceláneas del Café Siete (veladas de
literatura, teatro y música que se celebraban cada quince días en este local),
hasta su fallecimiento, que tuvo lugar en Santa Cruz de Tenerife en mayo de
2014.
Su
poesía otorga un carácter decisivo a la expresión oral, más allá de todo
academicismo, enlazando con autores como Blas de Otero, Gabriel Celaya o José
Agustín Goytisolo, pues Héctor la concebía como un género destinado ante todo a
leerse en público. Consciente de que los orígenes de la poesía se encuentran en
la oralidad, convertía el acto de recitar en todo un espectáculo lleno de vida,
rescatando la creación poética del frío mortal de los depósitos de libros y de
los salones institucionales donde pone sus huevos la carcoma. Solía decir que
se veía a sí mismo como un juglar cuando subía al escenario de cualquier local
de La Laguna para leer sus poemas, llevando siempre un característico sombrero,
con el que se transformaba en un personaje literario para unir la poesía y el
teatro de forma indisoluble. Sabía crear una profunda afinidad con el público
gracias a su carisma en las tablas, pero nunca manifestaba una actitud
intimidante, sino siempre acogedora, ganándose la simpatía de la gente desde
que el espectáculo comenzaba. Por este motivo se le podría considerar como un
animal de la escena, que demostraba un gran dominio de la actuación y
aprovechaba todas las posibilidades de la improvisación teatral, con un fuerte
gusto por el humor absurdo y los equívocos verbales.
Por
encima de todo buscaba la emoción directa en la poesía, lo cual también se
reflejaba sobre el escenario: sensitivo, delicado, tierno, poseía una hermosa
voz y recitaba sus poemas con una cadencia especialmente melodiosa, manejando
con maestría las inflexiones vocales para adecuarlas al tono de cada verso, de
cada frase, de cada palabra. Por las tardes se le podía encontrar escribiendo en
los cafés culturales de La Laguna, como el Época o el Siete, o dando un paseo
por las calles de la vieja ciudad para descubrir la poesía a la vuelta de
cualquier esquina, en los verodes[1] que crecen sobre los
tejados, en el vuelo fugaz de las palomas o en el rostro de la joven estudiante
que camina hacia la universidad con sus libros en la mano. Pero en las horas
nocturnas, cuando desarrollaba su trabajo como actor, su personalidad afloraba
con más nitidez que en cualquier otro momento, pues le gustaba la noche y a
menudo se abandonaba a sus poderes magnéticos, recorriendo sus pasadizos
secretos bajo el fulgor de las estrellas. Sin lugar a dudas, puede afirmarse
que vivió como un poeta, guardando un compromiso incondicional con la poesía,
pues sentía la obligación de decir la verdad en la escritura, la carga moral de
revelarse a sí mismo con absoluta sinceridad, más allá de las imposturas
estéticas y los discursos ideológicos de cartón piedra.
En
el trato personal se destacaba por su calidad humana, siendo, como diría
Machado, en el buen sentido de la
palabra, bueno; y aunque los ritos sociales impongan que se hable de todos
los muertos en términos semejantes, por más odioso y despreciable que resultara
el difunto en su vida, en este caso no se puede faltar a la realidad de los
hechos. Héctor sabía ser y estar en toda ocasión, haciendo gala de una
amabilidad extraordinaria incluso en los momentos más difíciles de su vida, que
no dudaba en compartir abiertamente con sus amigos más cercanos, y con
frecuencia se comportaba de forma servicial hasta el punto de la abnegación,
pues no le importaba perjudicarse por ofrecer su ayuda a los demás. Mantenía
una intensa vida social gracias a su carácter extrovertido, pero en el fondo
pertenecía a esa clase de personas que, pese a disponer de una gran facilidad para
las relaciones humanas, también pueden mostrarse reservadas en público. Su
voluptuosidad alegre, que se traducía en un hedonismo libre de culpas y
remordimientos vanos, le permitía disfrutar del presente con especial
intensidad, pues, como dice Montaigne en sus Ensayos, hay que retener con
todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años
nos quitan de entre las manos unos después de otros. De hecho, Héctor sólo temía los
agravios de la vejez, la decadencia física y mental que los años traen consigo;
y pese a sus caídas recurrentes en la melancolía guardaba siempre un carácter
jovial, con una maravillosa disposición a reírse de todo y una vitalidad
increíble, que sabía cómo ver la luz escondida tras en las situaciones más
oscuras y servía de columna moral a sus amigos y conocidos cuando necesitaban
un hombro para sostenerse.
