Reivindicación
y vigencia
del verso endecasílabo
Comienzo por anticipar que no es mi intención sentar cátedra
en modo alguno... Y aprovecho también para adelantar que estoy bastante
prevenido contra todos aquellos que dicen saber mucho sobre una materia, pongo
por caso el verso endecasílabo, después de haber leído lo justo, entendiendo
que “lo justo” es un criterio más bien liviano de cantidad y/o calidad que hoy
impera y que suele consistir en (h/o)jear un par de libros con mayor o menor
interés, seguir dos o tres enlaces de internet y poco más...
En realidad, el propósito que me anima es comentar mi propia
experiencia en el noble, y a la vez tan agraviado, arte de la escritura de
versos endecasílabos... Quizá deba de reconocer con carácter previo que, de un
tiempo a esta parte, me embarga una cierta inquietud al observar que un
porcentaje elevado de la poesía contemporánea que cae en mis manos tiende a
prescindir de todo tipo de ataduras métricas con demasiada frecuencia. Y no es
que me consuele en absoluto que esta insistencia en la “ametricidad” de la
poesía española actual se apoye, quizá, en la cómoda pereza de escuchar a las
musas sin un esfuerzo previo por adentrarse en la disciplina del verso... Por
supuesto que es una actitud legítima; por supuesto, también, que los textos
producidos por poetas que de una forma tan intuitiva como descontaminada de
medidas, rimas y ritmos, comienzan a proliferar, si son de calidad se
encumbrarán en lo más alto del cielo poético sin objeción alguna... Pero una
vocecilla recóndita e insistente reverbera en mi cabeza y no ceja de defender la
convicción de que nunca estará de más conocer los secretos de la técnica métrica
para entenderla primero, domesticarla después e incluso, dando un paso más
allá, infringirla con conocimiento de causa, ignorarla con el desdén eufórico de
lo ya “superado”, o pasar por encima de su cadáver con la intención de
“deconstruir“ su lenguaje para desbrozar otros caminos..., que a su vez acabarán
por suponer nuevos desafíos técnicos sobre los que será preciso teorizar,
discutir y consensuar.
Dicho lo anterior, hablemos ahora del verso endecasílabo. Y comencemos
por agradecer que el significado del término en sí no resulte oscuro, puesto que
con atender a su etimología se manifiesta con absoluta precisión: ἕνδεκα y συλλαβαί son palabras griegas
que significan, respectivamente, once y sílabas. Por tanto estamos ante un
verso de “arte mayor”. Por aquello de saber de dónde vienen las cosas, no está
de más concretar que los primeros endecasílabos fueron introducidos por
trovadores gallegos y catalanes; que don Juan Manuel los utilizó en algunos
dísticos de El Conde Lucanor y Alfonso X en algunas cantigas gallegas. En
castellano fue Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, el primero que
escribió sonetos en nuestro país, una forma estrófica italiana escrita en
endecasílabos, y los recopiló en una obra cuyo título tampoco deja mucho margen
para elucubraciones: 42 sonetos fechos al itálico modo. Es muy conocido el que
comienza:
Cuando yo veo
la gentil criatura
qu’el cielo,
acorde con naturaleza
formaron, loo
mi buena ventura,
el punto e
hora que tanta belleza...
Pero la verdad es que no cuajaron. Hubo que esperar a que
Boscán y Garcilaso -este último con mayor perfección- generalizaran su uso,
intentando desterrar el dodecasílabo dominante hasta ese momento en la
versificación española. Estos autores lo importaron de Italia en el primer
tercio del siglo XVI. Es revelador leer la carta que Juan Boscán escribió a la
duquesa de Soma explicándole por qué introdujo las formas italianas:
«En
este modo de invención (si así quieren llamarla) nunca pensé que inventaba ni
hacía cosa que hubiese de quedar en el mundo, sino que entré en ello
descuidadamente como en cosa que iba tan poco en hacella que no había para qué
dexalla de hacella, habiéndola gana; cuanto más, que vino sobre habla. Porque
estando un día en Granada con el Navagero (al cual, por haber sido tan
celebrado en nuestros días, he querido aquí nombralle a vuestra señoría),
tratando con él en cosas de ingenio y de letras, y especialmente en las
variedades de muchas lenguas, me dijo por qué no probaba en lengua castellana
sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia; y no
solamente me lo dijo así livianamente, más aún, me rogó que lo hiciese. Partíme
pocos días después para mi casa, y con la largueza y soledad del camino,
discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas veces en lo que el Navagero me
había dicho; y así comenzé a tentar este género de verso; en el cual al
principio hallé gran dificultad, por ser muy artificioso y tener muchas
particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome, quizá con
el amor de las cosas propias, que esto comenzaba a sucederme bien, fui paso a
paso metiéndome con calor en ello. Mas esto no bastara a hacerme pasar muy
adelante, si Garcilaso con su juicio, el cual no solamente en mi opinión, mas
en la del todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta, no me confirmara en
esta mi demanda. Y así, alabándome muchas veces este mi propósito, y
acabándomele de aprobar con su ejemplo, porque quiso él también llevar esta
camino, al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más particularmente».
