ÚLTIMAS PALABRAS
EN LA CAMPANA DE CRISTAL
La catarsis de Sylvia
Plath
Seguramente cuando
Sylvia Plath (Boston, 1932–Londres, 1963) se propuso ir a la cama la noche del
10 de febrero de 1963, ni ella misma pensaba que a la mañana siguiente, después
de preparar cuidadosamente el desayuno a sus dos hijos y asegurarse de que nada
les iba a pasar, levantaría una suerte de búnker en su cocina y abriría el gas
que firmó su muerte aquel día. Qué pensó entonces sigue siendo un misterio.
Qué lleva a quitarse la
vida a alguien que se dedica a su pasión –en este caso escribir–, que goza de
un reconocido prestigio, que, además, se encuentra en la etapa más productiva,
más fértil, de toda su carrera. Alguien que ha cumplido otro de sus sueños –el de ser madre–, que acaba de tener a su
segundo hijo y que tiene la suerte, además, de estar viviendo en la casa donde
vivió Yeats, algo que le fascinaba. Supongo que esa pregunta sería más
conveniente formulársela a un terapeuta, pero me imagino que debía haber algo
en ella, algo dentro que no tenía por qué ser una causa concreta o real, que la
empujó a tomar esa decisión. Se ha hablado mucho acerca de este asunto, existen
innumerables teorías al respecto; puede que la de que alguien lleve escrito en
su código genético esa predisposición a terminar con todo por cuenta propia no
sea una idea tan descabellada.
Su entonces marido, el
poeta Ted Hughes, escribiría al conocer la noticia: «Lo que pasó esa noche, en
tus horas,/nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido./ La acumulación de
toda tu vida,/como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento/que pasa
lento, que atraviesa la membrana de un segundo/hasta el siguiente, ocurrió/sólo
como si no pudiese ocurrir,/como si no estuviera ocurriendo».
Su matrimonio había
fracasado, Ted la había abandonado por otra mujer, una poeta israelí que,
curiosamente, acabó del mismo modo que Plath. Que esta fuera una de las razones
para la decisión de la norteamericana es una cuestión bastante obvia. Su
devoción por su marido, como hombre y como poeta, era inmensa. Estigmatizar a
Hughes por su infidelidad tampoco es acertado, Sylvia Plath ya arrastraba toda
esa carga desde hacía años, y antes de conocer a Ted ya había tenido varios
intentos de quitarse la vida. Quizá sea más coherente reprochar a Hughes su
actitud al morir su mujer; que fuera él quien preparara y seleccionara la obra
de Plath para publicarla de una manera distanciada que le permitiera sacar el
mayor rendimiento a la muerta. Lo cierto es que tuvo suerte en ese aspecto,
Sylvia no había publicado nada prácticamente en vida, únicamente El coloso y su única novela terminada, La campana de cristal, la cual publicó
tan sólo un mes antes de suicidarse y bajo el seudónimo de Victoria Lucas. Por
tanto lo tuvo bastante fácil, el resto de obra de la norteamericana estaba
guardada. A pesar de esto, le debemos a Hughes haber dejado salir a la luz su
obra, aunque inicialmente cambiara incluso la forma en que Sylvia la había
dispuesto.
En entrevistas
posteriores a su entorno más cercano se advirtió una reacción general de
desconcierto, de sorpresa ante la decisión de Sylvia Plath. Decían de ella que,
a pesar de su tendencia al aislamiento, se había mostrado como alguien muy
vital, especialmente en sus últimos meses, donde hablaba de proyectos, de
futuros viajes. Es justo en esos meses donde goza además de un periodo
extraordinario de creación; su poemario Ariel,
la que sea quizá su obra más madura, lo compone prácticamente en esos meses
previos, en los que se ha llegado a decir que escribía “al borde mismo de la
histeria”. Plath llegó a decir que todos esos poemas tenían algo en común:
todos estaban escritos en torno a las cuatro de la madrugada. Quizá esto se
debiera a que Sylvia tomaba ansiolíticos y es más o menos a esa hora cuando
empiezan a desaparecer sus efectos. Por lo que vemos que, tras esa vitalidad,
se escondía precisamente el reverso de esta. Trataba quizás de sacar todas sus
ganas de morir, como si dejándolas en el papel pudiera librarse de ellas. Lo
que está claro es que, a veces, el aparente orden, la perfección, sólo esconde
un desastre y un caos interno imposible de controlar.
Morir
es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación.
es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación.
(De Lady Lazarus, de Ariel)
Llevaba toda la vida
preparándose para esto. Había probado suerte con anterioridad pero sin éxito.
Es probable que hasta entonces no lo hubiera intentado a conciencia, que solo
se tratara de meras pruebas, de “borradores” de su propia obra; Sylvia ponía
todo su esmero en la perfección, no dejaba nada al azar y fallar no entraba
dentro de sus posibilidades. Muchos son los amigos y conocidos de la escritora
que insisten en su persistencia en que todo fuera perfecto. Hughes, su marido,
explicaría más tarde que parte de la producción poética de Plath se había
perdido por este motivo; prácticamente todos los poemas anteriores a su libro El Coloso fueron destruidos por ella
misma al no encontrarlos lo suficientemente buenos.
