Una conversación para después
A
la memoria de Jorge Gustavo Portella.
Here stretch thy body at full length;
Or build thy house upon this grave.
William Wordsworth
No recuerdo el día en que vi por última vez a Jorge
Gustavo Portella. No recuerdo la fecha, ni la hora; ni siquiera recuerdo si era
un día soleado o si el clima andaba rabioso. Recuerdo el lugar, pero sólo
porque raramente nos encontrábamos en otros espacios: fue en la Universidad
Católica Andrés Bello, donde él trabajaba y a donde yo iba de vez en cuando a perder
mi tiempo en trámites burocráticos -lo cual no es sino otra manera de decir que
iba a tomar café con algunos de los amigos que aún rondan esos pasillos.
Nos vimos, creo, en el cafetín. Él pasó rápidamente
junto a mi mesa, yendo con prisa a quién sabe dónde -aunque, pensándolo bien,
poco importa ya. Se detuvo a saludar con un gesto algo brusco. Tomémonos un café en estos días, me
dijo, hay algo que quisiera hablar
contigo. No sonaba urgente, así que le respondí que lo llamaría pronto. Me
parece que fui deliberadamente vago, e intuyo que mi vaguedad le hizo bien a su
apuro. Él asintió y se despidió, obviamente concentrado en algo más.
Nunca volvimos a hablar: un par de meses después, me
enteré de que había muerto. Tampoco recuerdo la fecha exacta, o la hora. Esta
vez, ni siquiera el lugar. ¿Será que los sucesos tiene la facultad de borrar
las notaciones del calendario? ¿O acaso las fechas son marcas que infligimos en
el tiempo, atribuciones injustas que nos tomamos con él? En todo caso, sobre la
libreta que suman mis días, esos dos acontecimientos están anotados juntos: la
última, brevísima invitación a un café, y la noticia inasible de su muerte. Una
muerte absurda, por demás, incluso para los estándares caraqueños -Caracas: la
ciudad de las muertes absurdas. Recuerdo enterarme, pues, pero no recuerdo por
boca de quién. Tengo memoria, eso sí, de la arrolladora sensación de cansancio
que me tomó. Un cansancio viejo, más viejo que yo, del tipo que no había
conocido hasta entonces. Un agotamiento, podría decirse, que no me pertenecía
del todo, que me era ajeno. Como si no sólo fuera de alguien más, sino de algo más, y me hubiera tocado a mí en
suerte el tener que soportarlo y conservarlo. Resguardarlo, casi, como si en él
hubiera algo de precioso, algún secreto que valdría la pena tener junto a uno,
aunque no se lo comprendiera del todo.
Es el cansancio, quiero imaginarme, que a veces
sentía Portella. Lo llamaré aquí por su apellido, como cuando conversábamos en
persona, aunque él siempre me llamó por mi nombre de pila. Un agotamiento, como
decía, que creo descubrir en su poética, repleta como está de una voz
itinerante, incapaz de detenerse, como si vagara impulsada, no por alguna forma
de energía, sino por su completa extinción:
Prefiero caminar de
noche
sentir cómo las
luces me descubren
presentir el caos
creer mía esta
soledad que nadie ha creado
creer que invento mi
destino
Ciertas veces al
final de la tarde
abandono mi reflejo
en la ventana
sin alcanzar asirme
ningún contorno
permito que el
silencio me cierre
que no llego
el cristal descubre
que no soy siquiera
parte de esta ciudad que observo
Se trata de un poema sin título, contenido en el
libro Ciudad sur. Quien aquí habla,
la voz que en estos versos se despliega, se presenta como una suerte de funambulista:
no sólo deambula de noche por la ciudad, sino que además lo hace de lámpara en
lámpara, como si su figura nada más pudiera existir en el equilibrio
inconstante de las luces urbanas. Son ellas las que le proporcionan sustancia,
y algo así como una identidad; de resto, queda presentir el caos, arriesgarse a caer en la soledad impersonal que media
entre una fuente de iluminación y otra.
Esto nos dibuja un retrato del hablante
deliberadamente fragmentado. Retrato que se acentúa un poco más adelante en el
poema: el reflejo del cuerpo se queda adherido a la ventana, mas no por deseo
propio, pues queda abandonado,
desprendido. El rostro de este hablante sólo existe cuando es iluminado por la
mirada ajena; por lo demás, su soledad no posee rasgos, es de una indiferencia
aterradora, cerrada, sellada por el silencio. Se trata, pues, de un retrato
paradójico: no de la cara de un sujeto, sino de la desaparición de esa misma
cara.
