EL SUDESTE EXISTE.
Si
partimos de la base de que, durante un tiempo, la creación poética ha estado
definida por la ubicación de sus poetas, elaborando un mapa de creación que
empezaba por identificar a los escritores andaluces, los catalanes, los
asturianos o los valencianos como marbete de la buena poesía en España, podemos
ahora dedicar unas líneas a identificar otro de los fenómenos de importancia
dentro de esta cartografía literaria: la consolidación de la poesía en el
sudeste español y, más concretamente, el singular auge de la poesía en la
ciudad de Albacete.
Para
empezar a elaborar la defensa de la tesis que se propone, y alejados los
fantasmas del localismo, debemos tomar como referencia un espacio en la que no
había una firme consolidación de valores de creación que no fueran más allá de
figuras locales, pero reconocidas en sus ámbitos, que no proponían una base
firme en un proceso que podríamos llamar “de asimilación” de las nuevas
generaciones. Quizá la apuesta por autores como Martínez Sarrión o Dionisia
García como arietes en la defensa del escritor manchego, pudo identificar unos
primeros pasos de referencia, con filias que sirvieron para acercar sus figuras
a las nuevas generaciones, o el grupo que representaban los poetas de la
postguerra, encabezados por Ramón Bello o José María Blanc que, en cualquier
caso, favorecieron un movimiento de análisis que, consolidado el grupo, no
propicio, o propicio poca metástasis en las generaciones posteriores.
¿Cuáles
fueron, entonces, los resortes que pusieron en marcha el trabajo de los jóvenes
poetas? ¿Desde qué visión empezar a entender un fenómeno literario en una
ciudad como Albacete?¿Cómo elaborar un canon de aproximación a su literatura?
Para
empezar a situarnos, decir que a finales de los años 80s y comienzo de loa años
90s, los jóvenes poetas crearon un grupo ciertamente firme en torno a la
conocida revista Barcarola, motor de arranque necesario para entender el
panorama posterior. Nombres como Ángel Antonio Herrera o Juan Carlos Gea, entre
otros, daban las claves de los comienzos de una generación que empezaba a
trazar líneas gruesas en el panorama de la actividad poética del país, una
generación que recibía, a través de la citada revista, toda la producción
poética que, en esos momentos, estaba sedimentando en España e Hispanoamérica,
empezando a crear desde el conocimiento de lo que en esos mismos años estaba
pasando en la lírica en lengua castellana.
Pero
los primeros pasos de esta singular apoteosis, además de la obra de Sarrión a
la que ya hemos aludido y las referencias externas vía Barcarola, vendrían dados
por un libro de un albaceteño, Juan Carlos Marset, que, con el premio
Adonáis, empezó a hacer notar la singularidad en el territorio nacional. El
libro “Puer profeta”, un largo poema que contó con interesantes críticas,
establece una frontera entre la creación anterior y un nuevo espíritu de
conquista que se adueñaría definitivamente de los poetas de los primeros años
de la eclosión. Seguidamente, y al albur de Marset, Luis Martínez Falero afirma
la condición de Albacete con otro premio Adonáis por su libro “Plenitud de la
materia”. Estas dos puertas que se abrían lo hacen desde una visión
culturalista de la poesía en unos años en los que se confirman poetas de la
talla de Antonio Colinas, Ana Rossetti, Luis Antonio de Villena o Luis García
Montero, años en los que en Albacete no abundan, precisamente, los
poetas.


Apoyados en estos dos pilares, y el de Sarrión el tercero, los jóvenes poetas que escribían sus versos en el Albacete de fin de siglo empezaron a considerar un movimiento de avance en la bulliciosa creación literaria de la ciudad. Un fin de siglo que afirma, no ya solo la fuerza de Barcarola, sino también la actividad cultural con la que Albacete se sitúa en el centro neurálgico de los programadores, fruto de la aparición unos años antes de Cultural Albacete, proyecto estrella con raíces en la Fundación Juan March. La ciudad empieza a ser alimento necesario para el grupo de creadores que forman su identidad antes del nuevo siglo, experimentando una progresión definitiva en la calidad literaria albaceteña. Es así que, durante buena parte de este período, la formación y la información nacen para madurar los espíritus creativos de sus escritores. Arturo Tendero, León Molina, Frutos Soriano, Carlos Blanc, Valentín Carcelén, Ángel Aguilar o Cruz Campayo lanzan sus nuevos versos al albur de estos tiempos fecundos, creando el marbete “poetas de la confitería” que les acompañaría como definición de grupo y como referente de la poesía en Albacete. Del grupo, es necesario destacar un libro de referencia firmado por Arturo Tendero, titulado “Alguien queda”, publicado por Renacimiento.



