1. De la elegía a la alegoría
Ya desde principios de la década de los ochenta José Emilio Pacheco (México,
1939-2014) era considerado una figura central de su generación. Su vasta obra que
abarca casi todos los géneros ha visto, especialmente la poesía y la
investigación literaria, tal vez en su caso los más prolíficos y
significativos, crecer en torno suyo un cuerpo crítico y de traducciones como
pocas veces sucede en un autor contemporáneo. No han faltado, tal vez
precisamente por ello, severas observaciones también y juicios muy polarizados
respecto a algunas de sus obras.
Los dos primeros títulos que abrieron dicha obra, Los elementos de la noche
(1963) y El reposo del fuego (1966), eran asombrosos. Finos sedimentos
en equilibrio tanto de la tradición francesa simbolista y surrealista como de
los Contemporáneos, quizá también de Octavio Paz, Alí Chumacero y Rubén Bonifaz
Nuño, poemas tempranamente maduros dispuestos en impecables series o
meditaciones alegóricas. Podríamos decir que son elegías de una temprana
madurez. Su elegante labrado formal es paralelo a su temple clásico.
Poemas impecables donde la naturaleza y el tiempo vencen una y otra vez al
apurado corazón del hombre y sus trabajos. Lugares de lamento. Flota en ellos
una atmósfera nocturna y una intemporal sabiduría. Ya desde estos libros, los
elementos de la materia, el tiempo y la destrucción, el drama de la conciencia,
el logos absurdo y finalmente doloroso, se desplegaban como los asuntos
centrales de una temática cuya universalidad y pulcritud la situaron
inmediatamente en muy alta estima.
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| ROBERTO RÉBORA José Emilio Pacheco, 2005 Acuarela sobre papel |
El título de Irás y no volverás alude al lugar o país de los cuentos
infantiles a donde se iba y de donde no se regresaba nunca. Ese lugar podría
ser también esta segunda época de la poesía de Pacheco; la cual parece haber
quemado las naves con su paraíso de pureza. Poner sobre la mesa el revés, la
confesión, el anticlímax de la propia voz poética no es un mero ejercicio de
estilo. Con la brevedad del apunte y la austeridad del testimonio, los poemas
de este ciclo -que no dejan de responder también, dentro de su mordacidad
crítica, a un examen ético del lenguaje literario- asumen una desnudez que,
paradójicamente, los fortalece.
El tono conversacional de algunos poetas norteamericanos, la antipoesía
de Nicanor Parra, y la saludable irreverencia de Ernesto Cardenal o de Jaime
Sabines están más cerca de esta, ya definitiva y diferenciada, voz de Pacheco,
cuyos más perdurables méritos son probablemente la transparencia comunicativa y
la erudición revertida a la cotidianidad que hace de todas las venas literarias
que lo alimentan una sola corriente con capacidad a veces narrativa, a veces
alegórica, a veces aforística. Lenguaje extremamente cultivado que sin embargo
produce la impresión de un habla llana.
Otra aspiración constante de este autor desde sus primeros libros es convertir
el poema en instrumento de reflexión tribal, perenne y anónima, la mallarmeana
legislación de dar un más alto sentido a las palabras de la tribu. En este
sentido, inventa un género literario: las aproximaciones, que parten de
la traducción de otros poemas pero aspiran a más, a reencontrarlos, a
reescribirlos en otro tiempo y espacio.
La afinidad de José Emilio Pacheco con esos textos lo lleva a recrearlos y a
situarlos al lado de los suyos en cada nuevo libro, a la manera de su maestro
Jaime García Terrés, con lo que proponen un puente de espejos en el cual sus
poemas son también preguntas a la poesía de otros poetas, y sus traducciones de
otros poetas son también nuevos poemas propios. Poemas que reaparecen,
reenunciadas de un poeta a otro y de un idioma a otro.
Los años ochenta y noventa fueron el escenario de, por una parte, la
consolidación de José Emilio Pacheco como figura intelectual protagónica de su
país. Se publican Las batallas en el desierto, su obra narrativa
maestra; son los mejores años de sus crónicas periodísticas; se le nombra
miembro de El Colegio Nacional, recibe premios internacionales y publica su
obra poética reunida con el título de Tarde o temprano (1980 y 2000). Y,
por otro lado, es el periodo de un tercer ciclo poético que se abre con Los
trabajos del mar (1982). En este ciclo, que se prolonga hasta La arena
errante (1999) y que comprende los libros Miro la tierra (1986), Ciudad
de la memoria (1989) y El silencio de la luna (1996), la
tematización sobre el mal de la historia se define abiertamente como la fuente
obsesiva de su atención.
