«Un ritmo poético huyendo…»
Hölderlin en Llansol
En
principio era una casa (la Casa de
Quercus, el roble del poeta Hölderlin, símbolo también de su Alemania
ideal), una casa que, para sorpresa del lector, desempeña aquí el papel de
narradora, en un texto cuyo incipit viene
marcado, no por el esperado verbo que nos sitúa en el tiempo de las historias,
sino por la fuerza de las imágenes en el espacio aportada por los deícticos con
que se abre Hölder, de Hölderlin:
este, ese, aquí… Las figuras, vinculadas cada una con su propio árbol de vida —el roble para Hölderlin,
que ya lo había celebrado en el poema Die
Eichbaüme, traducido en su día por Llansol; el pino para Joshua, el Cristo
que Hölderlin ve como «el dios por venir», luego de comprobar que los dioses de Grecia habían muerto; y el
nogal para Giordano (Bruno, el «nolano» visionario)—, se encuentran, al
comienzo, a las puertas del paraíso (prometido
por Joshua), de la poca-locura (de
Hölder, el poeta, en su exilio de treinta y siete años en la Torre de Tübingen,
el cuerpo ausente y la mente ocupada
con el remolino-poema) y la muerte prematura, por el fuego, del
hereje (Giordano) que osó entender el universo como cosa viva y en devenir. A
estos tres, llegados de lugares y tiempos diferentes, vienen a unirse sendas
figuras de mujer —Myriam y Diotima—, en las que se funden, en anillo, madre, amante y hermana.
Están reunidos los principales
ingredientes narrativos que permiten identificar la marca de singularidad, el
fondo de libertad imaginativa y la anulación de tiempo y espacio tan propios de
la poesía, de gran intensidad de imágenes, prosa rítmica, más que narrativa,
que encontramos en cualquier texto de Maria Gabriela Llansol.
Hölderin habría dicho un día a
Bettina von Arnim —una de las varias mujeres que habían empezado a frecuentar
los círculos románticos alemanes, antes incluso de que comenzara el siglo XIX—
que «todo es ritmo». Maurice Blanchot lo evoca en un libro de fragmentos (L’écriture du désastre, 1980) que, como
tantos escritos de Hölderlin y Llansol, se mueve en órbitas excéntricas, bajo
el signo del «enigma del ritmo». A su vez, Llansol anota en uno de sus
cuadernos en 1985, en alusión al surgimiento de la locura mansa y el lugar del
ritmo en el poeta alemán: «Cuando a Hölderlin se le empezó a llenar la cabeza
de su naciente locura, miraba largamente un jardín siempre desierto (…) Se
tomaba a sí mismo por un ritmo poético
huyendo.»
Lo que pudo haber atraído a Maria
Gabriela Llansol hacia una figura como Hölderlin —más allá del caso singular de
un poeta que pasa la «mitad de la vida» al margen del mundo y de sí—
probablemente tenga que ver con el lugar privilegiado del ritmo en su poesía y
en su pensamiento sobre ella. Curiosamente, la primera obra de Hölderlin que
Llansol adquiere no es la poesía, sino las Anotaciones
a Edipo y Antígona (en el exilio de Lovaina, en febrero de 1969). Se trata
de un pequeño tratado de poética del ritmo que, con los ensayos de traducción
de las tragedia griegas, los «Fragmentos de Píndaro» y algunos de los grandes
himnos y odas de la fase precedente a la llamada «locura», son buenos
exponentes de la centralidad del ritmo en Hölderlin, así como una confirmación
de las tesis de la anterioridad del ritmo con respecto al sentido, de una «física
del discurso» que puede llevar la prosa de Llansol o los fragmentos finales de
Hölderlin al límite de lo comprensible. Cuando, con Hölder, de Hölderlin (publicado en 1993, aunque ya estaba presente
en los cuadernos manuscritos en los años ochenta), el gran poeta alemán entra
en el paisaje textual de Llansol, adquiere un perfil humano, poético y figural
que, poco a poco, en los fragmentos rítmicos que forman este texto, se va
dibujando entre los polos de la naturaleza y la escritura, la pasión (en los
poemas a Diotima, la amada que inventó el petit
nom Hölder presente en el título de Llansol) y el éxtasis o la locura que
en él parece ser la versión moderna, sublimada y extática, al tiempo que
contenida y controlada, del antiguo furor
poeticus. En Llansol el paisaje-Hölderlin se representa entre la
humanización de la figura (recurriendo en ocasiones a imágenes muy crudas) y su
fulgorización en una prosa donde también encontramos una tensión entre una
cuasi visión y un lenguaje preciso, luminoso, rítmico y ritualizado; el júbilo poético controlado que es la
marca inconfundible de la gran poesía de Hölderlin. Aquí, en Hölder, de Hölderlin, y también, más
adelante, en Onde Vais, Drama-Poesia?
