Algo
sobre el microrrelato
I
look for the forms / things want to come as, escribe Archie
Randolph Ammons, consciente de que el objeto poético es dinámico, de que son
esas cosas de las que habla, las que tienen que acudir al poema y no al
contrario.
Por eso, cuando las historias están bien contadas, cuando se elige bien la forma (¿quién no recuerda El dinosaurio de Monterroso?), se quedan con nosotros para siempre.
Buscar las formas, eso nos dice el de Carolina del Norte (uno de los
poetas norteamericanos más laureados de la segunda mitad del siglo XX), a las
que acuden las cosas. Y ese decir es una confesión, una súplica y una guía para
que no se mueran las letras. Las cosas son historias: un grano de arena, las
estrellas, heridas, mirlos, algunas hojas circundantes, la casa, un hueco, los
grandes ríos, el hombre y su ignorancia. Son historias. Y las formas son, aunque
podrían ser muchas más cosas, las construcciones literarias. El escritor conoce
la cosa y decide la forma. Decidir la forma adecuada determina al buen
escritor. Porque cada historia puede tener mil formas, tantas como escritores,
pero solo una sublima todas sus posibilidades. Su médula. Solo una hace que
resista, cada cosa bien formada, los envites del tiempo y de la memoria. Y
permanezca. Moby-Dick, La montaña mágica,
La metamorfosis, Hojas de hierba, Bodas de sangre, Niebla, Un sueño, El
emigrante, no podrían haber sobrevivido de otra forma, con otros atavíos. Sin embargo, el prestigio literario de las
diferentes construcciones no es análogo.
El microrrelato está en una cruzada
incesante, defendiéndose de injustas críticas y comparaciones. Porque no es tan
justo hablar o escribir sobre las diferencias (de linaje o pedigrí, se
entiende) entre las distintas formas literarias o subgéneros narrativos,
líricos, dramáticos o didácticos, como hacerlo sobre la buena o mala literatura. La grandeza de una novela, por ejemplo, no es solo consecuencia de
los fundamentos teóricos sobre los que está cimentada. Ni la de un poema. Se
puede escribir un soneto impecable que no diga nada ni emocione. La magnitud
depende del alma y el alma (de los textos, por supuesto) de la razón y el genio.
Por eso no es necesario ampararse en los requisitos formales, que los tiene,
para defender el microrrelato. Los conocemos (y, a veces, se utilizan como
armas de doble filo en debates estériles), no es un fenómeno nuevo, aunque sus
técnicas y capacidades respondan perfectamente a las exigencias de nuestro
tiempo. El microrrelato es una mina que se encontró hace mucho tiempo, pero ahora
es cuando estamos empezando a explotar todos sus recursos, que no solo están en
el texto sino, sobre todo, en la búsqueda. Porque en estos cuentos concentrados al máximo, como diría David Lagmanovich, donde
se pone a prueba nuestra manera rutinaria de leer, las pesquisas, impresiones,
corazonadas o creencias del lector completan los significados. La búsqueda
convierte al lector en autor. Archie Randolph Ammons, que podría haber sido un
excelente microrrelatista, lo sabía. Él buscaba las formas porque sabía que la
literatura es hallazgo. Y sabía, además, que la búsqueda no terminaba en él. Porque
entendía la literatura como un ente único: autor, lector, cosa, forma. I
look for the forms / things want to come as. Porque comprendía como pocos que la
literatura es decir. Y decir es regresar, resucitar los hechos. Porque sabía que
escribir es, fundamentalmente, contar historias, sublimar la vida.
Por eso, cuando las historias están bien contadas, cuando se elige bien la forma (¿quién no recuerda El dinosaurio de Monterroso?), se quedan con nosotros para siempre.
Francisco Guerrero Cano
FRANCISCO J. GUERRERO CANO (Córdoba, 1976).
Es autor del libro de relatos Micromundi
(Ediciones Cardeñoso, 2012) y del poemario Cuaderno de ruta
(Ediciones Oblicuas, 2013). Ha sido incluido en numerosas antologías y colabora
con la plataforma cultural Raíces de Papel y
con la revista Miscelánea Literaria. Su último
poemario con Adeshoras, Caleidoscopia. Es uno de los autores del Número DOS de La Galla Ciencia.




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