REIVINDICACIÓN DE LA
POESÍA NEGRA AMERICANA
En resumidas cuentas, la diáspora los dispersó, la
esclavitud los marginó, independencias y revoluciones los ningunearon, la
abolición dio paso a la segregación racial, a lo largo del siglo XX la retórica
de la integración los ha excluido y ahora la globalización los aboca a un
panorama inquietante en el siglo XXI: la antigua mano de obra esclava, barata,
ejército industrial de reserva, ya no es necesaria, son mero gasto.
Y componen, escriben esa experiencia de la historia. No es cosa de ahora. Desde mucho antes de las coplas del pregonero negro que cuenta Machado de Assis en su novela Don Casmurro. Juan Valera, secretario de la embajada española en Rio de Janeiro entre 1851 y 1853, dejó escrito en la Revue des Deux Mondes de 1855 que «como los negros son esclavos la mayor parte, no aprenden a leer ni escribir y solo oralmente pueden conservar los frutos de su imaginación; por lo que es difícil que haya en el Brasil una gran literatura negra, como ya la hay en Haití (...). Pero no hay duda en que, si no los negros, los mulatos son muy notables poetas en el Brasil, y en que los mejores poetas del Brasil son mulatos.»
Adelantado a su tiempo como en otros temas, en un
contexto esclavista y antiafricano que negaba a los negros incluso la condición
humana, Valera reconocía la gran literatura negra de Haití, al tiempo que
destacaba las presiones para que se abriera paso la literatura negra en Brasil,
por sus difíciles relaciones con la llamada literatura «nacional», entendiendo
por tal la literatura de la élite dominante, que identificaba nacional con
no-europeo, no-negro, no-indio. El juicio podría extrapolarse a otros países.
Un siglo después, poco había variado el cuadro general.
Con las excepciones de Jorge Amado, Alejo Carpentier o Lydia Cabrera, «lo
negro» está ausente en la obra de los más conocidos escritores del «boom»
latinoamericano, cuyas fuentes, influencias y preocupaciones son «blancas»
(aunque irónicamente el lugar más famoso de la literatura americana en español
sea Macondo, un topónimo localizable en media docena de países africanos).
Quizá como consecuencia de una tradición política y literaria caracterizada por
la desmemoria del pasado, cuando no de abierto rechazo a los negros, como fue
el caso de Borges. Una tradición que «no ve» la diversidad, que carece de
un proyecto integrador multirracial.
¿Podía haber sido de otra manera?
Quién sabe. Lo cierto y verdad es que aparte de las
fuentes, influencias y preocupaciones blancas, existieron también el Harlem
Renaissance o la idea de la Négritude, además de la oralidad y una
experiencia de la historia ajena a los discursos oficiales. Por eso fueron
surgiendo voces de los olvidados, poniendo sobre la mesa el pasado que no se
quería ver. Voces que conforman un nuevo sujeto, que pide sitio y viene a
repensarlo todo.
Existe poesía negra en todos los países americanos a
donde los europeos llevaron esclavos africanos. Es una verdad de Pero Grullo,
aunque hay que reseñarlo porque a estas alturas muchas antologías continentales
o de países determinados siguen publicándose como si no. Sería inconcebible una
antología de poesía norteamericana sin Maya Angelou o Langston Hughes;
nicaragüense sin Carlos Rigby o Yolanda Rossman; guatemalteca sin Guisela
López; hondureña sin Indira Flamenco o Yvonne Dennis; costarricense sin Shirley
Campbell; panameña sin Demetrio Korsi o Yvette Modestin; cubana sin Nancy
Morejón o Nicolás Guillén; portorriqueña sin Luis Palés o Ángela María Dávila
Malavé; haitiana sin Jacques Viau o Villard Denis/Davertige; dominicana sin
Manuel del Cabral o Mateo Morrison; jamaicana sin Claude McKay; guadalupana
sin Guy Tirolien o Sonny Rupaire; sin olvidar al Premio Nobel de St
Lucia, Derek Walcott; guayana sin Leon Gontran Damas; martiniquesa sin Aimé
Cesaire, Edouard Glissant; guyana sin Martin Wylde Carter; colombiana sin Mary
Grueso o Jorge Artel; ecuatoriana sin Luz Argentina Chiroboga o Yenny Nazareno;
boliviana sin Juan Angola; peruana sin Cecilia del Risco; brasileña sin Solano
Trindade o Conceição Evaristo; uruguaya sin Francisco
Moreno o Cristina Rodríguez Cabral; argentina sin Gabino Ezeiza o
Higinio Cazón.
Eso sin hablar del son jarocho de México, las décimas
de los países andinos, la literatura de cordel, la literatura periférica
emergente o la rica tradición oral vinculada a ritos y festividades. Y su
estrecha vinculación con la música y el canto desde el blues y el son caribeño
o el danzón a la tonada, el reggae, la samba, el
tango y el mundo del hip hop.
¿Qué diría hoy Juan Valera?
¿Encajan estas poesías hoy en esquemas nacionales,
fragilizados por la globalización?

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