Taller Literario con
Juan Carlos Mestre
Recibir en un sitio como el Hotel
Rural “Villaclementina” de Murillo de Lónguida, a escasos kilómetros de Aoiz,
en Navarra, a los pies de un valle casi mágico, con sus maravillosas instalaciones
y su excelente personal de servicio, un Seminario – Taller sobre poesía, con un
artista del Renacimiento como Juan Carlos Mestre, con un poeta que lleva a la
vida cada verso hasta sus últimas consecuencias, que habla como escribe sus
libros y escribe como habla, es en verdad un lujo al alcance de muy pocos.
Durante la presentación del taller
El Poeta nos hizo creer que la Poesía
es un estado de conciencia y que es por excelencia el arte de la delicadeza
humana y que acaso el pensamiento de un solo poeta es capaz de trasformar el
pensamiento de una generación entera. Que la Poesía -en mayúsculas- en un acto de
resistencia contra la dominación de lo establecido y que debemos reunirnos en
torno a Ella para reafirmarla y reafirmarnos,
para defender ese otro lenguaje, esa
otra mirada ante las cosas y ante el mundo. También por la necesidad poco
reconocida de reencontrarnos entre los poetas y con ello hacer nuestras las
palabras de Voltaire porque entre los lobos debemos aullar de vez en cuando.
Ese fin de semana fue intenso
porque todos amplificamos la mirada y la delicadeza en la percepción creativa,
pero además porque multiplicamos la vida por cien en todas sus dimensiones. Porque
sólo a veces la vida se parece al Arte -y no tanto a la inversa-, me atrevo a
sugerir que para los 19 participantes del Taller Literario, tras la experiencia cuasi de fundamentación con
la Poesía, algo en nosotros ha cambiado.
El poeta, compartiendo impresiones con los asistentes
Y como Jaime Gil de Biedma diría, nosotros los de entonces, ya no somos los mismos. No seremos los mismos.
Si uno de los grandes misterios
de la vida se nos da en los encuentros, el encuentro con la Poesía de Juan
Carlos Mestre fue para nosotros como el don de una Revelación.
Javier Asiáin
El poeta junto a Javier Asiáin (izquierda) y tocando el acordeón durante la velada.
La poeta Marina Aoiz, asistente también al taller
ELOGIO DE
LA PALABRA
Esta palabra no ha sido pronunciada contra los dioses, esta palabra y la sombra
de esta palabra han sido pronunciadas ante el vacío, para una multitud que no
existe.
Cuando la muerte acabe, la raíz de esta palabra y la hoja de esta palabra
arderán en un bosque que otro fuego consume.
Lo que fue amado como cuerpo, lo escrito en la docilidad del árbol único, será
consolación en un paisaje lejano.
Como la inmóvil mirada del pájaro ante la ballesta, así la palabra y la sombra
de esa palabra aguardan su permanencia más allá de la revelación de la muerte.
Sólo el aire, únicamente lo que del aire al aire mismo trasmitimos como
testamento de lo nombrado, permanecerá de nosotros.
La luz, la materia de esta palabra y el ruido de la sombra de esta palabra.
EL ARCA DE LOS DONES
Mi alma es esa casa de madera que arrastra el vendaval.
A veces en la noche yo siento acercarse a un huésped invisible y oigo girar su
llave y escucho avanzar sus pasos.
Entonces la poesía, cada pluma arrancada a las alas de un ángel, es la
semejanza de una casa en el aire, el portal luminoso, las ventanas abiertas, el
que empuja la puerta y el que entra seguro y se acerca hasta el arca y reparte
los dones.
Doy al amanecer, cuando la sangre de los delfines se derrama lentamente sobre
el serrín de las cervecerías, un cuchillo blanco.
Al que bajo el hielo negro de la noche caminó conmigo y sufrió conmigo la dócil
alianza del fracaso, dejo la herida.
A la columna de silencio de esa muchacha que rozada por el tacto de la
obediencia guarda en su pensamiento la perfección de la muerte, una copa de
viento y de raíces.
Al río de mi infancia donde bebió Demócrito de Siracusa la niebla del espíritu,
la claridad que ya no tendrán mis ojos.
