Diálogo truncado
con Alejandra Pizarnik
Alejandra, tú
sabes decir el poema, fijas unas verdades escuetas, arduamente obtenidas,
cerciorándote de su extraña correspondencia con tu esforzado aliento. Te extiendes
en ondas de infinitud, en esa etérea descripción en la que consigues tus
sentimientos más ocultos, casi incomprensibles, suspendidos en imágenes
fugitivas, en una explicación trastocada.
…Yo
presentía una escritura total.
Tú
lo sabes: escribir es cumplir un sueño.
¡Oh,
cómo deseo vivir solamente para escribir!
Sí,
traducirte en palabras, describir tu confusión, detallar las visiones de tu
intelecto y, alcanzando lo sublime, fugazmente protegerte en lo imaginado.
Siempre
me repito: “Te llevas. Te sobrellevas. Ya sólo tú sabes de este ritmo
quebrantado”
Siempre
esa tentación de la derrota. Esa inclinación a la seguridad de lo caído. Tu
desamparo triste en medio de alegrías que apenas reconoces como verdaderamente
tuyas.
Y he
sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, aquello que me es adverso
de mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío.
Tú
siempre hecha dos. La poeta, una mujer oracular que funda lenguajes
escurridizos. Y la mujer frágil, compulsiva, de peligrosos vaivenes, de
barreras acatadas, de insatisfacciones profundas. Siempre ese ser tuyo que se
te rebela en plomizos extravíos.
No
puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la
tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.
Es
tu búsqueda de lo inasible, tu intento de alcanzar en tu mente la realidad que
sientes lejana, tu desbocada fluencia que te conecta con lo que te vive.
Yo ya
no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío.
Te
hiciste un personaje que te encubría, una voz poética que fugazmente te
liberaba, un rostro invisible transmutado en palabras que explosionaban en
imágenes poderosas, iluminaciones escuetas que señalaban la salida, desde esa luz
nunca dicha, nunca habitable en su exclusión de las palabras, tu único ser.
Mejor
escribir sobre lo que puedo, es decir, sobre mí, para un día llegar a escribir
sobre lo que quiero.
Te
pones a escribir sobre ti, pero no sabes quién eres; solo deduces, de tu
angustia, que eres un ser lúgubre que vive más hondo que tu inconstancia
risueña.
Miedo
de mí. Cada vez que pienso en mí dejo de reír, de cantar, de contar. Como si hubiera
pasado un cortejo fúnebre.
No
has sido feliz. Has vivido acuciada por tu propia réplica.
Una
sola vez fui feliz: cuando corrí a caballo, desnuda, por la playa. Fue entonces
cuando palabras como tierra, sangre, sexo, adquirieron realidad, se hicieron
tan reales que desapareció la voz; y el sentir y el hablar no se diferenciaban.
Ah…,
entonces era la voz la que te interrumpía, esa voz que, sin embargo, llamabas
con violencia, para que acudiese a ti y te suplantase sin traición posible.
La
poesía me dispersa, me desobliga de mí y del mundo. Porque la poesía no soy yo
quien la escribe.
Entonces… ¿esa que pones delante de ti no eres tú? ¿Esa en la que pretendes decirte no es la mejor expresión tuya sino solo una voz con la que apenas te entiendes?
¿Para
qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras. Pero, a veces,
tengo nostalgias del pensamiento más o menos lógico de los demás. Y, otras
veces pienso que el error es encerrarse a leer y a escribir en vez de aceptar
mi más honda vocación que es erótica.
Sí,
pero no sabes. No sabes ser como los demás, engañarte pensando que las
supuestas seguridades y los gozos son pertenencias, sumas, logros, futuros.
El
mundo es horrible y la vida no tiene, por ahora, ningún sentido. (No obstante,
creo que nadie ama la vida más que yo. Sólo que entre mis sueños y mi acción
pasa un puente insalvable).
Estás
al otro lado, pues. La distancia te posee, te recluye en una sed que te
inhabilita.
He
meditado en la posibilidad de enloquecer. Ello sucederá cuando deje de
escribir. Cuando la literatura no me interese más.
Lo
que tú llamas literatura, y en ti es un convulso viaje por tus inviernos, te
salva y te condena, te mantiene lúcida en la oscuridad, poderosa en los
extravíos.
Yo no
quiero vivir, yo quiero un interés obsesivo por dos cosas, los libros y mi
poesía.
Podrías
vivir ahí, pero no sabes; por eso insistes en tu búsqueda de lo imposible.
Imposible
es la comunicación humana. Los demás siempre nos aceptan mutilados, jamás con
la totalidad de nuestros vicios y virtudes.