Respecto
a sus convicciones personales, solía definirse como racionalista y ateo, pues
no creía en la trascendencia en el sentido cristiano de la expresión; en cambio,
la única forma de trascendencia para él consistía en reintegrarse a la
naturaleza después de la muerte, por lo cual mostraba de forma inconsciente una
sensibilidad cercana al panteísmo. No en vano Spinoza, el gran panteísta, fue
acusado de ateísmo con vehemencia por sus contemporáneos, y aún algunos
historiadores de la filosofía lo consideran como un ateo encubierto. Amaba la
naturaleza, pues le gustaba bañarse en las aguas atlánticas y andar por las
veredas de los montes. Su poesía refleja a menudo el paisaje de Canarias, que
le inducía un estado contemplativo, sobre todo en su vertiente marítima; y en
algunas ocasiones incluye referencias a la cultura aborigen y popular del
archipiélago, pero no desde una identidad nacionalista, sino desde la inmediatez
y la frescura de quien se acerca a los orígenes de su tierra con una mirada carente
de prejuicios.
La
muerte de Héctor se sintió como un enorme vacío entre sus amigos cercanos,
quienes no han dejado de extrañar y recordar su presencia desde entonces. Quiso
el azar o la necesidad que poco después de su fallecimiento abriera sus puertas
en La Laguna el Atelier des fous, un
café-librería que mantuvieron el poeta Sergio Barreto y su pareja, Mónica
Mederos, durante casi un año, desde junio de 2014 hasta abril de 2015. En una
columna del local, Sergio decidió escribir de arriba abajo un verso de Héctor (Jamás pienso olvidarme de regar las
estrellas), como homenaje a quien había sido una de sus mejores amistades.
En mi faceta de pintor y dibujante aficionado, le propuse que me dejara hacer
una pequeña pintura mural en torno a aquel verso y le agradó la idea. Pasé
varias tardes dando forma a aquella pintura, subido a una silla y con mi caja
de óleos sobre una mesa adyacente, mientras los clientes del café detenían sus
miradas en mi trabajo. La obra representaba un niño (se trataba de un símbolo
del propio Héctor, pues en el fondo había sido un niño grande toda su vida, sin
perder jamás la inocente lucidez que caracteriza a la infancia) subía al cielo
de la noche, pintado en un brillante azul oscuro, por una escalera de mano
plantada en un paisaje de colinas verdes. Encaramándose de este modo a las
alturas, el niño echaba agua a las estrellas con una vieja regadera de latón,
mientras un brote de laurel crecía al pie de la escalera. Por desgracia, la
crudeza de la recesión en la que España todavía navega a la deriva, gracias a
los mercaderes del sufrimiento ajeno, obligó a que el Atelier des fous cesara su actividad y el mural desapareció con el
cierre de este café, aunque se conservan algunas fotografías que dan cuenta de
su existencia. He aquí, en definitiva, la historia de Héctor, un hombre que
regaba las estrellas con su mano creadora, que supo hacer de su vida una obra
de arte. Ahora sólo cabe escuchar la voz del poeta con atención, recuperando su memoria y conociéndolo en
profundidad a través de su palabra.
