Notas
sobre algunos símiles de los Amores que
Ovidio utiliza para hacer visibles sus sentimientos y los de su amada, y
posibles modelos y adaptación de los mismos.
Palabras
Clave: Ovidio, Amores, Similitudines.
El texto es hoy el único escenario
para representar ante mí mismo
imágenes cambiantes de mi vida
y fragmentos perdidos de mi idea
de lo que creo que fue la Antigüedad
Porque
compartimos la idea bellamente expresada por nuestro querido amigo Jaime Siles
en “A. E. Housman acaba su edición de Manilio”, de Pasos en la nieve, queremos ofrecerle unas notas a algunos pasajes
de los Amores de Ovidio a los que,
sin duda, se les puede aplicar esa idea de que el poeta en su texto representa
ante sí mismo imágenes cambiantes de su vida.
El
creador de los cambios, el transformador de géneros, el poeta que convirtió el
poema épico que según las normas de la poética (Hor. AP 73) debía cantar res gestae regumque ducumque et tristia
bella en un entrelazado de influjos de diversos géneros, en un intertexto
de leyendas y narraciones, en un perpetuum
mutabile, ya había ejercitado el arte de la transformatio en los Amores,
lo que supuso la creación de una novedosa colección de elegías amorosas en las
que la amada Corina, una puella
fictionalis, es crisol de todas las dominae
de los poetas que están sometidos al servitium
amoris.
Uno
de sus procedimientos compositivos para expresar la luz, el color, el amor y el
dolor es la similitudo.
Como
si intuyera la afirmación de H. Fränkel (Die
homerische Gleichnisse, Göttingen, 1921, 103) de que el símil épico es “ein
Fenster zur Realität”, una ventana a la realidad, Ovidio en Amores 1.5, 3–6, entreabre la ventana de
su alcoba y utiliza un símil para hacer partícipe al lector de sus sensaciones,
pues el mejor modo de percibir la amoenitas
del lugar y del momento:
pars adaperta fuit, pars altera clausa
fenestrae,
quale fere silvae lumen habere solent,
qualia sublucent fugiente crepuscula Phoebo
aut ubi nox abiit nec tamen orta dies.
“Parte
de la ventana estuvo abierta, otra parte cerrada, cual la luz que más o menos
suelen tener los bosques, cual tenue brilla el crepúsculo con Febo en fuga, o
cuando la noche se ha ido y sin embargo el día no ha nacido.”
El
políptoton, casi anáfora, de quale...
qualia refuerza el juego aliterante que sirve para subrayar, con el resto
de los sonidos de los dos versos, la casi luz–casi oscuridad de la estancia
que, gracias a la comparación, es percibida como un locus amoenus.
En
esa semipenumbra sestea Ovidio cuando irrumpe Corina en la estancia, vv. 9–12:
ecce, Corinna venit tunica velata recincta,
candida dividua colla tegente coma,
qualiter in thalamos formosa Sameramis isse
dicitur et multis Lais amata viris.
“He
aquí que llega Corina cubierta con una túnica desceñida, cubriendo su blanco
cuello su melena partida en dos, cual se dice que fue al tálamo la hermosa
Semíramis y Lais por muchos hombres amada”.
Creemos
que qualiter no es tan sólo el resultado
del uso de una figura retórica, sino que está buscado para mantener el recuerdo
del escenario que ha sido explicado con quale...
qualia, lugar en el que destaca el resplandor de la joven, e incluso su
actitud (que nada tiene que ver con las jóvenes pudorosas de vv. 7–8), pues el
poeta compara el cuidado desaliño de su puella
con el de mujeres especialmente famosas que se han convertido en paradigma de
belleza, para que los lectores del poema no duden (no dudemos) de la hermosura
de Corina: semejante a la reina babilonia Semíramis cuando se unía a Nino y
semejante a la incomparable cortesana Lais. El humor de Ovidio es claro: Corina
lo mismo es una reina que una cortesana. La alusión a las bellas mujeres del
mito, de la leyenda o de la historia es un tópico de la elegía erótica; en este
caso al mencionar a Lais, Ovidio rinde homenaje a Propercio 2.6, 1–2 (Non ita complebant Ephyraeae Laidos aedes,/
ad cuius iacuit Graecia tota fores), quien se hacía eco de tantos epigramas
dedicados a esta hetera, en especial de los dos primeros versos del epigrama
atribuido a Platón, Anth. Gr. 6.1:
Ἡ
ζοβαρὸν γελάζαζα καθ΄ Ἑλλάδος, ἡ ηὸν ἐραζηῶν
ἑζμὸν
ἐνὶ προθύροις Λαῒς ἔτοσζα νέων,
“La
altanera objeto de risa en la Hélade, la que tenía un enjambre de jóvenes
enamorados ante sus puertas, yo Lais”.