[Las
obras de Boscan y algvnas de Garcilasso de la Vega / repartidas en qvatro
libros. Barcelona :
En la officina de Garles Amoros, 1543].
Desarraigar el dodecasílabo no fue tarea
fácil, porque sus dos hemistiquios regulares de seis sílabas, su cesura
obligatoria y su ritmo de cuatro sílabas tónicas separadas entre sí por dos
sílabas átonas, le conferían tres virtudes indudables: una cierta solemnidad,
mucha solidez y no menos regularidad cuando se respetaba con exactitud el metro;
pero arrastraba un “defecto” que, creo, habría de ser decisivo en su decadencia:
su excesiva monotonía. Comprobémoslo en este ejemplo del Laberinto de Fortuna
de Juan de Mena:
Tus casos
falaçes, Fortuna, cantamos,
estados de
gentes que giras e trocas,
tus grandes
discordias, tus firmezas pocas,
y los que en
tu rueda quexosos fallamos;
fasta que al
tempo de agora vengamos
de fechos
pasados cobdiçia mi pluma
y de los
presentes fazer breve suma:
y dé fin
Apolo, pues nos començamos.
Como primer viaje a mis textos, recuerdo que hace algunos
años yo caí en la tentación de ponerme en la piel de un escritor de
dodecasílabos. Fruto de aquel empeño, dejé un texto en construcción, la Genealogía
de la sangre -que ha acabado por paralizárseme sine die-. Con él pretendía rendir
un sencillo homenaje a Juan de Mena siguiendo sus pasos, pero los desajustes
con su estética y los chirridos con mi oído contemporáneo comenzaron desde el
principio: mi primer tropiezo fue con la excesiva longitud de su unidad
estrófica (la octava), que decidí reducir a una más manejable (el cuarteto) que
me permitiera flexibilizar la rima; me di de bruces inmediatamente después con
la monotonía tiránica de una rima consonante (que acabé aboliendo sin miramientos
en aras de una mayor libertad), para acabar prescindiendo, por último, del
ritmo acentual tan regular como monótono de sus versos, que solo mantuve en mi
primera estrofa. Así quedaron las dos iniciales:
Despierta la
sangre. Lamenta las risas
con ese
deleite caverna del odio.
Renuncia a la
pena, descubre el desgarro
y araña
salvaje la tierna punzada.
De nada ha
servido merecer la vida,
recorrer el
tiempo cariacontecido,
derramar
ternura, vislumbrar paisajes
dentro de los
sueños, arribar a selvas...
Creo que este proceso de acomodación que he ejemplificado con
mi empantanada Genealogía de la sangre debió de ser parecido al que siguieron
los autores de la época, que además incorporaron un poderoso “acelerante” más para
consumar la incineración del dodecasílabo: el asentamiento del endecasílabo, que
comenzaba a abrirse camino de forma imparable… Y es que era un tipo de
versificación mucho más flexible. En primer lugar porque no había cesura, esa
molesta pausa en mitad del verso que yugulaba cualquier posible reducción
silábica amparada en diptongos o hiatos entre palabras (bueno es advertir que
la cesura solo es obligatoria para versos de más de once sílabas), aunque sí
que sumaba o restaba sílabas en función del acento de la última palabra del
hemistiquio, como comento más abajo. En segundo lugar, porque había gran
variedad de posibilidades acentuales. En este punto es necesario aclarar que,
en sentido estricto, el único acento obligatorio en un endecasílabo es el de su
décima sílaba. Si a esto sumamos que la mayoría de las palabras en castellano
son llanas, lo habitual será que el verso contenga once sílabas. Quiere esto
decir que si la última palabra es aguda (por ejemplo, un verso como “yo me
sentía cansado y feliz”), seguiremos estando ante un endecasílabo por
cuestiones acentuales, y esto es lo que justifica que cuando escandimos un verso
similar al mencionado debamos sumar una sílaba más al recuento total. Con este
mismo razonamiento, cuando la última palabra del endecasílabo es esdrújula (por
ejemplo en el verso “revoque los dictámenes del pánico”), aunque contemos doce
sílabas, tendremos que restar una.