Riéndome de mí
(la maravillosa medicina que todo hace
sanar)
En
fin, nuevamente volveré a dejar un puñado de crisantemos sobre la tumba de
aquel que fui. Me desperezaré un poco al salir lenta y torpemente de la
crisálida (ya lo comentaba Gregorio Samsa: las metamorfosis son siempre algo
molestas y un tanto repulsivas). Y, hasta la inminente ocurrencia de la próxima
mutación, me ocuparé en ajustar los sistemas de defensa, cerrar herméticamente
cada arriesgada escotilla, rebosar los pulmones de viento, alzar el periscopio
por encima de las nubes, municionar la sincera recámara de sonrisas y, previa
apertura de la cajita de los demonios de bolsillo, lanzarme otra vez al
disfrute de la excitante y ardua lucha que es vivir hasta lo hondo. Inmersión.
Je, je, je...
(De
la revista La Tapa: nº 16, septiembre
de 2003)
Ansiadas vacaciones
necesito
unas vacaciones
y
alejarme de mí por un tiempo
y
marcharme de mí adonde no pueda encontrarme
y
viajarme más allá del horizonte de mis recuerdos
no
sé cuánto ni cómo
pero
alejarme
y recostarme
plácidamente en la hamaca del olvido
quizá
un segundo
tal
vez mil siglos
o al
menos un metro
pero
alejarme y descansar de mí
(De Crepitaciones)
Oliéndote
tus
ojos derraman caricias en mi orilla
espantando
a la muerte
eres
todo el océano de todas mis venas
y
aún más
eres
oasis de líquida sombra refrescante
en
el desierto árido de mi arena
tu
piel es la sábana
la
sábana sincera
con
la que ansío arropar cada instante
de
mis huesos
tu
corazón es el latido
latido
inmenso
que
expande nuestra carne
más
allá de cualquier tierra
puedo
olerte aquí
aquí
dentro
tierna
y acurrucada
puedo
leerte en temblores soñolientos
puedo
escribirte con las sangres de mi pecho
para
que tú recites
hasta
que nos zozobre el alba
(De Crepitaciones)
Tengo que vivir
En recuerdo de David,
buen compañero
de trabajo, buen amigo.
sé
que moriré que muero que estoy muriendo
lo
sé
pues
desde antes muero
ahora
muero un poco
y el
otro poco morirá después
siempre
muriendo
yo
lo sé
sé
que a cada mudo segundo
las despiadadas
ratas fétidas del hondo sepulcro
la
fragilidad de mis huesos van royendo
sí
lo
sé
a
veces lenta
a
veces rápida
y
siempre constantemente
indiferentes
a mi risa o a mi llanto
persistentes
en
su aliento de arrancarme todo aliento
de
vida
hurgando
en mis entrañas noche y día
día
y noche carcomiendo mis cimientos
transitando
en mi vigilia
o
indagando entre mis sueños
poco
a poco voy muriendo
yo
lo sé
pero
no
no
no
quiero
me
niego a ser esclavo carcomido de brazos cruzados
estatua
impasible ante su herrumbroso derrumbe
inminente
inevitable
no
quiero
vociferar a la muerte
quiero
aullar desde el fondo de sus oscuros oídos
severos
sordos
mustios
sórdidos
fríos
y
gritarle
vete
aléjate
márchate
a esperar tu turno
que
aún me quedan olores por ver
que
aún colores me restan por oler
amaneceres
melodías atardeceres mediodías
por
sentir
un
millar de palabras por escuchar y por decir
cientos
miles millones más por hacer
y el
amor
anhelando
enraizar
ansiando
florecer
sí
debo
vivir
deseo
vivir
tengo
que vivir
(De Crepitaciones)
Cerveza, nicotina y blues
A mi hogar y refugio nocturno:
el Blues de Bar.
La
noche pasea coqueteando por las calles
y
penetra al interior del bar. Pulula
entre
decenas de espaldas empapadas
en
sonrisas y en alcohol, macerándose
por
el néctar seductor de la oscuridad.
