1. Una poética sin método: comunicación, conocimiento y
también viceversa
Rescatar la obra poética de Julio
Cortázar es como escribir un reportaje sobre la temporada que Maradona jugó en
el Sevilla: un ejercicio de fetichismo romántico, sí, pero quizá necesario para
descubrir otra de las mil caras del escritor argentino, la menos conocida, este
año que cumple los cien.
El éxito de la obra narrativa de
Cortázar habla claramente de los derroteros de la recepción de su producción
literaria estas últimas décadas. Sin embargo, el conjunto de poemas que el
autor de Rayuela publicó en 1984 con
el título Salvo el crepúsculo no ha
pasado del todo inadvertido para la crítica (Daniel Mesa por ejemplo, La obra poética de Julio Cortázar,
Universidad de Zaragoza, 1997), ni tampoco entre la joven poesía española y
latinoamericana, que, con mayor o menos conciencia, ha recuperado algunas de
las propuestas estéticas del escritor argentino: la autorreferencialidad y el
neovanguardismo.
La de Cortázar es una poética sin
método reescrita y preparada al final de su vida. Un artefacto literario
inusual, como tantos otros de la producción cortazariana, que lleva al terreno
poético también la inercia lúdica de sus propuestas literarias. Sin orden, sin
tiempo. La vida como deriva, el poeta como autostopista: “Lo mejor: no empezar,
arrimarse por donde se pueda. Ninguna cronología, baraja tan mezclada que no
vale la pena. Cuanda haya fechas al pie, las pondré. O no. Lugares, nombres. O
no. De todas maneras vos también decidirás lo que te dé la gana. La vida: hacer
dedo, auto-stop, hitchhikin: se da o no se da, igual los libros que las
carreteras” (p. 15. Todas las citas son de la edición de Alfaguara, 2009).
Salvo el crepúsculo se vertebra a partir de una ordenación
desordenada y arbitraria del propio escritor, que alterna poemas de diferentes
tiempos agrupados en núcleos que en general responden a un mismo tópico
temático o formal: La infancia, la
memoria, el compromiso, el amor, el sexo, el desamor, el soneto, el
culturalismo clásico. Los textos están aliñados con los reconocibles juegos
formales cortazarianos: ruptura en la disposición gráfica del poema, o incluso
de la página, ausencia de puntuación, fotografías de su propia caligrafía y una
serie de prosas que introducen, argumentan o rebaten el contenido de unos
poemas escritos mucho tiempo atrás.
Un amigo me
dice: "Todo plan de alternar poemas con prosas es suicida, porque los
poemas exigen una actitud, una concentración, incluso un enajenamiento por
completo diferentes de la sintonía mental frente a la prosa, y de ahí que tu
lector va a estar obligado a cambiar de voltaje a cada página y así es como se
queman las bombitas". Puede ser, pero sigo tercamente convencido de que
poesía y prosa se potencian recíprocamente y que lecturas alternadas no las
agreden ni derogan.
Contraviniendo así la norma
habitual entre los poetas, que suelen huir de la exégesis de su obra desde el
Renacimiento y el ejemplo de San Juan de la Cruz, la inserción de estas prosas
dotan a los textos poéticos de nuevos significados y nuevas interpretaciones,
que se convierten en poemas versión extendida con comentarios del autor. Estas
prosas, además, destacan no sólo por hacer partícipe al lector de la
experiencia extrapoética que generaron el texto, sino que suelen funcionar como
una reflexión directa y sin matices sobre lo que la poesía significa para Julio
Cortázar.
La experiencia poética es para
para Cortázar semejante a la experiencia musical. Sin duda una de las joyas de
la colección es la reflexión sobre la interpretación de la música a través de
los audífonos, lo mismo que la poesía, un canto en el oído, que precede a un
poema sobre el impacto que causó en el autor la
utilización de los primeros auriculares:
Cómo no
pensar, después, que de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha
con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento.
Podemos abstraemos con un cuento o una novela, vivirlos en un plano que es más
suyo que nuestro en el tiempo de lectura, pero el sistema de comunicación se
mantiene ligado al de la vida circundante, la información sigue siendo
información por más estética, elíptica, simbólica que se vuelva. En cambio el
poema comunica el poema, y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de
nacer y de ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como
los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para
crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que
parece venir desde lo hondo de la caverna negra (p. 39).
La justificación de la estética
desordenada apunta hacia una formación dispersa y ageográfica, marcada por las
modas porteñas, los azares editoriales o la casualidad de los viajes. Hay en la
poética de Cortázar un reconocimiento de no pertenencia, fruto de estas
lecturas de tradiciones y momentos diversos, fruto también de un Atlántico de
ida y vuelta, entre la voz cercana y
popular de la memoria argentina y el culturalismo parténico de París.