(2000), la figura es recuperada y activada en el texto (pero no mitificada,
como sucede en algunos poetas portugueses contemporáneos) a partir de temas
vivos —la casa, la naturaleza, el árbol, las andanzas, el amor— o del exceso
creativo, común a la figura original y a quien la recibe en su escrito —el
trance, el lenguaje en el límite de lo decible y audible. Al entrar en el texto
de Llansol Hölderlin se vuelve objeto de acogimiento
(«huésped de rara presencia») y figuración
(proceso que deja atrás el personaje histórico y lo transforma en «figura»,
generando una nueva fuerza activa, con relaciones inesperadas), según las
mejores y más originales reglas de la hospitalidad
y la atención. Al recibir a
Hölderlin en su texto, Llansol obra su reinvención poética, traduce la figura
de forma paradójica, como el Borges precursor
de Kafka o Pierre Ménard autor del
Quijote. Ahora leemos a Hölderlin a la luz de Llansol y no al revés. Es Llansol
quien lee a Hölderlin, lo «acrecienta» y modifica (y al leerlo lo da a leer otro), haciendo de él Hölder, incluso
Höld; es el presente que (mejor) ilumina el pasado, sobre todo el que ha sido
soterrado, olvidado o reprimido. Llansol sabe,
por la lectura de Hölderlin que asimila a su texto, lo que no podría saber sin
ella. Y lo dice en una síntesis que abarca lo esencial de esta figura en sí
misma y en el texto que la acoge: «Supe por él que la naturaleza era un comentario, / que la casa era la gramática de aquella lengua, / que aquella lengua, de hecho, existía, aunque su uso
exigía una responsabilidad desmedida
hacia lo humano.» (Onde Vais, Drama-Poesia?, pág. 22).
De
este modo, en Llansol Hölderlin es «un campo de tensión», como leemos en un
fragmento inédito de 1993 («______ si no fuera un campo de trigo, era un campo
de tensión»). En Hölder, de Hölderlin
esa tensión se manifiesta, en el plano textual, en la ya mencionada evidencia de los deícticos, huyendo a lo
narrativo; pero también en un proceso recurrente, que veo como el trabajo disolvente del texto, donde todo
se confunde en un escrito visionario, onírico, rayano en la alucinación: « el sueño
tenía la composición de su cuerpo desnudo nunca entrevisto / y la sala que se
extinguía en su memoria, sin dejar vestigios, / estaba abierta, apoyada en un
nido / que era el seno naciente de Diótima / y del árbol… » Tensión también
entre la inserción en el texto de datos
biográficos explícitos (Diotima, el viaje a Burdeos, la Torre, etc) y la
emergencia progresiva de Hölderlin como figura
de la gran ausencia, de la pérdida, del vacío, del fuera-de-sí, del
silencio, en camino del «sonido de hacer el último poema». El equilibrio
inestable de la fase de reclusión en la Torre de Tübingen («los cuarenta años
que estuvo entrepoemas», escribe
Llansol en Os Cantores de Leitura,
2007) se hace evidente en un choque (que el breve texto Hölder, de Hölderlin también sugiere) entre los muchos poemas y
odas de forma perfecta y los fragmentos que se interrumpen a mitad de
la frase, fulguraciones intensas que manifiestan la pérdida del centro y la
adopción de máscaras (como Scardanelli y otras) o la confusión de fechas.