La historia, su pasión aborrecida pero irrenunciable, desfila envuelta con
adjetivos de condena. La crónica se acerca así a la poesía y la poesía se
sincroniza con el tema de la historia. La idea del tiempo como devastación o
desintegración cede su sitio a la del tiempo como irremediable teatro de
alegorías que se reiteran o se multiplican de manera hasta cierto punto
grotesca. La declaración de principios ya estaba anunciada, por lo menos diez
años atrás, en un célebre poema (“A quien pueda interesar”):
Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía
A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo
La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto
ni medida
Esta especie de bitácora en que se convertirá poco a poco su poesía, no
obstante, de reflexiva tiende a sentenciosa, y de sentenciosa a moralizante en
un deslizamiento no lineal pero sí acumulativo, que con frecuencia produce el
efecto contrario al que buscaba en principio al plantearse el poema como una
crónica de lo circundante. Acude, con predilección, a un catálogo de objetos y
personajes, de pretextos podríamos decir, en los que el género de la fábula se
actualiza bajo subrepticios arsenales retóricos.
Tal vez José Emilio Pacheco en esencia es un fabulista. Los animales y los
objetos operan como ejemplos de reflexión ante la cual con frecuencia habrá una
conclusión de conducta o moraleja. Asuntos del entorno cotidiano o de la
historia lejana son pie de una reflexión monotonal. Más frecuente la sentencia
que la duda, la conclusión dramática que la simple exposición descriptiva, este
previsible juicio lastrado por el imperativo moral de esta última etapa de su
obra poética lo separa de otros poetas contemporáneos suyos de parecida
enunciación, como Heberto Padilla, Eugenio Montejo o Juan Gustavo Cobo Borda,
en los que también son evidentes la narratividad y el recurso descriptivo, una
depuradísima habla aparentemente directa, y la tentación de asimilar a toda
costa la historia como un tema poético.
Lo más distintivo de la escritura de José Emilio Pacheco está presente en los
poemas de El silencio de la luna que no caen en la hipertrofia
enjuiciativa, como El rey David, Homenaje a la Compañía Teatral Española de
Enrique Rambal, Padre e Hijo, Cirios, El ave Fénix y el amplio repertorio
alegórico de la última parte, Circo de noche. La utilización de máscaras o
personajes que toman la palabra para emitir un juicio que invariablemente
remite a la sociedad humana, fábula o alegoría tras la que siempre se escucha
la voz del moralista, es el recurso ejercitado sobre todo en la primera y
última partes del libro.
Los objetos, animales o personajes no hablan en realidad nunca de sí mismos, no
tienen una visión otra como correspondería a su naturaleza singular,
sino que son utilizados como pretextos para el pensamiento del autor. Supongo
que hablar desde otro es imposible, y por lo mismo este recurso da por
entendido que todos los poemas hablan, de una u otra manera, de las
preocupaciones de una sola persona. Sin embargo, en algunos escritores, emerge
una poderosa verosimilitud de la máscara y entonces la voz resultan
voces, verdaderos discursos en los que otros personajes toman la palabra y
hablan desde su alteridad poniendo en juego cierta riqueza literaria. En la
fábula, por el contrario, hay una sola lectura de la realidad con distintos
personajes, puesto que su intención no es abrir el espectro de posibilidades
interpretativas sino dar un ejemplo práctico de conducta; por eso siempre hay
un juicio o moraleja, los personajes son simplemente recursos estilísticos para
que esa visión enuncie su programa.
En general los poemas de este último ciclo poético tienden a ser fábulas,
demostraciones una y otra vez de ciertas ideas fijas acerca del mundo y de la
historia. La toma de principios asumida tiempo atrás, en la cual el texto
renunciaba a buscar el “rotundo espejo de armonía” a cambio del testimonio, ha
cedido su lugar, a su vez, a un producto híbrido que posee del rigor sólo la
rigidez y del testimonio sólo el simulacro anecdótico. Parece oportuno recordar
que la palabra híbrido, mezcla de naturalezas, proviene de hybris,
término griego para designar el mal de la desmesura.
