Cervantes
y su tiempo.
El licenciado Vidriera
Desde
un punto de vista político se denomina Siglo de Oro al periodo de tiempo comprendido
entre el reinado de los Reyes Católicos y el de Carlos III; otros autores consideran
que empieza con el fin de la Reconquista
y termina con la firma del Tratado de los Pirineos, en 1659. Por último están
los que, ciñéndose estrictamente a dos hechos literarios, estiman que se inicia
con la publicación de la Gramática
castellana de Nebrija en 1492 y finaliza con la muerte de Calderón de la
Barca en 1681, considerado el último gran escritor del periodo. Vaya por
delante que yo prefiero la expresión Siglos
de Oro, en plural, puesto que son casi doscientos años que rozan el siglo
XV, ocupan completamente el XVI y alcanzan a tres cuartas partes del siglo XVII.
A
lo largo de esta etapa España vive una época de indudable esplendor cultural y
económico. La influencia de nuestro país en toda Europa es tan intensa que
cualquier manifestación cultural surgida en nuestro territorio se asume casi
sin discusión y se imita de inmediato.
En
el ámbito científico destacan abundantes aportaciones en agronomía (propiciadas
por el Descubrimiento del Nuevo Mundo) como el cultivo de patatas, maíz, fríjol, cacao, pimiento, tabaco...; en geografía y
cartografía se descubre la declinación magnética y el polo norte magnético y se
inventa la carta esférica; en Matemáticas, se desarrolla el cálculo de probabilidades
y se inventa el nonius; en derecho, la necesidad de legislar sobre los nuevos
pueblos del continente recién descubierto fomenta el desarrollo del derecho
natural y del derecho de gentes...
En
un periodo tan dilatado de tiempo se desarrollaron dos movimientos artísticos
de profundo impacto cultural: el Renacimiento y el Barroco, que supusieron
cotas de creatividad insuperable: Velázquez,
El Greco, Murillo, Ribera y Zurbarán despuntan en pintura; Tomás Luis de Vitoria en música; en escultura
Gregorio Fernández, Alonso Berruguete y Juan de Juni; en Filosofía destacan el
ya citado Nebrija, pero también Juan
Luis Vives, Fray Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria; en
arquitectura, Juan de Herrera, Pedro Machuca, Diego de Siloé y Rodrigo Gil de
Hontañón... En literatura la inventiva e imaginación de nuestros autores
fue tanta que España dio pie a estéticas y géneros nuevos que influyeron
notablemente en las letras universales: el género celestinesco (Tragicomedia de Calisto y Melibea), la
novela picaresca (Lazarillo de Tormes,
Guzmán de Alfarache), la miscelánea (Silva de varia lección, Jardín de flores
curiosas), la comedia nueva (Arte
nuevo de hacer comedias en este tiempo, de Lope de Vega, con muchos cientos
de comedias salidas de su pluma), el entremés, la novela cortesana... Y en
poesía el nivel es, definitivamente, descomunal: Garcilaso de la Vega, Juan
Boscán, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Lope de
Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo... y Cervantes, por supuesto.
A
Miguel de Cervantes, que nació en Alcalá de Henares en 1547, en el momento de
máximo esplendor de los Siglos de Oro, le tocó bregar con esta `tropa´... Y desde
luego que bregó.
Primeras
letras
Cervantes
tuvo una infancia y juventud muy viajera, dado que su padre, de nombre Rodrigo y
de profesión cirujano barbero, cambiaba de residencia frecuentemente para
solventar sus constantes estrecheces económicas y eludir el acoso constante por
las deudas que iba contrayendo: así, entre 1547 y 1569 la familia residió en Alcalá
de Henares, Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde Miguel iniciaría su
producción literaria. Aunque era muy aficionado al teatro (se declaró asiduo
espectador de las obras de Lope de Rueda), sus primeros textos conocidos son
unos poemas publicados en 1569 en una antología que glosaba la vida de Isabel
de Valois, tercera esposa de Felipe II recientemente fallecida. El editor de la
obra, Juan López de Hoyos, humanista de reconocido prestigio, se refiere a
Miguel como “nuestro caro y amado alumno”, y parece que fue él quien le introdujo
en la lectura de autores clásicos como Virgilio, Horacio, Séneca y Catulo y en
el estudio de los textos del humanista Erasmo de Rotterdam.
No
se conoce el motivo de su desplazamiento, pero en el mes de diciembre de ese
mismo año de 1569 Cervantes viajará a Italia. La única pista disponible es la
que lo hace coincidir en el tiempo con una orden de arresto y amputación de la
mano derecha de un Miguel de Cervantes que se busca por haber herido en duelo
cerca del palacio real a un tal Antonio de Segura... Fuera o no el Cervantes
perseguido “nuestro Cervantes”, lo que estaba claro es que este viaje iba a
cambiar su vida radicalmente.
