Antonio Praena es un claro ejemplo de
vocación poética. Estoy seguro de que el adolescente que fue un día ya andaba
escribiendo versos en algún secreto cuaderno, mientras sus compañeros y amigos
quizás se preocupaban más de conseguir el último éxito del cantante o grupo de
moda y de aprenderse el próximo baile que iban a exhibir en la pista de cualquier
recién inaugurada discoteca en las inmediaciones de Granada. No se lo reprocho
a ellos, de la misma manera que me alegro vivamente de que Antonio, que también
de vez en cuando escucharía esas canciones y pisaría esas mismas pistas de
baile, dedicara parte de su tiempo a leer buena poesía y a tratar de ser el protagonista
primerizo de sus propias composiciones. Así debió ir naciendo, tras un sosegado
aprendizaje y con la paciencia impaciente de quien desea verse convertido en un
escritor publicado, su primer libro, Humo
verde, que vio la luz el mismo año en el que nuestro autor cumplía los
treinta junios y fue Accésit del Premio de Poesía Iberoamericana Víctor Jara (Amarú
ediciones, Salamanca, 2003). Este poemario ya nos regalaba el aliento de una voz perfectamente construida,
al tiempo que profundamente emocionada, como demuestran estos versos:
“Y pensar que nadie desabrochará mi camisa
con manos de paloma,
ni hará caracoles en el vello de mi pecho
porque ya tengo un amor que es Todo y Nada…
Y saber que soy un guerrero
que reza como un almendro.”
con manos de paloma,
ni hará caracoles en el vello de mi pecho
porque ya tengo un amor que es Todo y Nada…
Y saber que soy un guerrero
que reza como un almendro.”
Apenas tres años más tarde, el entregado poeta tendría nuevo libro, Poemas para mi hermana, con el que obtuvo el Accésit del Premio
Adonáis 2006 (Rialp, Madrid 2007). En sus páginas Antonio Praena reúne veinticinco
textos que constituyen una elegía discontinua dedicada al irremediable final de un afecto que le marcó en lo
más hondo y prefirió dejar en el anonimato, enmascarándolo poéticamente bajo la
hermosa y triste metáfora de la pérdida de un familiar querido:
“Toma en tus manos
este jersey tejido en nudos de memoria.
Consérvalo, porque algún día
recordarás las manos desgastadas
que lo tejieron en las noches de tu infancia.
Y no podrás volver. Y tendrás frío
cuando descubras que vivir
a veces es llorar.”
este jersey tejido en nudos de memoria.
Consérvalo, porque algún día
recordarás las manos desgastadas
que lo tejieron en las noches de tu infancia.
Y no podrás volver. Y tendrás frío
cuando descubras que vivir
a veces es llorar.”
Nadar entre las aguas del género elegíaco es
muy arriesgado, todos lo
sabemos. Resulta fácil verse atrapado por los
remolinos de la melancolía y acabar ahogándose bajo el oleaje de una desmedida aflicción.
Antonio Praena, sin embargo, consigue siempre mantenerse a flote y así el
equilibrio de su brazada poética, contenida, acompasada y precisa, nos invita a
completar junto a él y junto a los seres más cercanos y queridos de su entorno
familiar, la honda travesía de este libro:
“Tú
no te acordarás, porque eras muy pequeña
–como los ruiseñores yo diría–.
En realidad mamá te canta a ti,
que eres los ruiseñores de pequeña,
y el agua de la acequia
está en mis ojos ahora mismo.”
–como los ruiseñores yo diría–.
En realidad mamá te canta a ti,
que eres los ruiseñores de pequeña,
y el agua de la acequia
está en mis ojos ahora mismo.”
Esos ingenuos hechos cotidianos no son sólo
momentos ciertos que rememora el poeta, pues en ellos germina una y otra vez la
yedra de la reflexión que trepa por la pared del opaco presente extendiendo sus
frágiles brazos para tratar de alcanzar el otro lado del muro, porque tal vez
allí se encuentre una distinta luz reveladora que ayude a entender cómo
compaginar todo el amor que se nos hace sentir con el impenitente y triste paso
del tiempo, con la inesperada aparición del dolor y de la muerte:
“Es
imposible amar fuera del tiempo,
nada infinito hay que se alcance sin su hebra,
aunque la hechura de su amor
nos muestre su belleza en sacrificio
sólo al perder a quien más hondo nos ha amado.”
nada infinito hay que se alcance sin su hebra,
aunque la hechura de su amor
nos muestre su belleza en sacrificio
sólo al perder a quien más hondo nos ha amado.”
