Siendo el beso y el abrazo de amor una de sus matrices, la Recherche
también puede leerse como un tratado amoroso que narra, a su manera, la
historia de los orígenes y el descarrío mortal de las nociones de amor que
contribuyeron a fundar nuestra civilización.
Las fuentes
más antiguas de las nociones del amor trabadas a lo largo de la Recherche
quizá sean de origen arábigo andaluz, mozárabe: la primera y esencial es
evocada, en escorzo, a través del tema clásico de las aves pareadas (“les
oiseaux accouplés”), una parábola sobre la muerte, resurrección y epifanía del
amor.
En la Recherche,
los protagonistas de la historia de amor más importante del libro, el narrador
y Albertine, quedan unidos más allá de la muerte (tema central en la Égloga III
de Garcilaso) a través de la metáfora de las aves pareadas, que Proust
descubrió en los tejidos de Fortuny, cuya fuente directa es el gran arte
andaluz y mozárabe de los siglos IX al XIII.
A través de
su legendaria colección de tejidos, Fortuny retomó e hizo suyo un tema que
Manuel Gómez Moreno había estudiado en su ensayo sobre las iglesias y el arte
español de los siglos IX al XI, insistiendo con precisión en la importancia del
tema de las aves pareadas en los capiteles de las columnas de algunas iglesias
asturianas y leonesas del siglo XII. Tema de origen muy anterior en la
geografía de al-Ándalus, tierra de tránsito entre el oriente persa y árabe y el
occidente cristiano, cuyo amor cortés también estuvo precedido e influenciado,
en cierta medida, por las nociones del amor fraguadas en el crisol de la lírica
amorosa arábigo andaluza, que comienza con las jarchas y culmina con la
síntesis conceptual del primero de los grandes tratados amorosos de nuestra
civilización, El collar de la paloma (siglo XI), muy anterior a la
Comedia dantesca (siglo XIV).
En su
historia del tejido de seda, Otto von Falke reproduce una tela salmantina del
siglo XII, para ilustrar con tal documento, entre otros, la importancia del
tema oriental de las aves pareadas en el gran arte andaluz de los siglos X al
XIII. Siglos más tarde, Proust se sirve de las telas y trajes de Fortuny -tan
esenciales para vestir a Albertine, una de las grandes heroínas amorosas de la Recherche,
con Gilberte Swann y Odette de Crécy- para recordarnos cómo quedaron trabadas
para la eternidad -incluso cuando el amor huye de los olvidadizos cuerpos de
los amantes, descarriados en el laberinto de la existencia- las vidas de
Albertine y el narrador, a la manera de las aves pareadas, símbolos de la
muerte y la resurrección, tatuada su piel transida por el amor con las huellas
de una epifanía que perdura después de la muerte de los amantes.
Ida
Albertine, ido el amor por ella, la parábola de las aves pareadas enlaza al
narrador y Albertine en el tiempo ya para siempre recobrado del relato y sus
alegorías.Y su devenir iluminará todas las historias pasadas y venideras del
libro proustiano, a través de la epifanía del arte de la memoria, cuando el
narrador mire hacia atrás y descubra las metamorfosis sufridas por las cosas y
los seres humanos, habitando ya para siempre en la tierra recobrada cuyos
íntimos paisajes se nos revelan, al fin, gracias a las artes del recuerdo, tras
las nieves del tiempo, cubriendo con sus copos inmaculados la silueta de los
vivos y los muertos que acompañaron al narrador a lo largo de toda una vida por
él desenterrada en la tumba del olvido, para darles la vida eterna propia del
Logos, cuando su palabra los salve del infierno de la historia donde cayeron
todas las cosas y los seres, incluso los más sagrados, divinos e inmortales, en
otro tiempo.
Esa caída
del tiempo celeste de las cosas inmortales en la tumba prostibularia y
profanada de la historia se consuma en las primeras páginas de la segunda parte
del primer libro de la Recherche, Un amour de Sawnn. Unos
amores de Sawnn. Pour faire partie du “petit noyau”, du “petit clan”...
