Adiós al poeta Ignacio Caparrós,
un grande de la poesía
Ignacio Caparrós Valderrama (Málaga,
1955), nació un 1 de febrero y falleció el pasado lunes 12 de enero a los 59
años. Con todavía mucha vida por delante, este inquieto poeta, autor —entre
otros poemarios— de Heredero del aire
(Alhulia, 2001), veía truncada una de las carreras poéticas más versátil,
rotunda y meteórica de los últimos tiempos.
En sólo 21 años de carrera
oficial Caparrós consiguió publicar más de 30 libros, entre los que se
incluyen: poesía, ensayo, traducción y narrativa. En 1993, con La sombra de la sombra que soy —recopilación
antológica de su poesía de juventud— el poeta malagueño inauguró una hoja de
servicios en pos de la literatura, que había comenzado mucho antes pero que
eclosionó públicamente a sus 38 años. Ese mismo año publicó Scherzo auspiciado por el Ateneo de
Málaga. La prueba más fehaciente de que la poesía bullía como río subterráneo
desde la juventud en Ignacio fue el primer premio que recibió, Premio Ciudad de
Sueca (Valencia, 1977), un galardón obtenido a la edad de 22 años.
El poeta malagueño se licenció en
Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, y años después consiguió por
oposición ser profesor de Enseñanzas Medias, labor que desempeñó desde 1981 en
diversas ciudades, como: La Laguna, Jerez de la Frontera, San Pedro de
Alcántara o Rincón de la Victoria, hasta que en octubre de 1996 y por concurso
de méritos, ocupó el puesto de director en el Centro Cultural Generación del 27
(dependiente del Área de Cultura de la Excma. Diputación de Málaga). Tal logro
supuso un punto de inflexión en la vida del poeta, tanto para bien como para
mal; debido a su brillante gestión del Centro Cultural, Caparrós se convirtió
en un importante catalizador de la cultura literaria, no sólo a nivel nacional,
sino internacional. Entre algunos de sus innumerables aciertos al frente de dicha
institución se encuentran la creación de los premios: “Internacional Generación
del 27”, “Nacional Emilio Prados” y “Provincial Ibn Gabirol”, este último ya
extinguido. Así mismo, Caparrós fundó las colecciones: Ibn Gabirol de
poesía, El Paraíso Desdeñado de ensayo, 27 de cuentos
y Facsímil. También bajo su dirección nació la Revista Calas,
por cuya publicación fue nombrado «Malagueño del Año» en enero del 2000,
distinción que le fue nuevamente concedida en mayo del 2003 por su trayectoria
literaria. En su afán divulgativo y creador, también fue responsable de la
organización de congresos como: I
centenario del nacimiento de Vicente Aleixandre, I centenario del nacimiento de
Emilio Prados; la celebración de ciclos de poesía europea, en los que
participaron poetas rusos, georgianos, búlgaros, portugueses e italianos; mesas
redondas, encuentros literarios, lecturas poéticas, toda una gama de efervescencia
cultural que sin duda consagró la vida del poeta a la literatura en todas sus
facetas.
Toda esa vertiginosa agenda
plagada de éxitos y reconocimiento, no tardó mucho tiempo en florecer envidias en
personalidades y sectores que de alguna manera vieron eclipsados sus intereses por
su eficiente gestión, y aunque parezca mentira, comenzaron a lloverle críticas
y zancadillas. La negativa influencia —de, al parecer, sus numerosos
detractores— generó sobre Caparrós una presión insoportable, algo que le
“obligó” a renunciar al cargo de director del Centro Cultural Generación del 27
en el año 1999. Aquella traumática experiencia marcó al poeta de por vida, descubrió
de bruces el lado amargo del mundo literario, y su personalidad creativa,
afable e inquieta, ya no podía ocultar una honda preocupación, melancolía y
angustia. Todo ese caudal de emociones contradictorias fue liberado en su
poemario Del desencanto y otras
pesadumbres (Algar, 2001), que fue merecedor del prestigioso premio “Ciudad
de Valencia, Vicente Gaos de poesía”. Tuve el privilegio de leer y reseñar
dicho poemario, y gracias a eso Ignacio se puso en contacto conmigo, me
transmitió su agradecimiento y comenzamos una amistad epistolar relativamente
fluida. Después de aquello me interesé mucho más por el resto de su obra, así
descubrí que su talento lo llevó a
traducir a poetas franceses como Valéry o Hart, e incluso descubrí su fabulosa
traducción analógica de Las flores del
mal de Baudelaire, un trabajo en el que invirtió dos décadas de su vida.
