RUBÉN DARÍO
Cuando
yo era pequeño y el mundo era una caja llena de soldados de goma o un mazo de
estampas de colores, mi padre me leía en voz alta a Rubén Darío, pero no
declamándolo al viejo estilo, sino teniendo en cuenta que yo era un niño y que
jugábamos a que él me recitase poemas. Nunca olvidaré aquellas lecturas. Por
ellas me enteré de que había caballeros capaces de vencer a la muerte, que las
hadas llenaban copas repletas de felicidad y que las mujeres más bellas sentían
devoción por los héroes más fieros. Por ellas también supe que la poesía debe
cumplir con ciertas normas para serlo, que no basta con repartir la prosa en
renglones para hacer poesía. Todo eso lo aprendí en Rubén y no se me va a olvidar
nunca.
Me sigue pasmando, medio siglo después
de que mi padre me lo recitara por primera vez, esa preciosa amalgama de los
sentidos que es el poema XIV de Cantos de
vida y esperanza, titulado «Marcha triunfal» y escrito en la isla de Martín
García, en el Río de la Plata, a algo más de 40 kilómetros de Buenos Aires,
durante la primavera (otoño austral) de 1895. Su mismo autor nos dice de esa
pieza en Historia de mis libros[1] que es «un “triunfo” de
decoración y de música». Hay quien defiende que el tema se lo dio una
representación de la Aida de Verdi;
otros hablan del recuerdo de un desfile militar en París; yo prefiero pensar
que Rubén dio rienda suelta a los sentimientos épicos que lleva dentro todo
gran poeta y que quiso mostrar en su «Marcha triunfal» el lado vibrante y
glorioso de una victoria militar. Los triumphi
que los generales romanos celebraban al regresar victoriosos a la Urbe
palidecen de envidia ante el esplendor de este moderno triumphus rubeniano, auténtico paroxismo lírico de intensidad y
plenitud.
Pasaron los años, y leí otras muchas
veces a Rubén Darío. Cada vez surgía una voz diferente. Una voz importante para
mí, que crecía conmigo, que se hizo más grave cuando empezó a cambiarme la voz
y la gente dejó de confundirme con mi madre al coger el teléfono, una voz que
me daba consejos (siempre malos: Rubén es un desastre como ayo) cuando empecé a
salir con chicas, que me relajaba después de un examen, que sonaba a cielo en
mis éxitos, que me acompañaba al infierno de mis sucesivas derrotas. Una voz
que ahora, a los sesenta años de mi edad (voy superando, al día de hoy, en once
años a Rubén, que falleció a los cuarenta y nueve), está repleta de tristeza, y
no porque yo esté más triste que antes (que hace tres o cuatro décadas, por
ejemplo), sino porque es ahora cuando me he dado cuenta de lo terriblemente
triste que fue el paso de Rubén por este mundo, pese a la pedrería
resplandeciente de sus versos, que tapizaron de belleza su escaso y desolado
medio siglo de vida.
Rubén
es, para mí, el poeta más importante que ha escrito en lengua castellana desde
Sor Juana Inés de la Cruz, Lope, Góngora, Quevedo y Bécquer. Libros como Prosas profanas (1896 y 1901) y, sobre
todo, Cantos de vida y esperanza
(1905) se me antojan hitos inigualados en nuestra poesía contemporánea. Sin
Rubén, ni los hermanos Machado ni Juan Ramón Jiménez hubieran sido tan
geniales. Precisamente a través de ellos se prolonga Darío en las promociones
posteriores. En lo que atañe a la generación del 70, también llamada del 68, de
los Novísimos o del lenguaje, Darío cuenta con un intercesor tan valioso como
Pere Gimferrer. Yo mismo descubro en mi poesía la huella de Rubén, aunque sea a
través de algún alumno suyo tan aventajado como José del Río Sainz y, desde
luego, del autor de Arde el mar y La muerte en Beverly Hills, a quien
considero mi maestro. Toda la poesía
española actual que me interesa tiene que ver con Rubén Darío.
