El poeta del
cuerpo y del alma
I
celebrate myself
And what I assume you shall assume
(Me celebro a mí mismo
Y lo que yo de por hecho, lo darás t)
Me
produjo desagrado inmediato, me pareció una elevación presuntuosa del yo al
altar del tema poético exclusivo, muy de acuerdo con las consignas de Emerson y
su renegar de los clásicos europeos para dar una base cultural propia a la
naciente Norteamérica, que, recién independizada, ansiaba rasgos diferenciales
de Gran Bretaña.
Me
duró apenas un verso:
For
every atom belonging to me as good belongs to you.
(pues cada átomo que me pertenezce a
mí, también te pertenece a ti)
De
pronto se esclarecía todo, (assume,
no era sólo asumir sino apropiarse; no era un acto vanidoso sino un canto al
género humano, pues el autor se confiesa no suyo, su voz me pertenece a mí y a
todos, no es Whitman quien canta, es el Hombre:
I
am the man ,… I suffered ,… I was there
Después
vendría la universidad y el estudio técnico. Me enteraría de que eso se llamaba
transcendentalismo y delataba influencias del pensamiento oriental, quizás a
través de The Philosophies of India,
publicado por H. Zimmer en 1851 en Nueva York. La impresión, sin embargo, ya
estaba causada de forma imperecedera, como la huella de un isisaurio sobre las
rocas del Cretácico.
Porque
los grandes, los pocos universales —y Whitman es uno de ellos—, los que
transcienden las épocas y hasta soportan las traducciones, te miran cara a cara
desde su verso y se tatúan en la retina. A partir de entonces hacen la
filigrana de las cartas que ya escribas.
Hay
algo de grandioso en la expresión, de secreto atávico revelado, algo de bíblico
en Whitman. Ese poeta esclarecedor, con la clarividencia del profeta y el
sentido común del anciano del poblado, me decía:
There are the
thoughts of all men in all ages and lands
They are not
original with me
They are not
yours as much as mine
(Ahí
están los pensamientos de todos los hombres de toda época y país
No
son originales para mí
No
son más tuyos que míos)
Tardaría
más de una década en abarcar el alcance de esas sentencias, en entender que
existe un universal inmenso, al que algunos llamamos Dios —otros de otras mil
formas—, un fondo común de espiritualidad y sentimientos, al que los artistas
tienen el privilegio de poder ascender en ocasiones y descender como Prometeo
con una llama de ese fuego. O una tesela de ese mosaico que nos va formando y
nos recuerda lo que somos, la dimensión divina del hombre. Unas veces esa
tesela se llama Missa Solemnis en Fa
mayor de Beethoven, otras A los
espacios de Martí, otras Nymphéas de Monet. De ahí el primer verso:
de lo que yo
me apropie, lo que yo conquiste, lo conquistarás también tú.
Seguí
leyendo y resultó que estaba dentro de los planes de Whitman el que no llegase
a comprenderlo sino ya en la madurez:
1334
Failing to
fetch me at first, keep encouraged,
Missing me one
place, search another,
I stop some
where waiting for you
(si
no logras hacerte conmigo a la primera, mantén tu ánimo
Si
me pierdes en un lugar, búscame en otro
en
alguna parte me detendré a esperarte)
Y
es que Whitman, como Machado, es un poeta que te espera edad adelante, al
término de un tránsito de vivencias y lecturas.
Ahí
estaba, como en la portada de su primera edición —esa que él mismo tipografió—,
mirándome con su aire despreocupado, “non-chalant”, apoyado en un árbol; seguía
ahí cuando empecé a escribir. Era la pose que mostraba la escultura de pedernal
que iniciaría la chispa:
Is this then a
touch?... quivering me to a new identity
(es
una caricia acaso? … lo que me estremece hacia una identidad nueva)
Y
sí, hubo una caricia de labios que me llevó al anhelar doliente que nos vuelve
ingrávidos, nos vuelve palabra deslumbrada —y balbuciente, que diría San Juan—.
Y él te dice, escribe lo que sientes, escribe sólo si sientes, escribe para ti
ante todo.
I exist as I
am, that is enough
If no other in
the world be aware, I sit on content
And if each
and all be aware, I sit content
(Existo
como soy, eso basta
Si
nadie más en el mundo se percata, me siento satisfecho
Y
si se percatan todos, me siento satisfecho)
Cuando
uno lee a Whitman, con su voz desbocada y serena, a la vez de orate y de
cuerdo, hablando como el oráculo de Delfos y como el Tío Gallo, juez de paz de
un pueblo castellano; uno queda como queda la cobra ante el faquir, como el crío ante los
cuentos del abuelo que el abuelo oyó cuando era crío.
Whitman
es todo: es el hombre, uno de los curtidos, un cosmos. Es el poeta del cuerpo y
del alma, a veces canta al cuerpo eléctrico y a veces asume la voz de Jesús y no
pregunta al herido cómo se siente porque él mismo es el herido (841) y te
comenta de pasada cómo paseaba por las colinas de Judea con el bello y leve
Dios a su lado.
Uno
quiere ser lo que le dice Whitman que es, un hombre que contiene dentro multitudes
y por eso se contradice, quiere ser el alumno que supera al maestro y el
maestro que es superado
Y
escribir la poesía que se logra cuando es el salmo el que canta en lugar del
cantor (171).
Las
briznas de hierba de Whitman, como el Réquiem
de Mozart, como el Partenón, son pruebas de la existencia de Dios, son teselas
que vamos reuniendo los seres humanos con nuestras pizcas divinas para formar
ese gran mosaico en el que todos juntos somos dios.
¿Qué es la hierba?, me pregunta un niño mostrándomela en su mano.
Intentar
responderle es iniciar el camino hacia su creador y hacia nosotros. La hierba
es la parte divina del hombre perecedero, que se rebela ante la muerte
soterrada y asciende en destellos hacia el cielo. Herba —que retomaría Cunqueiro— aquí
ou acolá.
José Luis Torrego
José Luis Torrego es Licenciado en Filología Inglesa y se dedica a
la docencia de idiomas, y docencia o popularización de la literatura
siempre que sus obligaciones le dejan, ya sea en cursos universitarios
(UAH), conferencias (como la Semana de Estudios Románticos o Centro
Español de Núremberg) o en la radio (Interradio). Es autor de Levantas los párpados y amanece (Vitruvio, 2013) y de Piel disidente, que sacará Lastura en unas semanas.




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