El ajuste, pertinente y riguroso, que José Emilio Pacheco hace de sus poemas
escritos desde la juventud es un proceso continuo con el paso de las ediciones.
Piezas de alguna manera ya clásicos de la poesía del siglo veinte mexicano se
ven sometidos a una revisión que los afina; e incluso, en algunos casos, a una
extrema metamorfosis.
Tomemos el ejemplo de una parte muy conocida del poema De algún tiempo a
esta parte, incluido originalmente en el libro Los elementos de la noche
(1963). En la primera -o una de las primeras- versiones este poema decía:
En el último día del mundo -cuando ya no haya infierno, tiempo ni mañana- dirás
su nombre incontaminado de cenizas, de perdones y miedo. Su nombre alto y
purísimo, como ese roto instante que la trajo a tu lado.
En la edición de 1980 de Tarde o temprano -es decir en la primera de la
obra poética reunida- el párrafo había sido reducido a la mitad y los números
romanos cambiaron por arábigos:
En el último día del mundo dirás su nombre alto y purísimo como ese instante
que la trajo a tu lado.
Ya para la edición de Los elementos de la noche en la editorial ERA, en
1983, el nombre no era “alto y purísimo” sino “simple y perfecto”:
En el último día del mundo dirás su nombre, simple y perfecto como ese instante
que la trajo a tu lado.
Y en la más reciente versión de la obra poética que nos ocupa, Tarde o
temprano (2000), el poema se ha convertido en una sencilla sentencia:
En el último día del mundo dirás su nombre.
Como podemos observar, este poema más que ser corregido ha sido reescrito. La
distancia que separa a la primera versión de la más reciente es casi tanta como
la que producirían dos poetas distintos ante un mismo tema. Esta metamorfosis
paulatina evidencia un diálogo y hasta una lucha entre el poeta joven y el
poeta maduro. Hay dos formulaciones diferentes acerca de lo que resulta eficaz
como expresión estética y aun dos concepciones de la poesía. El contraste entre
la profusión y la concentración de elementos en las sucesivas versiones de este
poema es casi la misma que se observa entre los primeros y los últimos libros
de Tarde o temprano.
En esta continua tarea de relectura y corrección parece haber un requerimiento
estético y, más aún, uno de tipo ético. No se clausuran los poemas de José
Emilio Pacheco en su primera versión: la fidelidad no es a un original, parece
sugerirnos su autor, sino al rito no culminado de la lectura y la escritura (o
de la relectura y la reescritura). Estos poemas no tienen forma definitiva
porque son un producto del tiempo y en el tiempo. No se conciben pues como fin
sino como proceso permanente. Con esta práctica Pacheco probablemente reafirma
una convicción que manifestó casi desde los inicios de su carrera literaria: la
condición ante todo testimonial de su ejercicio poético y la inexistencia, por
lo tanto, de un proyecto o de un orden definitivo en su redacción.
Sin embargo, no podemos pasar por alto que el problema de la testimonialidad
del poema es relativo en este caso. La poesía mexicana ofrece dos polos a este
respecto: José Gorostiza y Jaime Sabines. El primero podría ser el paradigma
del poeta riguroso que concibe la obra como forma pura por alcanzar, ausente de
un devenir que no sea el del propio proceso de su creación; y el segundo el del
poeta testimonial por excelencia, aquel que ve en la escritura sólo un registro
del instante presente. Uno corrigió toda la vida un gran poema y el otro nunca
hizo una sola corrección de sus poemas publicados. José Emilio Pacheco se
hallaría a medio camino de ambos. Trabaja con la convicción de que sus poemas
son un simple testimonio del presente pero con el rigor del artista que corrige
toda la vida una obra.
En mi opinión, el afinamiento que han experimentado sus libros es benéfico.
Aunque para ciertos lectores el hallazgo de alguno de sus versos favoritos en
las nuevas versiones sea desconcertante, para quien los lea hoy por primera vez
le aguarda el descubrimiento de un poeta más claro, sobrio y certero.