El tercer libro de poemas de Antonio Praena, publicado bajo el precioso
y esclarecedor título de Actos de amor,
obtuvo el Premio Nacional de
Poesía José Hierro del año 2011 (Editorial Universidad Popular 2012) y evidencia un giro de intención formal
con respecto a sus dos entregas anteriores. En él los textos son tratados con
un cuidado exquisito en cuanto a la utilización de la métrica y el ritmo,
escogiendo el heptasílabo y el endecasílabo como modos preferentes de
estructura versal, elección que guarda perfecta coherencia con las palabras pronunciadas
en algún momento por el propio poeta: “La
forma nace para llevar la palabra a su máxima expresión de belleza y esta
belleza ya contiene en sí misma una necesidad de ver juntas verdad y emoción,
rigor artístico y profundidad vital.”
También se observa en este poemario un cambio de actitud del autor, que
se refleja sobre todo en la diversidad de registros todavía no mostrados en sus
obras precedentes y en los contrastes de los tonos, a veces duros, a veces
tiernos, que se utilizan para según qué textos de los que se incluyen dentro de
las cuatro partes y el prólogo final en que se divide el libro. Porque Actos de amor, como su título adelanta,
trata de cuatro de las dimensiones o categorías en las que el ser humano puede
ver trascendido ese que sin duda es su más elevado sentimiento.
En la primera de ellas, De la
misericordia espirituales, dedicada como su encabezamiento indica al amor incorpóreo,
el poeta granadino nos habla de la voluntaria aceptación de un destino, del
abandono de una forma de vida, hasta entonces la única por él conocida, por
otra en la que prevalecerá la renuncia a su bienestar exterior y la consecuente
entrega de su riqueza interior a un mundo por conocer. Figura paradigmática de
ese proceso vital es la de Francisco de Asís, a quien Praena dedica estos delicados
versos:
“Un hombre se desnuda ante la nieve.
Abraza a sus amigos y uno de ellos
le toma suavemente de la mano: –Francisco, no nos dejes.”
Abraza a sus amigos y uno de ellos
le toma suavemente de la mano: –Francisco, no nos dejes.”
La segunda parte del libro, introducida por el epígrafe Mundo, canta a la amistad hasta elevarla
a la sublime condición de amor puro, una variedad de hermanamiento
incondicional que no entiende de deudas diferidas, porque nunca reclama algo a
cambio de aquello que da:
“Te doy lo que
no tengo: aquí va todo.
Libértame de mí, méteme dentro.
Gozoso de perder, gano la vida.
Entrando en tu pupila, nazco entero.”
Libértame de mí, méteme dentro.
Gozoso de perder, gano la vida.
Entrando en tu pupila, nazco entero.”
En el tercer apartado, el titulado Carne,
es el amor mundano el que reclama su lugar en mitad del itinerario existencial
del poeta. La lucha eterna entre su cuerpo y su razón, esos enemigos íntimos
que unas veces se enfrentan y otras veces se alían, también constituye
finalmente un combate de amor, que a menudo deja vencedores y vencidos:
“Me fui fuera de
ti
para poder volver un día
curado de la bestia que me ocupa.
He vuelto a la cordura y me he perdido.
He vuelto a la cordura y estoy muerto.”
para poder volver un día
curado de la bestia que me ocupa.
He vuelto a la cordura y me he perdido.
He vuelto a la cordura y estoy muerto.”
En la cuarta y conclusiva parte del libro, De la misericordia corporales, Antonio regresa de pleno a la
inocencia, a ese candor que inevitablemente lo invade cuando se siente
resguardado bajo el techo protector del amor familiar. Un candor que de pronto
desaparece en los dos poemas que integran el Prólogo final, donde se abraza el amor a la vida y se hace un
examen de conciencia proclamando la pequeñez de la propia pena, cuando la
comparamos con aquellas otras que asoman cada día a la ventana desde la que
contemplamos el mundo.
Y así llegamos al último volumen de poemas publicado hasta ahora por
Antonio Praena, Yo he querido ser grúa
muchas veces, que resultó galardonado con el XXVI Premio Tiflos de Poesía
(Colección Visor 2013). Este
sorprendente endecasílabo que da título al libro y despierta la sana curiosidad
de todo aquel que lo conoce, hace referencia, en palabras del autor, al
paralelismo que estas máquinas de la construcción tienen con el alma humana ya
que, al igual que ella, encuentran su espacio natural entre el cielo y la
tierra. Más aún, si atendemos a los símbolos que otorgan unidad al poemario,
nos daremos cuenta de que los pájaros, el aire, los aviones y el vuelo están
permanentemente presentes a lo largo y ancho de sus páginas, compartiendo ese
mismo paisaje urbano que ocupan cada día las altas grúas.