Mi admiración por su obra y su
figura fue creciendo exponencialmente con relación a mis descubrimientos.
Ignacio convertía la culminación de cada libro en un desafío; tanto en sus
poemarios como en su única incursión en la prosa literaria Cuentos de la impotencia (AMC
Editores, 1997), su ingenio transita terrenos de búsqueda estructural y
lingüística, constatando con ello que no se limita como creador a contar una
historia, sino que reside en su vocación como escritor una aspiración
renovadora, creacionista, que lo empuja
a hacer uso de estilemas casi experimentales.
Por
ejemplo, su libro Aguas sin cauces
(Fundación Unicaja, 2006), es en palabras del propio autor: “…un desafío a la lógica racional, tanto de
la sintaxis, el lenguaje poético, como de la pulsión que lo sustenta. Aquí el
verbo, músculo de la idea, no existe, como la esperanza del amor ante la
experiencia que lo estimula y anima”.
Ochocientos versos sin un sólo verbo en una brillante traslación de la
agonía expresada en sus poemas maniatada deliberadamente en el lenguaje.
Otro
ejemplo de su inquietud indagadora como poeta, fue la publicación del poemario Titúlame (Alhulia, 2010), cien poemas
carentes de título en un proyecto atípico con el que incitaba al lector a
adivinar ese nombre de los poemas oculto en su argumento. Lo anecdótico de este
libro es que Caparrós ofrecía 5.000 euros ante notario a la persona que le
enviase los cien títulos correctos antes de una fecha determinada, algo que se
convirtió sin duda en un reclamo para su venta, ya que el libro, que se editó
inicialmente con una tirada de 1.000 ejemplares, llegó a su segunda edición.
Por este y muchos más ejemplos que se encuentran en su bibliografía, podemos
decir que su actitud como autor se basaba en una pregunta retórica: "Por más nimio e intrascendente que sea
algo, es susceptible de ser poetizado... ¿Por qué no hacerle un poema a un
tapón o a un mojito?”.
Caparrós
colaboró en diversas revistas y diarios y fue solicitado en varias
ocasiones para dar pregones en fiestas populares; ha impartido conferencias y
organizado recitales en instituciones y colectivos del ámbito español y
europeo. Participó asiduamente en el “Circuito literario” del Centro Andaluz de
las Letras (CAL) de la Junta de Andalucía y en el programa “Encuentros
literarios” del Ministerio de Cultura. Colaboró en catálogos de pintores como:
Celia Berrocal, Pepe Aguilera, Manolo Fuertes, José Arjonilla, Pepe Bornoy, Ana
Roldán, Concha Cuevas, Antonio Carmona, etc.
También
fue admitido como miembro de la Academia Malagueña de Ciencias y
Humanidades “Santo Tomás”.
