Homenaje
sincero a las ediciones en papel
No resulta
infrecuente el hecho de que, cuando necesitamos imperiosamente llamar por el
teléfono celular —recuperamos aquí su distintivo original, que nos caía más
simpático—, éste se haya quedado sin batería. Ellos son así. Entonces, en tan
críticos momentos, nos acordamos —además de aquéllos de los que nos acordamos
en casos semejantes, venga o no a cuento— de las cabinas, tiernos artilugios
hoy a punto de pasar a la catalogación de piezas de museo y a las que tan
sobrados de soberbia como escasos de cautela despreciamos en su día. Sólo
cuando el asunto ya no tiene remedio, tras la forzosa reflexión, convenimos en
que nos lo teníamos merecido, por confiar hasta el desapercibimiento en unos
aparatos, hasta anteayer como quien dice, desconocidos para el procomún. Y que
son así, no lo olvidemos.
De la misma
manera, más de una jugarreta nos han gastado las agendas electrónicas. Cuántos
números y datos urgentes se habrán perdido por una desconexión traidora, o se
habrán borrado para siempre por un dedo inexperto que se deslizó hacia la tecla
que no debía. Después de los inevitables venablos —I. P. Pávlov tenía mucha
razón—, y ante la perspectiva de tener que recuperar lo almacenado durante meses,
nos proponemos no dejar para mañana apuntarlo también en una libreta de las de
toda la vida, con bolígrafo como toda la vida y a mano como toda la vida. Pero
el ser humano suele recaer en sus viejos vicios —S. Freud asimismo atinaba
algo— y pronto, con la excusa de no encontrar un rato para el cual no se había
previsto hueco, deja la tarea no ya para mañana, sino para la semana que viene,
y luego para el próximo puente, que habrá tranquilidad, y luego para las
próximas vacaciones, que ahora es que no se puede, y luego...
Al final, el ser humano, disuadido por no trabajar el doble e inhibido ante la apariencia de llevar una doble contabilidad, como los administradores en trance de ser investigados, renuncia a la libreta y se hace el firme propósito de fijarse muy bien fijado en dónde pone el dedo para evitar una nueva catástrofe. Total, que la agenda de papel sigue donde estaba, en el limbo de los olvidos insensatos.
Al final, el ser humano, disuadido por no trabajar el doble e inhibido ante la apariencia de llevar una doble contabilidad, como los administradores en trance de ser investigados, renuncia a la libreta y se hace el firme propósito de fijarse muy bien fijado en dónde pone el dedo para evitar una nueva catástrofe. Total, que la agenda de papel sigue donde estaba, en el limbo de los olvidos insensatos.
Porque una
cosa es que los ordenadores —cuando eran (enormes) bebés, qué tiempos, los llamábamos
computadoras— y demás tinglados tecnológicos nos ayuden en nuestro cotidiano quehacer,
y otra muy distinta que expongamos el sufrido producto de nuestro trabajo al
riesgo de pasar a la inexistencia en una malhadada centésima de segundo. En
nuestra época, la admiración por los grandes literatos aumenta, no sólo por su
talento, sino también por su esfuerzo físico. Hoy cuesta imaginar cómo se las
apañarían entonces para componer una novela, a puro brazo, sin disponer del corta y pega, o tragedias o comedias de
más de mil versos, sin fallar ni una letra en sus estrofas, antes de inventarse
los diccionarios de rimas. Y nos preguntamos qué parte de su tiempo dedicaba
cada escritor a reflejar con la pluma sus ideas, aparte del que dedicaban a las
ideas propiamente dichas.
Quién sabe si, de haber contado con un teclado y una pantalla, Cervantes habría plasmado más relatos del nivel del Quijote, o si la ingente producción literaria de Lope de Vega alcanzaría aún mayores números. Lo que sabemos es que estas y otras obras jamás se vieron en el trance de evaporarse en el éter informático. El único peligro que corrieron fue el de accidente o el de sabotaje. Es decir, el mismo que corren las obras actuales, si bien éstas con la variante añadida del borrón súbito e irreparable.
Sólo por eso, por habernos evitado la posibilidad de perder para siempre por culpa de un clic letal, entre miles de obras maestras, el Quijote, Fuenteovejuna o El alcalde de Zalamea, deberíamos tener presentes a los genios, además de por tales, por amanuenses. En el más honroso significado de la palabra. Y reivindicar —aunque los vientos no sean propicios— la función del papel y la tinta en unos siglos que exigían músculo amén de intelecto. El papel, tan sencillo y servicial él, aguarda paciente y no requiere ningún elemento dependiente de fluidos ajenos. Eso de la informática está muy bien, pero no aparquemos del todo los métodos tradicionales. Por si acaso. Luego no dirán que no hemos avisado.
Quién sabe si, de haber contado con un teclado y una pantalla, Cervantes habría plasmado más relatos del nivel del Quijote, o si la ingente producción literaria de Lope de Vega alcanzaría aún mayores números. Lo que sabemos es que estas y otras obras jamás se vieron en el trance de evaporarse en el éter informático. El único peligro que corrieron fue el de accidente o el de sabotaje. Es decir, el mismo que corren las obras actuales, si bien éstas con la variante añadida del borrón súbito e irreparable.
Sólo por eso, por habernos evitado la posibilidad de perder para siempre por culpa de un clic letal, entre miles de obras maestras, el Quijote, Fuenteovejuna o El alcalde de Zalamea, deberíamos tener presentes a los genios, además de por tales, por amanuenses. En el más honroso significado de la palabra. Y reivindicar —aunque los vientos no sean propicios— la función del papel y la tinta en unos siglos que exigían músculo amén de intelecto. El papel, tan sencillo y servicial él, aguarda paciente y no requiere ningún elemento dependiente de fluidos ajenos. Eso de la informática está muy bien, pero no aparquemos del todo los métodos tradicionales. Por si acaso. Luego no dirán que no hemos avisado.
Antonio Sala Buades (Torrevieja, 1965) es licenciado en Ciencias Exactas por la Universidad de Murcia. Desde 1989 trabaja como profesor de Matemáticas en Enseñanza Secundaria.
Al margen de su labor profesional, ha colaborado en la publicación de historia local Ad Turres con diversos ensayos sobre el tema. Actualmente es director de la revista digital Ars Creatio y miembro de la asociación cultural del mismo nombre, en la que participa como actor de teatro y como jurado de su certamen literario "Una imagen en mil palabras".
Como informador deportivo, es cronista desde hace más de veinte años de los partidos del primer equipo de fútbol de Torrevieja, y asimismo colaborador en dicha faceta en varios medios locales y comarcales de prensa (como el semanario Vista Alegre), radio y televisión.



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