Fue un día lluvioso, al salir de esa
casa, cuando me decidí a organizar su homenaje. Cuántos problemas,
incertidumbres, intentos de impedirlo, recelos, hasta que más de un año y medio
después un grupo de poetas depositamos unas flores en su tumba en San Michele.
Cuánto costó algo tan natural como que unos poetas expresaran su respeto por
otro poeta amado. Cómo se convirtió ese homenaje en un filtro mágico que
identificó de inmediato a los espíritus nobles y la vileza de los rastreros.
Desde el primer momento, Borges o Truffaut, Graham Greene y la Yourcenar,
Espriu, Aleixandre o el poeta más joven y desconocido de España o América,
Welles, Brines, Moravia o William Bourroughs, Areilza, Gimferrer, Onetti,
Vargas Llosa, Gil de Biedma, Jünger, Paz, Savater... nadie dudó; quienes no
pudieron desplazarse por la causa que fuese, enviaron sus adhesiones a las
jornadas venecianas. Solo en España se levantaron voces contrarias, no ya en
desacuerdo con el homenaje, sino bajo forma de obscuras truhanerías encaminadas
a impedir la reunión en Venezia, que no pararon en usar los más abyectos
recursos. No eran más que la hiel sempiterna del español que acecha lo cimero
con su piedra en la mano, como dice Cernuda. De todas formas, poco pudieron
contra el viento que nos llevó hasta la tumba de Pound.
[Como no hay otro rastro de aquel
homenaje, ni me apetece repetir sus vicisitudes, el lector puede informarse por
lo referido del mismo en el volumen Homenaje a Ezra
Pound, publicado por
la Consejería de Cultura y Educación de Murcia en 1986 (en su capítulo I):
«El homenaje a Ezra Pound en Venecia
con motivo de su I Centenario fue una idea de José María Álvarez, a cuya
convocatoria se unieron con entusiasmo –como esos círculos de agua que se
multiplican al caer una piedra– desde sus más cercanos amigos (las primeras
adhesiones fueron las de Onetti, Aleixandre, Areilza, Borges, Truffaut,
Sánchez-Dragó, Vargas Llosa y Espriu) hasta que lentamente fue alcanzando a la
intelectualidad de casi todo el mundo Lo que se imaginara como un homenaje
íntimo llegó a alcanzar la lista de adhesiones del capítulo II.
El anuncio fue un artículo de Álvarez
en Diario 16 en agosto de 1984. Recordaba a Pound, a Venecia y la soledad
de Olga Rudge. En cuanto pudo disponer de una primera lista de adhesiones lo
suficientemente considerable, Álvarez se puso en contacto con la Fundación Juan
March para que financiase el viaje de cincuenta escritores que irían a Venezia
a rendir homenaje al gran poeta desaparecido. Pese a lo reducido del
presupuesto y a lo impresionante de la convocatoria, la Fundación desestimó la
petición. Inició entonces Álvarez gestiones con el Banco Hispano-Americano, que
tampoco llegaron a ningún acuerdo. Se recabó la ayuda de diversas Cajas de
Ahorros; ayuda que tampoco obtuvo respuesta. Era como si la Banca todavía no
hubiera perdonado a Ezra Pound.
Aún sin tener resuelto el Homenaje,
pero decidido a llevarlo a cabo cubriendo todos los gastos los propios
escritores, Álvarez convoca en Diario 16 de 28 de noviembre y El
País de 1 de
diciembre, a todos cuantos quieran unirse a esa especie de peregrinación. A
finales de diciembre, Álvarez es solicitado por el Ministerio de Cultura de
España, que se hizo cargo –tras unas entrevistas donde se especificó que la
ayuda no implicaría contrapartida de clase alguna– de los gastos de viaje, para
lo que destinó un presupuesto superior a todos los anteriores, que permitía el
viaje a Venecia de más de sesenta escritores de diversos países. Durante todo
el mes de enero de 1985 Álvarez trabajó en ese sentido en el Ministerio de
Cultura. Las adhesiones continuaban llegando. El 16 de febrero El
País daba bajo el
título «120 intelectuales de todo el mundo se adhieren al
homenaje a Ezra Pound»,
la señal de partida (que días antes, en Diario 16, Rosa Pereda ya había avanzado en su
columna). El Homenaje sería a finales de ese mes.