(Como
helenista, y disculpen el paréntesis, he buscado en Rubén la Grecia auténtica,
la de Homero, Arquíloco, Safo, los trágicos, Aristófanes y Platón. Nada de
nada. A Darío le importó siempre más «la Grecia de la Francia» [lo dice en su
poema «Divagación», de Prosas profanas]
que la Grecia de los antiguos griegos. «Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio
/ Houssaye supera al viejo Anacreonte», nos confirma el poeta un poco más
abajo. Son las extravagancias propias del genio. Porque, a ver, ¿quién se
acuerda ahora de Arsène Houssaye? Tuve la extravagancia de comprar hace unos
años los cuatro volúmenes (París, E. Dentu, Éditeur, 1875) de Les mille et une nuits parisiennes de
Houssaye, y puedo asegurarles que ese olvido está plenamente justificado.)
Uno
de los libros capitales de la poesía española contemporánea cumplió en 2005 sus
primeros cien años. Y digo «española»
porque, a pesar de que su autor naciera en Nicaragua, Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas vio su
primera luz en nuestro país (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1905). Fue un lujo que
el cuidado de la edición corriera a cargo del entonces joven poeta moguereño
Juan Ramón Jiménez, que se encargó de convertir el material poético enviado por
Rubén en un libro orgánico, perfectamente estructurado, lo que constituía una
auténtica novedad en una época en que los libros de poesía se limitaban a
presentar en un volumen una determinada colección de los poemas sueltos de cada
autor, sin que se valorase en demasía la unidad semántica (diríamos) del
poemario.
Rubén regaló a Juan Ramón, como
correspondencia a los servicios prestados en la organización del material de Cantos de vida y esperanza y al cuidado
en general de la edición, un buen número de originales manuscritos de entre los
poemas que componen el libro. Con el tiempo, residiendo J. R. J. en los Estados
Unidos, esos manuscritos rubenianos fueron donados por él a la Biblioteca del
Congreso de Washington, donde se conservan desde entonces. Pero el poeta de
Moguer se reservó algunos, no más de una decena, para regalar a los amigos. Uno
de esos manuscritos, concretamente el del poema XV de la sección «Otros
poemas», que no tiene título y cuyo primer verso es «¡Oh, miseria de toda lucha
por lo finito!», ha querido el destino que forme parte de mi biblioteca. Son
dos cuartillas, de puño y letra de Rubén, y en la parte superior de la primera
de ellas figura la siguiente leyenda, escrita con la inconfundible letra del
autor de Platero y yo: «Regalo de
Juan Ramón.» No es que sea el mejor ese poema, ni mucho menos lo es, pero, a
partir del momento en que adquirí el manuscrito autógrafo que lo contiene, se
convirtió en uno de mis favoritos.
No resisto la tentación de leerlo,
modificándolo levemente en materia de puntuación, y de tejer después de la
lectura algún comentario en su torno. Dice así (y me sirvo también de la
reciente y cuidada edición de Cantos de
vida y esperanza llevada a cabo por José Carlos Rovira[2]:
¡Oh,
miseria de toda lucha por lo finito!
Es como el ala de la mariposa
nuestro brazo que deja el
pensamiento escrito.
Nuestra infancia vale la
rosa,
el relámpago nuestro mirar,
y el ritmo que en el pecho
nuestro
corazón mueve
es
un ritmo de onda de mar,
o
un caer de copo de nieve,
o
el del cantar
del
ruiseñor,
que
dura lo que dura el perfumar
de
su hermana la flor.
¡Oh,
miseria de toda lucha por lo finito!
El
alma que se advierte sencilla y mira clara-
mente
la gracia pura de la luz cara a cara,
como
el botón de rosa, como la coccinela,
esa
alma es la que al fondo del infinito vuela.
El
alma que ha olvidado la admiración, que sufre
en
la melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar malamente y
duramente, anida
en un nido de topos. Es
manca. Está tullida.
¡Oh, miseria de toda lucha
por lo finito!