Para figurar en el “cogollito”, en el “grupito”... Deidades caídas en el
burdel donde se compran, se venden y profanan las cosas divinas de otro tiempo,
las heroínas de la Recherche poseen la belleza áurea de las antiguas
divinidades del Olimpo clásico, pero medran en la vida gracias a sus
encantamientos prostibularios. Albertine miente con el impudor de una furcia,
se lamenta amargamente el narrador enamorado. Odette de Crécy -amante y futura
esposa de Swann- fue ella misma una furcia (grue), predadora muy versada
en el medro social, a través de las más altas artes de su primer oficio.
Don Juan,
Charles Swann -cuyo carácter tiene muchas cosas en común con la esquiva
personalidad del narrador de la Recherche, comenzando por su donjuanesca
versatilidad amorosa-, sedujo por placer y capricho a incontables mujeres de la
más diversa condición social, atraído a cada instante por la voluptuosidad
estética y carnal de una silueta femenina siempre distinta, descubriendo en
todas inéditos y renovados deseos de posesión, degustación y encantamiento. La
geometría y colores de sucesivos cuerpos fugitivos e inmortales -durante los
breves instantes de un pasajero abrazo amoroso- se confunden para Swann con los
colores y geometría del arte clásico, en el templo donde moran los seres amados
y adorados. El rostro, silueta y carne mortal y rosa de Odette de Crécy
poseen para Swann la pureza inmortal de Séfora, una de las hijas de Jetró, en
el fresco Fatti della vita di Mosè, de Botticelli, en la Capilla
Sixtina.
Algunos
lectores consideran pertinente la posible semejanza del retrato físico que hace
Proust de Charles Swann (rubio casi pelirrojo, de ojos verdes; detalles que no
sé si corresponden a la silueta ideal del hijo de un judío afortunado, agente
de cambio y bolsa, en el París de finales del XIX y principios del XX) con el
rostro de uno de los reyes de la Adoración de los Magos de Bernardino
Luini. En cualquier caso, Swann siente por Odette una adoración que
sorprende a propios y extraños. Los Verdurin terminarán por mofarse de su
tabarra con la Sonata de Vinteuil, que Swann considera como una suerte de himno
olímpico de su amor por una divinidad carnal comparable, a su modo de ver, con
las divinidades profanas de Botticelli, en la Sixtina.
Seducido con
encantamientos mucho más prosaicos que los de Circe -persiguiendo su hechicera,
antigua furcia, el fin de una ascensión social que la llevará muy lejos- Swann
vive la tragedia de algunos amateurs d'art: sigue amando y creyendo
excelsas unas obras que él colecciona cuando ya están pasadas de moda y han
perdido mucho de su antiguo y ajado valor, ya que nadie es sensible a la dudosa
calidad que él estima probada -perdido en el dédalo, no solo artístico, de una
historia del arte ya para siempre desacreditada y difunta- y otros consideran
meros pastiches que se compran y se venden al precio más bajo.
Swann convertirá a Odette en su esposa -cediendo a los encantamientos de la antigua furcia- cegado por un espejismo fatal que solo lo engaña a él, creyendo que así podría guardar para sí, para siempre -en el mausoleo que su residencia y su tumba, en un Quai d'Orleans que la furcia trepadora considera indigno de su condición, imponiendo con el matrimonio un cambio de residencia acorde con el personaje que ella se construye, a imagen y semejanza de las frivolidades muy snob (smart, dice ella) de sus aspiraciones de trepadora mundana-, algo que descubrió con el amor tardío, mucho más precioso que la joya inmortal guardada en el Vaticano, en la Sixtina, la Séfora de Botticelli, un modelo único, inferior -a juicio de un descarriado amateur d'art, snob también él, hasta la muerte- a la futura Madame Swann, que comenzó a posar desnuda para un pintor impresionista -el Elstir proustiano, inspirado en Claude Monet, Helleu, Édouard Manet y Whistler-, mucho antes de hacer carrera gracias a los encantamientos de una mujer de mucho mundo.
Cegado por
el amor, Swann no solo compara ventajosamente a Odette con la Séfora de
Botticelli. Llega a confundirla con Eurídice, cuando ella finge huir para mejor
seducirlo y atraerlo hasta su lecho, escapando hasta unos bulevares nocturnos
donde Swann, atormentado y descarriado, errante, llega a creerse Orfeo, bajando
al infierno para rescatar a su amada, perdida entre los vivos y los muertos
arrastrados hasta las aguas sin retorno de la laguna Estigia.