Y
a través de ese homenaje a Propercio evoca tantos epigramas, que, como éste,
contrastan la belleza y dominio sobre los hombres de la joven, frente a la
decrépita cortesana en que se convirtió, para advertir a Corina que él puede
ser el rey Nino y, por lo tanto, que ella mantendrá siempre el encanto del que
hizo gala la reina, o uno de ricos los amantes de Lais, enumerados, entre
otros, por Ateneo 13.588c–589a, Aristipo o Diógenes o Demóstenes, que
despreciaron a la vieja Lais.
Muy
distintos son los sentimientos que Ovidio transmite en Amores 1.7; ya no es un encuentro amoroso a la hora de la siesta
sino la declaración de su arrepentimiento por haber pegado a la domina; describe el estado en que la
joven se encuentra y, para que la audiencia perciba claramente su sentir y cuál
es la apariencia de Corina, el poeta vuelve a valerse de símiles. Confiesa su
furor por haber golpeado a su amada y, tras evocar las locuras de Áyax
Telamonio y de Orestes, se centra en la belleza de Corina, que incluso tras
haber sido humillada y maltratada físicamente sigue siendo hermosísima, y la
compara, mediante talem y talis, con dos heroínas de la mitología,
13–16:
Maenalias arcu sollicitasse feras;
talis periuri promissaque velaque Thesei
flevit praecipites Cressa tulisse Notos;
“Así
era de hermosa; tal que la hija de Esqueneo, diría, perseguía con su arco a las
fieras del Ménalo; tal cual lloró la Cretense las promesas y las velas del
perjuro Teseo, que los rápidos Notos arrebatasen”.
La
referencia a la belleza de Atalanta es una confesión de que Corina ha tenido
que correr, pero al contrario que la joven cazadora, no por perseguir a un
animal sino por ser perseguida por el fiero amante; la comparación con Ariadna
tiene una gran carga alusiva, pues en la mente de los lectores están las
palabras de Catulo (64), en que la joven hija de Minos, sin cuidarse de su
aspecto, muestra su dolor y decepción por haber sido abandonada en Naxos por
Teseo, lo que indica ya no una violencia física, sino un maltrato psicológico.
Con
una fuerte variatio, con el adverbio sic, continúa la comparación, siendo
esta vez muy dura la imagen, ya que Corina es puesta en parangón con Casandra,
cuando refugiada en el templo de Minerva es arrastrada por Áyax, el hijo de
Oileo, quien comete así un nefando sacrilegio, según ya aparece en la Iliupersis de Arctino, recogida por
Proclo, y también mencionan Pausanias y Quinto de Esmirna; tal deshonra la
evoca en vv. 17–18:
sic, nisi vittatis quod erat, Cassandra, capillis,
procubuit templo, casta Minerva, tuo.
“así,
si no fuera porque estaba con los cabellos sujetos con las cintas de
sacerdotisa, Casandra se postró, virginal Minerva, en tu santuario.”
La
gran violencia ejercida por Ovidio contra su amada es evidenciada por otro
símil en los versos 51–52, donde el lamentable aspecto que presenta la lacerada
puella, después de que Ovidio le ha
tirado del pelo y arañado sus mejillas, es comparado, mediante qualia, con el mármol de Paros:
Adstitit illa amens albo et sine sanguine
vultu,
caeduntur Pariis qualia saxa iugis;
“Se
detuvo ella fuera de sí y sin sangre en su blanco rostro, como las piedras que
se cortan en las colinas de Paros”.
