Juan
Rulfo:
las certezas arraigadas en lo insondable
La impronta del escritor mexicano pervive y crece como
paradigma de una forma de hacer literatura tan personal como popular. He ahí su
compromiso, la búsqueda de la excelencia y singularidad.
ENVOLTORIO
DE SIGNOS INQUIETANTES, las
obras literarias se reafirman en la impenetrable soledad a la que nos reducen.
Con su lectura nos habita un fantasma que vaga por las estancias recónditas e,
incluso, nos recuerdan otras que, tras la puerta cerrada y pared con pared,
preservan ese lugar innombrable que se edifica en el alma humana y que obviamos
por su terrible designio: el deudo con la conciencia y la sensación de
inmutable vacío.
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| Juan Rulfo en su departamento de Felipe Villanueva 98. Finales de la década de 1970. En su librero, el retrato que le hizo Oswaldo Guayasamín. |
JUAN
RULFO SOPLÓ SOBRE LA TIERRA como auguró Federico García
Lorca, “también se muere el mar”. El polvo de Comala nos obliga a cerrar los
ojos y profundizar en la dimensión de la soledad y la muerte. Las ráfagas de
viento sondan el epitafio que corona la declamación más sonoramente silenciosa,
“El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”. Con esa encomienda
tomamos rumbo, junto a Pedro Preciado, hacia Pedro Páramo. El maleficio está servido. La literatura cabalga
espoleada por ese decir narrativo omnisciente del escritor mexicano que, de
modo fragmentario, va colmando la agonía que describe hasta el horror en la voz
de un muerto. En ese eco el suceso narrativo toma el pulso atemporal de la
vigilia. La obra es un gran velatorio de la memoria que rinde cuentas al
estatismo mexicano y ese permanente e insatisfecho afán de justicia clandestina
ante la enfática hipocresía institucional y presuntamente revolucionaria
responsable de la devastación de las zonas rurales.
APENAS
5OO.OOO PALABRAS PARA CREAR UN UNIVERSO PROPIO. En sus dos únicas obras, El llano en llamas (1953) compuesto por
17 relatos y Pedro Páramo ( 1955) el
que fuera empleado de la compañía de llantas Goodrich Euzkadi y antes
archivista de folios de inmigrantes en la Secretaria de Gobernación, disecciona
la complejidad del ser humano en su deambular sonámbulo entre realidad y
ficción. El escritor de Sayula –ciudad del estado de Jalisco- excava la tierra
literaria para encontrar vestigios míticos. En la raíz del contexto
sociopolítico hallamos ese intensivo trabajo de indagación y penetración que
consuma la búsqueda ancestral del fetiche: el ídolo de piedra con facciones
gastadas por el tiempo y la oratoria litúrgica que le confiere poderes
sobrenaturales ante las emociones. La autenticidad de los textos sacude nuestra
perdición. El desasosiego se instala en el lector. Extraña fuerza ancestral es
la que arrastra el ángulo inverosímil de la escritura hasta su conversión en estupefacción,
en un primer acercamiento, y fascinación legendaria, en una reflexión
posterior, para las futuras generaciones de lectores y escritores. Tan cruel
como afectiva. Tan huidiza como próxima. Tan violenta como veraz.
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| Juan Rulfo en el Nevado de Toluca. Década de 1940. Autorretrato. Tomado de Noticias sobre Juan Rulfo. |
LA
FATALIDAD COMO PESO VITAL. Existe una dialéctica connatural a la
obra narrativa de Juan Rulfo. En ella hay una réplica a los avatares que marcan
azarosa y trágicamente el destino. La celebración existencial no es más que una
excusa para desterrar cualquier atisbo de esperanza que, a su vez, contrasta con
la reserva en que permaneció con la exclusiva publicación de las obras mencionadas en vida.
Si bien en 1980 publicó lo que siendo conceptuado como guión cinematográfico –
El título El gallo de oro y otros textos
para cine, inducía a ello- posee la
íntegra fortaleza de quien ejerce su oficio no con sapiencia, más bien con
dolor. El dolor retratado por el lenguaje que corta como el brilloso filo de un
cuchillo: “La sangre de la cresta comenzó a bajarle a las narices al Dorado y
le produjo hoguío. Dionisio Pinzón le limpió la cabeza. Sopló el pico para
desahogarlo. Tomó tierra del suelo y la restregó en la cresta de su animal para
contener la hemorragia y, lo que no había hecho nunca, comenzó a desentrañarlo
arrancándole plumas de la cola para encorajinarlo. Así, cuando sonó el grito
de: ¡Suelten sus gallos, señores!, el Dorado, enfurecido, no cayó suavemente en
la raya, sino que pareció huir de las manos de Dionisio Pinzón y fue a darse
fuerte encontronazo con el Giro, que lo paró en seco con un brinco de medio
vuelo, metiéndole las patas por delante. Luego lo trabó del pico. Lo zarandeó;
para después, tras unas cuantas fintas y aletazo, trepársele encima,
destrozándole la cabeza a picotazos mientras le hundía el puñal de su espolón
en la pechuga. El Dorado quedó patas arriba, lanzando navajazos, pero ya en los
últimos estertores”.