Tiene que haber ocurrido un desastre. Algo, un
suceso para siempre obliterado, que haya producido este repliegue de señas
identitarias, obligando al hablante de estos poemas a esta imagen autista de sí
mismo. Y me valgo del término desastre
en un doble sentido, aunque complementario. Por una parte, en el sentido
propiamente etimológico: la caída de los astros, su desprendimiento de la
bóveda celeste, un trastrocamiento del orden natural. Valga decir, una gran
desgracia, un suceso lamentable. Por otra parte, quiero hablar de desastre en el sentido en que lo hace
Maurice Blanchot en L'écriture du
désastre: "Le désastre ne nous regarde pas, il est l’illimité sans
regard, ce qui ne peut se mesurer en terme d’échec ni comme la perte pure et
simple." Cuando ocurre un desastre, un verdadero desastre, todos y cada
uno de los objetos materiales, así como cada pensamiento, cada movimiento
psíquico, quedan sin asidero. Hay dos características que le adjudica Blanchot
al desastre, y que vienen a traer a la superficie lo que ya está encerrado en la
imagen que proporciona la palabra misma. Se trata de lo ilimitado y la ceguera
-aunque, pensándolo bien, quizás haya aquí una sola imagen: la del caos, ése
que pasa de ser presentido a ser
sentido como una presencia abrumadora. El desastre no nos mira: su calidad de
ilimitado le veda la posibilidad de la mirada. Se trata del firmamento cerrado
sobre sí mismo, luego de que todos los cuerpos celestes se hayan desgajado de
él.
La poética de Portella elabora de modo consecuente
una imagen del desastre. Se ejercita en ello con una concisión y una
determinación algo desconcertantes: de un libro al otro, de principio a fin,
nunca lo abandona. Lo registra, incluso cuando no habla en primera persona:
reconoce el silencio
de los extraños
y cómo se repite
cada día en el espejo
Esa mudez extraña, perpetuada diariamente en los
espejos, da cuenta de la imposibilidad misma de sostener esa imagen que debiera
ser el reflejo de quien habla. También el espejo, ese sucedáneo del cielo, es
incapaz de sostener los rasgos que en él deberían estar fijados. También él es
ciego. No en vano el poema se titula (pobreza
estructural), y puede ser hallado, significativamente, en el libro llamado Sin hábitos de pertenencia.
Hay un vínculo, una suerte de consanguinidad trazada
entre aquel silencio de los extraños,
tan íntimamente ajeno, y la soledad sin dueño que cubre y arropa el deambular
de esta voz a través de la ciudad. Pero, ¿por qué vaga de un lugar a otro, si
está agotada? Se trata, quizás, de un cansancio sonámbulo, que impulsa a seguir
andando incluso al borde del desvanecimiento:
como quien no posee
sitio
no intuyo no
recuerdo no rezo
únicamente
perfecciono actos
en donde prevalecen
los signos de la duda:
silencio cemento
maquillaje
aquello que se cae
de las cruces
lo que no adivinamos
Como quien no posee
sitio:
hay aquí un giro que, cuando menos debería, atraparnos. El habla de Portella se
desarrolla, ensaya sus variaciones en el seno del desastre, que es justamente
no un espacio, sino su negación, un no-lugar.
Quien no posee sitio, quien ha sido despojado de su rango, posición o lar -de
su parcela de coherencia simbólica, de mundo interpretado-, tiene aún la
posibilidad del exilio. Sus pies todavía pisan un suelo firme: no ya el de lo
poseído por derecho, sino el de la indignación, la ira y el duelo de haber sido
desposeídos de lo propio. La voz de Portella habla como quien no posee sitio, a pesar de estar muy lejos, incluso, del
privilegio del destierro: solamente se acerca a esos modos a la hora de
articular su decir, y tal vez más por necesidad del lenguaje que por cualquier
otra razón. Sin embargo, si prestamos la atención que exigen estos versos de Breve descripción de los espacios del
deterioro, contenidos en el libro inédito Las puestas en escena del capricho, descubriremos que en ellos se
elabora un brevísimo inventario de los medios de elaboración simbólica que el
hablante no tiene -medios que no
podría arrebatar ni el más feroz de los exilios. Ni intuye, ni recuerda, ni
reza: la asociación, la precisión de la memoria y la tranquilidad de la fe le
están prohibidas. Para esta voz únicamente restan actos donde habitan los signos de la duda; actos paradójicos,
pues en ellos nos hay nada de consumado, de definitivo. Lo que se cae de todas
las certezas, lo que no sólo no adivinamos, sino que ni siquiera sospechamos.
