LOU REED
No creo en la
nostalgia cuando no es mía.
Lou
Reed
El
bronco ronroneo del gato despereza canciones apagadas por la ausencia de
oxígeno del recuerdo. Él ronronea, en mi regazo. Yo tarareo melodías que, cuando joven, enardecieron sentimientos y sensaciones. Take a walk on the wild side, canturreo,
y el camino más salvaje que se me ofrece es el de la ribera de este río seco en
que chapotean la sombra de mi hogar y, junto a ella, el futuro de basurero que
han querido augurarle los vecinos. Y las montañas, claro, tan aquí, tan
lejanas.
Mis
manos, ramillete de indecisiones, acarician la danza de espigas que desordena
el lomo del gato. Preferirían, amor, acariciar tu grupa de amazona dormida. Y
digo dormida porque el trastorno horario me hace saber que allá lejos, donde me
esperas, ahora es noche cerrada. Siempre me he preguntado quién decidió eso de
catalogar con números los momentos del día. Sería fácil de averiguar, más ahora
que existe Wikipedia, pero tampoco me
ha apetecido nunca descorrer el visillo de misterio con que la ciencia decidió
marcar a fuego el lomo de nuestras vidas. El caso es que, además de lejos,
estás dormida, y sería de muy mal gusto despertarte para pretender que calmes
mis desorientadas urgencias.
Allí
ya habrás tenido noticia del fallecimiento de Lou Reed. Aquí, por imposición
científica, la actualidad lleva unas horas de retraso, y la noticia acaba de reventar
la campana de cristal bajo la que se refugiaban las bailarinas art-decó de la melancolía. Pero a pesar
de la rotura, el mecanismo aún funciona, y me abrasa la memoria aquel recital
del bardo neoyorkino al que asistí, en tu compañía y la de un buen puñado de
malos camaradas, en Santiago de Compostela, hace años, siglos, vidas, qué sé
yo…
Recuerdo
la noche antes de partir hacia Galicia, en casa de Luis, con el aparato de alta
fidelidad acuchillando una atmósfera irrespirable de humo y carcajadas. Sonaba
Lou Reed, claro, y jugábamos a la lotería de adivinar las canciones con que nos
deleitaría en aquel concierto que ya gozábamos como si lo estuviésemos
viviendo. Momentos antes habíamos estado esperando
al hombre. Necesitábamos avituallarnos de rica hierba y delicioso hash,
escanciado directamente de las manos de los campesinos del Rif. Culero, por
supuesto, nada de avecrem. Como
tantas noches, años antes, cuando el mapa mal trazado de la juventud
transformaba la búsqueda de sustancias prohibidas en la más peligrosa de las
fronteras. La más excitante, por tanto. En aquellas madrugadas, la música de
Lou Reed era nuestro único consuelo para el hecho de acabar durmiéndolas, con
la cabeza amenazando estallido, solos y desnudos, el aroma a café recién hecho despedazando
la cocina familiar, hastiados de masturbaciones y ensueños que en nada
solucionaban nuestro hambre de hembra. Pinchábamos el New York y anhelábamos marcharnos lejos, a esa ciudad en que los
pecados no pretenden disfrazarse de festividad y moderneo. Regresábamos al Berlin para ahogar en sollozo el sollozo
niño que ahogaba el más negro de los surcos que jamás sorprendiese vinilo
alguno. Desgarrábamos a tiras la piel de esa Venus in Furs que nos hacía soñar con excesos que nunca
conoceríamos más que a través de las letras de Sacher-Masoch y las afiladas
guitarras de una sucia orquesta cósmica cuya memoria ya casi se pudría en los
vericuetos del olvido generacional. Contemplábamos, una vez más, la mirada
desperdiciada de los yonquis del barrio, y comprendíamos su desvarío de vida
caduca al escuchar Heroin. Deseábamos
salir, de nuevo, a surcar la pleamar maloliente de la ciudad en vela, y pasear su lado salvaje… tan inocentes,
tan pueriles. Sí, nos drogábamos, como el viejo Lou. O al menos eso
pretendíamos.