«Quería estar donde
nadie que conociera pudiera llegar jamás».
La escritora de La campana de cristal dejó patente en su
única novela terminada cómo se sintió a lo largo de toda su vida, «para la
persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé
muerto, el mundo mismo es la pesadilla».
Ella estaba dentro, y encontró la
salida haciendo trizas el vidrio que la rodeaba –una clara declaración de
intenciones–, lo destrozó de tal manera que ya no cabía la posibilidad de
reconstruirlo.
Hay pasajes en su novela
verdaderamente explícitos hasta el extremo sobre las fantasías de la
protagonista, Esther Greenwood, de cómo llevar a cabo su idea. Habla de ello,
además, con una total y absoluta normalidad, como si simplemente contara lo que
cenó la última vez. Piensa en ahorcarse, en adentrarse en el mar y ahogarse. En
un momento cuenta: «Me había encerrado en el baño y llenado la bañera con agua
tibia y sacado una hojita Gillette. […] Pensé que sería fácil, acostada en la
bañera y viendo el rojo florecer de mis muñecas. Flujo tras flujo, a través del
agua clara, hasta que me hundiera para dormirme bajo una superficie llamativa
como las amapolas». En otro, pensando en lanzarse al vacío: «El problema al
saltar era que si uno no subía el número apropiado de pisos aún podía estar
vivo cuando tocara el suelo. Pensé que siete pisos debía de ser una distancia
segura». Incluso fantasea con el harakiri: «En Japón entendían las cosas del
espíritu. Cuando algo les salía mal se arrancaban las entrañas. Traté de
imaginar cómo procedían. Debían de tener un cuchillo sumamente afilado. No,
probablemente dos cuchillos sumamente afilados. Luego se sentarían, las piernas
cruzadas, un cuchillo en cada mano. Luego cruzarían las manos y apoyarían la
punta de un cuchillo a cada lado del vientre. Tendrían que estar desnudos o el
cuchillo se les atascaría en la ropa. Luego, con la velocidad del relámpago,
antes de tener tiempo de pensarlo dos veces, se enterrarían los cuchillos y los
harían girar rápidamente, uno hacia la parte superior y otro hacia la inferior,
formando un círculo completo. Así la piel del vientre se desprendería, como un
plato. Y sus entrañas se saldrían y morirían».
Para entonces, tanto
Sylvia como Esther Greenwood, ya lo habían intentado con una sobredosis de
pastillas para dormir. Es importante separar ambas, aunque Sylvia utilizara a
este personaje para contar su historia, no deja de ser ficción, una novela;
aunque por desgracia la historia de Greenwood se basara sin lugar a dudas en
toda la experiencia de Plath.
Sometida a
electroshocks, internada en un centro de salud mental con la esperanza de salir
de esa crisis depresiva y nerviosa que estaba sufriendo, y que la acompañó
prácticamente toda su vida, en La campana
de cristal vemos cómo Esther finalmente vuelve a su vida, como lo hizo
Sylvia, pero también cómo lo hacía con miedo a que volviera a caer la campana.
Una campana que notaba suspendida sobre ella y que, alguna que otra vez, volvía
a encerrarla: «Dondequiera que estuviese siempre me veía bajo la misma campana
de cristal, ahogándome en mi propio aire enrarecido».
En realidad, no solo en
su novela, sino en toda su obra poética, Plath habló de su deseo de poner fin a
todo. Prácticamente todos sus poemas póstumos giran en torno a este
sentimiento. En Soy vertical dice: «seré/ más útil cuando por fin me una
con la tierra./ Árbol y flor me tocarán, me verán»; o en Últimas palabras, donde escribe: «Me conoceré a mí misma. Seré
noche/ y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de/ Istar».
Estos y muchos otros poemas ya lo anunciaban: cuando Sylvia Plath decidiera
irse, lo haría sin preguntar.
La mujer alcanzó la
perfección.
Su cuerpo
muerto tiene la sonrisa de la consumación,
la ilusión de una fatalidad griega
fluye en los pliegues de su toga,
sus pies
descalzos parecen decir:
hasta aquí llegamos, se acabó.
Su cuerpo
muerto tiene la sonrisa de la consumación,
la ilusión de una fatalidad griega
fluye en los pliegues de su toga,
sus pies
descalzos parecen decir:
hasta aquí llegamos, se acabó.
(De Filo, de Ariel)
Con solo treinta años
puso punto y final a su obra –una obra que contaba con más de 170 poemas, una
novela y otra empezada, seis cuentos, una obra dramática radiofónica y bastante
prosa diversa–, dinamitó la campana que la encerraba para ser desde entonces y
para siempre un mito. Allá donde esté ahora, debe sentirse orgullosa: la
campana está rota, por fin es horizontal, perfecta en su perfección y, para los
que conocemos su obra, brilla tanto como el rostro de la diosa babilónica.
María Marín



No hay comentarios:
Publicar un comentario