Los sábados de Lisboa son días
sagrados porque son días de libros viejos y paseos largos. Desciendo ritualmente
hasta la Feira de Ladra y después camino hasta el mercado de libros viejos de
la Rua Anchieta, en el Chiado. En los dos casos busco acariciar algunas venas
de la ciudad-mujer y encontrar libros a los que adoptar.
Husmeo los puestos de los alfarrabistas con la cotidianidad de
quien se mira al espejo cada mañana. Es necesario decir que “alfarrabista”, es
la palabra portuguesa que designa a los vendedores de libros viejos. Palabra
cuyo origen esconde además una sorpresa y una mentira. Los alfarrabistas, son
aquellos vendedores de alfarrábios,
es decir de libros grandes y viejos, que a la manera de Al-Farabi, el
comentarista árabe de Aristóteles no tienen, hipotéticamente, valor, son
desechables, como eran para los cristianos de la Edad Media las obras de este
filósofo musulmán.
Entre estos libros que
según su nombre, -en cada nombre hay una mentira- sólo sirven para quemarse o
para calzar una mesa coja como aquellos de Al-Farabi, hace una semana, encontré
un libro de Ramón Gómez de la Serna, titulado “Norah Borges”, una edición de la
editora argentina Losada, de 1947. El puesto en cuestión sí pretendía hacer
honor al nombre alfarrábico. Todos
los libros costaban un euro y se disponían sobre un gran tablón sucio y curvo
como patatas huérfanas. Al ver ese libro quedé inmediatamente impactado. No sólo
porque apareciese entre las habituales traducciones infumables de obras completas
de los que dicen ser los grandes clásicos de la literatura, los manuales de
álgebra de los años 80, los libros sobre la Guerra Fría y los voluminosos
misales que suelen poblar esos lares, sino también porque era un libro sobre
Norah, hermana de Borges, escrito por Ramón, genio sin par, libro que
desconocía y que de inmediato me llevaba a Buenos Aires y a unos meses que allí
pasé hace unos años.
Apenas vi el libro una
célebre frase que me ha acompañado durante mucho tiempo llegó a mí nuevamente: “Norah, una niña, dijo: Está hecho
para el amor”. Frase que pertenece al poema borgiano El Tigre, de 1977 (Historia
de la noche) y que hace referencia a aquella infancia compartida por Gorgie
y Norah en el Palermo provinciano y auténtico y las visitas a los tigres en el
zoológico de Palermo. Yo también caminaba ritualmente desde Palermo hasta el
zoológico para ver al tigre de Borges y creo que lo hacía para repetirme, como
hoy sigo haciendo, esa frase que pronunció Norah y que sigue resultándome
misteriosa y certera. Seré tal vez –he pensado- un hombre que camina
ritualmente repitiendo palabras, acariciando venas y buscando libros. Qué tipo
de hombres son esos -preguntarán algunos-. No tengo respuesta. No la quiero.
Iba y venía,
delicado y fatal, cargado de infinita energía, del otro lado de los firmes
barrotes y todos lo mirábamos. Era el tigre de esa mañana, en Palermo, y el
tigre del Oriente y el tigre de Blake y de Hugo y Shere Khan, y los tigres que
fueron y que serán y asimismo el tigre arquetipo, ya que el individuo, en su
caso, es toda la especie. Pensamos que era sanguinario y hermoso. Norah, una
niña, dijo: Está hecho para el amor.
(El Tigre, Historia de la Noche, 1977)
El libro de Ramón sobre Norah supone la interesante y
particular, como siempre en Ramón, narración de un mundo. Ramón retrata a la
Norah pintora pero también a la Norah hermana dejando entrever la necesidad de
comprender a Borges en diálogo con la poética vital y pictórica de su hermana.
Cito a Ramón:
“Jorge Luis, sigiloso y contradictor, es junto a Norah, el enrevesado y el
satánico, pero resultaba extraordinario en la convivencia ver con qué cuidado
dialogaba con su angélica hermana.
El guía de laberintos, el bifurcador, el que tendía hacia los largos paseos
en la noche, nunca hizo un gesto de carbón frente a los cuadros inefables de su
hermana, aleluyas amarillas de bautizo frente a las aleluyas tenebrarias en que
se empañaba el escritor que lleva al lector por los espacios del miedo.
Parecía como si Jorge Luis partiese siempre del punto claro del reloj de
sol de Norah para meterse en el intrincamiento novelesco de su obra.”