Entonces, ¿desde dónde accede al habla? ¿En qué
fondo intransitable está instalado este sujeto?
busco palpo observo
las cosas
esos restos de un
cuerpo que no me pertenece
que usa mi nombre mi
piel mis gestos
que no me pertenece
esa luz perdida con
el tiempo
me fascina
me ciega
me abandono
me niego
Quedémonos con el último verso, empecemos a recorrer
este poema desde su última calle. Un poema sin título, por demás, que podemos
hallar en Ciudad sur. Me niego: es la negación lo que vertebra
no solamente este texto, sino la poética entera de Portella. Una negación,
podría decirse, químicamente pura. Una negación que, al suceder, consigue
abolir toda posibilidad de réplica, o de síntesis ulterior. Una negación ciega,
ilimitada. Desde allí son percibidos, registrados, juzgados todos los
acontecimientos: las cosas buscadas, palpadas, observadas, examinadas a través
del lente insomne de esta nada; el cuerpo en ruinas, superviviente inútil del
desastre, cuyo único mérito es sostener aún esos vestigios llamados piel,
nombre, gestos, miembros. Nada de esto pertenece; ni siquiera el no pertenecer
pertenece. Sólo está esa luz perdida con
el tiempo. Fascinado, ciego, el sujeto hablante se abandona.
Por ello tantos de los poemas de Portella están
despojados de signos de puntuación. Por ello en muchos de ellos no hay mayúsculas,
y la respiración del texto es dictada por quietos espacios en blanco, como
bocanadas asmáticas. Y por ello, en fin, podemos hallarlos en su mayoría titulados en minúsculas y
entre paréntesis. Difícilmente podría pensarse que son remanentes de un
discurso mayor. ¿Serán paréntesis hechos en el silencio, incisiones practicadas
por el lenguaje en la piel uniforme de lo callado? O se cayeron de cansancio,
como los astros, estos títulos; puede que por ello anden tan disminuidos, tan
cabizbajos.
Roland
Barthes, en Crítica y verdad -un
libro lleno de digresiones fascinantes-, enuncia sucintamente una definición
del sujeto, de cualquier sujeto, que siempre he hallado irresistible: "El
sujeto no es una plenitud individual que tenemos o no el derecho de evacuar en
el lenguaje […], sino por el contrario un vacío en torno del cual el escritor
teje una palabra infinitamente transformada." Y no solamente el escritor,
valdría acotar, sino todo hablante. El núcleo del sujeto no es el puñado de
palabras que vuelven a él una y otra vez, sino la carencia en torno a la cual
estas mismas palabras se organizan: la falta que encauzan, encubriéndola y revelándola
simultáneamente. La poética que despliega Portella hace oficio del desarticular
ese juego de encubrimiento y descubrimiento: instalada a consciencia en la
negación, hablando en y desde el desastre, sabe señalar las grietas, los
lugares donde nuestra estructura simbólica vacila, donde las cosas pierden el
equilibrio -quizás por pura fatiga.
qué limpio es el
vacío
qué sólidas las
sombras que pretende
cada ángulo feroz
sillas mesas infeliz
mobiliario
la luz rompiendo las
paredes
la cama en el exacto
centro
militarmente
arreglada y expectante
Iluminados por la mirada invidente del desastre, los
espacios familiares y lo que en ellos mora revelan todo lo que poseen de
hostil, de radicalmente ajeno. No han sido amaestrados estos objetos. No han
sido reducidos a entidades manejables. Pero nosotros, en nuestro día a día,
escogemos olvidar esto -por un imperativo de supervivencia, valga acotar. Las
cosas están recubiertas, contenidas por una epidermis simbólica que nos permite
movernos entre ellas, valernos de ellas, representar la farsa de la domesticación.
Debajo de esa piel, no obstante, hay vasos sanguíneos, músculos, nervios y
huesos que nos escapan -justo como tras el lenguaje se halla, imantándolo, la
nada del sujeto hablante. Pertenecientes al poema Detalle de la tala de los árboles, también hallado en el libro
inédito Las puestas en escena del
capricho, estos versos contribuyen al autorretrato mutilado que elabora
Portella en su obra, y cuya ejecución obsesiona su escritura. No hay real
diferencia entre sillas mesas infeliz
mobiliario y mi nombre mi piel mis
gestos: ambos conjuntos se confunden en el dominio de lo completamente
otro.
