El mito de T. E. Lawrence
(“Lawrence de Arabia”)
Aunque T. E. Lawrence
(1888-1935) quiso enconadamente dejar de serlo, su vida y posteridad han
mantenido a ese hombre vario como “Lawrence de Arabia”. Hijo ilegítimo de
un noble apellidado Chapman, Thomas Edward Lawrence quiso primero ser arqueólogo
(eso motivó sus primeros viajes a Oriente Medio, antes de la 1ª Guerra Mundial)
y quizá ello -su interés en el mundo árabe, su conocimiento de la lengua-
hizo que entrara en el ejército británico como asesor de asuntos árabes y fuera
mandado a informarse de lo que se llamó “la rebelión árabe” contra el Imperio
otomano, dominador antiguo de toda esa zona. Nadie podía sospechar, al
principio, que ese oficial de información, con la ayuda del emir Faysal, se
convirtiera en el verdadero cabecilla y alma de esa revuelta de los árabes
contra los turcos, saboteando el ferrocarril que unía Damasco con Medina,
tomando el estratégico puerto de Ákaba y finalmente apoderándose de Damasco, ya
como el aclamado y mítico “Lawrence de Arabia”. El librito que acaba de editar
Playa de Akaba, “Camino de Ákaba. Cartas, enero-agosto de 1917” con traducción
y prólogo de Lorenzo Silva, por breve que sea, nos ilustra del momento en que
Lawrence está emprendiendo la gran aventura de su vida…
Claro que no faltará quien
diga que aunque de esa etapa dura y a veces cruel, salió su gran libro “Los
siete pilares de la sabiduría” (1922) dedicado con un bello poema inicial al
muchacho árabe -ya muerto- que había sido su
peculiar amor, “Dahoum”, Lawrence se sintió un traidor a los árabes, porque el
reino árabe no se cumplió, y en su lugar, Gran Bretaña y Francia ocuparon o
tutelaron buena parte de lo conquistado a los turcos. La causa árabe fue
engañada y ello resultó un gran daño para el carácter en parte masoquista de
Lawrence, que tampoco vio (pese a la fama mundial) recompensados sus esfuerzos.
En 1927 publicó “Rebelión en el desierto” que es una versión muy abreviada de
“Los siete pilares…” haciendo que predomine la acción sobre la reflexión. En
ese momento el coronel Lawrence como simple soldado (Shaw de apellido) se había
alistado en la RAF. De su experiencia cuartelera salió un libro titulado “El
troquel” que se publicó poco después de su muerte, como bastantes de sus
cartas. Quien tanto y tan acre había guerreado, murió en un accidente de moto
en la campiña inglesa en 1935, con 46 años. Amigo de ilustres políticos como
Churchill (que lo admiraba)
Lawrence era un hombre sin salida. Había traducido
la “Odisea” para una editorial norteamericana, le esperaba la arqueología, la
historia o la literatura, pero parece que él –con muchos momentos depresivos-
sólo se buscaba a sí mismo en el anonimato, en la necesidad de sufrir y al
tiempo hacer, en el estudio enfrentado a su sexualidad no clara o no del todo
aceptada, en muchos sentimientos de culpa (su familia, los árabes) y sobre todo
en el anhelo de olvidar a “Lawrence de Arabia” aunque –como se intuye en estas
cartas- la aventura que iniciaba fuera lo más grande de su muy extraña vida.
Luis Antonio de Villena


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