EL CUARTO DOBLE” Y “EL MAL VIDRIERO”
1. Cuando iba de visita a casa de mis abuelos siempre terminaba por instalarme en una de las habitaciones, transformándola en un refugio donde pasar las tardes interminables de mi infancia. No sé muy bien a partir de qué momento, uno de los juegos de sábanas de mi abuela se convirtió en mi gran obsesión arquitectónica para llenar el espacio sin tiempo de la hora de la siesta. Cada día colgaba el techo y desplegaba el suelo y las paredes, salpicadas de flores rosas, sobre una moqueta gris recortada por el dibujo azul de las sombras que proyectaban las cortinas de hilo desde la ventana. Cuarto de sastres jubilados convertido en tienda campaña veraniega.
“Una habitación semejante a un ensueño, una habitación verdaderamente
espiritual, donde la atmósfera estancada se halla levemente teñida de rosa y
azul. […] Los muebles tienen formas alargadas, postradas, languidecentes. Los
muebles parecen soñar; diríase que están dotados de una vida sonambulesca, como
el vegetal y el animal. Las telas hablan una lengua muda, como las flores, como
los cielos, como las puestas de sol.”
Al leer a Baudelaire, “El cuarto doble” me recuerda a esos días, al olor a polvo y detergente, a algodón, a pana y a lino; a la obsesión por construir un mundo a mi medida dentro de otro que me atrae y me decepciona al mismo tiempo. La misma rutina para una necesidad cambiante. Ahora, que sólo entro a ese mundo en mi cabeza, mi antigua tienda de campaña tiene la intención del arabesco del palacio de la Alhambra, de las tiendas militares medievales o de los recortables coloridos de Matisse. Todo se recrea en el mundo doble de las telas.
2. Las vidrieras se parecen mucho a ese juego de entretelas. El vidrio arroja a partes iguales luz y oscuridad sobre una moral que oscila entre la devoción religiosa y el ensueño puramente material. Baudelaire, que parecía más amigo de lo segundo sin renunciar a lo primero, no se resistió a reescribir el grito estridente de “La chanson du vitrier” de Arsène Houssaye en un poema en el que un mal vidriero es asesinado por ofrecer a los pobres cristales desnudos, sin color. No sé quién era más pobre en esta historia.
“Al fin se presentó: examiné con curiosidad todos sus
cristales, y le dije ‘¿Cómo? ¿No tiene cristales de colores? ¿No tiene
cristales rosa, rojos, azules, cristales mágicos, cristales del paraíso? […]
¡Se atreve a pasear por los barrios pobres sin tener siquiera cristales que
hagan ver la vida bella!’ Y le empujé violentamente […] Me acerqué al balcón y
cogí una pequeña maceta, y cuando el hombre apareció ante el portal, dejé caer
perpendicularmente mi máquina de guerra […] derribado por el golpe, terminó por
romper bajo sus espaldas toda su pobre fortuna ambulante […] Y loco de alegría,
le grité furiosamente: ‘¡La vida bella! ¡La vida bella!’ […] ¿qué le importa la
condenación eterna a quien halló por un segundo la infinitud del goce?”
Elisa Alaya
Elisa Alaya (Madrid,
1990) es licenciada en Filología Inglesa y cursó un máster de Estudios
Literarios en la Universidad Complutense de Madrid. Desde 2015 codirige
la Revista Cayena. Dibuja, traduce y estudia historia de la moda, literatura y artes plásticas.
Ocasionalmente, escribe en su blog: http://dovimaconelefantes.blogspot.com.es/




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