En un antiguo
Buenos Aires donde habíamos vivido y escrito en la incertidumbre, abiertos a
todo por falta –o desconocimiento- de asideros reales, las mitologías abarcaban
no sólo a los dioses y a los bestiarios fabulosos sino a poetas que invadían
como dioses o unicornios nuestras vidas porosas, para bien y para mal, las
ráfagas numinosas en el pampero de los años treinta / cuarenta / cincuenta:
García Lorca, Eliot, Neruda, Rilke, Hölderlin,
y esta
enumeración sorprendería a un europeo incapaz de aprehender una disponibilidad
que maleaba lenguas y tiempos en una misma operación de maravilla,
Lubicz-Milosz, Vallejo, Cocteau, Huidobro, Valéry, Cernuda, Michaux, Ungaretti,
Alberti, Wallace Stevens, todo al azar de originales, traducciones, amigos
viajeros, periódicos, cursos, teléfonos árabes, estéticas efímeras. Las huellas
de todo eso son tan reconocibles en cualquier antología de esos años, y por
supuesto aquí (p. 238).
Una poética comunicativa en el
sujeto que recuerda, que piensa el amor y hace la lucha política. Una poética
del conocimiento que descubre las máscaras de Alejandro y escribe a Homero, que
recupera la Venecia en descomposición o que recorre los recónditos colores del
Giotto, y quizás también viceversa.
2. El espacio de la memoria: Mi Buenos Aires querido y el
siglo latinoamericano
Me fui, como
quien se desangra. Así termina Don
Segundo Sombra, así termina la cólera para dejarme, sucio y lavado a la
vez, frente a otros cielos. Desde luego, como Orfeo, tantas veces habría de
mirar hacia atrás y pagar el precio. Lo sigo pagando hoy; sigo y seguiré
mirándote, Eurídice Argentina (p. 329).
Entre los aspectos valiosos de la
definición poética de Julio Cortázar está la memoria de la infancia y el
recuerdo de su argentina natal. La voz de los poemas sugiere un Cortázar
eminentemente argentino, frente a la habitual definición de latinoamericano de
París de su narrativa. No es casual, pues, que los poemas ofrezcan un Cortázar
cercano, añorante, sin la máscara de la ficción. Un grito menos depurado y una
verdad más íntima que acelera los pulsos del corazón cortazariano. Si la prosa
crea entelequias, la poesía rememora traumas y deshonras, triunfos y derrotas
que configuran una personalidad literaria diferente a la del Cortázar narrador:
“Detrás de eso, la certidumbre de que los poemas, fueran los que fuesen,
guardaban en sus botellitas de ludiones lo más mío que hubiera sido dado
escribir” (p. 224).
El brusco triunfo del lenguaje
argentino y el suave aroma de los recuerdos constituyen la poesía anterior a su
viaje a Europa, recogida con mayor arraigo en la sección “Con tangos”. Los
tópicos, sin embargo, persisten en sus primeros poemas parisinos y los sueños
porteños y los ruidos de la pampa, curiosamente, acompañarán hasta el final al
Cortázar de los poemas:
Los últimos
tiempos en Buenos Aires habían sido una zona de turbulencia, algo como una
lustración a puñetazos; en la soledad de los primeros tiempos de París volví
sin buscarlo ni rechazarlo a una escritura carga de pasado, de temas vividos o
imaginados en esa otra soledad provinciana de tantos años de empleos perdidos
en lo más amargo de la pampa. Y volví a escribir como antes, desdoblado y
obediente ante esas rémoras de la nostalgia (…). ¿Un antes, un después? Sí, en
los calendarios, pero no en esa misma lapicera que seguía escribiendo desde la
misma mano (p. 225).
La otra gran rémora del Cortázar
poeta es la remembranza de la Argentina de su exilio, de los motivos políticos
que le llevaron finalmente a instalarse en París. La conciencia política es en
la poesía de Cortázar una búsqueda de la comunicación social a través de un
lenguaje punzante que no hace prisioneros y recuerda a los cómplices. Y siempre
el punto de vista personal de un conflicto interno y social difícilmente
identificable en sus relatos. Esa voz política destaca sobre el conjunto. Son
mejores los poemas sociales que los poemas de la infancia, hay más pureza en la
impureza de su compromiso que en los llantos del desamor, sobre todo en los
textos recogidos en la sección “Un buen programa”, de Edades y tiempos.
