Contra Jaime Gil de Biedma, obviamente
Contra Jaime Gil de Biedma. Contra ese poeta
puto capaz de convocar la palabra precisa aun siendo sucia, de seducirse a sí
mismo jugando a ser otro, de lidiar el aliento hasta ajustárselo al pecho, en
un éxtasis de angustia, en una melancolía de agua. Contra él, contra Jaime Gil
de Biedma, que buscaba ser eterno y se tradujo en la lengua inmortal del que ya
nunca muere, que intimó con la palabra escrita de tal modo que se gozaba de una
relación, vida, poema, casi incestuosa.
Contra Jaime Gil de Biedma que cursó la
identidad múltiple de quien se busca en lo que escribe, que se inventaba a cada
verso y le prestaba su carne porque el otro nunca fue nadie más que sí mismo… “Así
me vuelve a mí desde el pasado,/ como un grito inconexo,/ la imagen de tus
ojos. Expresión/ de mi propio deseo”.
Contra Jaime Gil de Biedma que afilaba su
ironía tantas veces roma de puro obscena para desmitificarse ante sí mismo,
para no convencer (se) de lo que no era, para reconciliarse con lo que sigue
siendo: poeta y hombre, confundibles e intercambiables incluso desde la
imposibilidad del lapso que transcurre entre lo que se vive y lo que se cuenta.
Contra Jaime Gil de Biedma.
Contra su erótica de mapa agreste y su brújula
ansiando ternezas. Contra su ambivalencia entre la opulencia y la pobreza. Su
Eros era más Eros por la autenticidad de su descendencia divina: Penía, la
escasez, Poro, el derroche. Porque descendía por entre los amores furtivos,
engendrados en una noche, y ascendía por entre la escarpada y ya inerte –tras
el goce- senda de los placeres a los que no solo no estaba dispuesto a
renunciar, sino que recreaba. Verso nuevo, verso con olor a batalla, verso ya
vaciado de sustancia seminal. “Para saber de amor, para aprenderle (…) es
necesario en cuatrocientas noches/ con cuatrocientos cuerpos diferentes/ haber
hecho el amor. Que sus misterios,/ como dijo el poeta, son del alma,/ pero un
cuerpo es el libro en que se leen”.
Porque descendía tras el rastro del amor -acaso
más noble- del cariño, de la complicidad de conocerse, y ascendía ilimitado
rastreando las huellas de lo sublime. “Aunque el amor no deje de ser dulce/
hecho al amanecer./ Junto al cuerpo que anoche me gustaba/ tanto desnudo,
déjame que encienda/ la luz para besarse cara a cara,/ en el amanecer”. Porque
“nada me valdrían/ trabajos de amo disperso/ si no existiese el verdadero
amor”.
Contra Jaime Gil de Biedma, nigromante de la
poética narcisista, poeta que se disfraza de sí mismo en sus personajes y no
termina de entenderse, o acaso la conclusión sea las ojeras de cada uno de
ellos, el reguero de sexo en sus comisuras, el hambre sin resuello.
“Está uno hecho a tentarse a sí mismo, tan
acostumbrado a no esperar, puesto en el trance de algún repentino apremio
erótico, de ninguna ocasión graciosamente calva, son los caminos del placer tan
solitarios y tan arduos, que si un día de esos, cuando enteramente estamos a
favor de la virtud… llega la tentación igual que a un don divino, a una gracia
actual y refrescante, nos descubrimos tan indefensos como Saulo debió de
descubrirse al caer del caballo”.
Pero siempre con el tiempo en cada paso. Siempre
el tiempo en cada paso, como el cobalto de la piedra angular, oscura, el canon.
Acaso esa ausencia de obra bien encinchada, bien estructurada en su totalidad
explique el tono informal de su escritura. Lo irónico, el tiempo, su peso a
cada paso. Y es la sensación de no ser joven lo que le obliga a la autofagia.
Contra Jaime Gil de Biedma que se devora a golpes y a versos, que se encalla en
el nihilismo feroz y en el grito silencioso de su desesperación. “No volveré a
ser joven”, escribió a los treinta y cinco. Y nunca más lo fue. A los treinta y
cinco, el nihilismo, la desesperación. La nostalgia de “la vieja tentación de
los cuerpos felices”.
También contra el viejo Jaime Gil de Biedma que
se llora en la frontera. Ya no soporta la juventud, “encanto descarado de la
vida”, y sin embargo no se resigna a prescindir de ella. Echa en falta “las
noches inquietas”; echa en juego “sus fantasmas en blue jeans”. De la vida se acuerda pero dónde está.
Contra ese poeta que conjura a dios para
resistir el embiste de los días que le acercan a lo que es real, y le arañan la
ilusión del futuro visto sin perspectiva. Contra ese poeta que cree rendirse al
explicar la vida en negación: “No leer, no sufrir, no escribir, no pagar
cuentas”, como si no siguiese siendo él en esencia de otro modo, desde otro
ángulo. Contra ese poeta que no soporta la idea de la muerte y que la ve tan cerca
de los treinta y cinco, y se escribe en póstumo, pero recita.
Sus poemas no sólo le explican, también enfocan
la propia vida. “Y los poemas son/ un modo que adoptamos/ para que nos
entiendan/ y que nos entendamos./ Lo que importa explicar/ es la vida, los
rasgos/ de su filantropía,/ las noches de sus sábados”. Jaime Gil de Biedma se muere a los treinta y
cinco, y no. Sigue jugándose. No hay otro modo de escribir que exponerse. Y
sigue haciendo ese teatro que es su vida, como si realmente creyera que se
desentiende de ella. Quizás eso le insufla la obscena soberbia de continuar.
Sabe hacerlo, de modo elegante, en las formas, en el gesto. Jaime Gil de
Biedma.
“Hermosa vida que pasó y parece/ ya no pasar…
Desde este instante, ahondo/ sueños en la memoria: se estremece/ la eternidad
del tiempo allá en el fondo./ Y de repente un remolino crece/ que me arrastra
sorbido hacia un trasfondo/ de sima, donde va, precipitado, para siempre
sumiéndose en el pasado”.
Contra el abogado de la Compañía Tabacalera que
residió en Filipinas con briznas de mala conciencia, contra el señorito que
curó su tuberculosis escribiendo sobre la poesía de Jorge Guillén siendo él ya
poeta; contra el escritor de diarios consciente de estar haciendo no una
confidencia sino literatura porque él, insisto, era poeta.
“Durante años he aspirado a ser un gran poeta. ¿Por
qué no? Inteligencia, experiencia, sensibilidad, don verbal, curiosidad y
pasión por el oficio…, todo eso lo tengo y, sobe todo, el súbito don de la
contemplación de un ser o de una cosa, de penetración en un sentido que me
sobrecoge igual que una emoción. Ahora sospecho que no pasaré de aficionado
distinguido –si es que llego-, autor de unas pocas piezas incidentales por las
que algún pequeño grupo de lectores se interesa amistosamente. Hay un resorte
en mí que no funciona y siempre lo he sabido. No la voluntad, sino la fuerza de
convicción que mueve a la voluntad”.
Contra Jaime Gil de Biedma, porque uno lo lee y
queda invadido por su manera de mirar (se), de ser, de construirse. Contra él
como poeta porque deja la huella del ciervo en la nieve. Contra él porque uno
nunca distingue si peca, si merece. Contra Jaime Gil de Biedma, claro, obviamente, porque
tuvo la valentía de escribir lo que tantos sienten: “El día que deje de
considerarme poeta, me será muy difícil considerar que existo”.





No hay comentarios:
Publicar un comentario