Acerca de los diarios de
Jaime Gil de Biedma
En
la reciente reedición de sus diarios, Jaime Gil de Biedma nos ofrece una imagen
mutante de sí mismo. Esto es debido a su dispersión en periodos distantes y
distintos. El primer diario es del año 1956; el siguiente, llamado Diario de Moralidades, comprende los
años que van desde 1959 hasta 1965; luego, dan un salto hasta el de 1978; siendo
el último el de 1985. La variedad en los mismos no viene dada solo por las
diferentes épocas de su vida en los que están escritos, por el cambiante tono
vital, sino también por el grado de interés que pone en ellos. Y es que su afán
de desgranarse literariamente en esos escritos no siempre es el mismo. En los
dos últimos, a menudo resulta esquemático, incluso desganado, dejando tan solo un
compendio de consignaciones escuetas; por el contrario, en el primero se
muestra más locuaz, más gustosamente descriptivo; en el diario de Moralidades,
lo que escribe es poco más que un diario de trabajo, una impúdica transcripción
del titubeante proceso que seguía la construcción de sus poemas.
Decía
Gil de Biedma que sus diarios los había empezado a escribir como un ejercicio
de adiestramiento. En ellos, desde sus primeras páginas, como en la vida propia
que perseguía, fue explícito y atrevido; aun mucho más que en su poesía, en la
que le parecía pertinente velar la evocación de sus momentos más sórdidos. Además,
la censura de su tiempo no le hubiera permitido algunas mostraciones. Por otro
lado, se había impuesto no descubrirle a su madre su condición de homosexual,
lo que supuso que estos diarios no pudieran publicarse hasta su fallecimiento.
Y es que en ellos abunda la explicitud de su vida disipada, de ese rasgo
constante de oscura búsqueda en los resortes ocultos de la existencia. La
trayectoria vital que nos describe está marcada por una bipolaridad entre lo
sensato – su trabajo en Tabacos de Filipinas, la ardua construcción de su obra
poética – y el seguimiento del apremio vital, traducido en borracheras, una
sexualidad libérrima, las amistades y los amoríos.
Las
páginas de estos diarios reflejan muy bien una autenticidad conflictiva. Sus a
veces arriesgadas palabras no son una confesión, sino un requerimiento de
verdad que siente y al que no se resiste. No se puede obviar su condición –
aunque remota – de publicables; no se puede omitir su vocación, en última
instancia, transitiva. Pero tampoco se intuye una necesidad de respuesta a lo
que en otro hubieran sido provocaciones. Gil de Biedma - tan promiscuo, tan
infiel - con su vida es honesto hasta la médula: consigo mismo y con los demás.
Se refleja en su escritura sin esperar nada: ni reprimenda, ni compasión o
indulgencia. El concepto que tiene de la existencia humana no es moral, sino
puramente vital, rabiosamente inmanente. Solo lo poético, surgido de sus
escasos detenimientos, es capaz de desdoblarlo fuera de su ser compacto.
Gil
de Biedma se dice a sí mismo y consiguientemente se abre a un incierto lector
que percibe una cercanía inusual y envolvente. Lo que narra, a cada paso, es la
fragilidad del vivir, su extraña consistencia. No lo contemplamos en sus muchas
euforias, sino en sus resacas, en los remansos que acrecen una voz susurrante
de dudas, percibidas sin apenas ser pronunciadas. Lo importante para él es
exprimir con fruición la vida, superar, en la búsqueda de la intensidad, sus
rutinarias excrecencias. Es un vivir ejecutado con riesgos, saboreado con
entregada apetencia.
En
el recorrido por estos diarios se aprecian las variaciones en el tono con el
que va percibiendo su vida. Primero, una juventud expectante, la creación
poética acaparadora, de sentido incuestionable. Luego, las relaciones
sentimentales variables, su valiente desnudez ante las inclemencias. Más tarde,
la enfermedad, la triste sumisión a la disciplina médica. De las pasiones a las
apatías, de vivir en el prolegómeno del futuro sonriente a encerrarse en un
presente que se detendrá en terrenos más inhóspitos. Una vida consumida,
disfrutada y sufrida, en las continuas exploraciones.
Su trabajo como ejecutivo es un
obstáculo para sus necesidades literarias. Se alegra de su tuberculosis porque
la prescripción de reposo le autorizará a una liberación productiva. En La Nava,
reflexiona: “O sea, que mi vida es casi un continuo soliloquio. Sin embargo, me
parece tan ajena, tan dada, como cuando estoy en la oficina: en ningún momento
la confundo conmigo…Yo trato conmigo y no encuentro más realidad que la que
encuentro en cualquier otro”. Uno es otro personaje de la realidad que atiende,
además del actor que la está sintiendo.
Lo que queda después de la poesía
es vivir, la juerga, un ir hacia delante sin freno. En el diario de 1978,
afirma que no considera que la vida sea un bien cuya conservación deba anteponerse
a todo, de lo que concluye: “No estoy de ninguna manera dispuesto a llevar una
vida más ordenada”. Es la vida como
vergel que hay que hollar con todas sus salvajes consecuencias. En ese año, ya
no se considera un escritor en activo: “Lo cual no sería malo – ni bueno- si no
fuese por el hecho de que, habiendo dejado de ser eso, no he empezado ninguna
otra cosa”. Se hace difícil imaginarlo en esa pasividad ágrafa. Nunca se prodigó
demasiado, pero, al menos, durante muchos años estuvo expectante de lo que
podía salir de su pluma. Ahora ya no. Es como si fuera otro. Y así es. Gil de
Biedma se va transformando, porque su virtud principal, su ímpetu temerario, va
mermando con el paso de los años.
Su vida, su resistencia desde la
precariedad, inmerso en los
sucesivos presentes, la extiende sobre unas páginas que lo son para sí mismo,
pero también para poder ser contemplada y comprendida. Más tarde, desde una
mirada única, retrospectiva, en la salvación de lo ya vivido, se sentiría al
fin expuesto – para bien y para mal- ante la certidumbre de lo inamovible. Los
demás, al leer estas páginas, nos sentimos un poco intrusos, observadores de
los secretos pensamientos que un cerebro, habitualmente, en su opacidad, nos
oculta.
No sé, si llegado a sus
postrimerías, mantenía lo que dijera más joven: “Comprendo que vivir
indefinidamente sería un tedio horrible, pero sé que si me dejaran a mí la iniciativa
no encontraría nunca el momento de marcharme”. En sus diarios de 1985, cuando
sus ingresos en un hospital de París, apenas manifestaba sino la molestia, la
adversidad de tener que estar enfermo; esta vez sí, de verdad “seriamente
enfermo”, y no como irónicamente titulara el diario de La Nava, cuando una
controlada tuberculosis le regaló el ocio literario. En ese inicio del
definitivo declive, lo que escribe no tiene mucha más entidad que la de unas
notas.
Su enfermedad se mantuvo en
secreto. No nos ha llegado lo que sentía cuando iba agrandándose la certeza de la
inminencia de su muerte. Antes de perder el entendimiento, en sus últimos años
de vida, me lo imagino afrontando su temprana decrepitud con un disgusto digno,
sin recurrir a soluciones ajenas, asumiendo la actitud que había elegido, esa
vocación de exprimir la vida sin cautelas, sabiendo que había que luchar contra
su imponderable connotación, sus reglas estrictas, mientras se iba dejando la
piel en los escondrijos de lo intenso. Mientras, sus poemas iban quedando
rezagados, lejanos, extendidos en su pasado; donados a la humanidad, como
objetos ajenos, definitivamente desprendidos de sus nuevas e inciertas creencias.
Javier Puig




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