Y es que la frase de Norah
-real tal como cuenta el propio Borges en un texto dedicado a su hermana en
1974- y otras muchas que de ella conocemos, revela la inocencia, la aceptación como modo de vida.
Para Norah la pintura, el arte, la vida,
valga la redundancia, era, esencialmente dar alegría. Me pregunto hasta qué
punto Norah será una familiar lejana de Alberto Caeiro (maestro de Fernando Pessoa) para quien amar es la única inocencia / y la única
inocencia es no pensar. Norah que dejó escrito y dicho innumerables veces:
“En
mis cuadros he pintado jovencitos silenciosos que viven esperando el amor. Y el
amor no les llega en mis cuadros, pero ellos lo están esperando. Eso pinto”
me parece un Caeiro vivo del universo borgiano provisto de pinceles. El amor y
su esperanza frente al laberinto solitario del pesimista desasosegado.
En
Norah está la luz sin dolor, la claridad apolínea de las apariencias. “La vida
es apariencia verdadera”, escribió su hermano, pensando, quizá en Schopenhauer.
En la alegría de la apariencia, que también cantó Caeiro está Norah y no puede
estar Borges. En esa inocencia primitiva, prístina, que tanto canta Caeiro,
está Norah, que llegó a decir, algo, que rescata Bioy Casares en sus diarios
borgianos; “Los niños son anteriores al cristianismo”. Frase profundamente
caeriana que aparece reveladora de Norah y su estética esencial de la forma
limpia y que podría interpretarse en el sentido profundo y literal del regreso
de los dioses pessoano.
Los tigres de Norah son el
amor y la belleza sensible, las formas armoniosas, la libertad esperada, el
dolor olvidado. En cambio, los tigres de Borges anuncian el dolor de la
lucidez, la fatalidad del destino y de la belleza, enjaulada por miedo a su
terrible dolor, la esperanza del amor herida en su luz. Borges busca el otro
Tigre, “el que no está en el verso” para usar sus palabras. Borges busca y no
encuentra los Tigres hechos para el amor que vio su hermana o quizá el Tigre
platónico, el arquetipo de nuestra bella crueldad.
Recuerdo, pensando sobre
esta esperanza amarilla del amor, un poema de Fernando Pessoa, aparentemente
escrito en 1932. Un poema que revela muy bien, los tigres de Pessoa, tigres
borgianos y nunca caerianos o hijos de Norah. Leamos:
O que o seu
jeito revela
Sabe à vista
como um gomo,
E a vida tem
fome dela
Nos dentes do
seu assomo.
E nele mesmo,
vibrante
A esse corpo de
amor,
Espreita,
próximo e distante,
O seu tigre
interior.[1]
Este, que parece ser un
poema de amor frustrado según apunta Ángel Crespo, deja entrever, cómo el amor
que no llega, se encuentra enjaulado tras una hambrienta forma. Agazapado está
el amor y su dolor, siempre en la belleza que nos llama -podemos intentar
traducir aquí-. Pienso en los tigres de Norah y en los de Borges, me detengo y
escribo:
Fatal y ligera como un fuego
la belleza que nos mata
enjaulada por miedo a su dolor
el amarillo en los ojos del ciego
la esperanza del amor
otra vez la herida de la luz
sus garras bellas y certeras:
Un tigre junto a Homero
Nuestro hogar
Pablo Javier Pérez López
[1] Lo que su gesto revela /surge a la vista como
un botón /y la vida siente de ella su hambre /en los dientes de su asombro /y
en él propio, vibrante /ante ese cuerpo de amor, /vigila, próximo y distante,
/su tigre interior.
Pablo Javier Pérez López (Valladolid,1983)
es Doctor en Filosofía. Autor del libro 'Poesía, Ontología, y Tragedia en
Fernando Pessoa' (Manuscritos, Madrid, 2012), coeditor de 'Viajes, literatura y
pensamiento' (Uva, 2009) y 'El pensar poético de Fernando Pessoa' (Manuscritos,
Madrid, 2010). Ha editado junto a Jerónimo Pizarro 'Ibéria Introdução a um
Imperialismo Futuro', de Fernando Pessoa, (Ática, Lisboa, 2012). Infancia,
pensar poético, voluntad de ilusión y la filosofía de la cultura portuguesa son
hasta el momento sus temáticas habituales.
Reseña sobre EL OFICIO DE ESCRIBIR, último libro de poesía publicado por Pablo Javier, en LA GALLA CIENCIA, a cargo de Samuel Jara Miñano.

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