Destacar dos libros fundamentales en este viaje del conocimiento de la poesía albaceteña que proponemos: Por un lado, “La sangre” (Valparaíso, 2015), de Andrés García Cerdán; y, por otro, “Los signos del derrumbe” (Hiperión, 2014) de Antonio Rodríguez.
Pero existe otra generación que evidencia más recorrido en Albacete. Autores que escribieron sus primeros libros en la primera década del siglo XXI, que recibieron sus primeros premios en estos años, fortalecen una vías de análisis más dentro del amplio espectro de la poesía del sudeste, de la poesía albaceteña. Poetas como Rubén Martín o Constantino Molina, ambos con premios Adonáis a sus espaldas, viene a ser el relevo natural de los poetas que edificaron la estructura propicia para que Albacete se viera desde cualquier posición del campo de batalla (si se me permite el término). Una poesía que, apoyada por regla general en la naturaleza, configura un verso maduro, nacido con apenas veinte años, fortalecido por una visión extraordinaria del hacer poético que ya está dando como resultado algunos libros excelentes. De Rubén Martín, su libro más interesante, “El minuto interior” (Rialp, 2010) o “El mirador de piedra” (Visor, 2012), nos sitúa en un poeta que asimila las lecturas de Claudio Rodríguez o Ángel González para depositarlas en su manera de entender el mundo. De Constantino Molina, su único libro hasta la fecha, “Las ramas del Azar” (Rialp, 2015), donde penetra en el concepto de ruralidad para definir un campo muy inteligente de la comunión con la naturaleza.

Añadidos
a esta generación, y no por ello menos valiosos, los poemas de otros autores que
ya están tomando posiciones en el panorama de la creación poética de nuestro
país. Hablo de Javier Temprado o Lucía Plaza, ambos con mucho recorrido por
delante.
Se
entenderá entonces que, una vez visitada la obra de los autores citados,
descubierto el valor real de su escritura, sea necesario poner de manifiesto
una especie de árbol de genealogía que contribuya a informar, sobre todo al
lector avisado, de la necesidad de llamar la atención hacia un proceso
creativo, en el ámbito de lo poético, que ya ha tomado forma dentro de esas
estructuras territoriales que viene definiendo la poesía española reciente. En
comparación con otros territorios, este del sudeste ofrece una nueva visión, un
nuevo enfoque que está apostando fuertemente por la comunicación, que utiliza
el verso como reivindicación y como trampolín para comunicar una realidad a
todas luces poderosa, una realidad nacida en el seno de una tierra que, como
dijimos, carece de estructuras fuertes que sostengan pilares robustos, pero que
cuenta con la fuerza de una generación que abre caminos necesarios para
entender qué está pasando en el panorama de la poesía española reciente.
Albacete es una ciudad de provincias que sostiene entre sus calles la ilusión
de un grupo de poetas de primera magnitud, una vocación alimentada por la
ilusión del discurso poético que se perfila en los bares, que se sedimenta en
las esquinas, que toma forma de manera cotidiana para hacerse necesaria entre
los lectores, esperemos que cada vez más, de poesía. La condición de los
territorios no es ya la fuerza de su industria o la ubicación estratégica de
sus ciudades, el espíritu de conquista no está en la industria o en el capital.
La ciudad ha empezado a hablar desde la poesía y eso, sin duda, la convierte en
especial. En apenas veinte años, desde los primeros libros de Ángel Antonio
Herrera o de Juan Carlos Gea, hasta el libro de Constantino Molina o Javier
Temprado, Albacete ha ido asumiendo la creación de diferentes generaciones que,
en su progreso, han definido un espacio para la poesía, una acción poética
necesaria, un panorama de creación poco conocido y menos apreciado. En solo
unos años, la poesía albaceteña se ha confirmado como importante entre la
poesía importante de nuestro país.
Andrés García Cerdán, Antonio Rodríguez Jiménez, Matías Clemente, Arturo
Tendero, Luis Martínez Falero, Juan Carlos Marset, Rubén Martín, Javier
Temprado o Constantino Molina, todos ellos con grandes libros publicados en
editoriales de reconocido prestigio, están ofreciendo un aliento manchego a la
fuerza del viento de la poesía. Detengamos el paso en su obra.
Quizá
el futuro próximo ponga de manifiesto otros territorios que ofrezcan a autores
ariete en la poesía, pero en este momento, analizadas las estructuras de la
creación, Albacete está ofreciendo un espacio fundamental que, aunque a algunos
les pese, hay que tener en cuenta.





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