E incluso hay un elemento más: las generaciones
anteriores. Nuestros rasgos faciales ya fueron vestidos por otros, y aquello
que podemos creer propiedad exclusiva del espejo, lo ha sido ya de muchas
personas -personas de las que somos apenas el producto involuntario. De ahí que
mirando viejas fotos, o escuchando la descripción de algún familiar lejano,
podamos descubrir en nuestro cuerpo una materia ajena, cuya talladura es de
golpe arbitraria, abusiva, violenta:
con cautela
si te alejas un poco
la suma de los
cortes dibuja tus facciones
en la madera endeble
de las vidas pasadas
¿Por qué con
cautela? ¿A qué tipo de cuidado exhorta este poema de Cruel, tan acertadamente titulado (liminar)? ¿Puede acaso la precaución conjurar el efecto siniestro
de hallarse repetido en los cuerpos ajenos? Una repetición que nos reduce a una
suma de caracteres, a un grupo de facciones impuestas a un trozo de carne. Por
eso el propio reflejo queda abandonado en las ventanas, y el espejo es sólo un
charco silencioso. Por eso uno queda reducido a los signos de la duda: la
negación, nada más, puede presentarse como lo auténtico, lo propio, lo
inexpugnable.
Hay un verso que condensa en sí el proyecto que
intenta consumar esta poética. Pertenece al poema La esperada venganza de las cariátides, del libro inédito Las puestas en escena del capricho, y
reza, simplemente: la dura anatomía del
quebranto. Es precisamente esto lo que Portella intenta dibujar, un poema
tras otro. No fijar un rostro. No hacer de su cara un hecho permanente.
Solamente trazar la grieta que la recorre, y que es la condición irrecusable de
su existencia. Una violencia oscura sostiene las formas que nos rodean en el
mundo, así como las formas que somos, impidiendo que se derramen unas sobre
otras: la violencia intrínseca de los límites. Por la línea vacilante de ese
tenso balance de fuerzas andamos, equilibristas, sin percatarnos muchas veces
del peligro que corremos; e incluso cuando lo hacemos, cuando nos tornamos
conscientes de la inminencia del daño y nuestro paso tartamudea, no nos queda
sino seguir adelante. Sin embargo, la escritura poética de Portella no se
ejercita en el resguardo, no intenta prevenir el riesgo de caer, sino que se
inscribe en él: la caída misma es su registro.
De ahí, tal vez, el cansancio tan grande que la
recorre. Como si no fuese posible una palabra más, como si hablar fuese el
ejercicio de una injusticia inútil. Como sucede con la madera de los barcos de
prosa en El libro de los falsos navíos
fatigados, la madera de las palabras también se cuartea, se desgasta, se
pudre. A esos navíos, dice Portella, pocas
veces los nombran sus siluetas. Demudan, se agotan. Alguna vez un hombre insiste
y el lenguaje es la fiesta. Luego el silencio. Las naves, las palabras,
también son traicionadas por sus rasgos: su silueta, cansada, gotea hasta
formar un charco al fondo de la página. Así, quien habla desde el desastre ni
siquiera puede reclamar para sí las palabras: éstas también son ruinas, meros
vestigios. Insiste, sin duda, y el lenguaje incluso puede resultar en una
fiesta. Pero luego, inevitablemente, resta el silencio.
Toda escritura comporta un acto de violencia. Sobre
el material fluido de la palabra se ejerce una fuerza, se le imponen bordes
para encauzarla. La distribución de tales cotos, la imposición de unas
fronteras específicas, es lo que constituye la firma más íntima de un escritor.
Incluso podría decirse que la escritura es un trabajo siempre incompleto de
cartografía. Ahora, ¿cómo realizar esta labor desde el seno del desastre? Si
luego de la fugaz celebración del lenguaje nada más queda la mudez, y si luego
de los esfuerzos que realizamos para fijar un trozo de la lengua, para constelar
las palabras en un solo trazo, éstas se dispersan nuevamente, ¿qué queda de la
escritura?
sobre el papel
resbala la locura
es difícil lograr
que se mantenga
que sea huella
instante
y adherida
apenas una voz:
construimos Babel.
