Desde hace años son casi legión las traducciones que se han hecho al
español de los “Sonnets” de Shakespeare. ¿Por qué? Nadie duda de que es
uno de los “corpus” líricos más bellos en el gozne entre Renacimiento y
Barroco, una obra maestra de la poesía inglesa. Pero como Shakespeare
(1564-1616) es uno de los autores menos documentados del período
elisabethiano, entran también en la cuestión de los “Sonetos” temas
eruditos y asuntos relacionados con la biografía (casi desconocida) del
autor: ¿Era William homosexual? ¿Quién era la “dark lady”, la dama
oscura? ¿Quíén el poeta rival que le disputa la amistad o el amor de
Mr.W. H.?
Desde la bella versión (incompleta) de Manuel Mujica Láinez, pasando
por la de Agustín García Calvo, y muy recientemente por la de Andrés
Eherhaus, Antonio Rivero Taravillo, José María Álvarez o la mexicana de
Fernando Marrufo -todas bilingües- no hago sino nombrar unas cuantas de
las múltiples traducciones aludidas: en prosa, con ritmo pero sin rima,
en endecasílabos, en alejandrinos, como sonetos petrarquistas o ya más
modernamente como sonetos elisabethianos (tres cuartetos y un pareado)
tal como es el original, un tipo distinto de soneto que Borges usó
magnificamente bien en el español moderno. A este gran muestrario se
suma ahora la también cuidada traducción de Ramón Gutiérrez Izquierdo
(Visor) en un rico tomazo, más de la mitad cubierto de minuciosas notas
explicativas. La joya está ahí y también el afán por españolizar una
bellísima poesía que cambia (algo) según los traductores.
Véamos el
inicio del famoso soneto XX: “Un rostro de mujer, pintado a mano,/te dio
Natura, mi señor, mi dueña;” (Ehrenhaus). “De un rostro de mujer fuiste
dotado,/ dueño-dueña adorable de mi pasión;” (Marrufo). “Un rostro
femenino la fiel Naturaleza/ te dio, señor y dueña de cuitas y
quereres;” (Gutiérrez Izquierdo). Todo es lo mismo y todo diferente.
¿Quién dirá la última palabra en una traducción? Nadie.
Auden quería que leyésemos los sonetos de Shakespeare como la
maravilla sensual y rítmica que son, y que nos dejásemos de pensar quién
era el Mr. W. H. de la dedicatoria. ¿Un joven conde protector? ¿Un
joven actor que interpretaba papeles femeninos, como quiso Wilde en un
relato-ensayo admirable, que de algún modo, siguió el “Valentín” de
Gil-Albert? La solución de Auden era decir que los sonetos hablan de
Eros, de ese amor-amistad-deseo en joven forma masculina. ¿Y la “dama
oscura o negra? ¿No serán sonetos unidos en la primera edición de 1609,
que pasó desapercibida, pero procedentes de otro bloque, de otra
historia? ¿Y porqué casi ninguno de los traductores traduce el poema
llamado “Lamento de una amante” que cerraba la edición original de los
sonetos, que la mayoría cree escritos a fines del siglo XVI, unos quince
años antes de que se editaran? Pero sólo fueron famosos con la edición
de John Benson, ya en 1640, bien muerto el autor. Estudiosos y eruditos
tienen (aún) mucha tela que cortar. Pero el lector, es cierto, debe
olvidarse de ello y disfrutar de 154 poemas de amor, amistad y tiempo,
cuajados de exquisitez y de belleza. Joven, mujer, poeta rival…
Maravillosos sonetos.
Yo creo que por eso son tantos los lectores que se
quieren convertir en traductores de este conjunto hermoso. Muchos
lectores extranjeros pueden soñar algo parecido con Quevedo o con
Góngora…


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