La poesía suburbial de Pío
Baroja
“Locura, humor, fantasía,
ideas crepusculares,
versos tristes y vulgares,
eterna melancolía,
angustias de hipocondría,
soledad de vejez,
alardes de insensatez,
arlequinada, zozobra,
rapsodias en donde sobra
y falta mucho a la vez.”
ideas crepusculares,
versos tristes y vulgares,
eterna melancolía,
angustias de hipocondría,
soledad de vejez,
alardes de insensatez,
arlequinada, zozobra,
rapsodias en donde sobra
y falta mucho a la vez.”
Con estos versos
abre y define Pío Baroja en un “Prólogo un poco fantástico” el testimonio
poético tardío de un excelente y acreditado novelista que a los 71 años decide
ser poeta con la publicación de Canciones
del suburbio (1944). Ya de por sí este hecho resulta cuando menos
sorprendente, y así lo atestigua su amigo y compañero de generación Azorín en
el prólogo que hizo a este volumen (1); pero más insólito es que – como ya señalara
Cecilio Alonso (2) – un escritor canónico del siglo XX, omitiendo la “sagrada
virtud” de la originalidad, en lugar de acudir a un lenguaje innovador para
representar un mundo degradado – como, por ejemplo, hiciera por las mismas
fechas Dámaso Alonso con Hijos de la ira
-, se conforme con “materiales de desecho de la tradición popular romántica –
romances, tangos, seguidillas o silvas maltratadas con resonancias agudas -,
retocados con manidos tópicos de la imagenería simbolista”. Así es, el caso de
Baroja poeta es tan insólito como el de Rimbaud poeta, pero al revés: éste
revolucionó y alcanzó las más altas cumbres de la poesía antes de los veinte
años y después dejó de escribir para siempre; aquél no hizo ninguna incursión
en el género lírico hasta después de los sesenta años y los resultados distan
mucho de la calidad alcanzada en el ámbito de la narrativa. El propio Baroja se
vio en la necesidad de justificar la publicación de Canciones... con una breve “Explicación” en la que confiesa que
tras haber leído los versos no comprende “si vale la pena publicarlos”, le
parecen “decadentes y, al mismo tiempo, defectuosos, productos de vejez y
neurastenia”, y añade que se siente incapaz para corregirlos por no tener
“norma clara para ello”. En los versos iniciales, como podemos comprobar más
arriba, habla de “versos tristes y vulgares”, de “alardes de insensatez”, de
“rapsodias en donde sobra / y falta mucho a la vez”.
Ahora bien, cabe
preguntarse si estas justificaciones responden a una sincera y consciente voluntad
del autor de reconocer sus limitaciones poéticas o simplemente son una argucia,
también consciente, para entroncar esta poesía dentro de la tradición popular –
incluso de la literatura de cordel, a la que él era muy aficionado-, que, por
su naturaleza oral, suele estar salpicada de incorrecciones, ripios, medidas y
licencias forzadas, etc; “baladas perdidas”, como las llama Azorín (1),
alentadas por un espíritu realista y espontáneo, popular y pretérito. Lo cierto
y verdad es que estas Canciones del
suburbio, lejos de convencer, encontraron el rechazo generalizado de la
crítica, sobre todo más joven (2), y un poeta como Pedro Salinas (3) acusó al
autor de incurrir en lo más “opuesto que existe a lo verdaderamente popular” y
“aplebeyar” el romance glorificado por Juan Ramón y García Lorca. Otro gran
poeta, José Hierro, en su excelente artículo “Baroja poeta” (4) se pronuncia en
esta línea: “Cuando quiere ser popular, descubre sus tremendas raíces
burguesas. Odia lo popular, y acentúa su desprecio confundiéndolo con lo
plebeyo”. Habla de “tentativa fallida”, sólo admisible como “documento humano”,
en el que la forma no está justificada por el tratamiento del tema (asuntos no
pocas veces tabernarios y suburbiales), de hecho el efecto grotesco de sus composiciones
“no nace de lo grotesco del tema, cuando lo es, sino de un inadecuado
tratamiento”. Según el autor de Cuaderno
de Nueva York, a Baroja la técnica de hacer versos se le escapa, el verso
le viene ancho y por eso “lo rellena” de la forma menos inteligente, “la que
coincide con el final del verso y muestra... lo forzado de su nacimiento: el
ripio”. Nos asalta un nuevo interrogante, ¿esto lo hace Baroja – avezado lector
de poesía – por socarronería, como indica Hierro, o como sincero afán de
recuperar el pasado popular - como señala Azorín (1) – adquiriendo en la forma
la “torpeza” y la espontaneidad del versificador callejero, en un voluntario
“lirismo de tono menor” (5)? Tal vez, como escribió Juan Pedro Quiñonero (6),
se esconda detrás una voluntad estética transgresora no reconocida e
incomprendida entonces. Si esto es así, los rasgos que conformarían la estética
y el estilo de Canciones del suburbio
serían: la espontaneidad generadora de versos forzados y evidentes deficiencias
