SOBRE KAVAFIS
Mi traducción de los poemas de Stevenson
vinculó la vigésimosegunda edición –¡primera corregida!– de Kavafis, porque me
llevó a «tratar» de nuevo con Jesús Munárriz. La historia de mi traducción de
Kavafis seguramente merece la pena ser contada, porque pone bien de manifiesto
los ingredientes de azar y mezquindad que envuelven el llamado «panorama
cultural».
Allá por 1973, sentí la necesidad de
tener en español esos poemas. Yo había leído a Kavafis en la traducción de
Yourcenar, admirable. Esa poesía me impresionó como en contadas ocasiones me
había sucedido: no sólo la belleza, la hondura poética, sino que «contaban» y
tenían un «tono» que yo estaba buscando. Leí en años sucesivos la excelente
edición de Carles Riba, la plaquette con los veinticinco de Valente y su
ayudante, la italiana y la inglesa de Mavrogordato, que fue la que más me ha
acompañado junto a la de Yourcenar. Pero echaba en falta tener una edición en
español.
Mi griego ha sido siempre muy insuficiente
–rozando la inexistencia–, y mucho menos el muy complejo de Kavafis. Entonces
conocí a una joven profesora –Mercedes Belchí -que también amaba a Kavafis, y
con ella embastamos un mazacote que a lo largo del 74 y el 75,
yo fui puliendo, anotando, comprobando con las traducciones a otras lenguas,etc.
En 1975 ya tenía una versión que no me disgustaba. Se la di a leer a
Juan Benet, y le pareció buena, incluso añadió un par de notas a pie de página
que he conservado. Una noche, cenando en el viejo Anselmo, Jesús Munárriz, que
empezaba su camino de editor –entonces con Ayuso–, me comentó que alguien (creo
que Chamorro, o quizá Benet) le había alabado esa versión mía y que por qué no
se la daba para su editorial. No tuvo que repetir su ofrecimiento, aunque
le dije que la traducción debería mejorarla. El caso es que a los pocos días se
la entregué y la publicó.
El éxito es conocido. A los pocos meses, en uno de
nuestros encuentros, tan frecuentes por entonces, me dijo que la editorial no
tenía dinero y que no podía pagar por la traducción más que treinta mil
pesetas. Le dije que no pensaba que fuese el dinero lo que nos había llevado a
él a convertirse en editor ni a mí en temerario traductor. Pasaron los meses, y
la obra de Kavafis fue convirtiéndose en un éxito editorial. Un día, Munárriz
me llamó y me dijo que no teníamos contrato. Le contesté que por mi parte no
hacía falta; pero insistió, y al cabo de una semana se presentó con un papel
escrito a máquina, que no leí y que firmé.
En ese tiempo, yo había encontrado en New
York una recopilación de poemas de Kavafis que él había desdeñado. Se la enseñé
a Munárriz al volver y me dijo que se podía acompañar con ella, la edición
«principal». Y así lo hicimos. Poco después estuve traduciendo a Robert Louis
Stevenson, faena en cuyo tramo final mucho me ayudó Txaro Santoro, con quien
también estaba traduciendo –aunque aquí me limité a «darle aire poético»– a
Hölderlin. En cuanto se enteró, Munárriz me pidió el libro. Y de nuevo, sin
dudarlo, se lo entregué; esto debió ser por 1980. Mientras tanto, Kavafis
seguía su camino triunfal. Como yo no tenía ejemplares –pues aunque le había
rogado a Munárriz que me hiciera llegar al menos uno de cada nueva edición,
para mi colección personal, jamás recibí ninguno–, y sí la necesidad de regalar
tres o cuatro, se los pedí. Al entregármelos, me presentó una hojita como
factura, que me instó a abonarle. Como el lector deducirá, me sobresalté. Le
dije, más o menos, que me parecía bastante poco cortés: que, como bien sabía,
yo le había dado esa traducción por amistad, que no había discutido su miseria
económica cuando vino con la retribución de treinta mil pesetas, y que lo único
que me importaba era que el bueno de Kavafis fuese leído por tantos miles de
lectores, a los que, desde luego, se les debía compensar con una edición más
cuidada, ya que por entonces yo había mejorado algunos versos, datado con
precisión y anotado algo más; y, sobre todo, que me parecía tan natural todo
ese proceder, como el que ahora me regalase los ejemplares que precisaba. Pero
Munarriz no era del mismo criterio. Me respondió que todas las cuentas estaban
saldadas conmigo, puesto que el contrato que le había firmado era una cesión
para siempre y por ese importe. Recuerdo que mi única despedida fue: «Eres un
cerdo». Creo que, de pensarlo, hubiera encontrado un calificativo más exacto.
Y así fueron pasando los años, hasta 1994,
cuando de pronto recibí una carta suya comunicándome su intención de
publicar los poemas de Stevenson. A lo largo de todo ese tiempo –Kavafis ya
pasaba de las veinte ediciones–, fui comprobando una tras otra que no había
modificaciones en el texto. Y también a lo largo de esos quince años yo había
engrosado las notas y las precisiones. Le escribí entonces diciéndole que
–teniendo en cuenta su natural ahorrativo y en consecuencia el que jamás los
lectores tendrían una edición más respetuosa con Kavafis y con ellos mismos– le
proponía un trato: le regalaba el trabajo que había desarrollado a lo largo de
ese tiempo con la única condición de que la siguiente edición lo recogiese. Creo
que la cláusula referida al ahorro, le hizo aceptar mi oferta. Y así, por fin,
la vigésimo segunda edición –decimonovena en Hiperión (más las dos de Ayuso y
la bilingüe)– pudo salir como yo hubiera deseado desde la tercera o cuarta. En
fin... Como cantaban los alegres invitados de Violetta, «Godiamo, in
questo paradiso ne scopra il nuovo di».
José María Álvarez


No hay comentarios:
Publicar un comentario