Eloy Sánchez
Rosillo y el misterio de vivir
Unos versos no contienen por sí mismos poesía,
igual que una prosa no excluye su posibilidad. El poeta cree que lo es porque
su pensamiento se configura en un lenguaje que nace de lo íntimo, ajustado a
unos patrones distintos a los de la comunicación verbal, impregnado de un sentimiento que es paréntesis
en la vida cotidiana. Luego, otros muchos van más allá, construyen su propia visión,
que es una forma de explicarse lo que buscan. A menudo, se apoyan en las modas,
se sienten acogidos por una generación coincidente. Pero, lo que realmente autentifica
a los poetas es su profundidad, su apuesta por un conocimiento que no es
fácilmente transmisible, su hurgar en la propia visión enriquecida de las cosas.
Hacerse poeta es una arriesgada exploración de las vivencias que lo expresan. Como
decía Octavio Paz: “es entrar en el ser”. Sin esa temeridad, es posible que se
consigan poemas hermosos, monumentos a la sensibilidad, pero no la penetración
en lo desconocido, en lo verdaderamente grande y sublime.
En
su último libro, Antes del nombre, he
vuelto a comprobar - y ahora más que
nunca - que la poesía de Sánchez Rosillo es un profundo ejercicio de
proximidad, de inmanencia, vivido desde el mismo día de los tiempos. Su ámbito inmediato
se mueve entre la emoción de vivir, el sentimiento intimista y el asombro
irresuelto: “Y nada inquiero, nada me pregunto. /Ante un asunto así, tan
delicado, /sólo hay lugar en mí para el asombro.” Inmerso en la vida, mirando
en derredor, se sitúa en la microscópica historia del presente, en la feracidad
de la existencia. Escribe desde el mundo hacia dentro, desde dentro hacia el
mundo: “por estos ojos salgo yo a la vida/ y entra en mí cuanto existe…”. Se
hace preguntas sobre lo que lo envuelve. Se maravilla de estar en la vida, de
ser él conciencia de instantes de privilegio: “un secreto sentir casi
indecible/de que las cosas sean como son, /de que pueda yo verlas y
entenderlas/y acercarme a su ser, y oír sus voces.”
El
poeta atiende al presente, pero a él acude también la vivencia del pasado, los
rescoldos de la fugacidad, el tiempo propagándose en otros lugares, en otras
voces. Se interna en la vida en busca de una unidad, de un instante que concite
todos los devenires. Descubre al hombre como espectador de la existencia antes
que como autor de sí mismo; un hombre dependiente de la realidad que recibe, que
alcanza experiencias únicas, pero pertenecientes a la suma prodigalidad de los
seres. Su tarea es observar la naturaleza, el tiempo, como a compañeros
inherentes a quienes uno desea hablar desde una pretendida amistad.
Sus versos son
un canto a la vida, un reconocimiento de sus dones, junto a un atenuado lamento
de su hiriente separación. Ante ese aislamiento, lucha con una mirada integradora,
con el abrazo a la inmensidad reducida a su sentir completo. Ser un hombre es la
naturalidad de estar insertado en el mundo. Consciente de sí mismo, instalado
en su frontera, propone la lentitud, la paralización capaz de acoger la
propiedad esencial de la vida. Lo que lo vive es la descripción del momento
presente que forma parte del circuito de la vida, del tránsito diverso. En su
afán de confluencia, se cita con la naturaleza confusa, espera un lejano eterno
retorno: “un volver a vivir desde el principio/y esta vez para siempre”. De ahí
la leve nostalgia, las palabras que tratan de describir la posteridad del
silencio, la revelación inefable, la fragilidad de un presente fugaz.
Su
poesía es aproximación espiritual que genera la victoria de la gratitud frente
al mundo: “si miras cualquier cosa un largo rato/ y dejas que entre en ti, que
te vacíe de tu oscuridad/y que en tu ser halle cobijo y sea, /verás y sentirás
que cuando miras/tú eres mundo también, /que en ti la vida se entrecruza y
canta, /y que todo es sagrado.” Todo su mundo poético alienta en un ámbito de
recogimiento abierto, en un ser maravillado: “Qué misterio insondable ese
reflejo, /que esté yo aquí y que esta noche exista”; elevándose sobre la
atrocidad del sentimiento, buscando un más allá en el espíritu: “los dominios
del alma empiezan más allá, /donde ya no se advierte el parpadeo/de las últimas
luces del sentir”. Entrar en el alma, salir de la tensión del corazón, es la elevación
que se propone: “El alma nada sabe del sollozo”. “Apártate del corazón.
Aléjate/de sus dictados taciturnos, /de sus querencias caprichosas, /y que
prosiga solo sus quehaceres, sin ti”.
