Que un hombre semejante haya escrito ha aumentado el placer de
vivir en esta tierra.
Nietzsche
Como lector, se me hace difícil imaginar qué vida hubiera tenido sin Montaigne. Él me ha regalado una perspectiva sobre lo humano de la que carecía hasta el momento luminoso en que comencé a leerlo, hace de eso ahora (como de casi todo) veinte años. Porque toda su obra, toda su filosofía tiene un único fin: enseñarnos a vivir. Y nos convence sin imponernos nada, sin prescripciones, tan sólo mediante la insinuación, el apunte leve -y hondo- que nos seduce sin pretenderlo. Para ello, este genial socrático del Périgord ("Fue él quien hizo bajar del cielo, donde no hacía sino perder el tiempo, a la sabiduría humana, para devolvérsela al hombre en el que reside su más justa y laboriosa tarea y la más útil”) establece como piedra angular de su pensamiento la máxima “Conócete a ti mismo”. Y lo hace de una forma natural y consistente, de una manera sorprendentemente laica y vitalista, enseñándonos a valorarnos a nosotros mismo y alejándonos de la depresión: “Todos nosotros hemos vivido y seguimos viviendo esas horas en que despreciamos nuestro ser. Montaigne, si va a ser nuestro maestro, nos insta a rechazar esos momentos como ‘la más bárbara de nuestras enfermedades’” (Harold Bloom).
Y es que Montaigne nos enseña, ante todo, a no sentirnos mal con nosotros mismos (“La peor desgracia para nosotros es desdeñar aquello que somos”), y para ello nos señala salida de emergencias del infierno de los otros (los que nos juzgan y desaprueban), o nos abre la puerta de la cárcel de nosotros mismos, insatisfechos siempre con las imperfecciones de nuestro cuerpo y las limitaciones de nuestra mente, no precisamente maravillosa. Y nos da pistas, guías, mapas -en esa eterna, espléndida conversación que son Los ensayos- de cómo alcanzar el paraíso (que, como Mark Twain, preferimos por el clima, aunque los verdaderos amigos se encuentren, por su naturaleza atorrante y malhechora en el infierno –nunca pude, como Serrat, seguir el consejo de mi madre “cuídate mucho, Jesús, de las malas compañías”-: ¡intentaremos rescatarlos!) aquí en
Vamos a los datos biográficos que conocemos con suficiente
seguridad, conozcamos, en breve semblanza, al -pequeño de estatura; inmenso en
inteligencia y generosidad- hombre que anduvo y respiró un día por este mundo.
Todo empezó en un château propiedad de su familia paterna (sus padres eran de
la nobleza: aunque no pertenecía a una aristocracia antigua, sino de varias
generaciones de comerciantes, que habían ascendido socialmente por ambas
partes), alzado en lo alto de una colina, cercado por robles y campos de henos,
cerca de Burdeos, en el corazón de Francia. Allí nació Montaigne el 28 de
febrero de 1533 y allí residiría toda su vida. Fue abogado, amigo del Rey de
Francia y en dos ocasiones prefecto de Burdeos. Pero a los 38 años, hastiado de
las obligaciones y las vanidades de la vida pública decidió retirarse a su
castillo y pasar recluido el resto de su vida, leyendo, reflexionando y
escribiendo. Y allí, en su torre circular con las paredes alicatadas de libros
y las vigas del techo tatuadas con inscripciones en latín, el irreductible
gascón al que le tocó vivir en uno de los períodos más trágico de Francia, el
de las guerras de religión entre católicos y protestantes, que convirtieron el
país en un paisaje dantesco de muerte y desolación, descubrió una forma nueva,
inédita de escribir-lo que ha sucedido en contadas ocasiones a lo largo de la
historia del pensamiento y de la literatura-, cuyo objeto de estudio era él
mismo. Como escribió Sarah Bakewell:
“Escribir acerca de uno mismo para crear un espejo en el que otras
personas reconozcan su propia humanidad”. Y nos enseñó a vivir.
En Montaigne, el acto de escribir se torna jubiloso: Sus
reflexiones fluyen como las aguas de un meandro, oscilantes, caprichosas,
alegres, honestas: “Quizá una de las claves del duradero interés no académico que
suscita Montaigne es que no vivió para pensar sino que pensó para vivir: sus
reflexiones, ondulantes y a menudo contradictorias, poseen la irremediable
inquietud de la existencia real". (Fernando Savater). La ironía, la generosidad y el sentido de la
alegría se van desplegando en Los ensayos
“No hago nada sin alegría”, unos sentimientos que se
extienden y se apoderan del lector de inmediato, y así, a medida que se llena,
nos va expandiendo el alma. De su lectura emergemos renovados, mejores que
éramos al sumergirnos en el populoso río de la sabiduría de sus líneas, y con
una inmensa dicha. Como escribió Emerson:
“Conservo en el recuerdo el deleite y la maravilla de haber
convivido con él. Tan sinceramente hablaba a mi pensamiento y a mi experiencia,
que tengo la impresión de ser yo quien ha escrito el libro en alguna vida
anterior”.
La felicidad, cualidad que pocos escritores alcanzan y escasos filósofos buscan, y no el conocimiento abstracto, es el objetivo de Montaigne, el deseo práctico y gozoso de aprender a vivir (y a morir): “No busco otra cosa que la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo y que me enseña a morir bien y a vivir bien”.
Como he contado alguna que otra vez, descubrí a Montaigne a
través de otra lectura «No me canso de leer los Ensayos de Montaigne» –escribe Pla en El quadern gris– “Paso con ellos horas
enteras, de noche, en la cama. Me producen un efecto plácido, sedante, me dan
un delicioso reposo. Encuentro en Montaigne una gracia casi continua, llena de
incesantes e inagotables sorpresas. Una de ellas proviene del hecho de que
Montaigne tiene una idea muy precisa de la insignificante posición del hombre
en la tierra”. Y desde entonces no he parado
de leerlo; inicié una lectura, un diálogo, una conversación que se torna
siempre deliciosamente urgente “porque la eternidad se nos acaba” (Sabines) y
que dará término el mismo día que lo hagan mis días (lúcidos) en la Tierra.
Montaigne escribió que enseñar a un niño no es llenar un vacío
sino encender un fuego. Y esa llama es la que brilla en mis ojos (infantes -a
pesar de la inevitable desolación del tiempo-en la noche inmensa y clara del
conocimiento y de la vida), mientras escribo estas torpes letras que intentan
reflejar el esplendor de sus Ensayos:
una fuente viva de luz y de calor que arde para siempre en mi alma, una llama
encendida por la virtud placentera y alegre del genial bordelés.
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| "Montaigne escribió que enseñar a un niño es encender un fuego" |
Jesús A. Salmerón Giménez
Jesús A. Salmerón Giménez (Cieza,
Murcia, 1959). Sociólogo, desarrolla su labor profesional en la Comunidad
Autónoma de Murcia, en el área de Protección a la Infancia. Buen lector,
con cincuenta años de experiencia, impulsó la revista literaria El
Caimán y es colaborador ocasional en las publicaciones de La Sierpe y
el Laúd. Seleccionado en la antología Narradores Murcianos (volumen II),
publicada por la Editora Regional de Murcia, 1986, con el cuento Demonios de esparto. En 2014, su cuento
mínimo El origen del Universo obtuvo el primer premio en el IV Certamen Microrrelatos
Libres - Memorial Isabel Muñoz (diciembre, 2014). Actualmente, colabora en la
revista digital Notas.




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