Contra toda esperanza
Contra toda esperanza se anuncia como
una historia de amor. Y sí, ese es el relato que subyace, pero busco en todas
sus páginas frases en que ese sentimiento se haga explícito, y no las hallo. Es
como si el pudor hubiese impedido a su autora expresar sus emociones de forma
expresa, como si se hubiera decidido por una contención que eliminase los
riesgos de una agresiva impudicia y hubiera decidido, para la ocasión, destituirse
de su condición de viuda ostentosamente doliente, erigiéndose en tan solo un
testimonio, en la mujer que ha tenido el privilegio y los padecimientos de
conocer íntima y prolongadamente al poeta famoso. Nadiezhda, en su relato, cuando
nombra a su marido, lo hace por su apellido, por el que ella misma ha heredado
de su matrimonio: Mandelstam. Nunca Osip, su nombre de pila. De esta manera,
crea una distancia que hace de la dramática historia que cuenta tal vez algo
más creíble por su intención objetivadora.
Podríamos
pensar que Nadiezhda ha ocultado los lirismos de su amor para engrandecer por
sí sola la figura de ese insigne poeta ruso, Osip Mandelstam, que vivió en la
primera mitad del siglo XX; pero, en sus descripciones, no elude la imagen depauperada
y sufriente a la que las circunstancias de su tiempo lo condujeron. Los años
que nos relata corresponden a su caída en las redes del estalinismo y su
posterior vía crucis por los destierros, los campos de concentración, las
prisiones. Tal vez su pretensión sea rehabilitar la memoria de su dolor, la humillación
y el lento exterminio que padeció el poeta ruso. Lo hace con una denuncia
pormenorizada, un relato perplejo que transmite a aquellos habitantes de mundos
ajenos que gozan o gozarán de la suerte de estar a salvo de la demencia que a
ellos les tocó padecer. Porque de eso trata el libro, de dejar constancia de la
persecución, de la intolerancia, de lo imposible que era vivir en una sociedad
mediatizada por la imposición de un control arbitrario, cambiante, en supuesta
defensa de un régimen secretamente avergonzado de sí mismo, incapaz de resistir
el más mínimo cuestionamiento, estableciendo una paranoia invasiva.
Osip
Mandelstam es para muchos uno de los mejores poetas rusos del siglo XX. En
1.934, Rusia es un país infestado de espías, de confidentes. Es difícil poder
fiarse de alguien, es un atrevimiento manifestar una opinión; incluso las
oficiales, pues, por experiencia, resultan precarias. El poeta está bajo
sospecha porque no ha demostrado afecto al régimen. Además, ha escrito un poema
contra Stalin que solo conocen unos pocos colegas de confianza. Cualquier
visitante que llame a su puerta, aun bajo una apariencia amistosa, puede ser un
agente del gobierno, un chequista, que
es la figura precursora de los KGB. En su casa, guarda manuscritos muy
comprometedores. Y lo temido no puede dejar de llegar. Después de una noche de
registros, de aviesas lecturas, Mandelstam es detenido.
En
principio, su condena es la deportación. Nadiezhda lo sigue por todo el
doloroso periplo de cuatro años en el que sufre diferentes grados en la
restricción de la libertad. Ya nunca más podrá sentir el derecho a la elección
de su porvenir. Está con él, o cerca de él, cuando lo aíslan. ¿Por qué lo
habían detenido? Otra poeta, amiga del matrimonio, Ana Ajmátova, se lo
pregunta. La única respuesta cierta que sabe darse es: “A la gente se la detiene
por nada”.
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| Nadiezhda |
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| Mandelstam y Ajmátova en Moscú, 1934. |
La
felicidad es algo imposible. Mandelstam incluso la desprecia como a una de las
ideas más engañosas. Le espeta a su mujer: “¿Por qué te empeñas en querer ser
feliz?”. Y ella se lo cuestiona: “¿Quién sabe qué es la felicidad? La plenitud
y la intensidad de la vida quizá sea una noción más concreta. En la forma en la
que nos aferrábamos a la vida, había tal vez algo más profundo que aquello a lo
que tienden habitualmente los seres humanos”.
La
pareja pasó hambre, enfermedades. En los mejores momentos, vivieron en
cuartuchos. Mandelstam degeneró mentalmente. Sufría paranoias que le llevaron
primero a un intento de suicidio y que finalmente contribuyeron a su muerte
final. Por temor a ser envenenado, en el campo de concentración en el que pasó
sus últimos meses, apenas probaba la poca comida que le daban.
En
su poesía, Mandelstam no buscaba la evasión de lo terrenal, de lo corriente,
del espacio y del tiempo. “La tierra no era una carga para él, ni mucho menos
una triste casualidad, sino un palacio divino dado por Dios”. No cree en otra vida
sino en esta. Y cree que el poeta está relacionado con un interlocutor
providencial y que no está obligado – como el escritor no poeta - a ser mejor
que su época, que su sociedad. Él se sentía igual a los demás, no por encima,
pero creyendo en la libertad interior del hombre, aquella que, si se ejerce, lo
hace inalienable. Para él “la primera obligación del hombre es vivir”.
En
sus últimos años, confinado en un campo de concentración, Mandelstam era un
hombre muy envejecido, de mirada extraviada, de presencia casi salvaje. Nadiezhda
dedica los últimos años de su vida a intentar reconstruir esos momentos que no
pudo acompañar. Sin desfallecimiento, indaga a través de quienes pudieron
compartir algún periodo de esa época decisiva. No se fía de muchos de los
testimonios, pero colecciona los datos más verosímiles y, con ellos, trata de
imaginarlo en sus últimos meses, en el horror de su enfermedad en condiciones
tan adversas; trata de recuperar su imagen, la transcurrida presencia de una
vida tan querida que le han robado. Lo que expresa es un gran amor, aunque lo
haga sin palabras cariñosas, sin enfáticos sentimentalismos. Lo suyo es una
entrega devota, un seguimiento arriesgado. Termina así un relato que es admirativo,
pero no hagiográfico. Concede a su marido un gran valor humano que no está
basado en unas virtudes presumibles – aunque no haya más remedio que mencionar algunas
de ellas – sino en el valor intrínseco de un hombre que quiere ser auténtico,
libre, que quiere cumplir con su mandato vital, más allá de una extenuada esperanza.





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