Leamos ahora el primer cuarteto de un soneto de Boscán y
otro de Garcilaso:
Como aquel que'n soñar gusto recive,
su gusto procediendo de locura,
así el imaginar, con su figura,
vanamente su gozo en mí concive.
su gusto procediendo de locura,
así el imaginar, con su figura,
vanamente su gozo en mí concive.
Juan Boscán
Cuando me paro a contemplar mi
estado
y a ver los pasos por do me han
traído,
hallo, según por do anduve
perdido,
que a mayor mal pudiera haber
llegado;
Garcilaso
de la Vega
Escandimos los versos de ambos
cuartetos y comprobamos que tanto Boscán como Garcilaso no se complicaron la
vida con el acento de la última palabra de cada verso: todas son llanas y, por
tanto, todos los versos eran de once sílabas “reales”. Pero esto no quiere
decir que la totalidad de los endecasílabos se sometieran al mismo esquema
rítmico o acentual: en la poesía clásica el ritmo se basaba en la longitud de las
sílabas, que podían ser largas o breves, y en su agrupación en pies, pero su traslación
a la poesía moderna equiparó sílaba larga con tónica y sílaba breve con átona,
y poco más. Con esta equivalencia -y sabiendo que el acento en la décima sílaba
es obligatorio- paso a presentar una de las más aceptadas clasificaciones generales
de los tipos de endecasílabos, ilustrada con ejemplos propios:
Endecasílabo propio, de Tipo A, también
denominado “a maiore”. En él la clave de las posibles combinaciones reside en
la 6ª sílaba. Según la posición de sus acentos puede ser:
Enfático: acentos en 1ª y 6ª sílabas. Ej.: “Ella,
fuerte mujer de ojos oscuros”.
Heroico: acentos en 2ª y 6ª
sílabas. Ej.: “Capture cada risa con sosiego”.
Melódico: acentos en 3ª y 6ª
sílabas. Ej.: “Yo leía en
sus gestos que la vida”.
Endecasílabo de Tipo B o “a
minore”. En él la clave de sus posibles combinaciones reside en la 4ª sílaba.
Puede ser:
Sáfico: acentos en 4ª, 6ª y 8ª
sílabas. Ej:. “O esa
pareja andina y tan bajita”.
Mixto dactílico: acentos en 1ª, 4ª
y 7ª. Ej.: “Yo me sentía
cansado y feliz”.
Mixto galaico: acento en 5ª sílaba.
Ej.: “Su mano buscó como
acto reflejo”.
De gaita gallega: acentos en 4ª y 7ª
sílabas. Ej.: “y ella
exhalaba un amor detallado”.
Sin embargo, desde
las primeras composiciones los autores huyeron de la monotonía que supone el
mantenimiento de un solo ritmo a lo largo del poema y entreveraron dos o más
modelos acentuales, generando así poemas polirrítmicos o mixtos...
En otro ensayo
que llevé a cabo hace años, quise mantener un endecasílabo sáfico (con acentos
4ª y 6ª sílabas) a lo largo de todo un
poema. Aquí muestro una selección de versos de sus versos:
Decálogo
cuadrático del ansia (gestión no compulsiva del afecto)
Abrase
su ansiedad con otro aliento.
Bendiga
los placeres que disfruta.
Claudique
de rendirse a cada instante.
Deléitese
palacio de la carne.
Escancie
los gemidos suavemente.
Fermente
en su sazón y prolifere.
Germine
de sí mismo y luego crezca.
Hilvane
algarabías con mañanas.
Impregne
su criterio con mesura.
Jubile
la tristeza de su idioma.
Levante
un monumento a su reposo.
Module
cada voz con su distancia.
Negocie
cada beso con la lengua.
Ofrezca
escapatorias a su miedo.
Propugne
la lascivia entre los ángeles.
Quebrante
las fronteras de lo romo.
Repudie
los adverbios desgastados.
