Louise Labé, conocida, sobre
todo, por sus inconfundibles sonetos amorosos, vive en Lyon en un tramo de su siglo semejante
al momento Garcilaso peninsular: el sueño del Humanismo, la realidad de los
nuevos mundos, la sociedad de los amantes de las letras, el alimento de los
clásicos…Todavía se esperaba que las ninfas asomaran sus cabezas en los ríos
castellanos, todavía Labé puede creerse ninfa del séquito de Diana.
Labé comparte con Safo la hondura
en la expresión del erotismo, la destreza verbal, la sabiduría en el hallazgo de un tono
inconfundible y el logro de una
escritura hecha a la vez de simplicidad y de refinamiento, que ambiciona la
franqueza tanto como el dominio de la tradición. Y ambas se apoderan de sus
respectivas tradiciones (Labé discute con Petrarca) para elaborar un discurso
renovado y transgresor.
Cuando el alma sutil se le
desgaja
todo ser animado va muriendo:
yo soy el cuerpo y tú su noble
aliento.
¿Dónde te encuentras, alma
bienamada?
Introducción a la edición
en Acantilado
Seda
e imprentas: la ciudad en la que nace Louise Labé en la segunda década del
siglo XVI produce sedas y publica libros. La Lyon de tan bellas industrias era la encrucijada
espléndida que miraba de un lado a la maestra Italia y de otro a la entonces
pujante España y al inquieto Portugal, y se dejaba penetrar de la efervescencia
de ideas que bajaba por el Ródano desde las laboriosas ciudades del centro y
del norte de Europa.
Labé
vive en un tramo de su siglo semejante al momento
Garcilaso peninsular: el sueño del
Humanismo, la realidad de los nuevos mundos, la sociedad de los amantes de
las letras, el alimento de los clásicos…Todavía se esperaba que las ninfas
asomaran sus cabezas en los ríos castellanos, todavía Labé puede creerse ninfa
del séquito de Diana. En sus lenguas vulgares,
aún frescas y elásticas, resplandece un poderoso discurso nuevo sobre el amor,
nuevo a la vez que nutrido de Petrarcas y de viejos Ovidios. Destella una
esperanza creadora que bien pronto sucumbirá a sombras oscurantistas y a
claroscuros manieristas; alienta un fervor de libros intercambiados, un rumor
de epístolas entrecruzadas entre hombres y mujeres curiosos, tan enamorados del
latín terso como de sus jugosas lenguas nacionales
vivificadas por el aliento de los clásicos, un ir y venir de editores que gozan
sacando de las tinieblas a oradores y líricos antiguos en Venecia, en Amberes,
en París… Cada traducción era un acontecimiento. Las guerras del dieciséis son
también clásicamente crueles. Las nuevas cruzadas religiosas convulsionan ahora
las ciudades europeas y acabarán malogrando aquel hermoso sueño. La propia Labé
será atacada por Calvino en 1552.
Pocas
y legendarias son las noticias sobre la vida de Louise Labé. No se tiene
certeza del año de su nacimiento, que sus biógrafos sitúan en Lyon, la antigua
Lugdunum y luego Florencia francesa,
entre 1515 y 1524. Un hito simbólico aparece en el centro de ese arco de
fechas: en 1520 se publica la traducción francesa del Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam.
Sin
duda, la formación de Labé fue exquisita y esmerada: conocía el latín y el
italiano y tenía conocimientos musicales. La tersura de sus textos transparenta
la calidad de sus lecturas y la variedad de las fuentes en que bebe. No por
ello ha dejado de causar perplejidad en toda época que una joven burguesa de
Lyon, hija de artesanos, alcance de golpe y a la vez “el tono justo en el
compromiso feminista, el divertimento mitológico y la gran poesía lírica [...]
He aquí una cuestión que se quisiera poder responder” (François Rigolot). Es el
“phénomène Louise Labé”.