A
continuación expongo una lista con algunos de los premios literarios con los
que fue galardonado:
Tercer
Premio de Poesía, “Bujalance”, (Córdoba, 1992); Tercer Premio de Poesía “Ciudad
de Archidona”, en 1994; Primer Premio de Poesía “Ciudad de Archidona”, año
2000; Premio de Poesía Bilaketa “Villa de Aoíz” en 2001; Premio “Acordes”
(Espiel, Córdoba), Premio “Conrado Blanco” (La Bañeza, León); Premio “Villa de
Galisteo” (Cáceres, 2002); Premio Internacional “El Olivo” (Jaén, 2003);
Segundo Premio de Poesía Amorosa “Noctiluca”, Rincón de la Victoria (Málaga,
2004); Primer Premio del Certamen de cuentos “Vigía de la Costa”,
Benalmádena (Málaga, 2005); Segundo Premio “La pluma en verde”, 2009; Premio de
Poesía Provincia de Guadalajara, 2009; Segundo Premio de Poesía “Ateneo de
Alicante”, 2013.
Además
fue incluido en las antologías:
Veinte
poemas de amor. (Cuadernos de Sándua,
nº 27. Córdoba, 1998).
25
poetas en la Casa del Inca. (Montilla.
Córdoba, 2001).
Bilaketa.
Poesía. (Aoiz. Navarra, 2003).
De
punta a cabo. (Cuadernos de
Caridemo, nº 11. Málaga, 2003).
Después
de todo. (Homenaje de Bilaketa a José
Hierro. Aoiz. Navarra, 2004).
Poesía
andaluza viva. (Guadalajara. México,
2007).
Su
poesía se encuentra premiada por toda la geografía española y diseminada en
algunas de las mejores editoriales:
Máscaras
del Silencio, (Huerga y Fierro
Editores, Colección Fenice, nº 51, Madrid, 1998). Libro finalista del Premio de
la Crítica Andaluza y del Premio Nacional de la Crítica de 1999.
Templos
vacíos “Premio Salvador rueda, 2007”. Ayuntamiento del
Rincón de la Victoria. Málaga. (Editorial Renacimiento. Sevilla, 2007).
Traducción
de la Oda a Príapo de Alexis Piron, de Las siete
bienaventuranzas de autor anónimo y de la Oda a la vagina de
Clovis Hugues. (Editorial Visor. Colección “Amaranta”, nº 1. Madrid, 2006).
Uno
de los rasgos característicos de Ignacio Caparrós a la hora de componer sus
poemas, fue la costumbre que durante casi cuarenta años llevó a cabo asistiendo
religiosamente a la mesa número 1 del bar Flor, ubicado frente a la
plaza de toros La Malagueta, donde el
literato y docente acudía cada mañana a observar y escribir; algo que sin
duda lo emparentaba con otro gran poeta de misma costumbre, José Hierro.
En
el año 2013 me confesó tristemente que desde que aceptó la responsabilidad de
gestionar el Centro Cultural Generación del 27 se sentía perseguido y
censurado, además, se encontraba gravemente enfermo y aun así, volcaba sus
fuerzas en el que él mismo pensaba, sería su último poemario.
El
pasado año obtuvo los premios Rafael Morales por El susurro de las piedras y el Premio Juan Bernier de Poesía del
Ateneo de Córdoba, por Contrastes.
En
una entrevista concedida al diario «Sur.es» en 2013, Caparrós afirmó que tenía
32 poemarios inéditos.
El
último poemario del que Ignacio me habló resultó ser Droga dura (Diputación de Málaga, 2014), 166 páginas de testamento
lírico, ya que falleció poco después de presentarlo. Sin duda, su legado
literario y social es hoy de un valor incalculable, su trayectoria ha
demostrado que con voluntad, la literatura puede generar riqueza económica y
por supuesto espiritual; su obra es y será digna de estudio, además de un
referente poético con el que sus admiradores siempre estaremos en deuda.
Mas la verdad ignora su simiente,
como la mano el fruto de su angustia.
Y así, en este ara abyecta
para el ruin sacrificio de deseos y
afanes,
me inmolé en la palabra, relegado,
como ladrón de nubes que atesoran
tormentas.
Y supe que vivir consiste en aprender
a morirse sin otro empeño
que entregar en sazón los frutos del
espíritu.
(Fragmento
del poema que clausura el libro La fruta,
la mano (Alhulia, 2003)






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