Siete razones por las que leer hoy a
(o lo que nos queda de) Arquíloco
Es cosa sabida que, cada vez que un comienza un nuevo año,
los medios de comunicación comienzan a hacer inventario de las efemérides
literarias que cabrá celebrar durante los siguientes meses. A las consabidas
celebraciones por el cuarto centenario de la muerte de Shakespeare o Cervantes
se suman otros nombres ilustres como los de Ramon Llull, Ruben Darío y un largo
etcétera.
Pero, puestos a celebrar, podríamos remontarnos (mucho) más
allá y desempolvar la memoria de un poeta sepultado en la historia de la
literatura occidental, y al cual ésta le debe más de lo que cabría imaginar. Y
digo "podríamos" porque, a decir verdad, cuando se trata de
reivindicar a autores tan enigmáticos y extremadamente añejos, las dataciones
se mueven en el terreno de la elucubración. A grandes rasgos se puede afirmar
que se cumplen (aproximadamente) 2.660 años de la muerte de Arquíloco de Paros,
poeta nacido en la isla griega de Paros cuando el siglo VIII a. C. agonizaba.
Es decir, debemos situarlo en el tiempo incluso antes que a Safo, que se dice
pronto, y antes incluso que cualquiera de los nueve autores (la propia Safo,
Alceo, Alcmán, Estesícoro, Anacreonte, Íbico, Simónides, Píndaro y Baquílides)
incluidos en la lista canonica de poetas líricos.
Comparte con la autora de Lesbos la mala fortuna que
corrieron sus escritos —conservándose únicamente un puñado de fragmentos
dispersos— pero, a diferencia de ésta, no fue incluido en tan ilustre lista.
Sin embargo, no faltan motivos para que merezca ser honrado o, al menos, leído
con curiosidad. Afirmaba Gerardo Losada que su mayor mérito consistía en haber
sido "el inventor de formas literarias nuevas:
elevó a categoría literaria el épodo, dio profundidad y madurez a la elegía y
creó la invectiva yámbica". Y, siendo cierto todo ello, Arquíloco
parece haber sido bastante maltratado por la historia. Ello se debería —afirma
Losada— a su carácter polémico y a sus habilidades difamatorias.
Píndaro (Píticas 2,54) acuñó el
término psogerós (regañador) para describirlo, y esta fama de crítico
zafado alimentó un prestigio sólido entre los comediógrafos y satíricos pero
provocó las reservas de la gente seria, que lo consideró inconveniente como
lectura en la escuela. Así quedó fuera del canon bizantino, camino obligado de
los textos de la antigüedad griega llegados a nosotros.
Pero a pesar de su manifiesta mala fama, se debe destacar
su condición de pionero en algunos aspectos que no son menores.
1- Es un poeta popular y, naturalmente, su sarcasmo y su
lenguaje obsceno —”pero tengo rotos los músculos del miembro”— son los propios
del pueblo llano, lo que le confiere un interés antropológico añadido.
Desligado en gran parte de la antigua tradición aristocrática o de autores
posteriores como Anacreonte, se debe a él "la elevación a la esfera del
arte de formas populares de expresión y sentimiento”, motivo por el cual muchos
de sus versos son aún conservados por la tradición oral de los actuales
griegos, del mismo modo que sucede en China con Li Po, o en el mundo árabe con
Abu Nuwás.
2- Es un poeta estoico antes incluso del
estoicismo. Más modesto en sus aspiraciones que otros autores más o menos
contemporáneos (Calino, Tirteo, etc.), defiende el valor de la ecuanimidad y de
una actitud serena ante los sinsabores de la existencia —"En las alegrías
alégrate y en los pesares gime / Sin excesos. Advierte el vaivén del destino
humano". Nada que ver, eso sí, con la rigidez moral de los estoicos
posteriores.
3- Es
un poeta guerrero. Debido a su origen humilde, su medio de subsistencia no
sería otro que la milicia, participando en las campañas militares contra las
ciudades rivales, y por ello se consideraba “a la vez, servidor del divino
Enialio / y conocedor del amable don de las Musas”. Por lo tanto ni Byron, ni
Garcilaso, ni Manrique, y ni tan siquiera Esquilo fueron pioneros en la
facilidad tanto para la pluma como para la espada.
4- Es
probablemente el primer poeta humorístico. Bastante conocidos son los versos en
los que narra con gran desparpajo el modo en el que abandona su escudo para
conservar la vida en un combate —"Algún sayo alardea con mi escudo, arma
sin tacha, / que tras un matorral abandoné, a pesar mío. / Puse a salvo mi vida
¿Qué me importa el tal escudo?"—, algo castigado con el descrédito o la
muerte (conocido es el caso de Esparta) en la mayor parte de las ciudades
griegas. Este motivo, por cierto, sería copiado por Horacio —gran admirador confeso de Arquíloco— siglos
después, tras su propia deserción en la batalla de Filipos.
5- Es
el primer poeta antiheroico. Es él quien empieza a enterrar los antiguos
ideales de la épica, puesto que no lucha por motivos patrióticos ni por
antiguas rivalidades respecto a los pueblos de las islas vecinas: lo hace
debido a la pobreza de Paros —“Oh conciudadanos míos, escasos en recursos:
prestad atención a mis palabras”—, como un mero medio de subsistencia. Por eso
afirma que “Ningún ciudadano es venerable ni ilustre / cuando ha muerto. El
favor de quien vive preferimos / los vivientes. La peor parte siempre toca al
muerto”. No contento con ello, le gustaba alardear de su cinismo durante los
banquetes.
6- Es
pionero en la expresión poética individual. Es decir, gracias a su ejemplo el
poeta deja de ser un mero transmisor de un relato ajeno para reivindicarse a sí
mismo como un ser susceptible de historicidad. Como diría Joan Ferraté, la suya
es una poesía "en el sentido de la sujeción del hombre a lo cotidiano, del
secuestro del mismo dentro de la mutabilidad de los días y sus afanes. La
circunstancialidad, por no decir historicidad, de la vida humana, formulada con precisión
ejemplar". Sus composiciones, de hecho, combinan una marcada personalidad
con un remarcable elemento social.
7- Es
el primer poeta de la tradición realista. Las reflexiones previas o posteriores
a la batalla, las charlas simposíacas, las exhortaciones a sus compañeros a la
bebida con tal de reunir el valor necesario... La evocación de todas estas
situaciones hacen partícipe a Arquíloco, mediante la reivindicación de lo
concreto, de la transformación de lo mundano en material literario de primera,
y lo convierten en un autor decisivo para la poesía posterior. No hay más que
leer sus versos sobre la guerra, alejados de cualquier idealización belicista:
“Siete son los muertos, que a la carrera alcanzamos, y los matadores somos
mil”.
Por
cierto que moriría nuestro poeta, quién sabe si en circunstancias similares, en
una de tantas batallas contra sus vecinos naxios. Parafraseando a otro griego
algo más cercano como Yorgos Seferis, de Arquíloco podríamos decir:
Nadie
lo recuerda.
Justicia.
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Miguel Pérez Montagut (Gandía, 1983) es licenciado en Humanidades y defenderá a finales del presente año su tesis doctoral titulada Vitalismo y poesía en el postfranquismo: un estudio de casos. Ha participado en el libro colectivo El pensar poético de Fernando Pessoa (Manuscritos, 2010), así como en diversos congresos de la geografía española y en algunos medios digitales. Algunos de sus poemas han sido publicados en las revistas Cuadernos del Matemático y Qí.






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