“Yo he querido ser grúa muchas veces,
recibir la nevada antes que el mundo,
los pájaros, los rayos matutinos,
y ser desmantelado cuando acabe
la obra en la que elevo humilde carga.”
recibir la nevada antes que el mundo,
los pájaros, los rayos matutinos,
y ser desmantelado cuando acabe
la obra en la que elevo humilde carga.”
Declaraciones como esta nos regala Praena en un libro que supone un ir
todavía más allá en algunas de las propuestas éticas y estéticas que ya hemos
analizado al hablar de su obra inmediatamente anterior, que contiene una poesía
que combina sin brusquedad ecos del pasado con imágenes del rabioso presente,
que mezcla lo espiritual con lo material, lo trascendente con lo cotidiano. Un
buen ejemplo de ello reside en el poema titulado “Nido en la niebla”, que voy a tomarme la libertad de transcribir
completo:
“Cuando en las madrugadas, a vuelta
del delirio,
se me hielan los huesos,
cuando en los centros comerciales estoy solo,
cuando acepto,
cada vez que lo acepto,
que al dar la vuelta a aquella esquina
dejaste sólo niebla,
cuando el no de los hombres se consuma
y el sí de Dios es carne aniquilada,
no sé muy bien por qué,
me acuerdo de aquel nido.”
se me hielan los huesos,
cuando en los centros comerciales estoy solo,
cuando acepto,
cada vez que lo acepto,
que al dar la vuelta a aquella esquina
dejaste sólo niebla,
cuando el no de los hombres se consuma
y el sí de Dios es carne aniquilada,
no sé muy bien por qué,
me acuerdo de aquel nido.”
Hay que reconocer que esa originalísima fusión poética, que cierto sector
de la crítica ha intentado definir como una moderna “mística de lo humano”, no es sencilla de concebir ni de plasmar.
Quizás de algún modo pueda ser considerada, salvando los siglos que la separan,
como heredera lejana de las obras de Juan de Yepes y de Teresa de Cepeda, pero
en los textos de Antonio Praena entra en juego un matiz más terrenal, más
humano que místico, me atrevería a decir.
Lo que resulta incuestionable es que estamos ante una voz personalísima capaz
de armonizar culturas tan distantes en el tiempo y en la concepción del mundo como
la grecolatina y la postmoderna, ante un poeta que con igual naturalidad nos
habla de la contemplación de un tríptico en la Galería Uffici y del
agradecimiento que siente hacia la taxista madrileña que lo condujo al hotel,
después de una noche de juerga y de pecado.
La poesía de Antonio nada excluye de la vida, porque en la vida todo acaba
formando parte de un inmenso rompecabezas cuyas piezas nunca terminan de
encajar a la perfección, pues de lo contrario llegaríamos con demasiada
prontitud al final del juego. Sentirnos imperfectos, pensará para sí, es
sentirnos vivos y de esa manera seguir conociendo y conociéndonos, acrecentando
día a día nuestro amor por las cosas, nuestro amor por el otro, nuestro amor a
ese Dios que cada cual concibe a su imagen y semejanza.
En Yo he querido ser grúa muchas
veces, como ese stripper virtual que en un poema desnuda su cuerpo ante la
web-cam para los ojos de una desconocida, Antonio Praena desnuda sin temor su
alma, y lo hace para todos y cada uno de nosotros, lectores suyos también
desconocidos. Atendamos pues a la íntima revelación que nos llega a través de
la emoción y la claridad de sus versos, y dispongámonos a dejar que su poesía
atraviese una vez más el blindaje de nuestros corazones.
JUAN PABLO ZAPATER
(Valencia, 1958) cursó la carrera de
Derecho en la Universidad de Valencia, al tiempo que realizaba sus primeras
incursiones poéticas publicando sus textos en diversas revistas y antologías. En
la década de los ochenta codirigió junto a Vicente Gallego la colección de
plaquettes “La pluma del águila”, dándose a conocer literariamente con la
aparición de su libro La coleccionista
-al que un jurado presidido por Octavio Paz le concedió el Premio Internacional
de Poesía Fundación Loewe a la joven creación-, que fue publicado por Visor
Libros (Madrid 1990) y recientemente ha sido objeto de reedición en la Colección
de poesía Leteradura (Valencia 2013). Después de un largo tiempo de silencio, y
como fruto de la necesidad poética, ha dado a la luz un nuevo libro titulado La velocidad del sueño, aparecido en la Editorial Renacimiento
(Sevilla 2012), con el que ha obtenido el Premio de la Crítica Literaria
Valenciana.




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