Sánchez
Rosillo traslada la emoción estética a la palabra fascinada, al tono que
venera, que, poco a poco, va superando
el ligero tamiz de tristeza, la recurrencia a la añoranza. Apenas le hace falta
concretar sus fijaciones. No le importa reincidir en los ciclos, porque el
poeta, desde los recesos de la vida, pervive en la contemplación del girar del
tiempo. Es un tiempo de meditación en el que se posee y se deja poseer por el
mundo, en el que, gozoso, claro, se funde con él: “Canta, insistente, un
pájaro/ahí afuera, es decir, dentro de mí/ (como suelen cantar), /en mi ser que
celebra”. Se convierte así en un ser ofrecido y receptor, que busca la precaria
relación con lo eterno a través del hondo reencuentro consigo mismo. Reemprendido
su ser íntimo, entra en las luces del interior, y se nutre a través de la
mirada, del oído; aunque siempre acuden el recuerdo y la expectación: “nunca se
sabe nada de la vida”, o “qué enigma este vagar inexorable, /que a un sueño se
asemeja.”
La poesía de
Sánchez Rosillo me va pareciendo cada vez más afín al misticismo. En el suyo, no
se accede a una divinidad concreta sino a una sacralidad intuida: “Qué extraña
luz en la intuición…”. Y no se realiza a través de la suspensión de todas las
potencias, como relataba Teresa de Jesús, sino con la intervención de los
sentidos, de la potente naturaleza que somos: “no se accede allí nunca /por los
trabajos de la voluntad, /ni porque el corazón lo ansíe. /Se entra por gracia
viva de lo vivo, /por acorde animal de lo creado.” Atento, busca lo enigmático
en una “respiración que alienta en todo/y quiere ser oída para ser.”, y se
acerca al misterio a través de la contemplación: “El mero estar ahí de cada
cosa/es suficiente luz, signo bastante.”
En libros anteriores, desde la carencia, deambulaba a menudo por los tiempos. Ahora, es como si hubiera resuelto una perspectiva errónea: “Supe de la añoranza y del lamento. /Ahora celebro y canto”. Últimamente, y más desde su libro anterior, El sueño del origen, se aferra a una vislumbre de eternidad. Allí ya lo sabía: “No hay transcurso”. Una de sus pretensiones de siempre ha sido la de partir de la nada, escribir de la casi nada, hasta alcanzar un discurso puro, una sustanciación esencial. Cada vez más, sus poemas son los crepitantes vestigios de una sutil meditación. En sus versos, se habla a sí mismo, como si asumiera la figura espiritual del Testigo, o tal vez, simplemente, a veces, como necesaria fuga de la prisión del yo: “hoy no quiero encontrarme a ese que soy. /Andar solo, sin mí, qué maravilla.” Muchas veces el tema es el día, o una partícula de él; el día extendiéndose, su creciente y misteriosa conformación.
Sus palabras buscan
ser luz, revelación transformadora para sí mismo que, al enunciarse, quiere ser
compartida; una amorosa indicación en la senda de cada uno de sus lectores: “Si
sólo fueran bellas en sí mismas, / o a cosas sólo hermosas remitiera, /no
tendrían sentido mis palabras. /Lo alcanzarán tal vez porque su adentro/-hecho
de luz y música-/descienda hasta mi alma y fructifique/en entender y amar.” Su
trayectoria poética es un aprendizaje de la paz, de una sabiduría que, desde el
asombro cotidiano, busca la reconciliación con el tiempo.
ADENTRO
En el más hondo adentro
de cada cosa hay un silencio
puro,
un lugar muy secreto e
inviolable,
donde la mano palpa un agua
antigua,
un regazo caliente.
No se accede allí nunca
por los trabajos de la voluntad,
ni porque el corazón así lo
ansíe.
Se entra por gracia viva de lo
vivo,
por acorde animal con lo creado.
Quien consigue asomarse sin
esfuerzo
- con naturalidad, con inocencia
que acata y que no inquiere –
a esa oquedad colmada
podrá escuchar un algo que no es
ya
la sola cosa misma,
el lenguaje o el alma propios de
ella,
sino el latido unánime,
enigmático,
que une entre sí lo múltiple y lo
mueve,
una respiración que alienta en
todo
y quiere ser oída para ser.
CUANDO MIRAS DESPACIO
Si te quedas mirando largamente
cualquier cosa del mundo
- un gorrión, una mujer, un
árbol,
un río, un desengaño, tal poema
por el que pasa un río
y una mujer desengañada y sola
y en el que alza un árbol al que
acuden
los gorriones mientras cae la
tarde-,
si miras cualquier cosa un largo
rato
y dejas que entre en ti,
que te vacíe de tu oscuridad
y que en tu ser se halle cobijo y
sea,
verás y sentirás que cuando miras
tú eres mundo también,
que en ti la vida se entrecruza y
canta,
y que todo es sagrado.
Javier Puig
Javier Puig nació en Barcelona
(1.958). Desde 1.988 reside en Orihuela. Ha publicado poemas, cuentos y aforismos
en la revista Empireuma, así como artículos en diversas publicaciones impresas,
especialmente en La Lucerna. Desde hace dos años, semanalmente, viene
publicando artículos, mayoritariamente sobre literatura y cine, así como
fragmentos de sus diarios inéditos, en diversos blogs como el de Muñoz Grau,
“Historias para no dormir(se)” (www.mgrau.es),
Frutos del tiempo (http://frutosdeltiempo.wordpress.com/)
o MinutoCero (http://www.minutocero.es/).
También ha colaborado en diversos libros colectivos así como en exposiciones
poéticas.

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