LO
RURAL, SÍMBOLO DE AGÓNICA EXTINCIÓN. Juan Rulfo regresa a
Apulco o a San Gabriel siempre que se lo permiten las circunstancias laborales.
Tras el asesinato de su padre –también lo fueron dos de sus tíos- a la edad de
seis años y el fallecimiento de su madre cuatro años más tarde, queda en esta última
población bajo el amparo de su abuela materna. No obstante las circunstancias
económicas de la familia obligan a que, junto a su hermano Severiano, ingrese
en el orfanato de Guadalajara. Estos dramáticos sucesos marcan traumáticamente
su infancia y pervivirán con amargo dolor tanto en su vida como en su obra. Así
lo refiere uno de sus hijos, "Fue en Diles
que no me maten donde mi padre abordó, de manera muy suya, este
episodio". Juan Carlos, hijo menor, realizó la reconstrucción del
homicidio a través de su primer trabajo cinematográfico con el cortometraje Mi abuelo Cheno y otras historias (1995).
Busca, entonces, en ese regreso temporal a sus orígenes, la oralidad de los
arrieros y otros hombres forjados en las tareas agrícolas y ganaderas, y se
adentra en sus historias, donde halla la veta literaria que, más tarde,
convertirá en la materia prima de su escritura.
En un artículo de Felipe Cobián Rosales,
publicado en 1986 en el diario La jornada,
su hermano mayor lo refiere de esta
manera, “Platicaba él mucho, en las noches, con los rancheros, los mozos, los
vaqueros. Con los arrieros que iban o venían de Sayula o Zapotlán, también
debió platicar mucho allí. Había mesones, comercios y fondas. Yo llegaba
cansado a acostarme y él se quedaba platicando”. Este elemento confluye con la
que posteriormente, y al margen de su reducida pero sobresaliente obra, fue la
actividad que le garantizo no solo su sustento también la “afasia literaria” que
abrazó sin la menor desazón. A partir de la década de los sesenta trabajó en el
Instituto Nacional Indigenista hasta su muerte en 1986. Fue director del
departamento editorial y la fotografía reveló el fruto de su mirada desasida de
lo superfluo y entroncada en el misterio que encierran los paisajes mexicanos y
la dignidad de sus habitantes. El rostro pétreo de los edificios se erige como
símbolo distante y el humano entronizado y circunspecto en el quehacer
cotidiano. Alumbró el silencio y lo convirtió en grito mudo. Nada más alejado
de los vericuetos turbulentos y pegajosos de la farándula literaria.
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| Clara Aparicio, esposa de Juan Rulfo |
Su afán
por el conocimiento sobre el mundo fotográfico le llevo a juntar más de 700 volúmenes
en la biblioteca personal compuesta por más de 15.000. Más de 6000 negativos
–la mitad de ellos poseen temática arquitectónica- aseveran la pasión que
cultivó. "Lo que me parece más interesante es que hay una visión muy clara
de lo que es su ojo, su manera de ver. Si bien la fotografía es un fragmento,
un pedacito de una realidad inalcanzable, lo que estamos viendo en esas
imágenes es una manera de pensar y de ver, porque la fotografía tiene una
particularidad que no tiene ningún otro arte: porque una cosa es la realidad
fotografiada y otra la fotografía en sí". Juan Carlos Rulfo, autor de En el hoyo ganador del premio al Mejor
documental en Sundance 2006 y del
largometraje en memoria de su padre, Del
olvido al no me acuerdo (1996), colige la vertiente artística de éste a ese
atraimiento indefinido en la fotografía sin horizonte. O mejor: detenida en el
tiempo donde la vida y la muerte –como en su faceta escritora- se entremezclan
y confunden para dejarnos inermes y desasistidos. Vencidos por la recia
incertidumbre. Noqueados por un gancho de tristeza directo al mentón. Embebidos
por los negros y blancos que narran historias en el aire y caen, lozanas e
imprevistas, como tormenta de verano. Con la compañía de su cámara Rolleiflex
punzó las condiciones sociales de la frontera que separa México y Estados
Unidos y retrató la inmensa soledad y desolación de la tierra a la que pertenecía, “Yo soy de una zona
donde la conquista española fue demasiado ruda. Los conquistadores ahí no dejaron
superviviente”.