Tensión, también, entre la progresiva insinuación de imágenes de la decadencia (el «poema-poniente…, haciendo rodar el
poliedro del tiempo», el «árbol demente», «el pobre tonto», en un eco del
último retrato, «le pauvre Hölderlin») o del vértigo (el «remolino-poeta», «pozo» de «agua sin expresión») y, al
mismo tiempo, el poema pleno, el canto «por detrás de cercas» que «volvía
todo global y bello» —el paradigma último del poema para Hölderlin y del texto
para Llansol, destinado (leemos en Onde
Vais, Drama-Poesia?) a «crear lugares vibrantes adonde se pueda ascender
por el ritmo, crear en el lenguaje común lugares de abrigo, refugios de una
inexpugnable belleza, / reconocerse noble en la participación de la palabra
pública, / del don de intercambio con lo vivo de la especie terrestre.»
En su convivencia de cerca de quince años con Hölderlin, el poeta (por la lectura, por la escritura, por la traducción), Llansol anota en las páginas del propio libro, como tantas veces hace (en este caso, en el Cahier de l’Herne dedicado a Hölderlin el 19 de abril de 1993), tras la lectura de un texto en prosa atribuido al poeta (In lieblicher Blaüe: En Bleu adorable, en la versión leída por Llansol, En un azul apacible, en mi traducción), algunas líneas donde imagina ese «campo de tensiones» que fue Hölderlin como compañero suyo de la infancia, en juegos que tienen como telón de fondo un cielo «azul apacible». Aquí, en el fragmento de Llansol y en el texto de Hölderlin famoso por el comentario de Heidegger sobre la frase «Con pleno mérito, aunque poéticamente, habita el hombre esta Tierra», la convergencia se hace evidente, los textos se responden en eco de sus motivos mayores: la tensión entre «la medida del hombre» y la trascendencia, con el poeta como mediador; la creencia en el «dios por venir» (Joshua como nuevo Dionisios en Hölderlin, el júbilo de existir o «el perfil de la esperanza» en Llansol), entre «la vida que es muerte y la muerte que es también una vida» (Hölderlin), sin que en esto haya ya en ninguno de los dos resto alguno de simbolismo cristiano.
Hölder,
de Hölderlin sigue la trayectoria de la locura del poeta, que no sabemos
bien dónde empieza, del mismo modo que tenemos alguna dificultad para
establecer, en los modos de la escritura de Llansol, los límites entre el
impulso poético de la imagen y la entrada en la zona de la visión o la
alucinación. Aragon aborda sutilmente este movimiento, tanto de Hölderlin como
de Llansol, al sugerir en un largo y extraordinario poema titulado «Hölderlin»,
que estamos en los límites entre el ser y el no-ser, en una zona entre lo real
y lo posible que en Llansol recibe el nombre de «entreser». Me hago eco de
algunos versos de Aragon:
Il est commode assurèment de
tout éxpliquer par
La folie où commence la folie
Orphée
Lui descend dans
l'incompréhensible enfer
À la recherche d' Euridyce Et Diotima
Peut-être dans ces jours dont on
ne saura jamais rien
L'avais-tu suivie au fond du
non-être
La folie où commence la folie
Hölderlin
Survivre quarante et une années
Voilà
bien
La folie (…)
L'inexplicable n'est pas ce que
folie explique…
Lo
que comúnmente se designa como «locura» es también para Llansol una forma de
extrema lucidez, la capacidad de «ver el Ser y recitarlo de nuevo» en una lengua
nueva, como escribió el poeta Fernando Guerreiro también a propósito de
Hólderlin. Llansol manifestará más de una vez su necesidad de situarse al
margen, fuera de la literatura que «está muriendo, incapaz de explorar lo
extraño de lo humano, lo extraño de que las cosas existan… » Y, de una forma
aún más clara, en un cuaderno manuscrito de 1999: «La locura es un conocimiento
inconexo y desorganizado, sin eje ni progresión. Más nuevo y más desconocido es
visto como más locura, cuando al final, en el texto, más nuevo y más
desconocido es más lucidez.» (Cuaderno 1.53, pág. 48).
Es también esta la lucidez del poeta
que «lleva una libertad infinita sobre los hombros», del «hombre
desmultiplicado» en Hölder,de Hölderlin.
João Barrento (EspaçoLlansol)
Traducción
del portugués: Atalaire



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