Pero inesperadamente, el Ministerio
retiró su apoyo, tres días antes de iniciarse el viaje, con lo cual todas las
posibilidades de rehacer éste quedaban descartadas en tan breve plazo. Y en El
País de 22 de
febrero Álvarez anuncia la desconvocatoria y al mismo tiempo su determinación
de llevar a cabo el Homenaje por cualquier otra vía lo antes posible. La
opinión de los círculos intelectuales fue casi unánimemente de condena de la
actitud del Ministerio –actitud, por otra parte, no aclarada por su portavoz– y
varias publicaciones atacaron su política cultural; especialmente violentos
resultaron los artículos de Fernando Sánchez-Dragó en Diario
16.
Álvarez volvió a ponerse en contacto
con todos los participantes, que sin excepción manifestaron su incondicional
respaldo a cualquier decisión del organizador. Con este estímulo, Álvarez se
dispuso a buscar nuevos recursos para conseguir la realización del Homenaje.
Sometió el proyecto a diversas instituciones bancarias y particulares. Siempre
obtuvo una absoluta negativa.
Por fin, aun sabiendo que ya en aquel
momento los presupuestos estaban cerrados, Álvarez puso el proyecto en
conocimiento del Consejero de Cultura del Gobierno Autónomo de Murcia, Sr.
Esteban Egea, quien no dudó en aceptar hacerse cargo del mismo dentro de sus
posibilidades. El presupuesto que se logró destinar fueron seiscientas mil
pesetas; pero puso a disposición de Álvarez todos los medios necesarios –de
imprenta se encargaría, aparte del citado presupuesto, la Editorial Regional;
de todo el proceso de organización, la propia Consejería– para facilitar el
desplazamiento. Era julio de 1985. A esta contribución se unió la de la
Universidad de Murcia, a través del Decanato de Filosofía y Letras. El
presupuesto era incapaz de hacer frente a un homenaje como el imaginado.
Entonces Álvarez se decidió por otro
sistema: se establecería la cuenta de gastos para 33 personas con
desplazamiento en autobús y alojamiento. Algunos escritores –como Jaime Ferrán,
que ya hacía el trayecto Nueva York-Barcelona por su cuenta– iban a ser
subvencionados al 100%. Del total de gastos se descontaría la ayuda de
Consejería de Cultura y de la Universidad de Murcia. Lo que faltase sería
repartido a partes iguales entre los participantes. Todos estuvieron de acuerdo
y el viaje quedó fijado para coincidir con la fecha del nacimiento y muerte de
Ezra Pound, 1º de noviembre.
Álvarez propuso entonces que algunos
escritores que desde el principio habían apoyado el Homenaje –como Vargas
Llosa, Onetti, Gil de Biedma, Fernando Savater, Aurora de Albornoz o Borges– y
que no podían asistir al mismo en las nuevas fechas, fueran representados y se
leyesen los textos que enviaran. El cartel con la Convocatoria y adhesiones fue
repartido en octubre. Inesperadamente, el Rectorado de la universidad de Murcia
anuló la ayuda concedida por el Decanato. Álvarez lo comunica a los
participantes y de nuevo se prorrateó la diferencia.
La noticia del viaje se había
extendido rápidamente. Llegaron más adhesiones, sobre todo de EE.UU., y de la
propia España. El semanario Cambio 16 anuncia la partida de la expedición.
Por fin, el 1º de noviembre de 1985 la comitiva se pone en marcha. El punto de
reunión es Barcelona. Allí coinciden los que han partido de Madrid, el grupo
que viene desde Murcia y que incluye también a Andalucía, los de Galicia y
EE.UU. y la propia Cataluña. Treinta y cinco viajeros que simbolizan a varias
generaciones de la cultura española, desde el propio Álvarez, Villena o
Barnatán a jóvenes poetas como Seoane o Sánchez Rosillo, de brillantes
ensayistas como Carlos García Gual, Vicerrector de la UNED, o Jaime Ferrán (de
la Universidad de Syracusa, en New York), a narradores como Jesús Pardo o
Eduardo Chamorro. Y con ellos una impresionante lista de adhesiones y testimonios
que representaban el unánime reconocimiento mundial por la obra y figura de
Ezra Pound. En Venecia aguardaba la participación italiana encabezada por
Gianfranco Ivancich, que fuera gran amigo de Pound –en alguno de los palacios
de Ivancich vivió éste largas temporadas, tanto en la misma Venecia como en la
Villa de San Michele al Tagliamento, cerca de Trieste.