Años
después, arribábamos a tierras compostelanas en una mañana desperdigada de
chubascos y alucinada de meigas dormidas. Fumamos mucho, demasiado, aquel día.
Esa fue la excusa perfecta para no mover los labios durante las dos horas en
que el demiurgo de la Gran Manzana decidió hechizarnos con la resonancia pulcra
de una guitarra que parecía haber germinado de entre las raíces como venas que le
avivaban las manos. Después tú, recién llegada de un mundo ajeno, de un
Marruecos que comenzaba a despertar a la vida del libre pensamiento y el
libérrimo consumo, me rogaste que regresáramos al coche. Te había aburrido
aquel anciano de voz desgastada y piel labrada con los cinceles del desprecio y
la desesperación.
Regresamos,
pues, al auto, solos tú y yo, e hicimos el amor con el abandono que provoca el
hachís y la hemiplejía incipiente de la ausencia de alimento, acrecentada por
la siempre incómoda situación de la palanca de cambios, pugnando en dolorosa
batalla contra el costillar de nuestros cuerpos. La gente pasaba junto al coche
tarareando Sweet Jane. Y yo descubría
que tú eras más dulce que la antiheroína de la canción de Reed.
Después
entretuvimos la eclosión del amanecer entretejiendo historias falsas, y yo te
conté cómo, de joven, me drogaba para salir de mí mismo, para habitar un mundo
en que la música era considerada como una de las Bellas Artes, y el Arte
Moderno se evidenciaba el pastiche mercantil que la actualidad nos ha
desvelado.
No
te gustó Lou Reed, ni su música. Pero comprendiste que era importante para la
Humanidad que aquel tipo malencarado continuase empuñando su guitarra como una
avanzadilla del pelotón apocalíptico de las sagradas escrituras. Por eso me
dejaste fumar otro porro, a pesar de mi ya patente ebriedad cannábica. Por eso,
o porque en la tierra que te vio nacer no hay que esperar al hombre en la
oscuridad fragante de orines de la esquina más perdida de la más perdida de las
callejas suburbanas, y no pocos se drogan con la habitualidad de lo inocuo. En
cualquier caso sé que tú, ángel de este otro infierno en que hoy nos debatimos
los diablos del amanecer, has velado siempre mis sueños y pesadillas, y hoy, a
pesar de la distancia, siento la humedad salvaje de tus labios de flor y
escarcha mientras me invitan a encender otro petardo. Porque hoy, a pesar de
estar lejos, sabes que Lou ha marchado, y me susurras, desde la caverna fiera de
la lejanía, que aún me queda su música, tu amor… y un breve puñado de hierba.
Así
que te pienso y me entrego al único exceso que me queda esta noche, ése en que
vengo repitiéndome ya desde hace un tiempo, y que consta del desfigurado y
premeditado amor en solitario. La edad, ya ves, no me hace más sabio. Si acaso
más viejo. Y verde, para colmo.
Va
por ti. Va por Lou.
Pablo Cerezal escritor, articulista y guionista. Irrumpe en el panorama literario con su novela Los Cuadernos del Hafa (Ediciones Carena, 2012), escrita con una prosa atrevida y de elevada calidad. Este año se ha publicado en Bolivia (y lo hará, en breve, en España) Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre) (Editorial 3600), volumen de crónicas escrito a cuatro manos junto al galardonado autor boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Su palabra toma vida en los líricos y mordaces artículos de sus blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado. Ha participado en la antología de poesía erótica Erosionados (Origami, 2013), y en El Descrédito. Viajes Literarios en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013), antología que rinde homenaje al controvertido autor francés, así como en la mítica publicación Vinalia Trippers. Asesor de guion en el premiado documental Quinuera (Rodante Films, 2014), y activo colaborador en numerosos medios escritos, como Frontera D (España), La Razón (Bolivia), Red Marruecos (Marruecos) y Esto no es una revista (Argentina).





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