Son veintitrés versos de distinto
número de sílabas: 5, 7, 9, 11, 12, 14 (Rovira añade «16», pues no hay ningún
verso de esa medida en el poema). En un pasaje de Tierras solares, libro en prosa que Darío publicó en Madrid en
1904, se lee textualmente: «Y he ideado las impresiones de la pequeña alma de
una coccinela pequeñita […] Va, la pequeñita coccinela […] y la coccinela
penetra entre las riquezas que se presentan a sus ojos […] Como la almita de
esa bestezuela de Dios mi alma» (páginas 83-84). Ello quiere decir que la fecha
de composición del poema, dado que también menciona a la mariquita o coccinella (despojada aquí de la doble l latina), sería más o menos la misma en
que Darío escribió ese fragmento de Tierras
solares, o sea, a comienzos de 1904.
Me fui en busca de uno de los mejores
comentarios jamás escritos sobre la poesía de Rubén, a saber, el del argentino
Arturo Marasso, Rubén Darío y su creación
poética[3].
Entre las páginas 227 y 230 de ese libro se habla de «¡Oh, miseria de toda
lucha por lo finito!». Dice Marasso: «En esta poesía Rubén es moralista
ascético, siente la aspiración a lo infinito y a lo eterno, ve lo deleznable de
las cosas terrenas. El poeta mira ahora el alma, piensa como místico cristiano.»
Para citar a continuación el siguiente pasaje de Las moradas del castillo interior de Santa Teresa: «Son las almas
que no tienen oración como un cuerpo tullido […] porque [el alma] tiene tal
costumbre de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias [,,,] que ya
casi está hecha como ellas […] Y si estas almas no procuran entender y remediar
su gran miseria […] no hablemos con estas almas tullidas.» Marasso está
convencido de que hay razones suficientes para creer que Darío escribió su
poema «¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!» a raíz de la lectura de ese
pasaje de Las moradas. A mí no me
parece tan claro. Existe coincidencia léxica, pero no hasta ese punto. A lo
mejor lo que se le pasó por la cabeza a Rubén al escribir este poema, cuyo original
manuscrito tengo a la vista mientras redacto estas líneas, fue lisa y
llanamente la vanidad de todo, eso que en el Eclesiastés figura como vanitas
vanitatum et omnia vanitas, insistiendo en el tema existencial, un tema en
el que, como dice Manuel Mantero[4], Darío es pionero en las
letras castellanas, entendiendo por «existencial» la plena consciencia de que
el hombre es un «ser-para-la-muerte», por decirlo en términos heideggerianos.
Nadie como Rubén para mostrarnos en toda su crudeza y en escenarios líricos
admirablemente diseñados conceptos como la inutilidad de los esfuerzos humanos,
la incertidumbre y el vacío de la existencia humana.
Louis Bourne, el estudioso
norteamericano afincado en España, también dedica un espacio de su libro Fuerza invisible. Lo divino en la poesía de
Rubén Darío[5]
a la composición que nos ocupa. «La alternativa [a esa alma “tullida”] —dice
Bourne— es un alma que mira la gracia pura de la luz cara a cara, / como
el botón de rosa, como la coccinela, / esa alma es la que al fondo del infinito
vuela», por más que «la aspiración de la materia hacia la luz no implica
necesariamente el sentido de gracia con la bienaventuranza». Y continúa Bourne:
«El poeta en todo caso no menciona al Ser Supremo. Volar hacia el fondo del infinito más tiene la
tonalidad abstracta de la teosofía que el convencimiento cristiano.»