Estos versos pertenecen a la primera parte de Compendio de historia natural, titulado En el gabinete del alquimista. Las
palabras resbalan del papel, incapaces de adherirse a su superficie, como si se
tratara de una película impermeable. Pero, ¿no lo es, acaso? Las palabras se
aferran a la piel yerma y lisa de la página a duras penas. Y desde que son
leídas, se dispersan en bandadas: la lectura es el acto destructor por
antonomasia. Cada nueva interpretación dinamita los puentes y caminos
cuidadosamente establecidos por el autor en medio de los terrenos salvajes de
la lengua. Sosteniendo una suerte de simetría con la imagen escurridiza del
rostro abandonado en la ventana, las palabras aquí son también dejadas a su
suerte, dejando de pertenecer a quien habla. El autorretrato que dibuja esta
poética no sabe, no quiere distinguir la cara de la voz.
Y no tendría por qué hacerlo. Habitante del
desastre, ha experimentado de primera mano lo que significa que sus rasgos y
sus vocablos sean esos miserables cuerpos celestes que no saben mantenerse en
sus órbitas. Nada más hay una cosa segura: construimos
Babel. No sólo sufrimos a diario la pérdida del lenguaje primigenio; antes
bien, cada día, a cada minuto, reactualizamos esa misma pérdida. Cada una de
nuestras frases intenta erigir de nuevo la torre, en vano. A cada momento, la
torre de Babel vuelve a ser derrumbada en nuestras bocas. Y con ella,
desaparece también aquella lengua capaz de suturar la grieta entre las palabras
y las cosas.
La chair est triste,
hélas! et j'ai lu tous les livres. Así comienza el poema Brise marine de Mallarmé. La carne está triste, se lamenta quien
habla en este poema, y he leído todos los
libros. Pero, quizás, habría que leer este verso de otro modo: la chair est triste, hélas! parce que j'ai lu tous les livres: la carne está
triste porque he leído todos los
libros. Todos los libros leídos: una breve versión del apocalipsis. Aquí, leídos vale perfectamente por agotados.
Y extinguidos los libros, está extinguida con ellos la lengua. La carne está
triste, pues, porque carece de la lengua: un cuerpo al que le ha sido sustraído
el soporte simbólico es un cuerpo consumido -nunca consumado-, reducido a su
mínima expresión, a la unidimensionalidad de una criatura ajena a la vida
múltiple de la metáfora. Del mismo modo, la metáfora como motor de la lengua
crea y puebla un más allá para el cuerpo, un territorio siempre renovado. Sin
él, el cuerpo se ve confinado a la ceguera de los objetos inanimados.
Me acechas con tu
mano brusca
desde el tejido
blando
debajo de la forma
con la substancia
fría que sostiene mi cuerpo
mi propia mano
me miras
con ojos de boceto
en blanco y negro
me vas haciendo gris
sólo de verme
de esto no estoy
seguro:
tus pasos detrás de
la pared
por oscuros pasillos
que no existen
y creo presentir
o atravesar
Ese ente que mira, que observa al hablante desde el
fondo de este poema de Compendio de
historia natural, que lo acecha con una mano que es la misma que escribió
estos versos, ese ente no es sino la consciencia misma del desastre, que con
cada paso tras la pared, por esos oscuros
pasillos que no existen, no deja de susurrar la imposibilidad de toda
dicción justa, el agotamiento de la carne triste y de los libros aún más
tristes. Desde el caos, desde lo que revoca toda forma, esto se nos dice: la
misma nada sostiene a los cuerpos y a las palabras. Ella los limita, los rodea,
los cobija.
El sueño de la lengua edénica previa al desastre de
Babel no es aquel que imagina a cada palabra adherida a cada cosa; antes bien,
se trata de su exacto opuesto: de una lengua plenamente significante, donde la
palabra sea la cosa, y viceversa. No se trata, por ende, de fijar
semánticamente, sino de desencadenar por completo la posibilidad de significar.
El desastre, ciego, ilimitado, está en la impotencia de las palabras para ser
las cosas, y viceversa. Nuestro soporte simbólico es endeble: realizamos
nuestro acto de equilibrismo sobre un delgado hilo de metáforas, anudando
balbuceos al hablar.
En unos versos del poema Detalle de la tala de los árboles, perteneciente al libro inédito Las puestas en escena del capricho, Portella
consiguió sintetizar por completo este planteamiento, que bautizó, al menos
para mí, con aquel verso: la dura
anatomía del quebranto. El dibujo, línea a línea, de tal anatomía, termina
en un retrato impar, de fragmentos arrimados, donde lo que hemos perdido es
aquello que nos define, no aquello que hemos creído conservar. La escritura no
es entonces más que una gracia inútil, una dádiva que no salva -y que a duras
penas sirve para descubrir la fractura que es nuestro único, genuino nombre:
y con la deficiencia
de mis trazos
continúo
sabiendo desde mis
dedos líneas
(única gracia que me
corresponde)
-y lo he dich
nada vive en las
líneas.