Es
interesante destacar que el modelo del símil, en este caso no épico, sin duda
hay que buscarlo en Teócrito 6.38: λεσκοηέραν αὐγὰν Παρίας... λίθοιο (“brillo
más blanco que el de la piedra de Paros”), a quien, si bien en un contexto
totalmente distinto, siguió Hor. Carm. 1.19, 5–6: urit me Glycerae nitor/ splendentis Pario marmore purius (“me
abrasa el resplandor de la brillante Glícera, más puro que el mármol Pario”).
Con todo, la lírica griega, tal como señala E.G. Wilkins (“A Classification of
the similes of Ovid”, CW 25, 1932, 76), podría haber provisto a Ovidio de un
modelo temático, pues Pind. Nem. 4.81 presenta como objeto de comparación una
estela, no una mujer: ζηάλαν... Παρίοσ λίθοσ λεσκοηέραν (“una estela más blanca
que el mármol Pario”).
Otro
nuevo símil, dentro de la misma elegía, es el que se desarrolla en los versos
53–56 para, mediante ut, hacer más comprensible cómo tiemblan los heridos
miembros de la joven comparados con las copas de los álamos, la caña y la
cresta de la ola, movidas por los distintos vientos:
exanimis artus et membra trementia vidi,
ut cum populeas ventilat aura comas,
ut leni Zephyro gracilis vibratur harundo
summave cum tepido stringitur unda Noto;
“su
cuerpo sin vida y los temblorosos miembros yo vi, como cuando las copas de los
álamos la brisa sacude, como con un suave Zéfiro se estremece la flexible caña,
o cuando la cresta de la ola es rozada por el tibio Noto”.
Una
situación similar, puesta en boca de la Danaide Hipermestra, pero sin que haya
un maltratador, la vemos en Her. 14.39–40: ut
leni Zephyro gracilis vibrantur aristae,/ frigida populeas ut quatit aura comas
(“como con un suave Céfiro las flexibles espigas se estremecen, como la
fría brisa agita las copas de los álamos”), donde, si aceptamos la
posterioridad de Heroidas con
respecto a Amores, el poeta refunde
los vv. 55–56 de esta elegía 1.7. En ambos casos el símil es de clara raigambre
iliádica, pues en Il. 2.144–149 y en
7.63–66, hay semejanzas de las comparaciones, si bien con la diferencia en
cuanto a lo que se compara, ya que en Il.
2.144–149 es toda una asamblea la que sufre el movimiento tras las palabras de
Agamenón y en 7.63–66 son el conjunto de Aqueos y Troyanos, al sentarse para
oír las palabras de Héctor, los que asemejan tal movimiento. Y Ovidio adapta
con gran maestría este símil épico para poner de manifiesto cómo tiembla su
amada tras el furioso ataque del que la ha hecho víctima.
También
el llanto de la joven maltratada es objeto de otra similitudo en 1.7, 57–58:
suspensaeque diu lacrimae fluxere per ora,
qualiter abiecta de nive manat aqua.
“Y,
retenidas durante mucho tiempo, las lágrimas se deslizaron por su cara cual el
agua al derretirse la nieve fluye”.
Una
imagen bellísima para la que Ovidio tiene como modelo de nuevo un símil
homérico, éste proveniente de Od. 19.205–209,
en el que están también los vientos Euro y Zéfiro, con lo que podemos pensar
que todo el pasaje ha influido en esta comparación y en la anterior; con todo,
podría no haber sido una adaptación directa, sino con Theocr. 7.76 como
intermediario: τιὼν ὥς... μακρὸν ὑθ΄ Αἷμον (“cual la nieve al pie del alto
Hemo”).
No
hay dolor, sino admiración por la belleza de la amada en cualquier situación, en
1.14, 21–22:
tum quoque erat neglecta decens, ut Thracia
Bacche,
cum temere in viridi gramine lassa iacet.
“Entonces,
incluso en despreocupada, era hermosa, como la
Bacante
Tracia cuando, a la ligera, en el verde césped fatigada reposa”.
Corina,
aun sin peinar, mediante ut y en un
breve símil es comparada a una Bacante tracia, lo que constituye un tema muy
repetido (ya en Cat. 64.61) en el conjunto de los símiles ovidianos.