Sazone
los cerrojos con caricias.
Trasmute
veleidades por certezas.
Ubique
sus paisajes preferidos.
Ventile
los rincones obsoletos.
Yugule
los silencios si le duelen.
Zambúllase en la risa de los otros.
Pasados
los agobios pertinentes
aplíquese
el siguiente corolario:
“Zozobre
sin vergüenza en el presente
y no
haga lo que Fernando Lorente”.
(De Esperaba
tus palabras –inédito-)
Vaya por delante que el poema
consta, como su título indica, de cien endecasílabos, de los que he procedido a
seleccionar algunos con el fin de mostrar uno de cada letra inicial. El
propósito que me movía era aprovechar el ritmo fijo y tan sonoro de los
endecasílabos sáficos para generar el efecto de una oración, de una enumeración
sistemática, algo así como una letanía, y creo que en esta ocasión sí que logré
este objetivo…
Desde el principio la producción
en endecasílabos gustó de la variedad, tanto en Italia como en España, por lo
que desde sus primeras composiciones generó y adaptó diversos formatos estróficos:
soneto, estancia, silva, octava real, octava aguda, sexta rima, estrofa alirada,
quinteto, lira, cuarteto, terceto, pareado, romance heroico, endecasílabo
suelto, endecasílabo dactílico, endecasílabo a la francesa, estrofa sáfica y
estrofa de la Torre. Pero como no podemos descender a tanto detalle, únicamente
voy a detenerme un poco en tres de estos modelos estróficos: el soneto, la lira
y los endecasílabos sueltos.
EL SONETO, composición de catorce
versos de rima consonante distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos, ha sido
una de las formas estróficas más cultivadas del endecasílabo. El marqués de
Santillana (“En el próspero tiempo las sirenas...”), Garcilaso de la Vega (“En
tanto que de rosa y azucena...”) en sus comienzos; en los Siglos de Oro Lope de
Vega (“Un soneto me manda hacer Violante...”), Góngora (“Mientras por competir
con tu cabello...”), o Quevedo (“Miré
los muros de la patria mía...”); en el 27 Miguel Hernández (“Umbrío por la
pena, casi bruno....”), Lorca (“Quiero llorar mi pena y te lo digo...”; o, más modernos, Ángel González (“Me he quedado
sin pulso y sin aliento...”) o José Hierro (“Llegué por el dolor a la
alegría...”). Puede decirse que, a partir de su introducción en España, casi
todos los poetas de cualquier tiempo y lugar han escrito sonetos, y yo, que no
suelo evitar la menor de las `provocaciones´ literarias, no podía quedarme al
margen sin intentarlo. Estos son dos ejemplos:
Ad cautelam
“No la
merezco, noche”, me decía
sin demostrar
mesura. Verdadera
obligatoriedad,
una quimera,
un rasgo del
dolor que no sentía.
Sin menoscabo
alzaba la osadía
de un
cántico, paréntesis y fiera
breve que
devoraba mi manera
fácil de
deleitarme si sufría.
No obstante,
por saberte, porque estaba
sin pulir,
sin sufrir, como un hatillo
de pocos
huesos y casi sin seso,
yo te soñaba
agreste; te colmaba
de lleno,
toda sed; sutil ovillo
rodando por
los bríos de un poseso.
(De RIP
–inédito-)
XX
Cuando la juventud da la
premura
y desestima el sol su luz
de invierno;
cuando se menoscaba tu
hermosura
y rompe y luego rasga el labio
tierno;
cuando cada latido es un
infierno
y la esperanza su agonía apura,
o cuando soslayas la travesura
de una lengua sutil que
no discierno,
toma impulso, refuta, gime y
siente;
la conmiseración como una daga
del oprobio -temor, sabor
paciente
de cada triunfo que ínfulas
divaga-
revierte, por si fuera de
repente
cadena o puro suplicio que
estraga.
(De Seiscientos veinticuatro casiversos –inédito-)
LA LIRA es una composición que
mezcla versos heptasílabos y endecasílabos con el siguiente esquema: aBabB. Fue
introducida en España por Garcilaso de la Vega, que únicamente la empleó una
vez en su Oda a la flor de Gnido. Lo curioso es que, aunque no volviera a utilizarla,
esta composición recibió su nombre de la última palabra del primer verso de la
Oda:
Si de mi baja
lira
tanto pudiese
el son que en un momento
aplacase la
ira
del animoso
viento
y la furia
del mar y el movimiento...