Otro aspecto a resaltar en el conjunto de su obra reunida es que propone un
ciclo al parecer completo. Para esto hay que tener en cuenta que en este autor
los recursos narrativos y periodísticos, lo mismo que el mito, la fábula y la
alegoría son estrategias literarias constantes, aun en su poesía. Sólo que en
esta última se encuentran concentrados en células muy finas -por llamarlas así-
y entretejidos bajo diversas formas reconocibles de la tradición poética
(sonetos, octavas, haikus, poemas en prosa, etc.). No obstante, es insoslayable
el ascendente narrativo de esta obra poética, sobre todo a partir del libro No
me preguntes cómo pasa el tiempo (1969).
El conjunto general o gran ciclo poético en doce capítulos que nos ofrece Tarde
o temprano (2000) está relacionado con la evolución del concepto mismo de
poesía a lo largo de toda una vida. Si Fernando Pessoa definió el sentido de
sus heterónimos como un drama en gente, podríamos decir que Pacheco nos
presenta en la suma de sus libros un drama en géneros. Así, la narrativa
discute con el ensayo y la crónica se alía con la fábula, y todas hablan y
convencen a la poesía. Así, lo que discurre a través de estas páginas es
también un gran cuestionamiento e indagación sobre el poeta y su trabajo en la
época contemporánea, así como sobre el pasado y el presente de este género.
Pocas obras presentan tal amplitud, tal diapasón de abordajes del ejercicio
poético.
Desde el clasicismo y el elegante labrado formal de las elegías de Los
elementos de la noche y El reposo del fuego hasta el teatralizante
dibujo de alegorías de Los trabajos del mar, Miro la tierra, Ciudad de la
memoria, El silencio de la luna y La arena errante o el íntimo
repaso de Siglo pasado, pasando por el gran momento de examen y
reformulación de sus instrumentos poéticos que se abre con No me preguntes
cómo pasa el tiempo y se prolonga en Irás y no volverás, Islas a la
deriva, Desde entonces y Jardín de niños, este complejo itinerario
puede ser recorrido como un drama. Un drama cifrado en el que se debaten
lealtades y traiciones, afinidades y distancias, entusiasmos y desengaños, en
fin, los distintos momentos de un largo amor. En este caso el largo amor por la
poesía. A decir verdad, un amor difícil.
El espectador que observa a través de estas líneas el mundo lee un conjunto de
alegorías que ilustran una condición esencial, trágicamente circular, de la
condición humana; la cual parece no tener salvación ni superación posible,
acaso sólo queda plasmar el testimonio con un contundente trazo que la
contenga.
Cada poema de Pacheco intenta ese trazo. En él hay una voz puntual y sombría.
Unidades de observación que reducen cada vez más sus elementos, las piezas de
los últimos libros pueden leerse también como parábolas de una fina mente
escrutadora.
¿Qué pensaría de mí si entrara en este momento
y me encontrara en donde estoy, como soy
aquel que fui a los veinte años?
Pregunta en Siglo pasado, el libro que cierra Tarde o temprano.
Recapitulación y acaso despedida de una de las obras poéticas más altas de la
literatura mexicana, estos últimos poemas conmueven por su introspección sin
artificio y la sosegada agudeza de su tono. Piezas breves, aforísticas, que
parecen cantos rodados por el tiempo y la conciencia. Este último libro lleva
además el significativo subtítulo de (desenlace).
Aquella voz, que ha recorrido todos los registros y ha entregado realizaciones
memorables en cada uno, se ha aquietado como el agua e igual que ella es ya
sencillamente clara. La Historia, como una indispensable turbulencia parece
dejada si no atrás por lo menos a un lado durante unos instantes para reunir un
hilo de cuentas íntimas. Y desde una inesperada modestia le dice a esa
aparición de veinte años que lo mira desde la puerta:
Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.
Jorge Fernández Granados
Jorge Fernández Granados (México, 1965)*. Escritor, antólogo y traductor. Como poeta ha publicado, entre otros títulos, Resurrección (1995), El cartógrafo (1996), El cristal (2000), Los hábitos de la ceniza (2000), Principio de Incertidumbre (2007) y Si en otro mundo todavía (Antología personal, 2012). Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2001.
Una parte de este ensayo fue publicado en Letras libres (Méjico, Agosto 2001), y publicado también por la revista de estudios literarios de la Universidad Complutense de Madrid Espéculo.
*Para saber más de Jorge Fernández Granados:
Entrada en WIKIPEDIA.
En CÍRCULO DE POESÍA, revista electrónica de poesía.







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