Así he leído Tus pies toco en la sombra
y otros
poemas inéditos, de Pablo Neruda

Desde el mismo instante en que cayó en mis manos este librito, se despertaron en mí sentimientos encontrados: por un lado, la emoción indiscutible de leer por vez primera algo nuevo de este maestro indiscutible al que tanto debo, trenzada con la sucesión casi infinita de los versos de Neruda que leí e imité en mi adolescencia. Por otro, la desazón inevitable, la inquietud de enfrentar unos textos que pudieran desmerecer o empañar esa imagen de poeta poderoso, telúrico, resplandeciente, vanguardista, incontenible... Porque, si el propio autor podía haber prescindido de estos versos, no incluyéndolos en sus más de cuarenta textos publicados en vida, ¿no sería porque él mismo los consideraba fallidos, tullidos, alicortos, insuficientes en algún aspecto irrenunciable?
Darío
Oses, director de Biblioteca y Archivos de la Fundación Pablo Neruda, ofrece en
la Introducción una serie de datos interesantes, entre los que destaca que
estos poemas inéditos esquivaron la exhaustiva búsqueda que la viuda de Neruda,
Matilde Urrutia, llevó a cabo; que solo cuando la Fundación Pablo Neruda se
arremangó y dedicó a la tarea de elaborar un catálogo de los originales manuscritos
y mecanografiados por el poeta fue cuando aparecieron estas inesperadas
sorpresas; que la compulsión creadora de Neruda no la frenaba la ausencia de un
soporte adecuado para escribir (parece que no tenía la sana costumbre de llevar
siempre encima un cuadernito como hacíamos el común de los poetas mortales
antes de la llegada de los móviles inteligentes), y que llegó a hacerlo en
menús de restaurantes, programas musicales, papeles sueltos, etc.; que algunos
poemas, después de mecanografiados, volvían a sufrir correcciones autógrafas
del poeta; que, en su opinión, más de uno de estos poemas se le habían
extraviado al mismo Neruda; que los poemas incluidos en el libro que comento van
desde principio de los años cincuenta hasta poco antes de su muerte en 1973; y
que no son variaciones de textos ya publicados, sino que tienen existencia
propia, enmarcándose en los grandes temas de su producción. Cierra Darío Oses
su introducción afirmando que “por su calidad literaria e interés, estos poemas
merecen sin duda incorporarse a la obra impresa de Pablo Neruda”... Así que
parece afilarnos los dientes, acrecentando unas expectativas ya de por sí
considerables.
El
académico Pere Gimferrer firma a continuación un breve prólogo en el que
rápidamente desciende al detalle para hablar de los interrogantes que rodean al
poema que cierra el volumen y al numerado 4, que no duda en considerar “el más
valioso de todos”. En cuanto a este último habla de supuestos lapsus,
redundancias o aliteraciones; en cuanto al que cierra el libro comenta la incierta
modificación del nombre de los mascarones originales (es conocido por todos la
afición al coleccionismo de Neruda, que poseía un surtido de mascarones de
barcos en su casa de Isla Negra) y del sesgo político que adopta el poema a
partir del undécimo verso. Después comenta que los numerosos poemas de verso
corto, al estilo de las Odas elementales, prueban su procedencia de la fractura
de endecasílabos a la italiana y de algunas omisiones y tachaduras... Yo me
quedo, sin embargo, con su consideración final, que, en compleja justificación,
alude al lector de Neruda que ya ha asumido de antemano o de forma simultánea
su expresión poética nítida, inmanente por sí misma y rigurosamente original,
que hace que estos poemas no hagan más que consolidar la “condición que de
liberadora fortaleza verbal tienen estos poemas definitivos e irrefutables”.
El
resto del texto incluye los veintiún poemas hasta ahora inéditos agrupados en
dos categorías: los seis primeros se consideran “Poemas de amor” y los
restantes, que se depositan en una sección titulada “Otros poemas”.
