AHORA QUE TODO EL MUNDO ESCRIBE
Y NADIE LEE
Busquen, busquen por las redes sociales y vean todas esas fotos de gentes que posan con aires decididamente interesantes y serios, en sus selfies: gestos pretendidamente intelectuales, para compartir cartelas con frases de Paulo Coelho y fotos de atardeceres photoshopeadas, muchas flores photoshopeadas, señoras y señores estupendísimas y estupendísimos todo lo en porretas que permite el Gran Hermano Zuckerberg. ¡Oh, sí, todos, todos ellos escritores! Pero ¿acaso no tienen derecho a serlo? Yo también publico libros cuando puedo o me dejan y me pretendo, por tanto, un poquito escritor: el burro siempre delante, que quede claro. Pero oigan, que también trato de leer algo, ¡créanme y léanme también a mí! Yo leo mucho más que escribo porque sé que si no el invento se nos escacharra y ya no funciona. Es algo que tiene su lógica, ¿no? Pues no, señores, oh, no way. Que si quieres arroz. Mucho, mucho escribir, pero aquí no lee ni dios.
Cualquiera diría que una sociedad inventa a sus
escritores a su imagen y su semejanza, es decir, que todo escritor es producto
de las sociedades que los produce; pero a poco que uno escarbe, va a descubrir
que es más bien al revés, que es el escritor el que inventa su sociedad. Hoy
nuestra sociedad cuenta con más escritores que nunca, ¡para que luego hablen de
fracaso del sistema educativo! A lo mejor este fenómeno tiene que ver con las
nuevas pedagogías y su mandato de que sean los profesores quienes deben
escuchar al alumno más, mucho más de lo que los alumnos deben escuchar al
profesor.
Busquen, busquen por las redes sociales y vean todas esas fotos de gentes que posan con aires decididamente interesantes y serios, en sus selfies: gestos pretendidamente intelectuales, para compartir cartelas con frases de Paulo Coelho y fotos de atardeceres photoshopeadas, muchas flores photoshopeadas, señoras y señores estupendísimas y estupendísimos todo lo en porretas que permite el Gran Hermano Zuckerberg. ¡Oh, sí, todos, todos ellos escritores! Pero ¿acaso no tienen derecho a serlo? Yo también publico libros cuando puedo o me dejan y me pretendo, por tanto, un poquito escritor: el burro siempre delante, que quede claro. Pero oigan, que también trato de leer algo, ¡créanme y léanme también a mí! Yo leo mucho más que escribo porque sé que si no el invento se nos escacharra y ya no funciona. Es algo que tiene su lógica, ¿no? Pues no, señores, oh, no way. Que si quieres arroz. Mucho, mucho escribir, pero aquí no lee ni dios.
Hace muchas décadas, el poeta Mallarmé ya expresaba su malestar, su
desasosiego, escribiendo que “la carne es triste y he leído todos los libros”.
Hoy tenemos toda la carne y todos los libros que queramos, acaso demasiados:
hasta el hastío. Otro experto de la inquietud y de la depresión, Fernando
Pessoa, escribe en su Libro del desasosiego: “En la vida de hoy, el mundo solo pertenece a los
estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar
se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el
internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la
hiperexcitación”. En realidad, Pessoa es el maestro de ese mal du siècle que nos alcanza todavía -y todo apunta a que la cosa,
dicha depresión, va a peor-. Pessoa, ese Supradecaído, también adivinó esa
extraña intimidad que existe entre las gentes que escriben: “Me preguntó si
escribía. Respondí que sí. Le hablé de la revista Orpheu y él la elogió, la elogió mucho y yo me quedé verdaderamente
pasmado. Me permití hacerle la observación de que me extrañaba, porque el arte
de los que escriben en Orpheu suele ser para pocos. Por lo demás, añadió, aquel arte
no le había ofrecido verdaderas novedades. Y tímidamente observó que, no
teniendo dónde ir ni qué hacer, ni amigos a los que visitar, ni interés en leer
libros, solía gastar sus noches, en su cuarto alquilado, escribiendo también”.
Es decir, que el poeta portugués ya sabía de todas esas gentes que escriben y
escriben, y eso les bastaba para sentirse unidos. Como hoy mismo: hay que
suponer que, más allá de eso, no tienen ni que leerse entre sí. “Nos quedamos,
pues, cada uno entregado a sí mismo”, concluye Pessoa.
Durante
mucho tiempo, los libros construyeron el relato de los grandes acontecimientos
del mundo. Pero ese tiempo ya pasó. Todas las familias felices se parecen,
escribía Tolstói al principio de una larga novela en la que todo el mundo
acababa siendo muy infeliz. No podemos ignorar que es en los llamados países
desarrollados, allí donde parece haberse instalado la paz perpetua, donde todo
el mundo escribe hoy; la intrahistoria de la que hablase Unamuno es abordada
ahora por legiones de poetas y novelistas que se autopublican en la imprenta de
su pueblo o en Amazon. Claro que en la mayor parte del mundo queda todavía
demasiada violencia e infelicidad, demasiada injusticia y pobreza por arreglar,
y es muy probable que de ahí salgan las grandes novelas del futuro, las grandes
gestas literarias que nos quedan por leer.
Debemos
suponer que algún día todos, felices como sociedad, escribiremos para contar a
los demás, esos otros felices,
nuestra intima y secreta infelicidad. Sigamos escribiendo, busquemos esa
inmortalidad que desde la medicina muchos, ay, poshumanistas auguran ya. La
gran narrativa del mundo será alguna vez una narrativa muy aburrida tan solo si
tenemos suerte y, algún día, logramos una paz verdaderamente universal.
La
verdad es que uno no sabe para qué seguir escribiendo, si ya lo dijo todo, y
mucho mejor que uno, Fernando Pessoa. Creo que podría terminar este artículo
limitándome a meter más fragmentos de los que tengo subrayados del Libro del desasosiego. Esperen, voy a buscar uno. Ya: “Sin sintaxis no hay
emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos”. Benditos
sean los gramáticos, que nos dan las armas para nuestra escritura, nuestras
letras. No bastará con que la ciencia nos regale la vida eterna: tendremos que
contarla, que escribirla. ¿Acaso no inventó Cervantes la sociedad que no tiene
que ver con las fantasías que los gobernantes venden a sus sociedades de sí
mismas, esas imágenes “oficiales” que las sociedades ven tan graciosas cuando
llega el Cervantes o el anónimo autor del Lazarillo de turno para mostrar que
el gobernante está desnudo y que la sociedad es un sindiós digno de risa y de
ternura? Claro que en la sociedad de Cervantes las gentes aún leían, no en vano
todas ellas reconocían a don Quijote en la segunda parte porque habían leído la
primera.
Hoy
ya no leemos, ya no nos leemos. Qué le vamos a hacer. Pero ustedes escriban,
sigan escribiendo. Que todos los demás permanecemos a la escucha.



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