¿Cuál
fue el tema central de la obra poética de Rubén Darío y, por tanto, el tema
central de esos Cantos de vida y
esperanza y de ese Canto errante
aparecidos, respectivamente, en 1905 y 1907? Se lo pregunta el gran poeta y
crítico Pedro Salinas en su espléndido ensayo La poesía de Rubén Darío[6]. Y responde sin pestañear:
el erotismo, el afán erótico del hombre. Bástenos recordar un pasaje de la Autobiografía rubeniana: «Hay que saber
lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras cálidas. Están llenas como
de una dulce angustia. Se diría a veces que no hay aire. Las flores y los
árboles se estilizan en la inmovilidad. La pereza y la sensualidad se unen en
la vaguedad de los deseos. Suena el lejano arrullo de una paloma. Una mariposa
azul va y viene por el jardín... Entonces, en la hora tibia, dos manos se
juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se compenetran
mutuos deseos; no se quiere pensar, no se quiere saber si se existe, y una
voluptuosidad milyunanochesca perfuma de esencias tropicales el triunfo de la
atracción y del instinto.»
Si el erotismo es el tema central de la
poesía rubeniana, existen dos subtemas periféricos, pero muy importantes
también: lo social (Rubén fue un poeta social avant la lettre, hizo poesía política, por más que José Enrique
Rodó le echara en cara, ya en 1899, en su librito Rubén Darío. Su personalidad literaria, su última obra[7], que no quisiera ser el
gran cantor de América que América necesitaba) y el arte, la poesía y el poeta
(tema que Darío cultiva con profusión, sirviéndose de ideas entonces en boga
como la supremacía del arte sobre las demás actividades humanas, la defensa de l’Art pour l’Art, la misión del poeta
como profeta y como orfebre de la palabra, el heroísmo del poeta, etc.). Diré
dos palabras tan sólo de lo que a Salinas y a mí nos parece el tema nuclear en
la poesía de Rubén.
El erotismo es, en la lírica rubendariana, fuente de tantas complicaciones psicológicas («creer que un cielo en un infierno cabe», como en el inmortal verso de Lope inserto en el célebre soneto en que pasa revista a los efectos del amor), de tantas situaciones poéticas, que rebasa los límites de lo meramente sensual. El afán erótico domina, sí, de principio a fin, la producción poética de Rubén. Lo que varía son las respuestas a esa solicitud de los sentidos, y los grados de satisfacción que esas respuestas procuran al poeta.
El erotismo es, en la lírica rubendariana, fuente de tantas complicaciones psicológicas («creer que un cielo en un infierno cabe», como en el inmortal verso de Lope inserto en el célebre soneto en que pasa revista a los efectos del amor), de tantas situaciones poéticas, que rebasa los límites de lo meramente sensual. El afán erótico domina, sí, de principio a fin, la producción poética de Rubén. Lo que varía son las respuestas a esa solicitud de los sentidos, y los grados de satisfacción que esas respuestas procuran al poeta.
En
una fase puramente hedonística, el deseo se cumple de forma satisfactoria con
la posesión de lo deseado. En una fase que podríamos llamar exótica, el poeta
se apresura desde el cumplimiento de su deseo a la propuesta de una nueva
tentación, de la lograda posesión a la ilusión de la por venir. Se nota una
cierta aceleración, un ritmo precipitado, una ansiedad que poco o nada tiene
que ver con el sereno disfrute intemporal del goce amoroso. Luego, a partir del
Poema del otoño, adviene la
conciencia clara de la caducidad de lo gozado y de lo gozoso, de lo huidizo de
ese placer que reclama eternidad, pero junto con esa conciencia llega el
intento heroico de vivir a dos vertientes: para la muerte, sí (el Sein-zum-Tode de Heidegger una vez más),
pero a través del amor. Es decir, que ya no dura la capacidad de los sentidos
para satisfacer el afán; lo que dura y perdura es el afán mismo, y la ansiedad
y la angustia, sus fieles compañeras.
Ése es el latido que nunca se apaga en
la lírica de Rubén Darío. Arde el deseo, obtiene su objetivo, se produce la
posesión, pero en seguida llega la conciencia de que allí no se agota todo el
afán. La primera y triste noción que la conciencia y su descubrimiento del
vivir en el tiempo traen a Darío es la insuficiencia de lo erótico para llevar
al hombre a la cumbre de su dicha y al perfecto cumplimiento de su ser. Pero
este desengaño de lo erótico no conduce en modo alguno a la renuncia al
erotismo. El poeta pacta con la derrota: es lo «erótico insuficiente», lo
«erótico insatisfactorio». Se diría que el vate nicaragüense ha leído aquellos
hexámetros de Tito Lucrecio Caro (De
rerum natura, libro IV. La traducción es mía.)[8]:
Y
es que el amante espera siempre
que
el mismo objeto que encendió la llama
que
lo devora, sea capaz de sofocarla.