La
edición facsimilar que sigue a los poemas no es exhaustiva, incluyendo
únicamente los poemas manuscritos números 2, 5, 6, 15 y 16. Su fuerza radica en
la contemplación del proceso de escritura del poeta que, con tinta verde y
azul, escribe de manera tumultuosa, acotando al margen, tachando,
reescribiendo... en los materiales más diversos.
Por
último encontramos una serie de notas de Darío Oses que puntualizan, dirigen o
aclaran la lectura de cada uno de los poemas de forma magistral, especificando
el soporte en que se escriben, datando el momento de su escritura con la máxima
precisión posible, relacionándolo con las obras ya publicadas por Neruda, etc.
Una
vez presentada la edición, voy ahora a describir mi impresión personal, después
de haber leído el texto por lo menos tres veces... Y he de comenzar diciendo
que me ha defraudado, así, como suena. La posibilidad de que el propio autor
los hubiera considerado fallidos se me ha ido haciendo cada vez más patente...
No veo ese poder nerudiano de sus grandes composiciones, ni hermosas imágenes
en sus descripciones, ni arriesgadas metáforas o cualquier otro recurso
retórico de interés, ni contribuciones esenciales a su obra poética conocida.
En definitiva, la mayor parte de los veintiún poemas rescatados son prescindibles,
diría incluso que algunos son claramente “perjudiciales”, puesto que a punto
han estado de menoscabar la envergadura poética que en mi altar disfruta don
Pablo… Entiendo bien ahora el silencio impuesto por el autor a estos versos, y no
puedo evitar una sensación dolorosa ante la posibilidad de que no se haya
respetado su voluntad, aunque solo sea por solidaridad de oficio, porque los
poetas solemos saber mejor que nadie qué poemas propios no dan la talla
respecto a las expectativas que hemos depositado en ellos... Contribuye a esta
impresión desagradable el hecho de que cuando el maestro los escribió estaba en
su plenitud creadora, puesto que son todos posteriores a la publicación de su Canto
general en 1950, por lo que no cabe argumentar que estaba aprendiendo
el oficio. Creo, simplemente, que eran producto de días sin inspiración, a los
que todos tenemos derecho, y que lo mejor que hubiera podido ocurrir es que estos
poemas jamás hubieran salido a la luz... Y voy a intentar justificar esta
opinión deteniéndome en nueve de ellos.
El poema 1, datado entre 1959 y 1960, cuyo
primer verso da título al libro, comienza así:
Tus
pies toco en la sombra, tus manos en la luz,
y en
el vuelo me guían tus ojos aguilares
Matilde,
con los besos que aprendí de tu boca
aprendieron
mis labios a conocer el fuego...
Podemos
compararlo con el poema XV de Veinte poemas de amor y una canción
desesperada (publicado en 1924), que se inicia con estos cuatro versos:
Me
gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me
oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece
que los ojos se te hubieran volado,
y
parece que un beso te cerrara la boca...
Ambos
poemas son de temática amorosa y ambos están escritos en versos alejandrinos,
aunque el segundo rima en asonante y el primero está escrito en versos blancos.
En cuanto al vocabulario y las imágenes sugeridas, la distancia es abismal. “Tus
pies...” es plano, con una dicotomía sombra/luz nada original, un vocablo
“aguilares” poco afortunado desde mi punto de vista y con una repetición del
verbo “aprender” en los dos últimos versos que establecen la comparación
boca/fuego, con el elemento implícito “ardiente” u otro similar, tampoco nada
del otro mundo. Sin embargo, “Me gustas...” arranca con un alejandrino
aparentemente sencillo, en el que el adverbio “como” es la clave (probad a
eliminarlo y tendréis una afirmación más bien sosa) para iniciar una serie de
vigorosas imágenes sinestésicas bimembres... En fin, este poema, más de treinta
años anterior al de “Tus pies...”, está colmado de una sensibilidad
“modernista”, con unos rasgos eufónicos robustecidos por el sólido ritmo
acentual y la predominancia absoluta de las vocales fuertes. En definitiva, una
diferencia de calidad formidable.
