Año Cero
Faltan soñadores,
no intérpretes de sueños,
artistas del alambre, música de afilador.
A ti te mandan rosas
y son de invernadero,
a mí cartas de amor escritas en ordenador.
La música se
agarra a la juventud: la música con su parafernalia de cueros y greñas, de
tupés y litronas, de sueños quebrantados y resaca; la música que es la argamasa
de la tribu, que diseña sus vestiduras, sus leyendas y sus vicios sin ánimo de
crear tendencia, que se cuela en la mirada de sus adeptos, en sus ojos
desafiantes de animales apaleados; la música con tanta prisa por vivir, tan
marginal y tan efímera. Y sin embargo, veinte años después, sigue aquí, con
nosotros, como si de una maniobra de resurrección se tratase, ella que nunca
quiso perdurar, sonando incansable en nuestra memoria.
Los 091 cuando
aún no eran los 091
Paso noches, paso días,
viendo las plantas crecer.
Libros de filosofía
de la incógnita del ser.
Cuento las ondas del agua,
cuento y no tienen fin.
Yo le hablo a las estatuas
y ellas no me hablan a mí.
En aquel
estupendo documental titulado “Catorce
años sin piedad” que dirigió Antonio Hens para Canal Sur, Tacho González
-baterista de los 091- contaba que decidieron dejarlo antes de resultar
patéticos. Su disolución fue, por tanto, un último estertor de auténtica dignidad.
Aquella noche inolvidable de Maracena, mientras se eclipsaba el mes de mayo del
noventa y seis, firmaron su certificado de defunción ante los ojos incrédulos
de miles seguidores, los mismos que, a la mañana siguiente, sin alardes
innecesarios, con la contención de la que manan las emociones verdaderas, no rogaron
a Dios por su alma sino que comenzaron a exigir directamente la resurrección. Pero
su final no fue un capricho de mentes ingobernables; fue un adiós meditado y
definitivo. No debemos olvidar que los Cero habían escapado al yugo de la industria
durante tanto tiempo que no debieron encontrar otra salida, para seguir siendo mínimamente
libres, que convertirse en perennes habitantes de ese purgatorio en el que dan
con sus huesos todos los grupos de culto. Pero ya nos dijo Bob Dylan que nadie
es libre del todo, pues hasta los pájaros están encadenados al cielo.
Los Cero no
dejaron herederos conocidos, pues se fueron como se van los vagamundos o los
poetas románticos, sin hacer testamento, con las manos vacías de versos, versos
que derrocharon en vida. Nadie continuó su senda y nos quedamos huérfanos demasiado
pronto, sin referentes, cuando todavía soñábamos -ilusos- con ser tan nocivos
como Jim Morrison, con enamorarnos de las flores del mal, con exprimir hasta la
última gota de las horas perdidas. Algo nos incitaba a pensar que nuestras
vidas no durarían más de cinco minutos y había que vivir deprisa porque eran
tiempos propicios para perderlo todo: el amanecer de Granada, la soledad
furtiva de la Torre
de la Vela , la
euforia que nos proporcionaban las copas en La
Pantera Rosa o el Bay-bay.
Tal vez, fue esa
misma urgencia la que llevó a los 091
a finiquitar el último siglo allá por 1989, coincidiendo
con la caída del muro de Berlín. “Qué fue
del siglo XX” supuso una de las cimas creativas para unos músicos que, como
nosotros, tuvieron la fortuna de ser lo suficientemente jóvenes como para
ahorrarse la movida y lo suficientemente
viejos como para llegar tarde al letárgico Indie
rock. Rockeros insobornables, perdedores sin últimas voluntades, poetas
eléctricos que bebieron de las mejores fuentes, que se acodaron en las peores
barras, con ellos Granada empuñó, al fin, una guitarra eléctrica y la ciudad, a
cambio, se quedó para siempre en la atmósfera de sus temas, dotándolos de sus matices
más poéticos pero también de los más urbanos, sucios y deleznables, pues la efervescencia
social y la confusa realidad que se palpaban -y que se siguen palpando- sobre
el asfalto de sus barrios obreros dieron forma a sus letras más comprometidas. Valga
como ejemplo “La vida que mala es”,
quizás su canción más tarareada, su letra más granaína, en la que fusionaron un riff de guitarra al más puro estilo
Bo Diddley con una copla del Sacramonte que ya cantaba, en su momento, el
místico Enrique Morente. “Miras la vida
como una carrera / y no naciste para ganar, / por más que corrías no viste la
meta, / busca un hombro en el que llorar”. Y eso hicimos aquella noche de
Maracena todos los que asistimos al levantamiento del cadáver.