Pero
no es así. No. Cuanto más poseemos,
más
arde nuestro pecho y más se consume.
Los
alimentos sólidos, las bebidas
que
nos permiten seguir vivos
ocupan
sitios fijos en nuestro cuerpo
una
vez ingeridos, y así es fácil
apagar
el deseo de comer y beber.
Pero
de un bello rostro, de una piel suave
nada
se deposita en nuestro cuerpo, nada
llega
a entrar en nosotros salvo imágenes,
impalpables
y vanos simulacros,
miserable
esperanza que muy pronto se desvanece.
Semejantes
al hombre que, en sueños,
quiere
apagar su sed y no encuentra
agua
para extinguirla, y persigue
simulacros
de manantiales, y se fatiga
en
vano, y permanece sediento, y sufre
viendo
que el río que parece estar
a
su alcance huye y huye más lejos,
así
son los amantes juguete en el amor
de
los simulacros de Venus...
Tal
deficiencia del erotismo no es, ya lo he dicho, lo suficientemente persuasiva
como para que el poeta deje de perseguir la felicidad por vía de los ojos, los
labios y las manos; como para que, apartándose del erotismo, elija nuevos
derroteros. No. Aunque sepa que abrazo y beso no son ninguna puerta a la
eternidad, y ambos estén sentenciados a muerte por el tiempo, el poeta se
resiste a abandonarlos. Stella, su
primera esposa, le había enseñado la escala por donde podría ascender al otro
amor —el buen amor, lo llamaríamos—,
pero Eros sigue ahí, plantado en medio del camino, extraviando a Rubén con sus
seducciones. Eros el burlador. Lo malo y terrible es que todos nosotros, como
Darío, tenemos sangre de sirenas y de tritones, de centauros y satiresas. Eso es
«lo fatal» de nuestra condición humana. Lo erótico, pues, como fatalidad, lo
«erótico fatal». Pero oigámoslo en verso, en el poema precisamente titulado «Lo
fatal», en el que se alude de manera
directa a la íntima relación existente entre Eros y Tánatos, y a la tiranía que
ejercen ambos términos en los seres humanos, especialmente en los espíritus sensibles como Rubén. Dicho
poema clausura, con el número XLI, los Cantos
de vida y esperanza, y todos ustedes se lo saben de memoria (o, si lo
prefieren, par coeur, como diría
Arsène Houssaye):
Dichoso el
árbol que es apenas sensitivo,
y
más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues
no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni
mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser,
y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y
el temor de haber sido y un futuro terror...
Y
el espanto seguro de estar mañana muerto,
y
sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no
conocemos y apenas sospechamos,
y
la carne que tienta con sus frescos racimos,
y
la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y
no saber adónde vamos,
ni
de dónde venimos...![9]
Sin duda, ese poema XLI y último de la sección «Otros poemas»
y, por tanto, del libro entero que se titula Cantos de vida y esperanza, es uno de los más hermosos de la obra
completa de Darío y aborda, además del erotismo y trenzado con él, el mismo
tema de la vanitas del poema XV, o
sea, de «¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!», aunque sirviéndose de un lenguaje mucho más fresco
y menos alambicado que el utilizado en este último.