El poema 4, como ya dijo en el prólogo
Gimferrer, es “el más valioso de todos”, y yo honradamente opino lo mismo, por
su factura, por su longitud y por la potencia sugestiva de las imágenes que incluye.
Por lo que dice en dos de sus versos (“Sesenta y cuatro años arrastra este
siglo y sesenta / en este año llevaban los míos...”) Neruda, que ha cumplido
los sesenta, en ese 1964 publica una de sus grandes obras, Memorial de Isla Negra,
en cinco volúmenes. Es un periodo de gran plenitud creadora y en esta obra el
autor reflexiona sobre los momentos significativos de su vida en el contexto de
la historia nacional, continental y global...
Si
en este Poema 4 los versos son
irregulares y muestran un progresivo pesimismo al contar la evolución social en
su país, como si quisiera hacerse cronista para el hijo venidero de toda la
injusticia, de toda la lucha, de todo el esfuerzo y de toda la sangre derramada
para llegar al ahora:
[...]
Sesenta
y cuatro años arrastra este siglo y sesenta
en
este año llevaban los míos, ahora
de
quién son los ojos que miran los números muertos?
Quién
eres amigo, enemigo de mi paz errante?
Sabes
cómo fueron los días, la crónica,
las
revoluciones, los viajes, las guerras,
las
enfermedades, las inundaciones, el tiempo que a veces pareció un
[soldado
vencido,
cómo
se gastaron zapatos corriendo por las oficinas de otoño,
qué
hacían los hombres dentro de una mina, en la altura plateada de
[Chuquicamata
o en
el mar antártico de Chile infinito dentro de un navío cubierto de
[nieve
No
importa, mis pasos antiguos te irán enseñando y cantando
lo
amargo y eléctrico de este tiempo impuro y radioso que tuvo
colmillos
de hiena, camisas atómicas y alas de relámpago,
para
ti que tienes los ojos que aún no han nacido
abriré
las páginas de hierro y rocío de un siglo maldito y bendito,
de
un siglo moreno, con color de hombres oscuros y boca oprimida
que
cuando viví comenzaron a tener conciencia y alcantarillado,
a
tener bandera que fueron tiñendo los siglos a fuerza de sangre y
[suplicio.
En
el poema “La injusticia” de Memorial de Isla Negra, primer tomo,
queda clara su ideología de forma temprana, puesto que este volumen refleja sus
vivencias de 1904 a 1921:
Quien
descubre el quién soy descubrirá el quién eres.
Y el
cómo, y el adónde.
Toqué
de pronto toda la injusticia.
El
hambre no era solo hambre,
sino
la medida del hombre.
El
frío, el viento, eran también medidas.
Midió
cien hambres y cayó el erguido.
A los
cien fríos fue enterrado Pedro.
Un
solo viento duró la pobre casa.
Y
aprendí que el centímetro y el gramo,
la
cuchara y la legua medían la codicia,
y
que el hombre asediado se caía de pronto
a un
agujero, y ya no más sabía.
No
más, y ese era el sitio,
el
real regalo, el don, la luz, la vida,
eso
era, padecer de frío y hambre,
y no
tener zapatos y temblar
frente
al juez, frente a otro,
a
otro ser con espada o con tintero,
y
así a empellones, cavando y cortando,
cosiendo,
haciendo pan, sembrando trigo,
pegándole
a cada clavo que pedía madera,
metiéndose en
la tierra como en un intestino
para
sacar, a ciegas, el carbón crepitante
y,
aún más subiendo ríos y cordilleras,
cabalgando
caballos, moviendo embarcaciones,
cociendo
tejas, soplando vidrios, lavando ropa,
de
tal manera que parecería
todo
esto el reino recién levantado,
uva
resplandeciente del racimo,
cuando
el hombre se decidió a ser feliz,
y no
era, no era así. Fui descubriendo
la
ley de la desdicha,
el
trono de oro sangriento,
la
libertad celestina,
la
patria sin abrigo,
el
corazón herido y fatigado,
y un
rumor de muertos sin lágrimas,
secos,
como piedras que caen.
