AURELIO GUIRAO ETERNO

Hoy, día en que se cumple el vigésimo aniversario de la muerte
de Aurelio Guirao (Cieza, 1940-1996), es el elegido para redescubrir el genio,
la sensibilidad poética y la maestría en la composición del que fuera miembro
del Grupo de Literatura La
Sierpe y el Laúd. El entorno que propicia ese gozoso
redescubrimiento, compartido con los lectores, es la revista La Galla Ciencia. Ocasión
perfecta para reencontrarse con el poeta ciezano no como si fuera ya un
monumento de piedra, definitivamente ligado al pasado, sino como legado vivo.
Ahora que de casi todo hace 20 años, como decía Gil de
Biedma, se conmemoran dos décadas de su desaparición por si alguien no lo sabe
o no lo recuerda. Para La
Sierpe y el Laúd, sin embargo, sigue vivo porque no quiere
que lo entierren. Y es que mientras haya alguien dando la tabarra para que no
se le olvide, seguirá vivo. Se muere de verdad cuando nos mata el olvido. Los
aniversarios acaban convirtiéndose en la forma que adopta la mala conciencia de
una comunidad respecto a sus héroes, sumidos en el olvido, despertados por un
instante frenético, y sumidos otra vez.
Hasta la publicación de su obra completa, diría que Aurelio
era una asignatura pendiente para el lector murciano. La Sierpe lleva mucho tiempo acercándonos
la obra de quien es sin duda uno de los grandes poetas murcianos del siglo XX,
rompedor de formas y de fondos, alquimista de la palabra, incansable demiurgo,
el hombre que inventaba la vida verso a verso. En cualquier caso, nunca es
tarde si la dicha es mucha, que se dice. Por fin, el lector murciano puede
empezar a aprobar la asignatura Aurelio, algo que los miembros de este
colectivo literario llevan años aprobando.
Hombre de talento poliédrico, poeta fecundo, amigo de sus
amigos y poseedor de una exquisita personalidad, mientras escribía se aferraba
a la vida a través de la palabra. Y siempre fiel a los principios de su credo
poético. “Escribo porque me voy muriendo día tras día. Por el mismo acezante
impulso que obliga a escribir a otros numerosos poetas: el misterio de nuestra
corta estancia en este mundo del que nunca me sentiría saciado y en el que yo
querría, de nuevo, y para siempre, el paraíso”. No leemos a Aurelio Guirao. Nos
leemos en él.
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| Con el también desaparecido Manuel Dato, |
Fue una de las personas que, a comienzos de los años
ochenta, integraron este grupo de literatura. Todo comenzó en junio de 1980,
cuando varios jóvenes fundaron este colectivo, un sueño largamente acariciado
por Ángel Almela y otros ciezanos que ya venían de una aventura casi
clandestina, El Caimán. Dotado de un talento innato, participó en aquella nueva
aventura que removió la dormida vida cultural de Cieza. Sus compañeros tuvieron
ocasión de disfrutar de la inteligente conversación de quien se declaraba una
persona de otra época.
Sufrió la poesía en sus carnes y que poco supo de glorias y
mucho de goces y heridas. Escribía como si necesitase liberarse de muchas
ataduras. Hizo de su soledad la más honda compañía, la que inundó sus versos de
aspectos autobiográficos. En palabras suyas, “en principio, la soledad es una
maldición porque muy poca gente quiere estar sola. Pienso que nadie quiere
estar solo de una manera continua o sentirse no entendido por los demás. Pero
también es una bendición cuando alguien obtiene la soledad que es buscada”.
Entre los brazos ausente (1975), Creación de la culpa (1980), Ceguedad de la carne (1982),Del verbo vivir (1983) y Las horas no
enterradas (1990) son algunos títulos de una obra cuya importancia aún no ha
tenido el reconocimiento debido. Tras largo tiempo desasistida entre nosotros
vuelve a ser valorada como se merece en los últimos tiempos. Sus amigos
reunieron toda la poesía suya que encontraron. Así, diez años después de su
muerte, más de 400 páginas integraron en un tomo su Obra completa, libro publicado
por la Editora
Regional de Murcia.