formales; la apropiación de esquemas métricos propios de la literatura de
cordel; el tono de “las breves baladas de los tipos de antaño”, que lo
emparejarían, según Azorín (1), con Villon y Verlaine – para Hierro la supuesta
influencia de Verlaine, estudiada posteriormente por Nieves Urdiroz (7), se
traduce en “fórmulas expresivas mostrencas... aprendidas en poetas de estirpe
verleniana, poetas menores que sólo tomaron lo accidental que hay en la obra
del inmenso poeta Verlaine” - ; y características propias del estilo lingüístico
de la prosa de Pío Baroja – estudiadas, entre otros, por Felix Bello Vázquez
(8) -: periodos cortos, escritura desaliñada y aparentemente descuidada ( en el
caso de la poesía, forzada algunas veces por imperativos métricos), economía
expresiva, impresión descriptiva, tempo narrativo rápido, selección de un
léxico que degrada la realidad a tono con la actitud pesimista del autor, etc.
Por otro lado, hay un punto en el que todos los autores que han abordado esta
obra coinciden: la unidad de contenido existente entre sus novelas y las Canciones, que se nutren de la misma
sustancia y, por tanto, hay recurrencia de ambientes, de arquetipos y de
motivos barojianos. En lo que se refiere a la estructura, los “versos
crepusculares” de Canciones de suburbio
adoptan la de las Memorias y su autobiografismo es patente, como nos recuerda
Cecilio Alonso (2). Encontramos aquí – parafraseando a Carmen Baroja (9) – tres
Barojas: un primer Baroja que evoca recuerdos de su juventud, en ellos
predomina la narración y los ubica predominantemente en el marco de un Madrid
suburbial y castizo. Esta primera parte se inicia recordando un incidente de su
niñez: cuando vio pasar delante de su casa de Pamplona al reo que iban a
ejecutar - motivo evocado de forma obsesiva a lo largo de su obra desde
diversas perspectivas y situaciones (2) -. Siguen pequeñas narraciones
arromanzadas en forma de rememoraciones de tipos, “vidas sombrías”, - el
“galonero”, el “buhonero triste”, el “memorialista”, la prostituta ( “La Pelona”), el golfo (“Invitación
a la golfería), el “madrileño castizo”, el bohemio, etc. – y de ambientes
barojianos: el “Café cantante”, el paseo del Retiro, el cementerio ( “Paseos
macabros”), la casa de juego, la taberna, el “Canalillo”... También podemos
leer la versión romance de su obra dramática “El horroroso crimen de Peñaranda
del Campo”. El segundo Baroja evoca sus “Recuerdos de vagabundo”, esto es, las
nostálgicas impresiones de un desarraigado que conoció en sus viajes los más
diversos rincones de la geografía nacional. En esta segunda parte domina la
descripción espacial en un estilo a la vez impresionista y objetivo ( pueblos y
tierras de La Rioja,
el País Vasco, Cantabria, La
Mancha, Andalucía...); aunque no falta la descripción de
tipos pintorescos - el tonto del pueblo, los gitanos, los “Vagabundos de
Andalucía”, el expresidiario ( “Despedida de Diego Corrientes”) o los
representantes de la “poetambre” ( “Espectros de la bohemia”), y otra constante
barojiana: las creencias populares y las supersticiones: “Vísperas de
aquelarre”, “La fiera corrupia” ... Finalmente, hay un tercer Baroja que
contempla desde su vejez neurasténica y el hastío de su exilio parisiense, con
“eterna melancolía” y escepticismo, el presente. “Impresiones de París”,
“Melancolías grotescas” y “Epílogos de la época” constituyen “testimonios del
presente desesperado, de la edad cumplida, del exilio y la destrucción, con el
fondo de la guerra elevada a suceso cotidiano” (2), pequeñas crónicas de la
desesperación en las que no vuelven a faltar lo narrativo y lo descriptivo,
pero en las que aflora con más fuerza el flujo lírico: es la parte más
subjetiva del conjunto. La melancolía y el hastío de una ciudad (París) que le
produce “tanto asco” como los campos de España, entregados “a la venganza, a la
cólera”, alberga en el poeta una única esperanza: “...terminar la comedia/ y su
detestable tráfago/ bajo una capa de tierra/ que tenga dos o tres palmos”
(“Melancolía de hotel”). En el naufragio de la memoria lejos quedan las
“impresiones de la infancia” y demasiado cerca las “tristezas de la vejez”:
“¡Adiós, recuerdos antiguos/ os vais para no volver...! (“Naufragio”). Sólo
“Las horas y el tiempo”: “Todas las horas nos hieren/ y la postrera nos mata”,
así que “ ya nada me preocupa.../ y sólo aspiro a dar fin/ con decencia a la
jornada” (“Final”). “Ideas crepusculares.../ angustias de hipocondría/ soledad
de la vejez” de un autor que en muchas páginas magistrales de sus novelas ya
nos había revelado su calidad como poeta y que en éstas nos demuestra además su
calidad como náufrago en la comedia de la existencia.
