LA MÚSICA PIADOSA DEL ASESINO
Carlo Gesualdo, crimen y
polifonía
en el Renacimiento italiano.
Aquella noche de octubre de 1590, las
estancias del palacio resonaron con los aullidos de dolor de las víctimas y los
furiosos gritos de sus verdugos. Unos, llenos de pavor, suplicarían clemencia,
los otros, escupiendo su ira, pedirían justicia, la restitución del honor
mancillado.
Esa noche de otoño napolitano, Carlo Gesualdo,
Príncipe de Venosa, tras confirmar sus sospechas y con un plan bien urdido,
asesinó salvajemente, con saña incluso, a su esposa María de Ávalos y al amante
de ésta, sorprendidos en flagrante adulterio.
A esta escena dantesca de violencia con
espadas, puñales, disparos, desmembramientos y rostros desfigurados le
sobrevuela una música, en siniestro contraste, de lánguido misticismo. Es un
madrigal para cinco voces: las de las víctimas, María y Fabrizio, la del
asesino, Gesualdo, y las de sus dos esbirros. Cinco voces discordantes entre
las que sobresale una frase recurrente, que da título a la obra: Tu m´uccidi o crudele (Tú me matas, oh
cruel), en la que se repite como una letanía, la palabra gridando (gritando).
Los psiquiatras forenses actuales están
convencidos de que un hecho de significación traumática puede ser el detonante
que convierta a cualquier individuo de vida intachable en un asesino en serie.
De igual modo, en todo gran artista salta, en algún momento crítico del proceso
creativo, una chispa que prende la llama de la genialidad. En el caso de
Gesualdo, ese punto de inflexión podría estar en la noche de sus crímenes, pues
a partir de los asesinatos compuso sus madrigales más desafiantes, con la
constante del dolor y la muerte como tema de inspiración. Todos podemos ser el
doctor Jekyll y el señor Hyde, paseando de la mano por la fina raya que separa
genio y demencia; sensibilidad sublimada en el arte y violencia salvaje en la
vida.
Desde niño, Gesualdo recibió clases de
composición y cultivó el arte musical más para su propio placer que por
necesidad profesional, no tenía nada que demostrar, ni tenía que agradar en la
corte para ganar su sustento. Gesualdo escribía para sí mismo, sólo así pueden
los expertos explicarse lo avanzado de su lenguaje armónico, de un cromatismo
extremo, y sus originales innovaciones formales en el madrigal polifónico.
La abigarrada expresividad en sus obras y su
empleo de la fuga de voces encadenadas preceden y anuncian el universo barroco.
El nuevo orden se puede entender, sin entrar en las profundidades y múltiples
matices del Barroco, como una reacción lógica ante las extravagancias, el
capricho, el elitismo y la exquisitez que moldearon muchas obras artísticas de
finales del siglo XVI. La expresividad musical de Gesualdo, llevada al límite,
y la complejidad técnica de sus composiciones sirvieron de inspiración para
compositores del siglo XX, como Schnittke o Stravinsky, y otras figuras de la
vanguardia musical de principios de siglo, que reivindicaron su música
disonante como inusualmente moderna.
En una atenta escucha de los madrigales de Gesualdo,
se podría resumir la impresión suscitada por sus obras en intensidad y
desequilibrio, una intensidad sustentada en el protagonismo de todas las voces,
que actúan como solistas en una construcción alambicada y disonante, se podría
hablar así de “densidad expresiva” en su música. La discordancia de registros y
tonos crea un desequilibrio por momentos frágil, pero que demuestra al final
una unidad sólida, como una bella reja de hierro forjado del Renacimiento, pues
el resultado es armónico a pesar de la aparente desconexión de las voces.
De la violencia cometida, Carlo Gesualdo fue
liberado de toda responsabilidad, pues se consideró un acto de reparación de
una ofensa, el adulterio, que convertía al Príncipe en víctima. El proceso fue
conveniente y diligentemente archivado al día siguiente de su apertura. A
Gesualdo se le atribuye poco después el asesinato por asfixia de uno de sus
hijos, ante la sospecha de que pudiera no ser suyo sino del amante asesinado y
descuartizado, otro hecho que serviría para engordar su leyenda de aristócrata
arrastrado por sus pasiones. Su furia violenta es comparable a la de otros
nobles de instintos asesinos, rayanos en la psicopatía, como Gilles de Rais,
compañero de armas de Juana de Arco o la condesa Erszébet Báthory, más conocida
como “la condesa sangrienta”.
Desde la muerte de su otro hijo en 1600, vivió
atormentado hasta el día de su muerte, enclaustrado en sus posesiones, alejado
de su segunda esposa y de los círculos musicales de la corte de Ferrara,
sometido a una férrea disciplina de trabajo musical, llevando a cotas
sorprendentes la riqueza expresiva del madrigalismo. Puede uno imaginarlo
escribiendo su Tristis est anima mea (Triste está mi alma),
construyendo gemidos, susurros y
silencios en su música, atravesada de lánguida melancolía, penitencia impuesta
quizás por sus terribles actos, creando una atmósfera de misterio piadoso.
Gesualdo compone porque lo necesita interiormente, para dar rienda suelta a su
frenesí creativo y equilibrar de alguna forma su mente convulsa. Pero la
caricia apaciguadora de la música no fue suficiente. En sus últimos años se
rodeó de un grupo de jóvenes servidores cuya misión era la de seguirlo en todo
momento y atizarlo con látigos, parece que se sometió a prácticas masoquistas con
escenas de flagelación. En 1613 se le encontró muerto, desnudo, después de una
de estas sesiones para expiar sus culpas, una especie de exorcismo muy en
consonancia con su personalidad excesiva y con su aureola tenebrosa.
La escena final de su vida, su último acto de contrición,
bien podría acompañarse con la
música de su Ahi, disperata vita (Ah
desesperada vida) como banda sonora de una historia cruenta de excesos ,
recogimiento piadoso, y angustioso final en el que cinco muchachos fustigan al
Príncipe y gritan, o cantan, a su alrededor. Uno quizás le escupiría su
desprecio, un segundo alabaría su genio musical, le conminaría otro al
arrepentimiento, un cuarto le recordaría sus crímenes y el último intentaría
expulsar sus demonios. Cinco voces en una, la suya propia, la de un hombre de
personalidad compleja, de múltiples caras que se abandona, en agónica huida de
este mundo, a una espiral de paroxismo, en la que repite la palabra fuggendo
(huyendo) hasta componer un madrigal para su propia muerte.
Pedro Sánchez Sanz nace en
Sevilla en 1970. Actualmente reside en Jerez de la Frontera, donde
trabaja como
profesor. Como escritor ha publicado, hasta su séptimo y último
poemario, "Un relámpago atrapado en un puño" (2014), un libro de
relatos, y ha sido co-editor de la revista literaria y cultural El Ático
de los Gatos.
Ha obtenido distintos premios por su obra, entre los que destaca el Premio Internacional Platero, otorgado por el Club del Libro en Español en Naciones Unidas (Suiza) por su relato “El Indiano”.
Ha obtenido distintos premios por su obra, entre los que destaca el Premio Internacional Platero, otorgado por el Club del Libro en Español en Naciones Unidas (Suiza) por su relato “El Indiano”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario