MOZARTIANA
Mozart cumple 260 años.
Sin embargo, continúa siendo el más joven de los compositores. Tal vez no es el
más grande, pero sí es único. Hay obras sin las cuales no puede entenderse el
transcurrir de la historia de las artes y, por lo tanto, de la cultura y del
mundo.
Sin El Quijote -la novela más moderna e innovadora de cuantas conozco- el decurso de
la narrativa española y universal no hubiera sido el mismo. Los autores
hubiesen seguido otro rumbo, los lectores no hubiesen reaccionado como lo han
venido haciendo, la sociedad, falta de esa reacción determinada, sería
diferente. Estaríamos, como digo, en otro universo social. Y eso convierte El Quijote en
imprescindible para la comprensión de la Historia y del hombre actual.
Igual ocurre con Shakespeare, el más alto definidor de caracteres. Y lo mismo sucede con Bach. Bach es la serenidad y la armonía: la
perfección, el paraíso. De Beethoven nos atrae su coraje para oponerse al destino, su formidable lucha
contra la adversidad, la titánica energía que se desprende de su música,
empeñada sobrehumanamente en transformar en himno la elegía. De Wagner nos abruma la
audacia para proponer e imponer soberbiamente sus conceptos de arte y artista
como primordiales para la sociedad. Rembrant
nos ilumina con sus sombras. Vang Gogh nos previene,
con sus torturas, de los monstruos internos. ¿Y Mozart?
Todos los hombres mencionados, y otros muchos, son levaduras para el
devenir de la humanidad, puesto que proponen caminos para sobrellevar y gozar
la existencia. Y solamente es libre aquel que vence el temor a la muerte. Toda
creación es una tentativa para que la muerte no signifique el absoluto
acabamiento, la mortalidad definitiva, y, por ello, su autor pueda resucitar en
su obra cada vez que la posteridad se acerque a él.
Crean estos autores una vida libre y ancha como el tiempo. Crean una
muerte fértil porque eso es toda creación para la posteridad. Interesan porque
componen, escriben o pintan no solo para el músico, el poeta o el pintor, sino
primordialmente para el hombre de carne y hueso que vive cada día con sueños,
esperanzas, desengaños. No subordinan su creación al éxito, y se mantienen
fieles a sí mismos incluso cuando la sociedad les da la espalda. ¿Qué tiene,
entonces, Mozart que nadie más posee?
Mozart aporta al hombre la necesidad de confiar en los milagros de
la naturaleza, la afirmación del prodigio, la eterna juventud del sueño y la
belleza. Su música nunca se deja vencer por la tragedia desde la cual parece
edificarse, y nos reconforta con el gozo de existir a pesar de las miserias que
acosan la existencia. Incluso el Réquiem
es un himno a la vida, que es necesario
abandonar porque la muerte impone su designio sobre el cuerpo.
¿Pues qué decir de Don
Giovanni, sin duda la más elevada concepción del mito
de Don Juan, el vividor, aunque la ética lo culpe? ¿Y del cuarteto de las “Disonancias”,
sino que es uno de los más bellos y armoniosos? ¿Y del Concierto para clarinete,
o del nº 20 para piano, de la última sinfonía, de la sonata nº l4...? Mozart
fue el primero que puso el corazón dentro del pentagrama, tal como preludiara Montaigne ("soy la
única materia de mi obra") y como K.
F. E. Bach quería: “se
debe componer con el alma, no como un pájaro amaestrado”. Todo en su música contiene el drama del hombre, rodeado de alegrías
y tristezas, expresado con la más amable de las construcciones y profundidades sicológicas.
¿Qué tiene Mozart que nadie más posee? La juvenilidad a la que antes
aludía, que interioriza en el oyente la más melodiosa concepción del ser
humano. A pesar de haber vivido solo 35 años, su obra nos ofrece uno de los
compendios más amplios, caleidoscópicos y ricos en matices de la existencia,
desde la plenitud del gozo hasta lo abisal de la melancolía. Quizá porque fue
Mozart un hombre que existió entre los hombres, en medio de sus vulgaridades y
noblezas, y no en la soledad de una torre de marfil ni en la de la trinchera
del que huye del dolor.
Fue enterrado sin glorias ni agasajos, acompañado apenas por el
sepulturero y la obstinada lluvia de un día tormentoso. No obstante, cuántos
oyentes lo han resucitado y cuántos otros continuarán nutriendo su existencia
con su música: su vida.
Antonio Gracia
Antonio Gracia es autor de La estatura
del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz(1998), Libro de
los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía(2002), Por una
elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), la urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las
recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), 2009.
Entre otros, ha obtenido el “Premio Fernando Rielo", el
"José Hierro <Alegría>", el "Paul Beckett de la Fundación
Valparaíso", el “Verón Gormaz” y el Premio de la Crítica de la Comunidad
Valenciana. Sus últimos títulos son La condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010.
En 2011 han aparecido las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012: La muerte universal y Bajo el signo de Eros. En 2015, Lejos de
toda furia.
Premio “Gabriel Sijé” de cuentos y novela corta. Otros títulos
suyos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obra, Ensayos literarios, Apuntes sobre el amor, Miguel Hernández: del
amor cortés a la mística del erotismo. Ha dirigido las colecciones
Indicios, Alimentando lluvias y Arca de relatos, además de la revista Algaria
0.





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