En
Amores 2.4, 8 Ovidio se confiesa
fácil blanco para las flechas del Amor e ilustra su facilidad para dejarse
enamorar con un escueto símil, introducido por ut:
auferor, ut rapida concita puppis aqua.
“Soy
arrastrado como una nave empujada por impetuosa agua”
En
Amores 2.5 el poeta deja salir de su
alma sus quejas, porque ha sido testigo de la infidelidad de su amada, y se vale
de un símil múltiple introducido por quale...
aut quale... aut... aut... ille, que está asociado a una priamel, un procedimiento ya común desde
Homero como W.H. Race (The classical
Priamel from Homer to Boethius, Leiden, 1982, 27–28) pone de relieve, si
bien no recoge ni Am. 1.10, 1–8,
donde también se unen símil y priamel,
ni Am. 2.5, 35–42:
subrubet, aut sponso visa puella novo;
quale rosae fulgent inter sua lilia mixtae
aut, ubi cantatis, Luna, laborat equis;
aut quod, ne longis flavescere possit ab annis,
Maeonis Assyrium femina tinxit ebur;
his erat aut alicui color ille simillimus horum,
....et numquam casu pulchrior illa fuit.
“Como
el cielo teñido por la esposa de Titono se sonroja, o la doncella al ser
contemplada por su flamante esposo; como brillan las rosas entre los lirios
mezcladas, o cuando la Luna se debilita con sus encantados corceles, o el
marfil Asirio que tiñe la mujer Meónide, para que no pueda amarillearse con el
paso de los años; muy semejante a éstos o alguno de éstos era ese color y ella
nunca estuvo más hermosa por azar”.
Esta
conjunción de priamel y símil la
utiliza Ovidio para dejar muy claro cuál era el color del rostro de su amada
cuando escuchó los reproches que le lanzó para recriminar su infidelidad; el
modelo para este recurso se remonta a la épica homérica, si bien con
intermediarios. En efecto, que aparezca el cielo sonrojado por obra de la
Aurora es un tópico que arranca de Homero, pero que enrojezca una novia al
contemplar a su marido proviene del Corp.
Tib. 3.4, 29–34, si bien Lígdamo insiste en la oposición del blanco y el
rojo:
Candor erat, qualem praefert Latonia Luna
et color in niveo corpore purpureus,
ut iuveni primum virgo deducta marito
inficitur teneras ore rubente genas,
et cum contexunt amarantis alba puellae
lilia et autumno candida mala rubent
“Su
blancura era como la que ofrece la Latonia Luna y un color purpúreo en su
cuerpo de nieve, como la doncella conducida por primera vez a su joven marido
tiñe las suaves mejillas en su ruborizado rostro y cuando trenzan con amarantos
las muchachas los blancos lirios y en otoño las blancas manzanas enrojecen”.
Y
el propio Ovidio repetirá el tópico en Met. 3.483–485 y 4.331–333, como muy
bien apunta A. Zingerle (Ovidius und sein
erhältnis zu den orgängern und gleichzeitigen romischen ichtern,
Hildesheim 1967, vol. I, 115).
Para
el resto de las comparaciones es clara la influencia de Verg. Aen. 12.67–69:
Indum sanguine veluti violaverit ostro
si quis ebur, aut mixta rubent ubi lilia
multa
alba rosa, talis virgo dabat ore colores.
“Como
si alguien ha manchado el marfil indo con púrpura de sangre, o cuando enrojecen
los blancos lirios mezclados con muchas rosas, de igual modo la doncella
ofrecía tales colores en su rostro”.
Y
también la de Prop. 2.34, 51–52: harum
nulla solet rationem quaerere mundi/ nec cur fraternis Luna laboret equis (“Ninguna
de éstas suele preguntar por el orden del empíreo ni por qué la Luna se
debilita con los caballos de su hermano”).
Pero,
en el origen del símil está el pasaje del libro IV de la Ilíada donde el teñido del marfil a manos de una mujer Meonia o
Caria sirve para comparar los miembros de Menelao cubiertos de sangre, versos
141–142 y 146–147:
Ὡς
δ΄ ὅηε ηίς η΄ ἐλέθανηα γσνὴ θοίνικι μιήνῃ
Μῃονὶς
ἠὲ Κάειρα παρήϊον ἔμμεναι ἵππων·
...
ηοῖοί
ηοι Μενέλαε μιάνθην αἵμαηι μηροὶ
εὐθσέες
κνῆμαί ηε ἰδὲ ζθσρὰ κάλ΄ ὑπένερθε.
“Como
cuando tiñe el marfil con púrpura una mujer Meonia o
Caria
para el arnés de un tiro de caballos... así, Menelao,
se
te tiñeron de sangre los bien formados muslos,
las
pantorrillas y los bellos tobillos debajo”.
Con
lo que es evidente que Homero proporciona el contenido del símil, pero no la
motivación del mismo.
Cuando
en Amores 2.9 Ovidio, que al
principio ha suplicado a Cupido que deje de asediarlo puesto que ya lo tiene
sometido, pero termina reconociendo su dominio, evidencia mediante un largo
símil, introducido por ut... ut... sic,
de qué modo siempre lo arrastra el soplo del dios del amor, en los versos
29–34:
ut rapit in praeceps dominum spumantia frustra
frena retentantem durior oris equus,
ut subitus prope iam prensa tellure carinam
tangentem portus ventus in alta rapit,
sic me saepe refert incerta Cupidinis aura
notaque purpureus tela resumit Amor.
“Como
arrastra al precipicio el caballo de muy duro bocado a su dueño, quien en vano
sujeta las riendas llenas de espuma, como un viento repentino devuelve a alta
mar la barquilla que toca puerto con la tierra ya casi alcanzada, así a mí a
menudo me lleva de un lado a otro la vacilante brisa de Cupido y el Amor de
color púrpura vuelve a coger los dardos conocidos”.
Los
dos temas utilizados, el caballo que no puede ser refrenado y el viento que
aleja de su amarre a la barquilla, tienen su claro precedente en varios pasajes
lucrecianos, en algunos de los cuales hay símil y en otros no: en De rer. nat. 4.901–902 con un exemplum intenta demostrar cómo pequeños
corpuscula pueden maniobrar un gran cuerpo: quippe
etenim ventus subtili corpore tenuis/ trudit agens magnam magno molimine navem;
en 5.1316–1317, al hablar del arte de la guerra y presentar la utilización de
los leones, describe el espanto de los caballos: nec poterant equites fremitu perterrita equorum/ pectora mulcere et
frenis convertere in hostis, tema también recogido, con diferente
motivación, por Ovidio; y en 6.1032, en forma de símil esta vez, al hablar del
magnetismo y de la fuerza del aire, Lucrecio dice: quasi navem velaque ventus.
Si
bien es claro el influjo lucreciano, también pudo haber buscado Ovidio su
inspiración en Virgilio, pues en Georg.
1.512–514 leemos:
ut
cum carceribus sese effudere quadrigae
addunt
in spatia, et frustra retinacula tendens
fertur
equis auriga neque audit currus habenas.
“Como las cuadrigas cuando han huido de las
barreras se lanzan a campo abierto y en vano tirando de las bridas es arrastrado
el auriga por los caballos y el carro no obedece las riendas”.
Es
evidente que no hay un modelo único de trabazón de los temas y menos aún del
símil en su totalidad, ni en poetas griegos ni en vates romanos, por lo que la
originalidad de Ovidio debe ser puesta de relieve.
Una
originalidad que es constante en los símiles, pues sean cuales sean sus
modelos, sus fuentes, en la mayoría de las ocasiones símiles épicos, a veces
adaptados en la lírica griega o en la poesía latina anterior, él siempre los
adapta al contexto amoroso y, siendo como es el praeceptor amoris, se convierte también en el maestro de la conversión
de los recursos de géneros sublimes a la tenuis
Musa; algo de lo que hemos querido ofrecer unas pinceladas.
María C. ÁLVAREZ &
Rosa Mª IGLESIAS
Universidad de
Murcia
*NOTA: El presente artículo apareció en la revista Liburna nº4 en
Noviembre de 2011. Las autoras lo dedicaron al poeta y Filólogo Clásico
Jaime Siles. Ahora, lo ceden a la revista La Galla Ciencia para nuestra
sección de HOY FIRMA. Gracias a las dos por compartir con nosotros y
nuestros lectores esas pinceladas de Ovidio y sus Amores.

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