Y
entonces dejé de ser niño
porque
comprendí que a mi pueblo
no
le permitieron la vida
y le
negaron la sepultura.
Como
puede apreciarse el lenguaje aquí es más comedido, menos triunfal y
rimbombante, buscando la descripción desnuda de la necesidad y huyendo de los
epítetos innecesarios. La tristeza, la autenticidad, la violencia que impide la
vida y acerca la sepultura se hacen tan próximas que casi se palpan...
El Poema 5 tiene un cierto interés:
Por
el cielo me acerco
Al
rayo rojo de tu cabellera...
de
tierra y trigo soy y al acercarme
tu
fuego se prepara
dentro
de mí y enciende
las
piedras y la harina.
Por
eso crece y sube
mi
corazón haciéndose
pan
para que tu boca lo devore,
y mi
sangre es el vino que te aguarda.
Tú y
yo somos la tierra con sus frutos.
Pan,
fuego, sangre y vino
es
el terrestre amor que nos abrasa.
Este
poema, en heptasílabos y endecasílabos, manuscrito por Neruda en una página de
un menú muestra una anotación de Matilde Urrutia que lo fecha en el 29 de
diciembre de 1952. Por tanto es coetáneo de Los versos del capitán (publicado anónimamente en Italia), de Las
uvas y el viento y de las Odas elementales.
Comparado por ejemplo con el poema “La tierra” de Los versos del capitán:
La
tierra verde se ha entregado
a
todo lo amarillo, oro, cosechas,
terrones,
hojas, grano,
pero
cuando el otoño se levanta
con
su estandarte extenso
eres
tú la que veo,
es
para mí tu cabellera
la
que reparte las espigas.
Veo
los monumentos
de
antigua piedra rota,
pero
si toco
la
cicatriz de piedra
tu
cuerpo me responde,
mis
dedos reconocen
de
pronto, estremecidos,
tu
caliente dulzura.
Entre
los héroes paso
recién
condecorados
por
la tierra y la pólvora
y
detrás de ellos, muda,
con
tus pequeños pasos,
eres
o no eres?
Ayer
cuando sacaron
de
raíz, para verlo,
el
viejo árbol enano
te
vi salir mirándome
desde
las torturadas
y
sedientas raíces.
Y
cuando viene el sueño
a
extenderme y llevarme
a mi
propio silencio
hay
un gran viento blanco
que
derriba mi sueño
y
caen de él las hojas,
caen
como cuchillos
sobre
mí desangrándome.
Y
cada herida tiene
la
forma de tu boca.
Vemos
que su métrica es similar, aunque más variada: la inmensa mayoría de los versos
son de siete sílabas, pero los hay de cinco y de nueve. En cuanto al contenido,
aunque ambos hablan de la cabellera de la amada, lo hacen de forma muy distinta:
en el Poema 5 vislumbra esta desde
lo alto y podría suponerse que es parte del fuego que enciende en su interior y
que cocina su corazón como pan, ofreciendo su sangre como vino y
considerándose, en una especie de antonomasia pletórica de narcisismo, ellos
dos la tierra con sus frutos: pan, fuego, sangre y vino.
El
poema “La tierra”, por el contrario, es mucho más “maduro” en cuanto al
contenido: en él es la tierra la protagonista, la que entrega todos sus frutos
(a la cabellera de la amada le permite repartir únicamente las espigas en
otoño), la que soporta los “monumentos rotos“ y a ella misma, la que sepulta a
los héroes, de la que arrancan el viejo árbol enano... El final, que corona una pesadilla, la
ausencia de la amada que le ha desangrado dejando caer sobre él hojas como
cuchillos, contiene una imagen impresionante, adecuadamente realzada por una
estrofa de dos versos: “Y cada herida tiene / La forma de tu boca”.