Los actos dieron comienzo el día 4 de
noviembre a primera hora de la tarde con una visita a Olga Rudge, en su casa de
la calle Querini de la que Pound salió para morir. A las 19 h. en los salones
de la Sociedad Dante Alighieri, José María Álvarez abrió el Homenaje con las
siguientes palabras:
«Señoras, señores.
Como Presidente del Homenaje a Ezra Pound que va a llevarse a cabo en esta noble ciudad, se me encomienda el honor de abrir los actos del mismo. ¿Por qué estamos aquí? Estamos en Venecia porque aquí está enterrado el poeta a quien deseamos vindicar. Esta bellísima ciudad contempló sus últimos días y una piedra en San Michele recuerda su nombre. Por eso hemos venido, y no es la primera vez para muchos de nosotros. Queremos rendir homenaje a Ezra Pound porque reconocemos en su obra gigantesca la columna vertebral de la Poesía moderna. Queremos rendir homenaje a Ezra Pound porque no creo que haya un solo poeta que no reconozca en su obra –y en su vida– el más atormentado gesto artístico del siglo, aquel que aún ilumina como el más potente faro las ruinas de la modernidad. Por esa grandeza, por la literatura, la música, el arte que él ayudó a ser creado, por su indeclinable independencia, estamos en Venecia.
Como Presidente del Homenaje a Ezra Pound que va a llevarse a cabo en esta noble ciudad, se me encomienda el honor de abrir los actos del mismo. ¿Por qué estamos aquí? Estamos en Venecia porque aquí está enterrado el poeta a quien deseamos vindicar. Esta bellísima ciudad contempló sus últimos días y una piedra en San Michele recuerda su nombre. Por eso hemos venido, y no es la primera vez para muchos de nosotros. Queremos rendir homenaje a Ezra Pound porque reconocemos en su obra gigantesca la columna vertebral de la Poesía moderna. Queremos rendir homenaje a Ezra Pound porque no creo que haya un solo poeta que no reconozca en su obra –y en su vida– el más atormentado gesto artístico del siglo, aquel que aún ilumina como el más potente faro las ruinas de la modernidad. Por esa grandeza, por la literatura, la música, el arte que él ayudó a ser creado, por su indeclinable independencia, estamos en Venecia.
¿Quién recuerda ya los nombres de
quienes pretendieron abolir el lujo de su libertad y sellar la inmensa luna de
su obra en la celda de un manicomio? ¿Pero, quién, en el desesperado regimiento
de losers que amamos a la Poesía no reconoce en el de Pound el fantasma de su
propio rostro?
Ezra Pound, quizá como ningún otro,
golpeó, solitario y orgulloso, ese muro ciego de la Poesía, tratando de
alcanzar un paisaje que hubiera sobrevivido a los desiertos de Rimbaud, al
testamento de Mallarmé. Cuando las referencias de sus versos no sean más que
palabras por la fuerza de Pound y por el tiempo convertidas en poéticas; cuando
los trágicos acontecimientos que asolaron su vida no sean siquiera Historia;
cuando ya quizá no exista ni su obra ni la de aquellos a quienes ayudó; cuando
ya ni siquiera exista la poesía...: versos, imágenes, hallazgos, relámpagos de
Pound continuarán viviendo fundidos con la vida como páginas de Homero o
Shakespeare o espacios de Picasso. Mucho honramos y nos honra al abrir hoy este
Homenaje.
