1. Me pregunto qué más dará callarse la
boca de una vez que seguir escribiendo. O tal vez sería más esclarecedor
plantearse qué es lo que uno persigue con sus poemillas. En cualquier caso
necesitamos reacciones a nuestros gritos y gemidos. Nos hace falta la opinión
ajena respecto a nuestra existencia, sea para amoldarnos a ella (a su opinión)
o para reafirmarnos en la nuestra.
El caso del creador es peculiar porque él mismo se forja su propio modo de comunicación (eso que llaman estilo) y hasta cierto punto selecciona a su público. Y Rimbaud por mucho que dejara de escribir siguió necesitando la atención ajena, aunque sólo fuera en charlas comerciales e intrascendentes con canallas ramplones y con el fin de ejercitar su desprecio y despertar el ajeno (pero no se olvide que el desprecio es atención negativa). Y los kafkas y pessoas sabían que su público estaba por llegar. Y las rabietas del Schopenhauer anterior al éxito son un buen ejemplo de lo que pesa la losa del caso omiso hasta en las espaldas del más robusto. Y todo Nietzsche puede ser «interpretado» como la afonía crónica del que se pasa la vida desgañitándose y vociferando «¡aquí estoy yo!»… Nietzsche, se me ocurre ahora mismo, no perdió la razón sino la voz; lo suyo no fue demencia sino afonía.
El caso del creador es peculiar porque él mismo se forja su propio modo de comunicación (eso que llaman estilo) y hasta cierto punto selecciona a su público. Y Rimbaud por mucho que dejara de escribir siguió necesitando la atención ajena, aunque sólo fuera en charlas comerciales e intrascendentes con canallas ramplones y con el fin de ejercitar su desprecio y despertar el ajeno (pero no se olvide que el desprecio es atención negativa). Y los kafkas y pessoas sabían que su público estaba por llegar. Y las rabietas del Schopenhauer anterior al éxito son un buen ejemplo de lo que pesa la losa del caso omiso hasta en las espaldas del más robusto. Y todo Nietzsche puede ser «interpretado» como la afonía crónica del que se pasa la vida desgañitándose y vociferando «¡aquí estoy yo!»… Nietzsche, se me ocurre ahora mismo, no perdió la razón sino la voz; lo suyo no fue demencia sino afonía.
Sea como sea, hasta los locos necesitan compañía; por eso se
la dan a sí mismos. En rigor, escribir no sirve más que para acompañarse
teatralmente a uno; y por añadidura —pero sólo después—
para seducir y recibir
admiración o devoción, que al fin y al cabo es la atención elevada a la enésima
potencia, la perfecta hipnosis intelectual. La escritura es el fruto de un ego
desbocado al que no sacian sus interlocutores físicos (el tendero, el
tertuliano de turno, la prole, su cónyuge, las o los amantes, el médico de
cabecera, las amistades) y quiere pensar en voz alta, compartir sus ruiditos
del alma, igual que el burro rebuzna, el lobo aúlla y pía el pajarillo.
El escritor es un narciso inseguro que necesita que alguien
más se asome al río a contemplar su reflejo. Pero hay una importante
diferencia: el escritor elige qué es lo que refleja de sí mismo; no se exhibe
directamente. Y no sólo el escritor, claro, lo mismo hace cualquier ser
medianamente pensante. ¿Qué hace uno cuando conversa con alguien sino
camuflarse y mostrarse a un mismo tiempo? ¿No es eso precisamente lo que
hacemos cuando intentamos seducir a alguien? La escritura es el arte de vestirnos
con palabras, de elegir día a día la indumentaria verbal en que más cómodos nos
sentimos.
Pero ¿para qué disfrazarme? ¿Por qué no adoptar un uniforme
definitivo y despreocuparme de una vez por todas del maldito asunto? Sí, sería
una opción, aunque dudo que me hiciera sentir mejor. Necesitamos gustar para
gustarnos. La autoestima pura es escasa y delirante: ahí tenemos a Alonso
Quijano, loco de atar y diciendo «yo sé quién soy» sin el menor asomo de duda,
pero hasta él necesitaba a Sancho Panza.
La escritura, en fin, es el único modo a mi alcance de lograr
cierto equilibrio interior entre la realidad y el deseo, así como la mejor manera
de sentirme inteligente en soledad, además de un pasatiempo barato y cómodo.
2. En cuanto al «caso Biedma», cierto
es que el cachondo sentimental dejó de dar en vida la vara escrita, entre otras
cosas porque sentía tener —y sintió bien— asegurada su progenie literaria, su
caterva de acólitos, su porción de posteridad. Dejó de escribir, sí, pero se
mantuvo activo en corros, círculos y circuitos literarios hasta prácticamente
el final, ejerciendo desde su parcela de influencia personal y de poder
editorial sobre lacayos y palafreneros. Así es fácil «callarse»; callarse así
es, de hecho, ampliar la voz, elevarla, darle eco.
Callarse de verdad consiste no en dejar de escribir
sino de publicar, de reeditar, de confeccionar antologías y obras completas,
reunidas o revueltas, de preparar publicaciones póstumas, de acudir a
simposios, recitales, etcétera, de conceder entrevistas y de colaborar en prensa,
de apadrinar a neófitos fervorosos que le otorguen a uno el título de precursor
y maestro. No; callarse de verdad es desaparecer literalmente, en ambas
acepciones del término. Biedma —y no es que yo tenga nada contra Jaimito, pero
es el ejemplo que siempre se cita para estos casos de pseudoafonía crónica,
además de un poeta de mi devoción— ni cayó en el silencio ni hostias:
sabía muy bien que cerrar el pico como lo cerró reportaría enormes beneficios a
su imagen y obra.
(A pesar de todo lo cual —y desviándome del tema de estos
párrafos— creo que hay algo en la obra de Biedma que la hace válida y
excepcional. Es una de las más logradas expresiones que conozco en lengua
española de «la mala conciencia». Su cinismo es, digámoslo así, auténtico.
Biedma fue un canalla que no se maquilló. Eso le salva. Eso hace que su voz
valga. Todo lo demás dicho y construido en torno a él será pronto agua de
borrajas. Lo que quedará de él será eso: la expresión de lo que Sartre llamaría
«mala fe».)
Si aceptamos que quizás hoy más que nunca el escritor deseoso
de reconocimiento ha de convertirse en su propio asesor de imagen y preocuparse
tanto por esa imagen como por su obra —puede incluso que más—, entonces cae por su propio peso que
el silencio de un escritor contemporáneo pasa primeramente por destruir esa
imagen o al menos descuidarla hasta su desaparición.

Miguel Merino (Madrid,
1973) vive desde hace una década en países de la ex Unión Soviética y
Centroeuropa dedicado felizmente a la supervivencia. Ha publicado los
poemarios Hierros invisibles (2010) y El
invierno metido en los pulmones, (2002; firmado con el nombre Juan
Miguel López Merino). Ha escrito ensayos (Roger Wolfe y el neorrealismo
español de finales del siglo XX, 2006;Sobre poesía posfranquista, 2008) y
ha traducido, entre otros, a William Carlos Williams (Antología bilingüe,
2010), a Hubert Selby Jr. (El demonio, 2011) y a Vladimir
Vysotsky. Podéis encontrar más información en miguelmerino.net


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