Acerca de Joan Margarit
Para hablar de la extensa,
profunda y comprometida obra de Joan Margarit, deberíamos hacer un pacto con
Todorov y así parar el tiempo para poder trazar una leve semblanza de cómo un
ser humano es capaz de dar forma y volumen a la arquitectura del aire.
“Todos los poemas (1975-2012)”, Ediciones
Austral y “Amar es dónde”, Visor Libros, suponen para el autor la presentación
inequívoca de su intención poética que aviva, aún si cabe más, la necesidad del
lector de seguir existiendo entre sus poemas. De hallarse en el lugar más
inesperado, aunque sea a costa de su propio ser, aunque sea a costa de la vida
propia Y quizás de ahí esa auto-exigencia del poeta por buscar la
interpretación de ese instrumento que es capaz de articular las galerías del
alma más inconfesables, aquellas que tenemos y que aún no hemos descubierto.
Así, el poeta despojado, proyecta sobre el papel su espíritu combativo e
incansable, aquel que lucha contra los claustros antiguos de la memoria, que se
alza contra la rectitud de lo humano y que perece ante el apego y la afección,
ante el sufrimiento y la misericordia.
Joan Margarit es un poeta capaz de hacer
matérico las epopeyas de los pueblos o las grandes épicas del hombre desde ese
oficio cotidiano que supone vivir día a día, hasta llegar a los sueños de los
hombres y convertirlos en el acto más perturbador y transformador posible: la
ternura. Aunque el poeta sabe que, en ocasiones, no es suficiente.
Las obras que hoy presenta de Joan
Margarit son un canto en contra de la opulencia. Son un himno en contra de todos aquellos que
luchan a favor de las vanidades. Que buscan reconocerse entre las veleidades
del hombre.
Joan Margarit es un hombre comprometido
con su obra y con el ser humano. Que busca desvelar la realidad que esconde el
poema. Un trabajo arduo y duro, que necesita del esfuerzo del hombre para poder
enfrentarse a sí mismo y a todo aquello que queda por conocer. No dejándose
arrastrar por el torrente irracional de la vida y amparándose a la inteligencia
sentimental.
Así pues, ante usted, mi querido lector, se
presenta un hombre que necesita el poema como catarsis, como una tabla de
salvación; donde experimentará la memoria, como una leve playa que jamás
figurará en los mapas de los barcos; o que sentirá el dolor, como una
pequeña playa que no conoce nadie; o la ternura
o como ésta es nuestra casa y todo lo ilumina tu sonrisa; O
apreciará la muerte, como el fin último; o la desesperación o como no
habrá más desamparo que el mío; o sufrirá el amor o la humildad, como un
maestro donde aprendimos a medir la luz de las palabras; O el pasado, como una
fiesta para nosotros solos. Y
así, y después de todo, purgar el alma y con ella las pasiones más íntimas del
ser humano: ser un hombre práctico: brusco, fiel, solitario. Agradecido.
1. Hablando del ser humano y el poeta,
Don Joan, en uno de sus discursos, habla de la
existencia entre el buen poeta y el buen lector. ¿Cómo advertimos su
existencia?
Si el lector no
sabe que debe hacer un esfuerzo, no puede existir el poema. En la novela,
sin embargo, puedes relajarte. Maneja los tiempos y los ritmos internos, pero
en el poema eso no sucede. Para leer un poema debe realizarse un esfuerzo
mayor y eso le va a conllevar una tensión que sólo es resuelta con que se
establezca una relación entre el poema y el lector. Si eso no se produce, el
poeta ha fracasado. Por lo general, el poeta suele ser el responsable de esa
derrota entre el lector y el poeta.
Un mal poema no es neutral.
Como no es neutral dejar una basura en la calle. No cambaría el planeta, pero
no va a favor de nadie. No hay nada inocuo.
2. Y es cierto que, para que un poema sea
creíble, ¿debe de llevar consigo una cierta violencia íntima?
Sí, claro. Pero me refiero al
reconocimiento. Es decir, tú lo encuentras dentro de ti y el otro debe
reconocerlo. Y el poema es como una partitura en donde el lector debe reconocerla y hacerla suya.
3. ¿Concibe el poema como una
tragedia?
Desde un punto de vista
platónico, sí. Se puede interpretar así. Es donde se encuentra el público y Sófocles en el escenario de la tragedia. Y aquí la tragedia es el poema. Es la
causa del dolor. Es donde el lector y el poeta encuentran aquella parte que no
conocían y que les perturba. Les conmueve. Y si por un momento nos paramos a
pensar y definimos al lector de esa tragedia, nos daremos cuenta de que ese es el
lector de un poema. Cualquiera que pueda leer, puede enfrentarse a un poema.
Porque sería falso decir que no es así, ya que la lectura de un poema necesita
un esfuerzo. Porque mirarse dentro de sí y buscar dentro del alma de un poema
así lo requiere. Y aquí nadie regala nada por nada. Y si alguien da algo, es
porque le está engañando.
4. Cuando leo sus poemas, a
la hora de enfrentarme al texto poético, observo que obliga a seguir al lector
a tener viva esa necesidad de búsqueda, a saber qué esconde el poema o sí hay
algo más ahí dentro y aún no ha sido revelado. Y eso implica necesariamente un
nivel de autoexigencia. ¿En la vida real es usted también autoexigente con
usted mismo? ¿Suele ser implacable?
Sí, es así. Es la necesidad
de hallar ese encuentro entre el lector y el poema. Un encuentro que
previsiblemente les lleve a seguir juntos mucho tiempo, incluso toda la vida.
Y, quizás, de ahí viene la autoexigencia.
5. ¿Cree usted en la
honestidad del poeta a la hora de escribir?
No me gusta la honestidad,
porque es una palabra anterior. Creo en la realidad: sé lo que es, pero cuando
quiero explicarlo no sé lo que es. Y el poeta está a su servicio. El poeta que
no respeta este valor, jamás hará un buen poema. Y cada poeta debe de intentar
buscar esa realidad.
El poema debe de buscarse
dentro de uno mismo. Un poeta debe partir de su propia vida. Lo primero que
necesita un poeta es una inspiración. Es así de poco democrático. Pero es así.
La inspiración hace que el poeta relacione una serie de cosas que hace que un
rayo de luz en su interior se active. Uno se pone a buscar dentro de sí y es
entonces cuando aparece o no el poema. Y en esa búsqueda tienes que intentar
confluir en las mismas necesidades que el otro, que el
lector, para acabar pensando en esa persona que lee el poema: ese o esa soy yo.
Guillermo de Jorge
Guillermo de Jorge (Guillermo George Hernández), Santa Cruz de
Tenerife, 1976. Actualmente, se encuentra en paradero desconocido.
Escribe en la clandestinidad, aunque se le atribuyen la autoría de
algunos versos. De vez en cuando se dedica a perpetrar algún poema que
otro y lo que es más sospechoso: a buscar a gente que le oiga recitar.
Las autoridades sanitarias competentes, así como la Asociaciones de
Hosteleros, Bares y tugurios de mala muerte aconsejan no tener ningún
tipo de relación con este individuo. Lleva el blog http://guillermodejorge.blogspot.com.es/



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