Sencillamente magnífica.
El Poema 10 es una oda inconclusa a la oreja. Desde mi
punto de vista es, con mucho, el peor poema del libro, y quizá fuera su pésima
calidad lo que impulsó a Neruda a dejarlo inconcluso. Fue encontrado en un
cajón que contenía manuscritos de diversas odas, que luego fueron incorporadas
a varios textos como a las Odas elementales, a las Nuevas odas elementales y a las Navegaciones y regresos.
Maravillosa
oreja,
doble
mariposa
escucha
tu
alabanza,
yo
no hablo
de
la pequeña
oreja
mas
amada
hecha
talvez de nácar
amasado
con
harina de rosa
no,
yo
quiero
celebrar
una oreja
Como
puede observarse, nada que ver, por ejemplo, con la “Oda al cráneo” de Nuevas
odas elementales, llena de admiración, ternura y asombro:
No lo sentí
sino
cuando caía,
cuando caía,
cuando perdí
existencia
y rodé
y rodé
fuera
de mi ser como el hueso
de mi ser como el hueso
de una fruta
aplastada:
no supe
sino sueño
y oscuridad,
luego
sangre y camino,
súbita
luz
aguda:
los viajeros
que levantan tu sombra.
Más tarde el lienzo de la cama
blanca como la luna
y el sueño al fin pegándose
a tu herida
como un algodón negro.
Esta mañana
extendí un dedo sigiloso,
bajé por las costillas
al cuerpo
maltratado
y únicamente
encontré
firme como un casco
mi pobre
cráneo.
Cuánto
en mi edad, en viajes, en amores,
me miré cada pelo,
cada arruga
de mi frente,
sin ver la magnitud
de la cabeza,
la huesuda
torre del pensamiento,
el coco duro,
la bóveda de calcio
protectora
como una caja de reloj
cubriendo
con su espesor de muro
minúsculos tesoros,
vasos, circulaciones
increíbles,
pulsos de la razón, venas del sueño,
gelatinas del alma,
todo
el pequeño océano
que eres,
el penacho profundo
del cerebro,
las circunvoluciones arrugadas
como una cordillera sumergida
y en ellas
la voluntad, el pez en movimiento,
la eléctrica corola
del estímulo, las algas del recuerdo.
Me toqué la cabeza,
descubriéndola,
como en la geología
de un monte
ya sin hojas,
sin temblorosa melodía de aves,
se descubre
el duro
mineral,
la osamenta
de la tierra,
y
herido aún
en este
canto alabo
el cráneo, el tuyo,
el mío,
el cráneo,
la espesura
protectora,
la caja fuerte, el casco
de la vida,
la nuez de la existencia.
El
Poema 14 es un texto “extraño” dedicado
a la muerte de los otros y, en mi opinión, otro de los poemas con cierta
calidad, especialmente los primeros y los últimos versos:
Y
los caballos dónde están?
De
tanto vivir y morir
las
personas bien educadas
de
tanto decir buenos días,
decir
adiós con parsimonia
no
se despidieron a tiempo
[...]
El
hombre está ocupado ahora
ocupado
en cavar su tumba.
Hay
que ver lo que es el silencio
en
las afueras de Valdivia
por
eso no conocerá
la
comunidad del subsuelo
la
comunión de las raíces
porque
estos muertos fallecidos
murieron
antes de morir
[...]
Puede
compararse con el poema “Cerca de los cuchillos” de Las manos del día, que
fue publicado por esas fechas y que trata también el tema de la muerte, pero
ahora desde un punto de vista subjetivo. Aquí incluyo las estrofas finales:
[...]
Ahí
viene otro, dijo ladrando el perro.