De Ezra Pound hemos aprendido que
nada hay más importante para un poeta que su mundo y cuanto con él se relaciona
y lo fecunda. Hemos aprendido que ser poeta es un destino –si cabe la elección–
sumamente azaroso y arriesgado. Hemos aprendido a alimentar nuestra soledad y a
convertirla en invulnerable. Hemos aprendido que las situaciones a que el
hombre se ve sometido son pasajeras, y el Arte, no. Hemos aprendido que la
primera condición de la Poesía es la libertad, la independencia y la defensa e
incremento del legado cultural de la humanidad. Hemos aprendido dignidad,
valor, hombría, rigor en el trabajo, paciencia, y a caminar en el horror.
Por todo eso estamos hoy en Venecia.
Para honrar la memoria de un maestro y de quien –de haber tenido el privilegio
de vivir su época – hubiera sido un buen amigo. Lo fue de muchos que no podrán
estar hoy aquí para manifestar su gratitud y su respeto. Pero la memoria de
Eliot, de Joyce, de William Carlos Williams, de Yeats, de Hemingway, de tantos
otros, figurará en primerísimo lugar cuando mañana nos acerquemos a su tumba en
San Michele. Y también la de aquellos que no han podido venir para este
homenaje, pero que se unen a nosotros: Ginsberg, Onetti, Durrell, Borges,
Vargas Llosa, Jaime Gil de Biedma... Y dejadme también que recuerde en esta
hora a insignes muertos que desde el primer momento apoyaron esta vindicación con
todo su entusiasmo y su magisterio: Aleixandre, Espriu, Truffaut, Böll,
Vinyoli, Calvino, Welles...
Por último, quiero rendir otro
homenaje. A la mujer que acompañó muchas de las soledades de Pound, la gran
dama de esta memoria trágica: Olga Rudge. Madam, not
only because of what you have done for preserving the memory of the Poet we
love, but because your name will for ever be associated with his, and also
because of your own personal merits in your long-life devotion to the Arts, and
because of Vivaldi, and so many things, we would like you to accept this most
humble and affectionate and devoted homage.
Creo que sufriremos tiempos
espantosos. Creo que un viento de desolación arruinará lo que amamos. Creo que
en esos días la lectura de Pound consolará horas atroces. Creo que la memoria
de su entereza, de su dignidad, de su valor podrá servirnos de ejemplo. Nada
más.»
Cuando Álvarez finalizó su discurso,
fueron leídas todas las adhesiones en medio de un gran silencio. Y comenzó la
sucesión de comunicaciones. Carlos García Gual analizó las versiones poundianas
de poetas latinos. Después intervino Luis Antonio de Villena. Sus palabras fueron
como la voz de toda su generación. Fernando Savater habló sobre «el recitado»
en Pound. La comunicación de José María de Areilza, significó al mismo tiempo
la del Pen Club. Las comunicaciones continuaron dos días más –desde Aurora de
Albornoz a José Daniel Serrallé, Eloy Sánchez Rosillo, Darío Villa, Jesús Pardo
de Santallana, Marcos Ricardo Barnatán (que leyó su poema Il
miglior fabro,
escrito para la ocasión), a Jaime Ferrán, Mauricio Wacquez, Gianfranco
Ivancich, Luzzi, Dalessandro, Frencesc Parcerisas, Dionisia García, Xavier
Seoane, Alex Susana, Eduardo Chamorro, Juan Ramón Masoliver... etc.
Del poeta y académico Pere Gimferrer,
a quien su gestión editorial a última hora le impidió asistir, fue leído un
testimonio donde recordaba el paso de Pound por Venecia. Igual se hizo con otro
ausente, Jaime Gil de Biedma. Mario Vargas Llosa había enviado el siguiente
texto:
«Con mucho gusto me uno al homenaje a
Ezra Pound en su Centenario, organizado por José María Álvarez. Pound es uno de
los grandes poetas modernos y, acaso, el primero en el que la modernidad
significó, al mismo tiempo que renovación de las formas y del lenguaje poético
propios, el descubrimiento de la tradición. Mejor dicho, de las tradiciones, ya
que la modernidad de Pound pasa por la Roma Clásica y por China, por Provenza y
Egipto, por el latín y el francés medieval, por el japonés y por el griego. Con
él, la cultura de América se abrió a todos los vientos del mundo, tanto del
pasado como del presente, sentando un ejemplo de cosmopolitismo y universalidad
que luego se volvería una norma de conducta de los poetas de todo el mundo.