Al final
resta poco de nosotros: la libreta de notas que somos está semivacía. Apenas
hay algunas anotaciones, incapaces de permanecer en un mismo lugar, yendo a la
deriva, naufragadas en medio de lo blanco. Como esas fechas que no son capaces
de fijarse en mi memoria, quizás porque también ellas están cansadas -fechas
que, estoy seguro, a Portella ya no le importan en absoluto. Pero, entonces,
con o sin fecha, con o sin lugar, ¿dónde tener esa conversación que ambos
dejamos para luego, para un después
que súbitamente se reveló como la eternidad?
Hay una
oda de Keats en la que me gusta pensar a menudo. No tiene título, así que se la
suele recordar por su primer verso, largo y alegre vocativo: Bards of Passion and of Mirth. Luego de dirigirse a estos bardos, a los poetas de toda clase y calaña
para imaginarles un más allá, una vida idílica después de ésta otra, más
cercana y repleta de dolores, Keats -quien, creo, es John Keats- les habla
también de una segunda manera de permanecer luego de la muerte: el tejer para
sí una segunda alma con la materia del aliento, las palabras. Así dice la
segunda parte de esta oda:
Thus ye live on high, and the
On the earth ye live again;
And the souls ye left behind you
Teach us, here, the way to find you,
Where your other souls are joying,
Never slumber’d, never cloying,
Here, your earth-born souls still speak
To mortals, of their little week;
Of their sorrows and delights;
Of their passions and their spites;
Of their glory and their shame;
What doth strengthen and what maim.
Thus ye teach us, every day,
Wisdom, though fled far away.
Bards of Passion and of Mirth,
Ye have left your souls on earth!
Ye have souls in heaven too,
Double-lived in regions new!
Las almas de estos poetas, earth-born, nacidas en la tierra, hablan
a los mortales: les relatan sus penas y sus placeres, sus fortunas desiguales, todo
el caudal de experiencias que han recabado. Se trata de los poemas, espíritus
dejados en la tierra aunque el cuerpo que los sostenía ya no esté. Con ellos
aún cabe la posibilidad de un diálogo, siempre inconcluso, siempre renovado. La poesía puede hacer eso por nosotros: entregarnos, literalmente,
la ausencia.
Esta es,
entonces, la conversación que ambos, Portella y yo, dejamos para después. Un
después que sólo podía ser éste, el de la página, pues en el otro no sé creer,
y de todos modos tampoco estoy muy seguro que Portella creyera en él. Un
después que es este texto y aquel encuentro, imposible, que lo revocaría.
Y
hablando de revocar, Portella supo hallar una manera de contradecirse,
felizmente. Su poética no resulta, por suerte, unívoca: hay lugares, versos, en
los cuales se traiciona. Uno de ellos es éste, perteneciente al poema Breve descripción de los espacios del
deterioro, de ese libro inédito que tanto he querido citar: Las puestas en escena del capricho. Aquí,
es este lugar, la grieta exhala su deseo más íntimo: permanecer con vida.
pero si alguna vez
asumen que estoy muerto
caminen por los
parques donde la vida a veces se rebela
o se ha perdido tan
sólo de tenerse
y me hallarán tan
cerca del poema
sobre el pasto
que aún no me he
rendido.
Venezuela,
1987. Ensayista y traductor, es autor de los poemarios La arena, el vidrio, Extranjero, Suturas, Heredar la tierra
y el volumen Insomnios. Ensayos sobre
poesía venezolana. Ganador del XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita
por el volumen Salvoconducto, también
es coautor de Los días pasan y las formas
regresan, en torno a la obra del escultor Harry Abend. Ha traducido a
Marguerite Duras y Antonin Artaud, entre otros. Junto con Alejandro Sebastiani
Verlezza curó la antología Poetas
venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes. Actualmente
es codirector de bid&co. editor, miembro de redacción de la Revista POESIA
de la Universidad de Carabobo y becario Santander el MFA en Escritura Creativa
en Español de la New York University. Ha sido uno de los autores de nuestro Número TRES. Podéis verlo recitar pinchando aquí.



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