A la ciudad que cercada por la elipse del envejecimiento enterró su memoria
junto a las norias de la desposesión, una tumba vacía.
Al muchacho judío que ante un espejo empañado contempla el rubí de su alma
atravesado por la espina de la crucifixión, una caja de música.
A la sombra de mi padre contemplando la luna, una cabaña en el bosque.
Al que en los atrios de la conformidad padeció la pobreza mas no será nombrado
en las tablas de la justicia, la balanza con los alimentos.
A la orilla del mar, un caballo con cabeza de tortuga romana.
A la mujer que me amó con la fidelidad del astrónomo, dejo el resplandor, el
halo de una estrella cuyo astro no existe.
Al ibis, la analogía de las agujas.
Para el que estrechamente vigilado por la locura hizo vibrar el ángulo recto de
las constelaciones, el acordeón y las palomas verdes de la plaza.
Para ti, amor mío, el río eterno de los dioses y sus gatos sagrados.
Al insobornable enemigo cuya víctima fue feliz como un imán vertiginoso ante
los filamentos de la melancolía, una silla de enea.
A la muerte, una puerta abierta.
Al ajusticiado en el abismo de su propia escritura que sólo tuvo oídos para el
ángel y amó la semejanza y la inutilidad de las cosas, una jaula con peces de
madera.
Al otoño, la lejana memoria de las ballenas del cabo.
A la sabiduría de los profetas, un candil de silencio.
A la lápida de Leonardo Mestre, los sueños que no tuvo y que ya nunca sabrá.
Al que con su linterna de fósforo ayudó a resistir y guió la navegación de los
torturados, el faro de la utopía.
A la dulce mujer que se acercó a mi sombra como madre, el azul de mayo y el
zumbido de las abejas en la primavera.
Al jardín de los monasterios, la alondra del alba y la rosa cortada del rabino.
Al tetrarca y al que está detrás de su lengua como un tábano, la urna rota del
centauro ante la que un lacayo da voces.
A la tristeza que iba cruzando el puente aquella tarde de invierno, un revólver
cerrado por un nudo.
Para el leñador que derribó el gran ciprés de los hermeneutas, el meteoro
silvestre de las ciervas ingrávidas.
A la estatua de Francesco Orsini duque de Bomarzo, el vértigo transparente de
la materia que huye.
A los versos que no escribí, un collar de frutos y semillas.
A la grieta del eremita, la pantera del anochecer.
A la memoria, la lluvia, el lirio de las estaciones abandonadas por las que
pasa el ferrocarril sin detenerse.
A los amantes que descifran su desnudez en la oscuridad, un hilo de saliva.
A la pirámide del conocimiento, la amatista mojada del escarabajo y los élitros
celestes del jeroglífico.
A La Habana de mis antepasados allá por mil novecientos veinte, la nieve.
Para Rousseau el Aduanero, los ágiles antílopes que cruzan el agua encarnada de
los sueños.
Dad este libro a los animales, al búho y al alce, al armadillo y al erizo
silvestre. Arrancadle una a una sus páginas y dádselas a los animales. Dadle al
hurón la oscuridad de la palabra búfalo y al búfalo la inmaculada pradera del
billar de los bares.
Y de entre todos los dones y de entre todos los sueños, dadle a mi corazón una
casa en el aire.
*De La poesía ha caído en desgracia
(Madrid,
Visor, 1992)
Javier Asiáin (Pamplona, 1970) es poeta y divulgador
cultural. Entre su obra poética destacamos: Liturgia de las Horas (Premio “San Juan de la Cruz” Adonais.
Rialp. Madrid 2012), El triunfo de Galatea (Premio “Claudio Rodríguez”.
Hiperión Madrid 2011), Unidad de Cuidados Intensivos (Premio a la Creación
literaria del Gobierno de Navarra), Contraanálisis (Premio de Poesía “Villa de
Aoiz”, Salamanca 2009), Testamento de la espiga (Premio Francisco Ynduráin.
Editorial Everest, 2008), Simulador de vuelo (Editorial Celya, Salamanca 2007)
y Votos perpetuos (Premio “León Felipe”. Editorial Celya, Salamanca
2006).







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