Estancia en
Italia y cautiverio
Cervantes
viaja por Italia, al principio al servicio del cardenal Acquaviva y un año después
alistándose en la compañía del capitán Diego de Urbina. Participa en varias
batallas: Lepanto, en 1571, donde fue herido;
Navarino (1572), Corfú, Bizerta y Túnez (1573)... Entre batallas y
convalecencias hospitalarias, siguió recorriendo el país y vivió dos años en
Nápoles hasta que, por fin, decide volver a España. Embarca en esta ciudad el
20 de septiembre de 1575, pero su nave es separada por una tormenta de la
flotilla de cuatro galeras en la que viajaba y cae presa de corsarios
berberiscos. Víctima de las cartas de recomendación que portaba Miguel,
firmadas por el mismísimo Juan de Austria, sus captores lo creen persona
adinerada y exigen por él un sustancioso rescate. Como consecuencia de las
muchísimas dificultades que su familia encuentra para reunir los 500 escudos de
oro exigidos, pasa cinco años infernales preso en Argel, hasta que es liberado
el 19 de septiembre de 1580.
Vuelta a
España. Necesidad de escribir para vivir
La
situación económica en la que queda la familia de Cervantes, tremendamente
endeudada tras el pago de su rescate, hace que Miguel busque desesperadamente
ingresos, pretendiendo cargos que le ofrezcan seguridad económica, publicando
obras teatrales que le proporcionen dinero, y llevando a cabo tejemanejes de
dudosa legalidad cuando no consigue las ganancias necesarias, que en un par de
ocasiones darán con sus huesos en la cárcel.
Durante
su estancia en Italia, Cervantes, que era persona inquieta intelectualmente y
de una voracidad lectora acreditada, había entrado en contacto con su
literatura leyendo con interés las obras de Dante, Petrarca, Boccaccio, Bandello,
Sannazaro, Ariosto, Tasso, Luigi Pulci, Teofilo Folengo... Estos autores influyen
clara y profundamente en su escritura, y el enorme caudal de experiencias vividas
acabará aflorando en su producción literaria. Publica en 1584 El trato de Argel y La Numancia, dos tragedias de corte clasicista, a las que más tarde
seguirán otras tres “comedias de cautivos”: El
gallardo español, La gran sultana y Los
baños de Argel.
En
1585 publica La Galatea, una novela
pastoril que incluye abundantes poemas y que ya introduce alguna innovación en
el género, puesto que la conforman cuatro historias secundarias que acaban por
concluir en la acción principal y dejan la puerta abierta a una continuación,
que nunca llevará a cabo.
Entremezclados
con la producción conocida, estrenó bastantes comedias y entremeses, de los que
conservamos unos veinte, pero que debieron ser bastantes más. Lo que los estudiosos no ponen en duda es que
ningún autor despuntaba por encima de él hasta la aparición de Lope de Vega. Por
fin, en 1605 se publica la primera parte de El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; en 1613 las Novelas ejemplares; en 1614 la obra en
verso Viaje del Parnaso; en 1615 la
segunda parte del Quijote y Ocho comedias
y ocho entremeses nuevos nunca representados; y póstumamente, en 1617, una novela bizantina titulada Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
Las Novelas
ejemplares
A
estas alturas ya sabemos que Cervantes tuvo la “mala suerte” de coincidir en el
tiempo con poetas prodigiosos como Góngora y Quevedo, con los que competía
abiertamente, y que hicieron que no “destacara”, aunque su obra tuviera una indudable
calidad. También sabemos que fue un reputado dramaturgo, con una producción
bastante amplia de comedias y entremeses, hasta que apareció Lope de Vega,
desbancándole con su nueva forma de concebir las comedias, hecho este
reconocido por el propio Cervantes, que no dudó en tildar a Lope de “monstruo
de la naturaleza”, rindiéndose ante su
ingente producción dramática. Así que el cerco se cerraba a su alrededor y de
la necesidad hizo virtud y probó fortuna con la prosa.
Como
ya comenté más arriba, algunos comportamientos de Cervantes en su afán por
conseguir dinero no fueron todo lo legales que sería de desear... En 1597 fue encarcelado en Sevilla de
septiembre a diciembre por quedarse parte del dinero que recaudaba y manipular
la contabilidad, y se cree que durante estos meses de cárcel se le “ocurrió“ el
Quijote.