MAGIA
RESCATADA DE LAS CENIZAS y resucitada por la fuerza redentora
de la poesía de Juan Rulfo. En el prólogo de la edición polaca de Pedro Páramo de 1966, Sergio Pitol
enmarca de esta manera el proceso de iluminación al que nos conduce el verso
lívido de su autor: el indio mexicano, equidistante de la civilización, que
continúa detentando ese paso trascendente hacia otros lugares donde la
mitología, los espectros y los rituales consagran la percepción atávica del
mundo que empieza a desaparecer en la bruma del ocaso espiritual. El viaje de
Juan Preciado a Comala, en apreciación de Martín Lienhard, es comparable con el
viaje de Quetzalcóatl al Mictlan o reino del señor de los muertos, que relata
el códice náhuatl de Cuauhtitlan (1558). Ambos buscan a su padre entre los
muertos resultando fatídico ese deseo.
NO
SON RECUERDOS, DIJO PEDRO PÁRAMO. Solo son imágenes. No
conservo en la memoria sino llamaradas que se han quedado asentadas como
cimientos, como granos de arena, que solamente se remueven cuando se nos voltea
nuestro destino. Este párrafo descartado para la edición original de la obra es
una pequeña muestra del inconformismo que interiorizaba su autor. Así, el director
de la Fundación Juan Rulfo, Víctor Jiménez, manifiesta que se trata de un rasgo
estilístico del que se desprendió, "tiene un carácter ensayístico que
siempre evitó en su creación literaria". No es de extrañar que de aquella
primera incursión en la novela El hijo
del desaliento no exista rastro alguno salvo un capítulo que apareció
distanciado en el tiempo como Un pedazo
de noche. Tras la frustrada tentativa de publicación del primer capítulo en
la revista Romance que dirigía Juan
Larrea, “El escritor no desea comunicarse, sino que quiere explicarse a sí
mismo. De eso se trataba en esa novela que yo destruí, porque estaba llena de
retórica, de ínfulas académicas, sin ningún atractivo más que el esteticado y
lo declamatorio, en su lenguaje, del cual me daba exactamente cuenta. Creo que
me estaba llenando de retórica por andar en la burocracia. Me estaba empapando
de esa manera de tratar las cosas. No era lo propio como yo quería decir las
cosas”. Reina Roffé en Juan Rulfo,
autobiografía armada recoge este sentir y pensamiento esclarecedor sobre su
personal manera de concebir la literatura.
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| Portada de 'Pedro Páramo' y 'El llano en llamas' en ruso en una edición de 2009. |
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| Portada de 'Pedro Páramo' en chino en una edición de 2007. |
En el año 1985 la edición de
Cuadernos Hispanoamericanos –cuyo director era en aquel momento Félix Grande-,
en sus números 421-423, correspondientes a los meses de Julio-Septiembre,
dedica un monográfico al escritor jalisciense. Como pórtico un texto de su
autoría, Pedro Páramo, 30 años después,
nos descubre algunas claves sobre sí, su proceder y la equidistancia con las
expectativas que, infundadas, se planificaron sobre su trayectoria futura, “En
mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una
novela que, durante muchos años, había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí,
por fin, haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que
pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que
debo Pedro Páramo. Fue como si
alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la
anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa después de mi trabajo en
el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno.
Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a
la mitad, de manera que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente
del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954,
reuní trescientas páginas. Conforme pasaba a máquina el original, destruía las
hojas manuscritas. Llegué a hacer otras tres versiones que consistieron en
reducir a la mitad aquellas trescientas páginas. Eliminé toda divagación y las
intromisiones del autor. (…) Cuando escribí Pedro
Páramo solo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se
sufre en serio”.
IBAN
A LAS ESTRELLAS. VEÍAS EL MUNDO ENTERO. Clara Aparicio, la esposa
de Juan Rulfo, desvelaba la correspondencia que sostuvo con su esposo entre
1944 y 1950 con la publicación en el año 2000 de Aires de la colina. Cuando se inició él contaba con 27 años y ella apenas 16. En
las cartas podemos encontrar indicios de la fuerte presión vital y emocional en
la que se encontraba. Su trabajo en Goodrich Euzkadi se convierte en una losa.
En carta fechada el 16 de febrero de 1947, refiriéndose a los obreros, “no
pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo.
Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día y por la noche,
constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos
las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e
incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar (…)
Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo
y de olor a hule crudo (…) Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se
trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está
considerada como hombre (…)”.