“El último
concierto” de los 091. Maracena,
sábado 18 de mayo de 1996
Nadie,
pasa el tiempo y sé que nadie
se unirá a mi baile,
nadie,
sabrá por qué hago esta canción.
No merece la
pena buscar culpables: entre todos nos bastamos para redactar su necrológica. Los
Cero nunca pudieron saborear el triunfo en vida. Hubo diversos motivos para que
las discográficas les dejasen morir ante nuestros ojos, sin administrarles
siquiera unos mínimos cuidados paliativos. Lo explica el propio José Ignacio
Lapido en el libro “En cada lamento que
se hace canción” (Editorial Comares, 2008), un magnífico ensayo de Jordi
Vadell sobre las letras del poeta eléctrico: “Nunca tuvimos una
compañía que creyera en nosotros. Pasamos por cuatro distintas en nuestra
trayectoria y sólo la última, Big Bang, sabía realmente lo que queríamos”. Además, los Cero siempre
se negaron a participar en
las chorradas que tanto gustan a los medios y nunca entraron en las trampas del
mercado. Lejos de limar asperezas con las
listas de ventas, fueron endureciendo, disco a disco, su pop originario y
huyeron de las suavidades que exige la industria, lo que les alejó del gran
público definitivamente. Ni siquiera
en el último trance suplicaron que alguien les facilitase la extremaunción.
Al sempiterno desinterés
de la industria por todo lo que huele a calidad, hay que unir las
características de cada uno de sus siete discos de estudio. Los temas que
trataban en sus canciones y el lenguaje que utilizaban para contarlos no conectaron
con una masa acostumbrada al consumo rápido y fácil de entretenimiento. Los 091 hicieron sobre todo
música para las penas. Sus canciones versan sobre la soledad existencial, el inexorable
paso del tiempo, la confusión, el desamor cotidiano o la crueldad de la vida.
Nos encontramos, sin duda, ante los grandes temas de la Literatura con todo lo
que eso conlleva. En palabras del propio Lapido: “Nuestras letras no eran del tipo de letras que los quinceañeros
tararean alegremente. Necesitaban cierto esfuerzo de comprensión que está claro
que el público mayoritario no estaba dispuesto a hacer”. ¿Quién no sabe, por
ejemplo, después de escuchar a los Cero, que una tormenta no puede ser
real si antes no ha sido imaginaria? Por todo ello, la banda granadina acabó sumergida en la estética del
Loser. Consideraron, quizás, que la derrota es la única manera de ser justos.
Los 091 en su
plenitud artística
Me verás en la esquina de siempre
esperando ver arder la ciudad,
arrugando la frente
mientras dejo el tiempo pasar.
No seguimos el cortejo fúnebre
de los Cero, pero, durante este tiempo, tampoco hemos ido a ninguna otra parte:
nos quedamos plantados en la esquina de siempre dejando nuestros cantos de
cisne en manos de José Ignacio Lapido -ese Dylan nazarí que aún esconde versos “debajo de las piedras”-. Gracias a sus
discos, hemos sobrellevado el duelo hasta hoy, porque -créanme sin necesidad de
meter sus dedos en mis llagas- dos decenios después de aquella desesperada
noche del noventa y seis, los 091 regresan a la vida, una vida que a muchos se
nos hace poesía cuando en nuestras madrugadas se enredan aquellas viejas “canciones de cuna y de rabia”.
Los 091: tan
frescos: conservados en formol: sin la parafernalia de cueros y greñas, de
tupés y litronas, de sueños quebrantados y resaca: los Cero que aún son la
argamasa de esta tribu que sólo deseaba ser piel roja: los Cero que vuelven para ponernos un espejo
delante de los ojos como ya hicieran a mediados de los ochenta,
cuando todavía éramos demasiado jóvenes para escuchar los aullidos de “Más de cien lobos”, pero ya nos
aglomerábamos en las barras de los garitos donde comenzaban a gestarse
numerosas bandas que siempre serían anónimas para el resto del mundo. Allí,
entre nosotros, también estaba Joe Strummer -lider de los Clash- que se había
encaprichado de los 091 y que ahora no podrá volver a verlos en “su” Granada, porque
el tiempo no respeta a nadie. Ni siquiera a los genios. Veinte años después, cuando
ya merodeaban el olvido, los 091 pudieran convertirse en el último motor que aún ruge en este
disciplinado “cementerio de automóviles”, ya que todo indica que
su gira “Maniobra de resurrección”,
además de un retorno pasajero a este reino de los vivos, supondrá el éxito que
siempre se les negó. Sepan que este 2016 podría ser, al fin, el año Cero.

Imagen
promocional de “Maniobra de resurrección”,
la gira que supone el regreso de los
091 en 2016



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