Pound hizo de la Literatura una religión y le confió poderes semidivinos. No sé
si se equivocó en eso. Sé que se equivocó en política, pero sus errores no deben
hacernos olvidar su genio artístico ni la generosidad con que ejerció su
magisterio, descubriendo y estimulando el genio ajeno».
También lo había hecho Juan Carlos
Onetti: «Querido Ezra, tu condena fue la del genio y de la ingenuidad.
Escribiste para la inmortalidad y para el plagio tus Cantos Pisanos y Cantares.
Derrochaste bondad ayudando con tu talento desinteresado a muchos escritores
que tal vez hoy no se recuerden. Pero lo que más admiro de ti es tu magnífica
locura. Creíste, a la muy maldita sombra de un dictador, que era posible el
nacimiento y la vivencia de un Estado en que los poetas fueran considerados muy
por encima de burgueses y políticos. Tu locura fue reconocida por la soldadesca
compatriota que te exhibió en una jaula y te recluyó luego en un manicomio. Hoy quiero honrar tu talento y tu
enorme bondad humana. Y te ruego perdonar la imbecilidad de los hombres que
detentan poderes».
Los actos se cerraron con los
testimonios de Salvador Espriu, Vicente Aleixandre y Jorge Luis Borges.
Especialmente emocionantes los dos primeros, cuando todos los asistentes sabían
que eran escritos, quizá de los últimos que habían salido de sus plumas.
Testimonio de Salvador Espriu:
«Barcelona, 29 de septiembre de 1984.
Me adhiero sin reserva al homenaje a
Ezra Pound y presto mi más amplio apoyo moral y espiritual a favor de la señora
Olga Rudge y de la conservación de los recuerdos de ese enorme poeta, de los
que dicha señora es depositaria y heredera. Que los actos de Venezia, a los que
no podré asistir, recuerden al mundo la memoria de Pound y la magnitud de su
legado.»
Testimonio de Vicente Aleixandre:
«Madrid, 7 de noviembre de 1984.
Mi más completa adhesión al homenaje
de Ezra Pound organizado por José María Álvarez en Venezia, y también el
testimonio de mi admiración para la Sra. Rudge y su obra de conservación de la
memoria del gran poeta. Deseo que el homenaje no tenga ningún matiz político y
sirva para que el nombre de Pound se pronuncie en el único ámbito que fue
siempre el suyo: la poesía.»
Testimonio de Jorge Luis Borges:
«Ruego se me considere presente en
los actos de Homenaje al gran poeta Ezra Pound, a los que mi estado de salud me
impide asistir como es mi deseo. Pero sé que el poeta José María Álvarez me
representará con la dignidad que tal Homenaje reclama.»
Las sesiones en la sociedad Dante
Alighieri terminaron con la proyección de una película que Gianfranco Ivancich
rodara de los últimos días de Ezra Pound. Paseando por una Venezia fantasmal,
en la Villa de San Michele, frente a los acantilados de Duino... Era un
testimonio impresionante que se cerró con las imágenes de su entierro– la
góndola funeraria recorriendo la Laguna hacia el cementerio.
En la mañana del día 5 todos los
participantes se trasladaron a la isla de San Michele, donde está enterrado
Pound. Fue un acto sencillo. Como Álvarez había dispuesto, el homenaje
entrañable de unos poetas a otro poeta que cambió el rumbo de la poesía en este
siglo. Rodearon la tumba, y Álvarez depositó un ramo de gladiolos rojos sobre
ella. Después recitó en inglés y español, aquellos versos estremecedores.
O
God, what great kindness
Have we done in times past
And forgotten it,
That thou givest this wonder unto us
O God of waters?
O God of the night,
What great sorrow
Cometh unto us,
That thou thus repayest us
Before the time of its coming?
Jaime Ferrán recitó entonces el
Cantar XLV.
Después todos se retiraron en
silencio.]









Maravilloso artículo, en recuerdo de un acto poético conmovedor. Gracias.
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