Swann se
perderá en esa búsqueda, como él mismo terminará reconociendo, en un pasaje
célebre, caído de hinojos ante las cenizas frías de un amor muerto, tras gastar
su vida en vano, corriendo tras una mujer por la que quiso morir y fue su gran
amor; una mujer que, en verdad, no era de su clase, ni su tipo. El narrador de
la Recherche también perderá a Albertine. Esos y otros amores muertos
serán la materia prima de la epifanía final de la Recherche, cuando la
lengua del hombre muerto que escribió ese libro entona para sus lectores el
Salmo de la resurrección de los difuntos, ya para siempre inmortales en la
tierra prometida del Logos, el Libro, la catedral construida con palabras, amor
y dolor, tocados con la gracia del verbo.
Juan
Pedro Quiñonero Martínez (Murcia, 1946) es periodista y escritor.
Es hijo de Juan Quiñonero Gálvez y Luz Martínez Pérez , maestros
fundadores de la escuela racionalista Francisco
Ferrer Guardia, y
asociados en la cooperativa, Democracia
y cultura, de Totana
(Murcia) durante la República y la guerra civil, y posteriormente
represaliados: se les prohibió ejercer como maestros, y su padre fue
condenado a muerte, pena conmutada por una condena a veinte años de
prisión mayor, e indultado en diciembre de 1945.
La
precariedad económica, social, y laboral obliga a Juan Pedro
Quiñonero y a su padre a emigrar a Saint Étienne (Loire), Francia,
en 1961. En 1963, la familia se instala en Palma del Río (Córdoba)
y en 1966, se trasladan a Almansa (Albacete).
En
1964, Juan Pedro Quiñonero se marcha a Madrid, y trabaja como
delineante auxiliar en el gabinete de proyectos de la Junta de
Energía Nuclear, mientras continúa con sus estudios de
Arquitectura, que dejaría inacabados.
En
1966, Manuel Blanco Tobío publicó sus primeros artículos en el
periódico Arriba y comienza a trabajar como auxiliar de
archivo en el periódico Informaciones ese mismo año,
trabajando sucesivamente como reportero de sucesos, cronista de
sociedad, crítico teatral, y enviado especial.
Desde
que Víctor y Jesús de la Serna decidieron crear el suplemento
literario Informaciones de las Artes y las Letras, Quiñonero
formó parte del equipo fundador como reportero cultural y literario,
junto a Pablo Corbalán, y Rafael Conte, al que sustituyó más tarde
como corresponsal en París hasta el cierre del periódico, en
1979/80.
Entre
1979 y 1983 trabajó sucesivamente para Diario 16, Cadena
SER, Antena 3 y Onda
Cero, y desde septiembre de 1983, como corresponsal del diario
ABC en París.
Sus
primeros libros, Proust y la revolución (1972), Ruinas
(1973), Baroja, surrealismo, terror y transgresión (1974), y
Escritos de VN (1978) son obras vanguardistas. Juan Pedro
Quiñonero, pues, es un seguidor de todos aquellos que formaron parte
de la ruptura con los valores estéticos, técnicos y lingüísticos
del mundo tradicional, y que de modo amplio se pueden calificar como
«novela contemporánea, según Ramón Jiménez Madrid (Novelistas
murcianos actuales).
Algunas
de sus obras son ensayísticas son Memorial de un fracaso
(1974), La gran mutación. España. Europa ante el siglo XXI
(1982), De la inexistencia de España (ensayo 1998), Ramón
Gaya y el destino de la pintura (2005), El taller de la gracia
(2009).
Ha
escrito las novelas El caballero, la muñeca y el tesoro
(2005), La locura de Lázaro (2006) y Una primavera atroz
(2007), así como las obras de corte autobiográfico El misterio
de Ítaca (2000) y Retrato del artista en el destierro
(2004).
Ha
ganado los premios Premio Marbella de novela (1976) por
Escritos de VN, el Premio
Juan Cencillo de novela corta (2000) por Anales del alba, el
Premio José Manuel Caballero Bonald de ensayo (2004)
por Retrato del artista en el destierro, y el Premio
Rodríguez Santamaría (2009), que la Asociación de la Prensa de
Madrid otorga como reconocimiento a los méritos de toda una vida
profesional.


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