En estos fragmentos Cortázar
recoge muchos de los tópicos de la poesía coloquial, sin duda una de las
corrientes poéticas más importantes de la poética latinoamericana de la segunda
mitad del siglo XX: “Hablo de mí, cualquiera se da cuenta, / pero ya llevo
tiempo (siempre tiempo) / sabiendo que en el mí estás vos también” (p. 51). La
ruptura del ritmo versal, los juegos gráficos, el tono coloquial recorren buena
parte de la colección.
Sin embargo, Cortázar se resiste
a perder algunas de las marcas de identidad de su proyecto literario y define
magistralmente esa lucha entre el poeta social y la búsqueda de la belleza, que
es también la definición de su actitud poética, recordando a Roque Dalton:
Dirás, ya sé, que
es lamentarse al cuete
Y tendrás la
razón más objetivo.
Pero no es para
vos que escribo este prosema,
lo hago pensando
en el que arrima el hombre
mientras se
acuerda de Rubén Darío
o silba un blus
de Big Bill Broonzy.
Así era Roque
Dalton, que ojalá
me mirara
escribir por sobre el hombro
con su sonrisa
pajarera,
sus gestos de
cachorro, la segura
bella inseguridad
del que ha elegido
guardar la fuerza
para la ternura
y tiernamente
gobernar su fuerza.
Así era el Che
con sus poemas de bolsillo,
su Jack London
Ilenándole el vivacde
buscadores de oro
y esquimales,y eran
también así
los muchachos
nocturnos que en La Habana
me pidieron
hablar, Marcia Leiseca
Ilevándome en la
sombra hasta un balcón
donde dos o tres
manos apretaron la mía y
bocas invisibles
me dijeron amigo, cuando
allá donde
estamos nos dan tregua, nos
hacen bien tus
cuentos de cronopios,
nomás queríamos
decírtelo, hasta pronto
(p. 55).
3. Culturalismos: ecos clásicos
de un latinoamericano en París
Porque el culturalismo es también
el otro factor generador ineludible en la poesía del Cortázar de París, que
recupera su truncada formación helenística en poemas de resabio griego y
formulaciones poéticas clásicas, que inserta en disposición horizontal en el
texto, rompiendo su ruptura lineal y convirtiéndolo en una sección definida que
se aparta del conjunto. La pulcritud del verso y las escenas de mármol
recuerdan a la poética neobarroca latinoamericana, pero sobre todo a la
estética de los poetas del 68 españoles. Cortázar también escribe sobre el
sepulcro de Alejandro, sobre los colores de Florencia y las aguas de Venecia.
Son curiosos también sus
ejercicios sobre el verso clásico y su insistencia en el soneto. A todo poeta
le llega la hora del soneto, escribe Cortázar antes de recopilar una colección
que poco tiene que decir al conjunto, amarrada en las sílabas tónicas y en las
rimas consonantes, espacios en los que el escritor argentino se encuentra más
incómodo.
No son los sonetos los que
sobreviven a Cortázar, claro, sino la elegante solución al conflicto entre la
lucha y la belleza que plantea en su poética. El París de Montmartre es un
cliché literario creado entre otros por el propio Cortázar, que también lo
utiliza ineludiblemente en la colección. Un supuesto capítulo desechado de El libro de Manuel y dos personajes que
persiguen las calles de París hacia el cómplice resguardo de una cama de hotel.
París es para el Cortázar poeta el espacio del sexo, del amor más salvaje y de
las persecuciones culturalistas, al más puro estilo Rayuela.
No escribiríamos de Cortázar de
haber publicado tan solo esta colección de poemas, es cierto. Pero me llama
enormemente la atención que la última tarea literaria de Cortázar fuera
precisamente legar y modelar una poética y unos versos, quedar poeta.
Es por eso también que Salvo el crepúsculo nos muestra a un
poeta diferente, a un poeta que quiere morder la nostalgia de su “Eurídice
Argentina”, traspasar el desamor en la cama, disparar a la injusticia de su
siglo y enmarcar la autorreferencialidad del discurso en mármol de carrara.
Pero sobre todo, la poesía de Cortázar nos muestra a otro Cortázar, quizá al
Cortázar literario más íntimo, al Cortázar literario más verdadero y más
contradictorio y al Cortázar literario más rabioso. La música del bandoneón, el
cabello revuelto de una amante, Perón expulsando a Zeus del Olimpo. Un camino
que ya nadie recorre, salvo el crepúsculo.
Víctor Manuel Sanchis Amat
*Todas las ilustraciones de este artículo pertenecen a
Vanessa Castaño Sanz.






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