Alberto Vital en su obra Noticias de Juan Rulfo: 1784-2003 recoge estas declaraciones, “Cuando
escribí Pedro Páramo yo atravesaba un estado de ánimo
verdaderamente triste. Me sentía desgastado físicamente como una piedra bajo un
torrente, pues llevaba cinco años de trabajar catorce horas diarias, sin
descanso, sin domingos ni días feriados. Corriendo como un condenado a lo largo
y ancho del país para que la fábrica, por la cual me deslomaba, vendiera más
que sus competidoras”. La definitiva escisión de ese mundo vino por el suceso
que habla, precisamente, del perfil humano que caracteriza a su autor y el
grado de desgaste y explotación que experimentaba. Solicito un cambio de
neumáticos a la empresa y fue tachado de despilfarrador, “Hubiera visto usted a
estos cabrones, hijos de la industria pesada, ir todos juntos a tallar las
llantas para calcular su desgaste. Ya para ese momento yo había tomado una
decisión: mandarlos a la chingada”. La relación causa efecto de este periodo
con la elaboración de la obra que ha sido traducida a más de 40 idiomas, quizás pudiera
entenderse como una compostura anecdótica, pero no es menos cierto que tampoco
debe menospreciarse. En una entrevista con el periodista argentino Máximo
Simpson –inédita durante 25 años- manifiesta con respecto a la compañía en la
que trabajó, “Usted ha de decir que adquirí alguna experiencia o que aprendí
mucho. Y no, lo único que aprendí fue a perder la memoria (…); acabé por no
conocer a nadie, ni acordarme de cómo eran los pueblos y las ciudades por donde
anduve y no tenía a nadie junto a mí para que me los recordara (…): me fui a mi
casa para nunca más volver. (…) Esa fue la coyuntura que aproveché para salirme
de su infierno sin buscar ninguna otra justificación y así lo hice, aunque ya
para entonces no sólo tenía quebrantado el cuerpo, sino adolorida toda el alma
(…) Así pues, ése era mi estado de ánimo cuando escribí Pedro Páramo”.
¿DÓNDE
ESTÁ LA FUERZA QUE CAUSA NUESTRA MISERIA? En el
año 1969 Augusto Monterroso publicó La
oveja negra y demás fábulas. “El zorro más sabio” es un cuento incluido en
esta obra. Es la historia de un zorro escritor que rehúsa publicar un nuevo
libro tras el éxito de los dos primeros. El silencio de Juan Rulfo fue su razón
de ser: "En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro
malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer". En una entrevista de
Eliseo Álvarez a Roberto Bolaño en el año 2005, el autor chileno sentencia: “El
silencio de Rulfo no plantea preguntas, es hasta un silencio entrañable, es
cotidiano. Después del postre, ¿qué coño vas a comer?”. Durante el curso
académico 1987-1988 en la universidad de Minessota, el historiador Edward P.
Thomson, precursor del socialismo humanista, reflexionaba de esta manera, “El
mundo está lleno de gente encantadora y meritoria que, por alguna razón,
suponen que un escritor es un servidor público sin goce de sueldo. A veces, la mitad
o más de mi vida laboral se destina a responder el
correo, y la pila de cartas todavía sin respuesta gravita permanentemente sobre
mi mente. Una parte de esa correspondencia hace al mantenimiento de una buena
relación con un público, pero ese público también puede ser irreflexivamente
exigente. La Trampa-22 del asunto es que uno nunca llega a conocer a los
corresponsales delicados, precisamente porque tienen demasiado tacto como para
inundarte con cartas”.
EL
RIGOR ÉTICO Y ESTÉTICO DE JUAN RULFO le llevó a establecer como
valor literario la renuncia a la profesionalización del oficio de escritor.
Mantuvo a raya el ego intelectual de forma adusta y severa. Su labor,
verdaderamente profesional, fue la que le permitió ganarse la vida sin
traicionar sus principios literarios. Ello no fue óbice para que ésta, distante
del escaparatismo, fuera notable. Su aportación al Instituto Nacional
Indigenista se materializó en una de las colecciones más importantes de
antropología contemporánea y antigua de México. En la insobornable decisión de
sumergirse en el mutismo literario existe, contradictoriamente, la corajuda
decisión de apostatar. Esto es, de abandonar la travesía oficialista de la
literatura y abundar en el silencio, tal vez el único y auténtico destino de la
literatura.
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| Retrato de Juan Rulfo, 1966, del artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín |
Pedro
Luis Ibáñez Lérida














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