Lo
erótico, a fuer de fatal, se apodera del hombre, lo hace suyo. Así, cuando,
atraído por la voz del ruiseñor de Stella,
el poeta intenta romper con su Eros demoníaco, éste resiste los embates y
envites de su antagonista y no acaba de ser expulsado. La razón de ser de la
vida es, quizá, este combate del que lo único seguro que sabemos es que ninguno
de los dos contendientes obtendrá una victoria definitiva, pero que no por ello
deja de producirse. Una lucha patética e inútil que explica la tristeza abismal
de la diosa del amor en «Venus», una de los poemas añadidos en la segunda
edición de Azul (1890):
«¡Oh,
reina rubia! —díjele—, mi alma quiere dejar su crisálida
y
volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y
flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y
en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»
El
aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus,
desde el abismo, me miraba con triste mirar.[10]
Esta
tensión agónica puede verse perfectamente en la preciosa composición de Prosas profanas titulada «El reino
interior», en el que asistimos a una singular pugna entre siete hermosísimas
princesas —las Virtudes— y siete príncipes muy bellos —los Pecados capitales—;
al final, el poeta, se rinde y exclama: «¡Princesas, envolvedme con vuestros
blancos velos! / ¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!». Es lo
«erótico agónico», según Salinas, lo erótico que lucha por no morir. Nada
distingue mejor a la poesía rubeniana que ese sentimiento agónico del erotismo.
Los
frutos del erotismo agónico son siempre ácidos: dudas, lucha interior,
aflicciones, desgarramientos. Todo aquello que suele asociarse con el erotismo
en poesía: lo gracioso, lo placentero, los deseos saciados y la vida fácilmente
dichosa, aunque tengan su representación en la lírica de Rubén (piénsese en la
«divina Eulalia» que inaugura Prosas
profanas), van pasando a un segundo término, se van convirtiendo en
personajes secundarios, pues tienen que compartir la escena con los auténticos
protagonistas, que son la angustia y el horror. Lo erótico, pues, se vuelve
«trágico».
Nada
hay en Rubén de ese erotismo que crea su propio recinto de goces, aislado del
exterior, indiferente a la tragedia de la vida. Góngora, en su romance de
«Angélica y Medoro» lo explicaba, siguiendo a Ariosto, en maravillosos
octosílabos: «Todo sirve a los amantes / ... / Los campos les dan alfombras, /
los árboles pabellones, / la apacible fuente sueño, / música los ruiseñores.»
Ese postmoderno «todo vale» que pudiera lucir como leyenda en el blasón par excellence de los enamorados, no
funciona para Rubén. Su erotismo insatisfactorio y fatal, agónico y trágico
sólo podría conducirle, como sola liberación, al campo de la trascendencia.
«Rubén —nos dice Pedro Salinas— fue siempre un poeta erótico; lo hermoso y
profundo de su lírica está en su manera de vivir lo erótico en todas sus
modalidades, gozosamente, angustiadamente, en su haz de carne divina, en su
envés de esqueleto desengañador, ahora como juego, después como martirio.» Al
final, la poesía de Rubén Darío, que no ha sido nunca capaz de referir la
anécdota esencial que cuenta Góngora de Angélica y Medoro, porque se lo
impedían, por una parte, el amaneramiento pseudodieciochesco y, por otra, la
locura destructiva, consigue, a fuerza de sufrimiento, acceder a un terreno de
vertiginosas alturas donde sopla la brisa de la purificación. Es lo «erótico
trascendente», que tanto tiene que ver con el Ewigweiblich salvífico del final del Fausto de Goethe. Como muestra, valdrán los tercetos finales del
poema «Visión», de El canto errante:
Ella, en acto de gracia, con la mano
me
mostró de las águilas los vuelos,
y
ascendió como un lirio, soberana,
hacia
Beatriz, paloma de los cielos.
Y
en el azul dejaba blancas huellas
que
eran a mí delicias y consuelos.
¡Y vi que me miraban las
estrellas![11]
Tengo para mí que desde el poema I de
la sección primera del libro Cantos de
vida y esperanza, los cisnes y otros poemas (1905), precisamente el que
comienza con los versos «Yo soy aquel
que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana», hasta el último de la sección tercera, o sea, el
celebérrimo «Lo fatal»,
Rubén nos conmueve y exalta hasta límites insospechados, dando cauce libre en
estos versos, mucho más que en los de Azul
o Prosas profanas, a su tumultuosa
personalidad, hecha a la vez de gozo y de culpa, de ambigüedades y temores. Y El canto errante (1907) es una dignísima
continuación de los Cantos… cuidados
por Juan Ramón y aparecidos por primera vez en 1905.
