Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 1849) es el más popular de los escritores estadounidenses. Las misteriosas circunstancias de su muerte lo han convertido en un personaje de leyenda. Su nombre es sinónimo de macabros crímenes, sombríos misterios y exacerbadas pasiones. Dueño de una pluma tan original como imaginativa, cultivó una obra poética de un intenso lirismo que ha cautivado a todas las generaciones a lo largo de casi dos siglos.
Este libro
recién publicado recoge algunos de sus más hermosos poemas de amor, en una
traducción enteramente rimada, respetuosa con el sentido a la vez que
reveladora fiel del ritmo, la estrofa y la música del original. Mucho y prolijo
ha sido el trabajo que ha desembocado en esta versión
del gran poeta universal que es Edgar Allan Poe. Porque, si bien es cierto que
la conciencia de las graves dificultades interpretativas y técnicas que un
proceso de traducción de esta magnitud entraña hace necesarias ingentes dosis
diarias de energía y entusiasmo, no lo es menos que la convicción de que la
poesía custodia -bajo las palabras concretas del idioma en el que está escrita-
la voz de la humanidad entera a través del tiempo y del espacio ha alentado mi
determinación de continuar adelante en los diversos momentos.
Ni que decir tiene que la labor de traducción de la poesía
de Poe es una tarea delicada y compleja, por la cual tienen mi respeto
reverencial todos los que la han acometido en el pasado y todos los que sin
duda la acometerán en el futuro. El propio Charles Baudelaire, el gran poeta
francés cuyas traducciones de los cuentos de Poe siguen siendo canónicas, llegó
en una ocasión a declarar intraducibles sus poemas. A pesar de esta reticencia
inicial, tradujo algunos de ellos, lo cual sirvió de base a Mallarmé para
continuar con el trabajo de traducción poética. En una carta de 1885, Mallarmé
confiesa a Verlaine que su interés por la lengua inglesa había sido debido
primordialmente a su ambición de leer mejor a Poe. Ambos, Baudelaire y
Mallarmé, fueron los principales defensores de Poe en Europa tras su muerte, y
en gran parte causantes de la posterior propagación de su fama.
Desde 1857, cuando se publica en el periódico madrileño El
museo universal la que es considerada la primera traducción de Poe al
español, su cuento “La semana de los tres domingos”, muchas y muy variadas han
sido las versiones que tanto de sus cuentos como de sus poemas se han hecho a
nuestro idioma. De hecho, Guerrero Ruiz cuenta en Juan Ramón de viva voz
que el gran poeta de Moguer proyectaba una traducción de la poesía de Edgar
Allan Poe antes de la Guerra Civil. Por desgracia no se llevó a cabo y hoy nos
vemos privados de esa versión española magistral, que habría sido comparable a
la que Julio Cortázar hizo de sus cuentos.
Uno de los grandes retos a los que se ve abocado el
traductor de las composiciones líricas de Poe es la evidencia de que encierran
mucho espíritu en pocas letras, como toda alta poesía. La traducción no debe
entonces en ningún caso ser literal, pues se perdería lo más importante, el
alma del poeta que se aspira en cada verso. Hay que recordar que para Poe la
Belleza es el exclusivo fin del arte, no refiriéndose a la superficialidad
estética, sino a la trascendente realidad de la Idea: esperanza, vida, muerte,
tristeza, desesperación, fusión amorosa, misterio, memoria, amor... Poe borra
la frontera entre lo ideal y lo sensible, por eso su idealismo es como un par
de melodiosas alas que logran transportarnos desde el mundo de los sentidos al mundo
de los sueños, que, a la postre, son para él las únicas realidades.
La eterna disyuntiva de todo traductor entre la dicotomía
de posibles versiones conocidas como bella
infiel (poéticamente hermosa pero sin conservar enteramente el sentido
literal del original) y fea fiel (respetuosa con el sentido
estricto del original pero sacrificando gran parte de la musicalidad y
belleza), me ha venido naturalmente persiguiendo durante todo el proceso. A
pesar de que toda traducción conlleva insertos pequeños fracasos aun cuando
dentro de un aceptable logro, hay que optar en muchas ocasiones por escorar
hacia una de esas dos orillas. Por respeto a Poe, adorador de la Belleza como
ideal supremo de toda creación artística, y a mis propias convicciones, he sido
fiel al sentido original siempre que ello ha resultado posible; y fiel a mi
propio sentido de la belleza poética siempre, con las limitaciones lógicas de
los recursos propios de cada idioma. Ha sido gozoso, en cualquier caso
aventurarme a la caza de esa utópica bella fiel cuya sola persecución ya
es un motivo de fruición poética, lingüística e intelectual, independientemente
de los resultados.
Sí creo necesario indicar que la presente versión ha conservado intacta la rima original, aun en los casos en los que ello ha supuesto un considerable esfuerzo suplementario -como los poemas que llevan insertos acrósticos en diagonal, “Un enigma” y “Una misiva por San Valentín”-; y también el ritmo y el metro, siendo en ocasiones éste trocado por uno equivalente en musicalidad -de eneasílabo a endecasílabo o de endecasílabo a alejandrino- cuando la persecución de la idílica bella fiel así lo requería. La cantidad de versos, la extensión de las estrofas y la disposición de las rimas son idénticas en el original y en la presente traducción. Sólo he prescindido de la rima, como es lógico, en las composiciones en las que el propio Poe lo hizo, “To M.L.S.” -siglas de Marie Louise Shew- y “To Helen”, cuyos armoniosos endecasílabos poseen tanta melodía que no la necesitan en cualquier caso. Con respecto a este último poema, veo necesario advertir al lector de la presente selección de la existencia, de la que sin duda se percatará de inmediato, de dos poemas a los que Poe tituló de igual modo: “To Helen”, compuestos respectivamente en 1829 y 1848. El más temprano de ellos y primero en el libro está dedicado a Helen Stannard y lo he traducido como “A Helena”, mientras que el más tardío y segundo en aparición en el libro está dedicado a Helen Whitman y lo he traducido como “Para Helena”, para hacer la necesaria distinción.
Comparto la opinión de José Hierro al afirmar que “el ritmo
es lo que hace a la poesía persuasiva y no informativa”. Una traducción
literal, por tanto, que se escude en el obstáculo del idioma para evitar
propagar la melodía, se me antoja redundante y acaso inútil. Precisamente el
intenso lirismo de Poe hace indispensable la traducción rimada de su poesía,
que revele y difunda el rico contenido a la par que la música, el espíritu, la
ambientación y la selección semántica del genial autor decimonónico. Me alienta
la seguridad de que todos los posibles errores merecerán la pena siempre que
algún pequeño acierto logre ayudar a difundir la poesía de un autor que ha sido
llamado el moderno legislador poético y cuyo conocimiento y disfrute es
imprescindible para todo aquel lector que ame la Poesía, pues ocupa un lugar
fundamental en su Historia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario