¿Fiestas paganas o cristianas?
El solsticio de
invierno (23, 24 de diciembre) fue, desde muy antiguo, una gran fiesta pagana
relacionada con el nacimiento de los dioses solares: Osiris e Isis nacieron en
tales días. También Mitra (un dios iranio, adoptado por el panteón romano y de
culto muy popular entre los soldados) nació en esas fechas. Para colmo, y con
gran auge a partir del reinado de Aureliano, el 25 de diciembre se celebraba la
gran fiesta del Sol Invicto… ¿Puede extrañarnos que en este contexto de
festividades mayores, los cristianos hiciesen nacer a Cristo la noche del 25 de
diciembre, esperando con la Natividad eclipsar tanto sol pagano? Bien que en
fechas similares –apenas una semana antes de nuestras actuales fiestas- los
romanos celebraban durante siete días las Saturnales, celebraciones en honor de
Saturno y de la Edad de Oro. Como en nuestro gastado “día de los Inocentes”,
los criados entonces podían tomar el papel de los amos y hacerles burla y todos
los papeles cambiaban, incluso los roles sexuales. Eran fiestas a menudo
orgiásticas, de grandes comilonas y despilfarros. Pero aún hay más: en esos
días los romanos celebraban también las Opales, fiestas en honor de la misterios Ops, diosa de la buena suerte y de la abundancia. (¿Tendrá algo que
ver con ella la celebérrima Lotería de Navidad?) En el final de las Saturnales
la ciudad se convertía en una gran orgía burlesca. (¿Por qué hay algo de
carnaval, confeti, serpentinas, antifaces, el día último de año?). Ese último
día del año los romanos conmemoraban también las Strenas, diosa que preside el
nacimiento del Año Nuevo y que se celebra con fuegos y bullicio. Es una fiesta
catártica, de renovación. Lo antiguo (lo pasado) debe quedar atrás.
Los helenos
habían celebrado días antes el Hâloa, fiesta en honor de Demeter, y por
extensión campesina de Dioniso: Había procesiones fálicas y mascaradas
nocturnas, entre vino y antorchas… No hace falta haber leído “La rama dorada”,
el libro clásico de James Frazer sobre la trasmutación de los cultos paganos en
cristianos o el hermoso y más breve “Teofanía” de Walter F. Otto, para darse
cuenta de qué paganos seguimos siendo en estas fiestas tan supuestamente
cristianas, aunque sólo las vivan como tales una minoría. ¿En realidad no está
ocurriendo hoy a la inversa de lo que aconteció en el Imperio Romano a partir
del siglo II? Si entonces los ritos paganos empezaron a tener para algunos lecturas
cristianas, hoy (por influencia anglosajona, protestante, y por el terrible
consumismo capitalista) el antiguo “espíritu de la Navidad” parece batirse en
retirada, y son los cultos paganos –que vivían escondidos- los que están
retornando. En el fin de año inmediato (y qué sino desearles lo mejor) el dios
cristiano se reserva para los fieles muy piadosos, la gran mayoría con uvas,
cava, champán y discotecas con cotillón o algún otro alucinógeno, hasta el
alba, invoca mejor a la aparentemente poderosa diosa Fortuna, y parece que
tienen más presente al terrible emperador Cómodo (asesinado por un atleta que entrenaba con él un 31 de
Diciembre) que al San Silvestre papa, que celebra el mismo día la Iglesia, y a quien la tradición atribuye el bautismo de Constantino:
Murió el 31 de diciembre de 355. Al menos en estos días –la segunda mitad de
diciembre- no hay duda de que el cristianismo es sólo un telón de fondo, cada
vez más desvaído. ¿Asistimos, casi inadvertidamente, a un retorno del
paganismo, que no se fue nunca del todo?





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