En
tus diarios, en tus versos, vas más allá, buscas seres que solo te conozcan en
ese existir tan fino, tan pulcro, ajeno a las obviedades que amenazan lo
secreto.
Se
está enamorando de mí: por eso me atrae menos. Uno de estos días le diré que no
nos veremos más porque yo no puedo amarle, yo no puedo amar a nadie, yo estoy
muy lejos, muy enferma.
Ese
lejos, esa enfermedad, son las dejaciones de tu ser natural, ese hacerte fuerte
en tu intelecto y esa para ti inoportuna constancia de la realidad, los extraños
habitantes que se cruzan, a veces deseables, pero solo como súbitas
terminaciones de ti misma.
Lo
que me fascina de la masturbación son las enormes posibilidades que ofrece. Ese
poder ser objeto y sujeto al mismo tiempo…abolición del tiempo, del espacio…
El sexo como metáfora de la relación con el mundo, de la relación contigo misma. Esa propensión tuya a necesitar el control absoluto, a insistir en ese afuera autorreferencial, para ti invisible en sí mismo.
Se
agotaron los hechos y los actos. En mí se habla en infinitivo.
Ansia
de diluirte, de no responder de quien no aceptas, de no ser tú, porque no
sabrías cómo serlo, y desembocar en el mar de lo anónimo y no vivir ni siquiera
en secreto, sino desconocerte más allá de tu estricto presente, renunciar a la
perversión de la memoria, ignorar cualquier proyección que se atenga a tu yo y
vislumbrar las que lo trasciendan.
Descubrimiento
de los límites del yo. Vuelta a la cordura.
Pero
a ti te seduce la enajenación, traspasar tu imagen conclusa, en busca de
ignotas prolongaciones, protegida de hermetismo.
Ya no
soy más que un adentro.
Quisiste
construir un mundo hecho de lenguaje, tus pensamientos reinando sobre la
imprevisible realidad, brillando sobre el apagado palpitar de lo presenciado.
Un mundo probable en tu indómita imaginación.
Extraña
que fui cuando lejana de vecinas luces atesoraba palabras muy puras para crear
nuevos silencios.
Sí,
la palabra que exime de la voz, que finiquita los ruidos, que desabastece las ruines
amenazas.
No
puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la
tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.
Es
tu búsqueda de los alcances soñados, tu modo de decir las lejanías sin enfrentarlas.
Sólo
hay una cuestión: tener o no tener deseos de vivir…y de morir.
Para Camus, la única pregunta filosófica importante era si valía la pena o no vivir. Tú ya sabes la respuesta, pero te demoras. Como decía Cioran: “Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: ¿hay don más misterioso? La consolación por el suicidio posible amplía infinitamente esta morada donde nos ahogamos”. Para ellos esa era una cuestión intelectual, una excelente posibilidad para tiempos a los que no llegaron. Pero tú vives en una extraña prolongación en la que con pasión indiferente permaneces, desde ese contradictorio sentir que has empezado a vivir ya en los inicios de la muerte.
Y
dentro de cuarenta años, si vivo, es un decir, pero espero no estar en esta
farsa imbécil…
No,
Alejandra, no vivirás, te habrás liberado de esta farsa. Pero tus versos, tus
diarios, nos vivirán, y serán lo que podamos entender de ti, a duras penas,
salvando códigos improcedentes, reiniciando la mirada.
A
veces siento que me acerco al final. No sé si vendrá la locura o la muerte.
Es
tu muerte, Alejandra; unas veces dices quererla y otras no, pero siempre la
estás aproximando.
Sentí que estabas
pidiendo a gritos hablar, pero ¿con quién? Con esa voz que también eres tú,
pero desde afuera. No te oigo, me dirás, desde tu oscuridad infinita. Pero has
renacido en mí, pues quisiste hacer de tu vida literatura y en ella pervives,
más allá de ti misma.
Javier Puig nació en Barcelona
(1.958). Desde 1.988 reside en Orihuela. Ha publicado poemas, cuentos y aforismos
en la revista Empireuma, así como artículos en diversas publicaciones impresas,
especialmente en La Lucerna. Desde hace dos años, semanalmente, viene
publicando artículos, mayoritariamente sobre literatura y cine, así como
fragmentos de sus diarios inéditos, en diversos blogs como el de Muñoz Grau,
“Historias para no dormir(se)” (www.mgrau.es),
Frutos del tiempo (http://frutosdeltiempo.wordpress.com/)
o MinutoCero (http://www.minutocero.es/).
También ha colaborado en diversos libros colectivos así como en exposiciones
poéticas.




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