BIBLIOGRAFÍA
(1) José Martínez Ruiz, Azorín: “Baladas perdidas”, prólogo a Pío Baroja: Canciones del suburbio, Biblioteca Nueva, Madrid, 1951.
(2) Cecilio Alonso: Prólogo a Pío Baroja: Narraciones, teatro, poesía. Obras completas XII. José Carlos Mainer ed. Círculo de lectores, Barcelona, 1999.
(3) Pedro Salinas: “El romanticismo y el siglo XX”, en Ensayos de literatura hispánica. Del “Cantar de Mio Cid” a García Lorca, Aguilar, Madrid, 1961.
(4) José Hierro: “Baroja poeta”, en Guardados en la sombra, Cátedra, Madrid, 2002.
(5) Ignacio R. M. Galbis: Baroja, el lirismo de tono menor, Elises Torres & Sons, New York, 1976.
(6) Juan Pedro Quiñonero: Baroja: surrealismo, terror y transgresión, Taller de Ediciones Josefina Betancor, Madrid, 1974.
(7) Nieves Urdíroz: “La presencia de Verlaine en las Canciones del suburbio de Pío Baroja”, en Alfinge: Revista de filología, nº 1, 1983.
(8) Félix Bello Vázquez: Lenguaje y estilo en la obra de Pío Baroja, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 1988.
(9) Carmen Baroja: Tres Barojas: poemas. Pamiela, Iruña, 1995.
BIBLIOGRAFÍA
(1) José Martínez Ruiz, Azorín: “Baladas perdidas”, prólogo a Pío Baroja: Canciones del suburbio, Biblioteca Nueva, Madrid, 1951.
(2) Cecilio Alonso: Prólogo a Pío Baroja: Narraciones, teatro, poesía. Obras completas XII. José Carlos Mainer ed. Círculo de lectores, Barcelona, 1999.
(3) Pedro Salinas: “El romanticismo y el siglo XX”, en Ensayos de literatura hispánica. Del “Cantar de Mio Cid” a García Lorca, Aguilar, Madrid, 1961.
(4) José Hierro: “Baroja poeta”, en Guardados en la sombra, Cátedra, Madrid, 2002.
(5) Ignacio R. M. Galbis: Baroja, el lirismo de tono menor, Elises Torres & Sons, New York, 1976.
(6) Juan Pedro Quiñonero: Baroja: surrealismo, terror y transgresión, Taller de Ediciones Josefina Betancor, Madrid, 1974.
(7) Nieves Urdíroz: “La presencia de Verlaine en las Canciones del suburbio de Pío Baroja”, en Alfinge: Revista de filología, nº 1, 1983.
(8) Félix Bello Vázquez: Lenguaje y estilo en la obra de Pío Baroja, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 1988.
(9) Carmen Baroja: Tres Barojas: poemas. Pamiela, Iruña, 1995.
Joaquín Piqueras es
autor de los libros Antología del desconcierto (2004), Concierto non grato (2008),
Tomas
falsas (2009), Tomas falsas V. O. (2010) y Los
infiernos de Orfeo (2010). También ha participado en multitud de antologías,
revistas y fanzines. Actualmente dirige un Taller de Creación Literaria en la UNED.
Es creador del blog Insólitos, caminando por el lado salvaje de la literatura.


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