En El
canto errante figura, por ejemplo, el poema que elegí de Rubén para formar
parte de mi antología Las cien mejores
poesías de la lengua castellana[12], ni más ni menos que las
siete partes de la «Epístola a la
señora de Leopoldo Lugones», maravilloso
y coloquial repaso autobiográfico escrito en la isla de Mallorca en 1906, hace
poco más de cien años. De modo que la «Epístola» a Juana de Lugones se hallaba recién salida del
horno creativo cuando pasó a enriquecer el contenido de El canto errante.
Otros poemas hay, hermosísimos, en ese
libro. La «Salutación al águila».
por ejemplo, escrita en Río de Janeiro también en 1906, en la que aboga por
difundir el espíritu del águila estadounidense entre los países
hispanoamericanos, tan necesitados de su espíritu laborioso y emprendedor,
complementando y atemperando el discurso antiyanqui de la oda «A Roosevelt», perteneciente a Cantos de
vida y esperanza. O la bellísima «Canción
de los pinos», una de las piezas más personales de Darío, de la
que copio las dos estrofas finales:
Románticos
somos… ¿Quién que es no es romántico?
Aquel que no sienta ni amor
ni dolor,
aquel que no sepa de beso y
de cántico,
que se ahorque en un pino:
será lo mejor…
Yo, no. Yo persisto.
Pretéritas normas
confirman mi anhelo, mi ser,
mi existir.
¡Yo soy el amante de ensueños
y formas
que viene de lejos y va al
porvenir![13]
Tras
la «Epístola a Madame de Lugones», es el poema «Eheu!», escrito también durante la estancia de Rubén en
Mallorca en 1906, mi preferido de
cuantos alberga El canto errante.
Vuelve sobre los temas «existenciales» a los que hacía referencia Mantero en su libro de
1971 y que presidieron la creación de «Lo
fatal». Creo que este recordatorio rubeniano no podría
terminar mejor que recordando las estrofas de «Eheu!»:
Aquí, junto al mar latino,
digo la verdad:
siento en roca,
aceite y vino
yo mi antigüedad.
¡Oh, qué anciano
soy, Dios santo,
oh, qué anciano
soy!…
¿De dónde viene mi
canto?
Y yo, ¿adónde voy?
El conocerme a mí
mismo
ya me va costando
muchos momentos de
abismo,
y el cómo, y el
cuándo…
Y esta claridad
latina,
¿de qué me sirvió
a la entrada de la
mina
del yo y el no yo…?
Nefelibata contento
creo interpretar
las confidencias del
viento,
la tierra y el
mar...
Unas vagas
confidencias
del ser y el no ser,
y fragmentos de
conciencias
de ahora y ayer.
Como en medio de un
desierto
me puse a clamar;
y miré el sol como
muerto
y me eché a llorar.[14]
[1] Manejo la edición de Managua,
editorial Nueva Nicaragua, 1988, p. 91.
[2] Madrid, Alianza Editorial, 2004,
p. 117.
[6] Buenos Aires, Losada, 1948, passim.
[7] Montevideo, Imprenta de
Dornaleche y Reyes. Heredé este precioso librito de la nutrida biblioteca de mi
bisabuelo, Carlos Luis de Cuenca.
[8] Véase L. A. de Cuenca y A.
Alvar, Antología de la poesía latina,
Madrid, Alianza Editorial, 2004, p. 24.
[9] Cantos de vida y esperanza, ed. J. C. Rovira, p. 152.
[10] Rubén Darío, Obras poéticas completas, ordenación y
prólogo de Alberto Ghiraldo, Madrid, Aguilar, 1937, p. 574.
[11] El canto errante, Madrid, Biblioteca Nueva de Escritores Españoles,
M. Pérez Villavicencio, Editor, 1907, p. 59.
[13] El canto errante, Madrid, 1907, p. 99.



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