Y
yo con mis ojos de frío,
con
el luto plateado
que
me dio el firmamento,
no
vi el puñal ni el perro,
no
escuché los ladridos.
Y
aquí estoy cuando nacen las semillas
y
se abren como labios:
todo
es fresco y profundo.
Estoy
muerto,
estoy
asesinado:
estoy
naciendo
con
la primavera.
Aquí
tengo una hoja,
una
oreja, un susurro,
un
pensamiento:
voy
a vivir otra vez,
me
duelen las raíces,
el
pelo,
me
sonríe la boca:
me
levanto
porque
ha salido el sol.
Porque
ha salido el sol.
El Poema 17, según Darío Oses, quizá fuera
la entradilla para “La insepulta Paita” de Cantos ceremoniales, aunque después
lo desechó, sustituyéndolo por un prólogo. Si el señor Oses tuviera razón, es
difícil encontrar el motivo de su eliminación, puesto que este poema sí tiene
la calidad necesaria para formar parte de los Cantos ceremoniales. Quizá
Neruda pretendiera incorporar un poema menos extenso y con un tono más solemne,
no tan subjetivo… Destaco unos versos que me parecen especialmente logrados:
[...]
Acostumbrado
a los adioses
no
gasté los ojos: en dónde
están
encerradas las lágrimas?
La
sangre sube de los pies
y
recorre las galerías
del
cuerpo pintando su fuego.
Pero
dónde se esconde el llanto?
Cuando
llega el dolor acude.
[...]
no
sé hacia dónde van las olas,
ni
dónde me lleva la nave.
No
tiene mar ni tierra el día.
Como
ya he comentado, el Prólogo “sustituto” es más objetivo y solemne,
reafirmándose esta condición por una secuencia de tres vocativos hacia el final:
Desde
Valparaíso por el mar.
El
Pacífico, duro camino de cuchillos.
Sol
que fallece, cielo que navega.
Y el
barco, insecto seco, sobre el agua.
Cada
día es un fuego, una corona.
La
noche apaga, esparce, disemina.
Oh
día, oh noche,
oh
naves
de
la sombra y de la luz, naves gemelas!
Oh
tiempo, estela rota del navío!
Lento,
hacia Panamá, navega el aire.
Oh
mar, flor extendida del reposo!
El Poema 19 está dedicado al teléfono, del
que se declara enemigo acérrimo a la vez que esclavo. En la producción poética
de Neruda no existe, por ejemplo, una “oda al teléfono”. Muestra, alternando versos serios y jocosos, la
metamorfosis gradual…
Del
incomunicado,
del
ignorante hostil que yo fui siempre
desde
antes de nacer, entre el orgullo
y el
terror de vivir sin ser amado
a la
transformación risible de…
… ser telefín, telefonino,
telefante
sagrado
para
admitir la posibilidad de su derrota definitiva y conversión irreversible…
… en
teléfono,
en
instrumento abominable y negro
por
donde comuniquen los demás
el
desprecio que me consagrarán
cuando
yo ya no sirva para nada
Este
poema parecía concebido para integrarse en el libro Defectos escogidos, pero
al final Neruda no lo incluyó.
El Poema 20 glosa con admiración el mundo
de los viajes espaciales, con un entusiasmo esperanzado:
[…]
porque
los astronautas
no
iban solos,
llevaban
nuestra tierra,
olor
de musgo y bosque,
amor,
enlace de hombres y mujeres,
lluvia
terrestre sobre la pradera,
algo
flotaba como
un
vestido de novia
detrás
de las dos naves del espacio:
era
la primavera de la tierra
que
florecía por primera vez,
que
conquistaba el cielo inanimado
dejando
en las alturas
la
semilla
del
hombre.