Sin embargo, fue muy utilizada por Fray Luis de León para
sus odas horacianas. Esta Oda I (Vida retirada) es muy conocida:
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido
También fue
el metro preferido de San Juan de la Cruz, discípulo de Fray Luis en Salamanca,
y que en opinión de muchos (a la que me sumo) llevó a la perfección. Esta es la
Canción 26 de su Cántico espiritual:
En la interior bodega
de mi Amado bebí y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.
Y tanto me
impresionó el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz que en su día me
propuse ir uno o dos pasos más allá sobre este texto, pero siempre con el mayor
de los respetos. Y así escribí mi Cántico a lo carnal, que pretendía homenajear
a San Juan de la Cruz plantando ese amor tan sensual como espiritual de sus
cuarenta poemas en un amor verdaderamente carnal en dos versiones: una primera
respetando escrupulosamente el formato de la lira y una segunda totalmente
libre. Esta es mi Canción 26:
Canción XXVI
Bebimos
nuestros besos
con ese
frenesí que no se aquieta
y como dos
posesos
buscamos una
meta
que pueda
conquistarse sin veleta.
26
Muy al raso
silencio tan frágil
en el fondo de tus ojos
se ahogan las estrellas
mis manos despiertan
con un síndrome loco
náufrago sin isla
pero te tocan
todo vuelve
a su ser
al raso
solos
los
d
o
s
d
e
c
i
d
i
m
o
s
e
s
c
a
b
u
l
l
i
r
n
o
s
.
.
.
(De Cántico
a lo carnal –inédito)
Por último me referiré al
ENDECASÍLABO SUELTO. Fue muy utilizado desde que lo introdujo Garcilaso. Él
mismo escribió una Epístola a Juan Boscán íntegramente en esta variedad, que no
tenían por qué ajustarse a modelo estrófico alguno ni sujetarse a la rima.
Estos son sin duda sus principales activos, puesto que la libertad de no
someterse más que a la medida era demasiado tentadora. Se siguió empleando
prácticamente por todos los autores, inicialmente en poesía trágica, épica y
sobre todo didáctica (Alfonso Verdugo, Forner, Jovellanos…). En la poesía
contemporánea lo han practicado todos los grandes: Ángel González, José Hierro,
Caballero Bonald, García López son los primeros que se me vienen a la cabeza,
pero su número es inabordable…
Cerraré esta defensa con dos
ejemplos de endecasílabos sueltos. El primero es una tirada de un “drama en
versos casi regulares con tendencia a frustrarse”:
NARRADOR:
Viajaba en metro, despreocupado,
deleitándome sin ninguna prisa
con la limpia belleza de mi
vida,
contemplando con mis ojos
calmosos
el discurrir de la prisa en los
otros.
Pero algo extraño había
despejado
la niebla de mi modesto
entender.
Quiero decir que no solo veía,
sino que también conocía
datos...
Por ejemplo, ese señor de gesto
áspero
que pretendía abrir con tanta
prisa
la puerta en la mitad del
recorrido,
se llamaba don Ángel Pérez Lobo
y sería un puro dolor en breve,
aunque él ni siquiera lo sabía.
O esa pareja andina y tan
bajita.
Sus risas claras les iluminaban
la piel de cobre, los cabellos
negros...
Eran felices y lo compartían.
Yo leía en sus gestos que la
vida,
por fin, arrinconaba su
tortura,
y veía en su bolsillo un papel
que les salvaguardaba del
espanto.
Ella, fuerte mujer de ojos
oscuros,
sostuvo mi mirada con recelo.
Su mano buscó como acto reflejo
la segura cintura del marido.
Aún carecía del entrenamiento
necesario en el desdén sin
temor
del molesto fisgón
impertinente.
Al mirar fijamente sus dos rostros
de inmediato supe todo sobre
ellos:
que se casaron hace años en
Lima
y que allí pasaron demasiada
hambre.
Que sabían bien que las cuatro
reglas
no aseguraban nada del mañana.
Por eso se colaron de rondón
en este lado de la mar océana
con los niños prendidos de las
manos
como un collar de vida y
esperanza.
Los dos permanecían arrimados
y ella exhalaba un amor
detallado
por las plisadas rayas de su falda.
Se abrió la puerta y saqué mi
cartera,
siempre colmada por artes
arcanas.