Cervantes publicó la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
en 1605, y creo que nada nuevo puedo yo decir que destaque la importancia
crucial de lo que supuso esta obra en la literatura universal... Estamos ante
la primera novela moderna, polifónica, que no se conforma con un único punto de
vista sobre la realidad, sino que la interpreta y reinterpreta desde varios
ángulos y personajes al mismo tiempo. Con el Quijote la realidad se hace tan
compleja que en su afán de explicarla cabe casi todo. Como dice Cervantes por
boca del cura es una “escritura desatada” en la que conviven todos los géneros:
épica, lírica, tragedia, comedia, chistes, discursos, filosofía, parodia.... Su
éxito fue inmediato, y se tradujo a varios idiomas europeos en breve plazo de
tiempo, pero la rentabilidad para Cervantes no fue mucha, dado que la obra
sufrió varias ediciones pirata. Lo que importa para los fines de este artículo
es que Juan de la Cuesta, el impresor que sacó a la luz el Quijote, quiso
aprovechar su tirón editorial para publicar las Novelas ejemplares, doce obras que siguen el modelo de la novela italiana. No hay que olvidar que
algunos teóricos defienden que el propio Quijote pudiera ser originariamente
una de estas novelas ejemplares, que fue creciendo al hilo de su propia
escritura. A este respecto las coincidencias del Quijote con el Entremés de los romances, obra también
atribuida por algunos autores a Cervantes, no sería del todo disparatada.
Lo
que está fuera de toda duda es que Cervantes había escrito sus Novelas ejemplares entre 1590 y 1612 y
que estas constituyeron un nuevo género, ya que en la literatura española no
existía nada parecido. Lo único que circulaba eran adaptaciones o traducciones
de los novellieri italianos. Fue
Cervantes quien lo adaptó al castellano
y le dio rango de género independiente, y él mismo era consciente de ello. Dice
en el prólogo de las novelas:
“...
yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son
traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni
hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los
brazos de la estampa”.
Rasgos
esenciales de estas Novelas son su
finalidad ética, el mesurado equilibrio entre seriedad y comicidad, el delicado
estudio de la psicología de los personajes, la búsqueda de la enseñanza a
través de lo agradable, la indudable importancia del diálogo entre los
personajes y su evidente aproximación al drama. Su temática parece recorrer,
efectivamente, los asuntos de la tradición italiana del relato breve, y todas
ellas parecen insertas en un marco subyacente que establece ciertas relaciones
entre las mismas, bien sea de género, temática, ambiente, lengua, etc. Es tal
la sutil complejidad de sus contenidos y la acción y reacción entre los mismos,
que solo con estas Novelas Miguel de
Cervantes se habría ganado un puesto destacado en la literatura española, sin considerar
el Quijote.
Vayamos ya, por fin, a la novela de El licenciado Vidriera.
El
licenciado Vidriera
Nada
más iniciar la lectura de esta novela, surge la conexión inmediata de su
protagonista con don Quijote, el personaje por antonomasia de Cervantes: ambos
son intelectuales, ambos enloquecen, ambos tienen un encuentro final que les
“devuelve” la lucidez... No es casual esta conexión, puesto que Cervantes
escribe El licenciado entre las dos
partes del Quijote.
En
todo caso, la novela es un viaje de ida y vuelta a Tomás, su protagonista
indiscutible. Al principio de la obra estamos ante “un muchacho de hasta edad
de once años” que no quiere desvelar su nombre ni su origen porque siente
vergüenza, y no lo hará hasta que pueda honrarlos. No es casual que se halle el
chaval a orillas del Tormes como el famoso Lazarillo,
pero con una voluntad justamente
contraria: no hará cualquier cosa para vivir, ya sea legal o ilegal, sino que
defiende su vocación de estudio y perfección humanística y descarta
absolutamente la vida de “pícaro”. Cuando por fin comienza su formación en la
Universidad de Salamanca reconoce llamarse Tomás Rodaja. Cuando enloquece por
la ingesta de un membrillo envenenado (por rechazar el amor de una mujer) se
transforma en el Licenciado Vidriera, un pobre hombre atormentado, con una
vastísima cultura que no le sirve para vivir realmente, al ser presa de un
delirio irracional que le hace creerse de vidrio. Cuando recupera la cordura, mediante
la intervención de un religioso poseído por la gracia, pasa a ser el Licenciado
Rueda. Cervantes le hace crecer de forma magistral con la “simple” modificación
de su apellido, puesto que rodaja es
el diminutivo de rueda. Cierra el
círculo nuestro autor con la frustración que trae la dura realidad. Ante la
pérdida de auditorio que antes acudía a él en busca de consejo, el Licenciado
dice:
“Por
amor de Dios que no hagais que el seguirme sea perseguirme y que lo que alcancé
por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme
en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y vereis que el que os respondía
bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado”.
Pero
su queja es vana. Al darse de bruces con esta realidad, que a su modo de ver
solo premia a los peores:
“¡Oh
Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las
de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes
desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!”
Decide
volver su mirada a la vida militar, que en la estima de Cervantes estaba en lo
más alto, para acabar el trabajo que había iniciado con su vida:
“Esto
dijo y se fue a Flandes, donde la vida
que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las
armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su
muerte de prudente y valentísimo soldado”.