Esta
aceptación positiva de los viajes espaciales choca con la actitud contraria,
mostrada en “El perezoso”, incluido en el libro Estravagario (1958), que
termina con una negativa radical a la “posibilidad de mudanza planetaria”:
Continuarán
viajando cosas
de
metal entre las estrellas,
subirán
hombres extenuados,
violentarán
la suave luna
y
allí fundarán sus farmacias.
[…]
No
quiero cambiar de planeta.
Posteriormente,
en La
barcarola (1967), admite la
posibilidad de un hipotético viaje espacial en su “onceno episodio” titulado
“El astronauta”:
I
Si
me encontré en estas regiones reconcentradas y calcáreas
fue
por equivocaciones de padre y madre en mi planeta:
me
aburrieron tanto los unos como los otros inclementes:
dejé
plantados a los puros, desencadené cierta locura
y
seguí haciendo regalos a los hostiles.
II
Llegué
porque me invitaron a una estrella recién abierta:
ya
Leonov me había dicho que cruzaríamos colores
de
azufre inmenso y amaranto, fuego furioso de turquesa,
zonas
insólitas de plata como espejos efervescentes
y
cuando ya me quedé solo sobre la calvicie del cielo
en
esta zona parecida a la extensión de Antofagasta,
a la
soledad de Atacama, a las alturas de Mongolia
me
desnudé para vivir en el calor del mundo virgen,
del
mundo viejo de una estrella que agonizaba o que nacía.
El Poema 21 es un tanto críptico. Parece
que habla de dos mascarones de barco. Como comenté al principio, Neruda tenía
una colección de mascarones en su casa de Isla Negra, y dos de ellos eran las
efigies de Jenny Lind y del pirata Henry Morgan. Si esto fuera cierto, el
propósito de la modificación de sus nombres (aparecen como Roa Lynn y Patrick
Morgan) no se intuye. El final del poema es un tanto apocalíptico:
[…]
pero
continúan las aguas
en
la oscuridad, conversando,
contando
besos y cenizas,
calles
sangrientas de soldados,
inaceptables
reuniones
de
la miseria con el llanto:
cuanto
pasa por estas aguas!:
la
velocidad y el espacio,
los
fermentos de las favelas
y
las máscaras del espanto.
Hay
que ver lo que trae el agua
por
el río de cuatro brazos!
El año en que escribía este poema (1968),
Neruda elaboraba Fin de mundo, y quizá fuera el ambiente que dominaba el paisaje
de ese texto el que influyó el del poema
21. El mismo Prólogo, titulado “La puerta”, se desarrolla en una atmósfera
irrespirable:
Qué
siglo permanente!
Preguntamos:
Cuándo
caerá? Cuándo se irá de bruces
al
compacto, al vacío?
A la
revolución idolatrada?
O a
la definitiva
mentira
patriarcal?
Pero
lo cierto
es
que no lo vivimos
de
tanto que queríamos vivirlo.
Siempre
fue una agonía:
siempre
estaba muriéndose:
amanecía
con luz y en la tarde era sangre:
llovía
en la mañana, por la tarde lloraba.
En
fin, creo que con el comentario de estos nueve poemas queda justificada
suficientemente mi opinión de que la publicación de este libro era innecesaria,
aunque solo sea por su nula aportación a la obra de Pablo Neruda, y que varios
de ellos la desmerecen tanto que mejor hubiera sido no haberlos conocido… Me
esfuerzo en Quiero pensar que los editores creían de verdad en las palabras que
aparecen en la cubierta: “Estos poemas suponen el mayor hallazgo de las letras
hispanas en los últimos años. La enorme relevancia de esta obra inédita reside
en que pertenecen a un periodo que abarca desde principios de los años
cincuenta hasta poco antes de su muerte, en 1973. Son, por lo tanto,
posteriores a Canto General (1950) y
fueron escritos en la época de madurez de Pablo Neruda”. Y creo que,
precisamente por las razones que exponen, hubiera sido mejor que siguieran
perdidos, durmiendo el sueño de los textos innecesarios.




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