Al pasar junto a la mujer
andina
puse entre sus manos
discretamente
un gigantesco fajo de promesas.
Luego la burocracia fidelísima
desencadenaría sus inercias
y podrían revivir y dar vida,
alimentar y ser alimentados
y nuestra economía de mercado
continuaría impune sus andanzas.
No me volví cuando ella
balbució
casi sin voz ni aire su “muchas
gracias”.
Después, al rebasar a mi Ángel Pérez
crispé ligera mi mano en su
espalda
imaginando que su mortal cáncer
expiraba indefenso entre mis
dedos.
Más tarde, ya en la calle y por
la noche
las farolas jugaban a poner
en cada ventana una hermosa
luna.
Yo me sentía cansado y feliz.
Y por eso dormí como un
bendito.
(De Sin
brújula ni norte. En Acaso una luciérnaga
y cuatro
poemarios más. Ed. Createspace, 2015)
Y el segundo ejemplo es una “carta”:
Carta de noche a
Cristian
Despierta y cuéntame los
huracanes
de todo lo que aterra,
recalcula
el dilema de dormir a don Nadie
el día en que la bestia se
exaspera.
Despierta irreverente, sin
costillas,
con el sabor a plomo en la
mirada
que te ata las pestañas y te
troca
valiente montaraz, terror
suicida
sin sello ni inicial que
identifique
la ruina que preludia cada
hueso.
Proclama ciencia pura la
lingüística,
da de comer a todos los
calígrafos
como si pretendieras
comprenderte
sulfatando las hoces de la
noche...
Contémplate en las venas de los
ojos
de aquel miedo, frunce labios,
sorpréndete
si el tiempo doma tigres; hunde
cimas,
declara tu estrategia tanteando
si esta máscara no ocultará el
párpado
obsceno de reptiles que nos
urden.
Despierta, ya es mañana y el
pasado
ha lavado cien diluvios a
conciencia.
(De Mirar el abismo –inédito-)
Y nada más. Con esto creo que he cumplido mi intención de
defender un metro poético que, en realidad, no necesita auxilio alguno, puesto
que está muy vivo, sobre todo en la última variedad comentada de endecasílabos
sueltos…
Ahora que releo el texto de principio a fin me queda la duda
de que pudiera pensarse que he buscado algún tipo de lucimiento de mi propia
escritura. Que es una posibilidad, lo asumo, por descontado. Pero lo que en
realidad he pretendido ha sido rendir homenaje a un patrón poético poderoso
como pocos, innegablemente vivo, pero que a veces creo necesitado de una
relectura en sus formatos estróficos clásicos
de la mano de los grandes, sean rimados o no… Porque cuando yo releo un
endecasílabo de Lope, Góngora, Quevedo, Hernández… siento una inevitable
tentación de abandonarme de lleno a su embrujo… Y si somos escritores,
parafraseando a Oscar Wilde (ya sabéis, aquello de que “la única manera de
librarse de la tentación es caer en ella”), la única manera de librarse de los
endecasílabos es escribiéndolos.
Fernando Lorente Barajas (Madrid, 1958) es Licenciado en Filología española por
la Universidad Complutense de Madrid. Desde junio de 1977 hasta la fecha
trabaja como Técnico de Servicios Bibliográficos especializado en Braille para
el Servicio Bibliográfico de la ONCE. Colabora con varias revistas literarias,
como Prometeo, Poe+ o Luces y sombras, y fue director de la
revista Cultura. Ha impartido
numerosos cursos de formación de Transcriptores en Braille para Especialistas
de Núcleos Periféricos de la ONCE y para la empresa de Fundosa, TBS, tanto a
personas sin minusvalía como a alumnos con otras deficiencias distintas de la
ceguera.
Ha publicado doce libros de poesía,
entre ellos Amanecer mañana (2011), De un tiempo a esta parte (2014), Elogio de las fortalezas y Casi todo el
amor (2014) o Acaso una
luciérnaga y cuatro poemarios más (2015). También es autor del
libro de relatos fantásticos Entremundos (2014) y la novela Cincuenta
y seis puntos de sutura (2015).
Ha realizado una edición conmemorativa
especializada en braille y tinta de la obra de José Hierro, Cuadernos de
Nueva York, con la colaboración del poeta Ángel García López. Aparece en el
blog Las afinidades electivas. Es
miembro fundador del Colectivo poético Funambulismos.




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