Por
lo expuesto hasta ahora, puede afirmarse ya que esta novela no es un mero
repertorio de aforismos y enseñanzas útiles al uso de las misceláneas de la
época, como afirman, entre otros, William C. Atkinson (1948) o Alberto Blecua
(1986).
Sí
es cierto que Cervantes aprovecha para opinar, juzgar y arremeter contra diversas
profesiones, y que su hábil maniobra de endosar un trastorno delirante al
personaje para justificar su incapacidad para mentir, su necesidad de decir la
verdad descarnada, me ha recordardo La
metamorfosis o el asno de oro, de Lucio Apuleyo: si en esta obra el
protagonista es transformado en burro por su interés desmedido por la magia, en
El licenciado Vidriera, su
protagonista sufrirá el delirio de sentirse de vidrio por su desinterés por el
amor. Y estas verdades, eso sí, salen de una tirada de muchas páginas seguidas:
“-Sepa
el señor licenciado Vidriera que un gran personaje de la Corte le quiere ver y
envía por él.
A
lo cual respondió.
-Vuesa
merced me excuse con ese señor, que yo no soy bueno para palacio, porque tengo
vergüenza y no sé lisonjear”.
Critica
larga y detalladamente a los poetas, con una especial atención a los
petrarquistas, pero salvando a los buenos, de los que “siempre dijo bien y los
levantó sobre el cuerno de la luna”.
Critica
a los pintores, afirmando que los buenos imitan a la naturaleza “pero que los
malos la vomitaban”.
Critica
a los malos editores y libreros, echándoles en cara que impriman más ejemplares
de los que dicen al autor y vendan de más en su provecho. Critica
a los boticarios, a los médicos, a los jueces, a los sastres, a los banqueros,
a los pasteleros, a los alguaciles, a los murmuradores... Sin
embargo solo se encuentran alabanzas netas, sin crítica negativa, para los autores
y los escribanos:
“El trabajo de los autores es increíble, y su
cuidado, extraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no
salgan tan empeñados que les sea forzoso haber pleito de acreedores. Y con todo
esto, son necesarios en la república, como lo son las florestas, las alamedas y
las vistas de recreación, y como lo son las cosas que honestamente recrean”.
“Los
escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos de esclavos; legítimos,
no bastardos de ninguna mala raza nacidos. Juran de secreto fidelidad y que no
harán escritura usuraria; que ni amistad ni enemistad, provecho o daño, les
moverá a no hacer su oficio con buena y cristiana conciencia (...) es la gente
más necesaria que había en las repúblicas bien ordenadas, y que si llevaban
demasiados derechos, también hacían demasiados tuertos, y que de estos dos
extremos podía resultar un medio”.
A
lo largo del texto se percibe una sutil, pero decidida, defensa de la corriente
erasmista. Su experiencia italiana marcará de arriba abajo la novela,
describiendo con todo lujo de detalles las ciudades italianas que su personaje
visita, y que siguen el mismo itinerario que él siguió, la crítica a los poetas
petrarquistas hecha desde el profundo conocimiento que de los mismos adquirió
en su país, y la visión más objetiva de España que le otorgó la distancia de
combatir en suelo extranjero...
Cervantes
tiende a relativizarlo todo, y la resignación que se desprende de la obra, y
que corre pareja con la sufrida por él mismo, le hace descreído, y solo guarda
respeto por la escritura y lo militar: Igual que Garcilaso de la Vega, en su Égloga III,
alternaba las armas y las letras (“tomando ora la espada, ora la pluma”) ,
Cervantes siempre llevó a gala ser persona valiente (lo demostró en sus
intentos de fuga, en los que asumió toda la responsabilidad y no delató nunca a
compañero alguno) y siempre se sintió orgulloso de las heridas recibidas en
combate (recuérdese la defensa de las mismas en la segunda parte del Quijote),
y nunca dejó de escribir, trabajando hasta los últimos días de su vida.
Ahora,
cercano ya el cuarto centenario de su muerte, es más indiscutible que nunca la
importancia decisiva que su escritura en general, y su Quijote en particular, tuvo en las letras universales. Y si don Miguel ansiaba alcanzar la fama, la
gloria, y creyó que el camino adecuado para él era servir a su patria como
soldado:
Si
mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo
menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más
bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera,
que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme
hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin
haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los
pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de
desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas,
sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.
Afortunadamente
para toda la humanidad, la alcanzó, y para siempre, dejándonos sus novelas, tan
colmadas de él mismo que pareciera leérnoslas despaciosamente, con esa delicia
del verbo magnífico, mesurado, insustituible… Con esas ganas de salir a
recorrer nuevos países a la búsqueda de nuevas maravillas que contar.
Fernando Lorente









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