La
biografía de Louise no escapa al tópico renacentista de la conjugación de las
armas y las letras. En 1542 tiene lugar el sitio de Perpiñán por Enrique II,
entonces el Delfín. Cuenta la leyenda que Labé habría participado en él y por
ello recibió el sobrenombre de Capitaine
Loys. En 1790 un estandarte revolucionario lionés representaba a su paisana
como heroína de la libertad.
Entre
1540 y 1544 Louise contrajo matrimonio con Ennemond Perrin, fabricante de
cuerdas como su suegro. A ella se la conocerá en Lyon como la bella cordelera, la Belle Cordière. Por su obra,
después, iría mereciendo otros apelativos: la Safo de Lyon, la Ninfa del Ródano.
En
1566 muere probablemente Louise Labé. Tiene, probablemente, 46 años. La mayoría
de sus amigos ha muerto. Deja la mayor parte de sus bienes a un amigo
florentino, Tomás Fortini.
Labé
es conocida, sobre todo, por sus inconfundibles sonetos amorosos. Se conservan
veinticuatro en el conjunto de sus Oeuvres,
publicadas en Lyon en el año 1555 en la imprenta de Jean de Tournes. Los
sonetos, junto a tres elegías y un diálogo también de tema amoroso (el Debate de Locura y Amor), configuran una
muestra exquisita de los más selectos géneros
cultivados en las letras renacentistas. A la obra propia de Labé sigue un
ramillete de poemas de homenaje, redactados en diversas lenguas (latín, griego,
italiano y francés), cuyos autores son, en su mayoría, amigos y contemporáneos
de Labé. Todo ello apunta a la camaradería literaria que alentaba en el Lyon de
mediados del siglo XVI. El grupo lionés será, efectivamente, una petite pleïade avant la Pleïade: Clement Marot,
Pernette du Guillet, Maurice Scève, Pontus de Thyard (traductor de Marsilio
Ficino y León Hebreo) son algunos de los poetas que lo integran. En su origen
subyace un suceso simbólico: en 1533, Maurice Scève pretende haber descubierto
la tumba de Laura de Noves, la amada de Petrarca, en Aviñón. Reabrir la tumba
de Laura equivalía a invitar a Petrarca a vivir en Francia.
En
sus versos, Labé se sabe hija -díscola a veces- de Petrarca, nieta de Ovidio y
bisnieta de Safo añorante de su herencia. Y sin saberlo –sólo dos odas de Safo
se alcanzaban a leer a mediados del XVI- Labé comparte con la autora de Lesbos
el logro de una escritura hecha a la vez de simplicidad y de refinamiento. La
lírica de ambas ambiciona la franqueza tanto como el dominio de la tradición. Y
ambas se apoderan de sus respectivas tradiciones (Safo discute con Homero y
Labé con Petrarca) para elaborar un discurso renovado y transgresor. Comparten
otros méritos: la hondura en la expresión del erotismo, la destreza verbal y la
sabiduría en el hallazgo de un tono inconfundible. Labé vive en un momento de
ebullición creativa de su lengua. El francés de su tiempo, señala Karine
Berriot, “estaba cargado de una intensa vibración afectiva que ligaba las
músicas del sonido y del sentido en lo más profundo de la sustancia de las
palabras, como testimonian tantas páginas de un sabor y de una exuberancia
inigualables”. Imaginación, dinamismo y alegría conquistadora: estas
características del francés vulgar son rasgos también de la propia Locura, de la Folie personificada en el Debate labeano. El Debate de Locura y Amor, delicioso
contrapunto al Cancionero, se nutre de lo mejor de su siglo y deviene neto
músculo renacentista: los sustanciosos diálogos griegos de Platón y Luciano, el
centelleante retablo de las metamorfosis ovidianas, los fervores neoplatónicos
de Ficino y León Hebreo, las especias picantes de Rabelais, la inquietud y
humor del Erasmo más libre. Sonetos, elegías y un diálogo: Louise Labé
representa la más pura fibra del dieciséis. Y hoy, en el veintiuno, nos
contagia, como muy pocos, el más puro placer de la escritura.
Aurora Luque


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