Perdió a su primer y único hijo al poco de nacer. Todo ese
dolor pasó a su lírica. Ese dolor extremo del padre que pierde al hijo quedó
reflejado en su primer libro Entre los brazos ausente y más tarde en quizás su
mejor publicación, Creación de la culpa. Su sufrimiento supo interiorizarlo y
expresarlo en una poesía claramente existencial. Todo el mundo siente el dolor,
pero pocos saben describirlo. Sus poemas contienen una intensidad emocional que
sólo los poetas más grandes son capaces de regalarle al lector.
El enigma de la vida, la culpa, la soledad, el sufrimiento
de existir o el nacimiento repentino al mundo sin los rudimentos para
defenderse de él se muestran a su esencialidad más extrema en sus poemas. Esa
mirada que trata de penetrar en lo más profundo, interrogándose por los
conflictos básicos del ser humano. El hombre y su realidad en el mundo, su vida
que concluirá necesariamente en la muerte –ese gran enigma y todos los demás,
desde el amor y la alegría al sufrimiento, desde el conocimiento a la
perplejidad y la renovada incertidumbre- será lo que surja a través de sus
versos.
En sus poemas también cupieron emociones expresadas en
francés, su segunda lengua. Aprendió muchas cosas de la cultura francesa, pero,
la que más, a amar la libertad por encima de todas las cosas y a combatir todo
lo que la amenaza y contradice. Su biografía está hecha de esfuerzos
personales, construida en el aprendizaje permanente y mantenida por una
curiosidad intelectual sorprendente. Su nombre no despierta curiosidad por otro
tipo de mundanidades. Pocos como él trazaron un mapa de coordenadas tan
apasionantes para la lírica escrita en la Región de Murcia.
Ya que hemos hablado de su vida es inevitable volver a su
fin. Enfermó discretamente, con reserva, pero vivió y murió con desmesura. Con
la muerte rondándolo como una mosca, unos meses antes de su partida escribió lo
siguiente: “No haced mucho caso/ a quien ha gozado en la desdicha”. Aurelio se
movía con gran agilidad mental lo mismo en la luz que en las tinieblas, sin por
ello dejar de sentir pasión por la vida, que encuentra en todo su esplendor
amargo en la poesía de su admirados autores. Quería vivir por siempre, por los
siglos de los siglos.
Hay cosas que no se reflejan en su biografía, su semblanza
personal, y es que Aurelio poseía un don, un fulgor especial. Lo que no cuenta
su currículo es el profundo interés que tuvo siempre por los amigos. Peculiar
personaje, escritor febril, brillante y minucioso hombre de teatro, excelente
pintor, fue una extrañeza en su época y en su pueblo. Áspero y conmovedor,
tierno e irascible, amaba la poesía, la amaba hasta el desespero, la amaba con
esa generosidad extrema de quienes entregan la vida en un empeño.
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| Algunas obras pictóricas de Aurelio Guirao |
Disfrutó con todo y con todos, siendo él mismo una fuente de
gozo para los demás, que buscaron su sabia, ingeniosa y amena compañía. También
cosechó muchos desdenes en vida, tal vez demasiados, pero siguió batallando
siempre en pos de su designio, sin importarle la incomprensión de una época
ruin y oscura. “La vida suele traer muchas amarguras y la gente suele crearte
estados de angustia. Mi vida durante la niñez y la adolescencia fue muy
atormentada hasta que, a los 21 años, entré en la universidad y mi horizonte de
ver la vida varió bastante”.
Que su impronta y recuerdo no solo sirvan para reforzar lo
que une a todos los miembros del Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd, que es
mucho más que el amor incondicional a la poesía. Hoy en día muchos ciezanos
piensan que el autor de Bastaba tu silencio es el gran poeta de su pueblo
junto con María Pilar López (1919-2006). No está de más difundir este sentimiento
común en muchos de sus vecinos. Queda su obra. Para siempre.
Pascual Gómez Yuste



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