De
su propia nocturnidad se embriaga la noche
y
lentamente se nimba de nicotina amarillenta.
Desperezándose
y esparciéndose
a
sus anchas.
Nos
envuelven
los
efluvios sangrantes de un blues.
Como
un caramelo amargo,
como
un dulce humo pegajoso.
Introduciéndose
en los intersticios
impregna
de caricias y arañazos todos
y
cada uno de nuestros más oscuros
rincones.
Tambaleándose
deambula
un
borracho,
acompañado
de su soledad
y
esa atávica felicidad etílica.
Cada
noche tiene su borracho.
Muchas
veces soy yo
ese
borracho.
Y
tanteando en el sótano de los instintos
y
tonteando con mis naufragios y sirenas,
deambulo
solitario y tambaleante.
Porque
sea como fuere,
en
cualquier lugar entre
el
ocaso y el alba,
cada
noche tiene su borracho.
(De Entropía de bolsillo)
No lo permitiré
Que otros practiquen –si les divierte–
idiosincrasias de felpudo.
Que otros tengan para las cosas una sonrisa de
serrucho, una mirada de charol.
Oliverio
Girondo
Jamás
pienso olvidarme de regar las estrellas,
ni
de esparcir millos[2]
para que picoteen las mariposas.
No
voy a dejar que arraiguen en mis miembros telarañas
y
nunca permitiré que el olvido me recuerde.
Mis
ansias no se agotarán de perseguir cada rodante
y
sonante primavera, totalmente desnudos
mis
prados otoñales, con sus fronteras abiertas
a
todos los huracanes, besos, lluvias, soles y caricias.
Con
mi corazón desencajado de sus quicios
y
empuñando siempre y siempre y siempre
un
risueño e iridiscente sonajero de sorpresas.
(De Entropía de bolsillo)
Cuestión de preferencias
Tú
puedes decir: espíritu, alma, etéreo…
Yo
prefiero sencillamente:
cartílago,
carne, mucosa, nervio, hueso.
Podrás
hablarme del cielo o del infierno.
Por
mi parte alegaré tierra y océano.
Podrás
tú enumerar
las
doctrinas y el sacrificio, la redención y el pecado.
Llanamente
yo responderé:
el
huracán candente de la palpitante pasión.
Puedes
nombrar la eternidad y el infinito.
Entonces
contestaré:
el
manantial de una flor brotando de una tumba;
el
amanecer ardiente de un microorganismo inquieto
parido
desde las entrañas del ocaso frío;
un
hijo con los labios de su madre,
con
los ojos de su padre;
un
amigo recordándote…
Tú
podrás afirmar indiscutible y categóricamente:
dios.
Yo
humildemente escojo,
entre
vivas libertades y sangrantes incertidumbres,
la
palabra hombre.
(De Entropía de bolsillo)
Decisión
Lo
he decidido:
mañana
voy a vestirme de vida;
aún
la noche es negra y ya me muerde la impaciencia.
Está
decidido:
me
pondré una camisa infinitamente celeste,
con
su estampado de algodonosas nubes
y
sus botones de brisa evanescente;
me
enfundaré el pantalón oceánico,
con
sus fragantes perneras de sal espumosa
y
los bolsillos repletos de arena;
me
calzaré unos zapatos de tierra blanda,
con
sus cordones fértiles,
con
sus suelas recién regadas.
Lo
tengo decidido:
tomaré
el bastón de ir siempre adelante,
y
cubriré mi cabeza con un sombrero verde y florecido,
que
mantenga encerrado en su sombra
a
todos mis pensamientos sombríos.
Luego,
me mirarán mis ojos
desde
la ventana del espejo,
y sonreiré
y sonreiré y sonreiré…
hasta
que emane de mi rostro
la
ardiente luz del alba.
(De Entropía de bolsillo)
Ramiro Rosón


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