El salmo final de la obra proustiana comienza su acción de
gracias cuando el narrador de la Recherche se cruza por última vez con
Mlle de Saint-Loup y advierte en los delicados bucles de su nuca el alma
intacta y grácil del esprit de Guermantes, el avecilla ida del cuerpo de
un difunto posándose delicadamente en la espalda de una mujer joven, recordando
al narrador que ha llegado la hora de comenzar su obra.
Elle me
disait qu'il était temps de commencer. Me decía que ya era hora de
comenzar... anuncia Proust en las páginas finales del libro último de la Recherche,
cuando su obra, a semejanza de una iglesia, una catedral, Las mil y una
noches y las Mémoires de Saint-Simon -los modelos citados
expresamente-, deberá entonar la epifanía que ilumina la vida que comienza
después de la muerte.
El esprit
de los Guermantes no solo es uno de los temas recurrentes de la Recherche,
encarnado como nadie por Oriane, duquesa de Guermantes. Su antecedente directo
es el esprit de los Montemart, tantas veces citado por Saint-Simon. En
su correspondencia, Proust subraya en varias ocasiones la diferencia esencial,
muy sustantiva, entre el uno y el otro. En las Memoires se habla mucho
del esprit de los Montemart; pero -y esto es lo esencial- no se da un
solo ejemplo concreto que permita al intrigado lector hacerse una vaga idea de
la gracia propia que definía a los Rochechouart-Montemart a partir del siglo
XVII. Proust, por el contrario, consagra muchas páginas a describir por lo
menudo las sutilezas, humor y rasgos particulares de un esprit -el de
los Guermantes- que poseía, posee y poseerá una arquitectura espiritual propia
-cuyos cimientos son perceptibles y podemos reconocer a través de la retórica y
el gran arte de la conversación de Oriane de Guermantes- y una gracia física
genuina que el narrador de la Recherche descubre en el avecilla ida del
cuerpo difunto de un Guermantes cuando su alma emigra y toca con su esprit
el rostro -espejo del alma- de Mlle de Saint-Loup, hija del primer amor
infantil del narrador, Gilberte Swann, y de su mejor amigo, Robert de
Saint-Loup, un Guermantes.
Cuando el
narrador soñaba con Oriante de Guermantes -tras descubrir su silueta en una
revista ilustrada donde se daba noticia gráfica de un baile de máscaras, en los
salones de la princesa de Léon-, por los años que, al final de la pubertad,
estaba enamorado de Gilberte Swann -futura madre de Mlle de Saint-Loup-, la
creía constituida “de una materia distinta a la del resto de las personas
vivas”, con los colores de una tapicería antigua o la vidriera de una
iglesia de otra época, vestida con un traje de hada, iluminando todo cuanto
tocaban sus ojos con un rayo de luz, que es el tema de la apertura del Cántico.
Descendiente de Geneviève de Bravant, la gloria de su apellido era muy anterior
a Charlemagne. Y su presencia olímpica en la iglesia de Combray, donde la
descubre físicamente el narrador, permite recordar la alcurnia mítica de su
linaje, reinando majestuosamente sobre los vivos (eclipsados por el fulgor de
su personalidad) y sobre los muertos, cuyas tumbas se encuentran bajo las losas
de la nave principal de la iglesia.
Mucho
después, cuando el esprit de los Guermantes se posa, como el alma de un
difunto que vuela, en forma de avecilla, hasta ponerse en la espalda de Mlle de
Saint-Loup, recordando al narrador que ha llegado la hora de comenzar su obra,
Oriane, ya muy anciana, sigue reinando en su salón de cuento de hadas caídas en
el tiempo saturnal de la historia, con la gracia de una divinidad solar. Y su
esposo, Basin, duque de Guermantes, príncipe de Laumes, parece un Zeus
Olímpico, fumándose un puro, rodeado de siervos y divinidades menores, de muy
distinto linaje. Los vivos y los muertos reunidos en esa matinée última,
en el salón de los Guermantes, están trabados en la memoria del narrador por
las llamas de un fuego que no se extingue con el paso del tiempo y la muerte.
C'est que
longtemps après que les pauvres morts sont sortis de nos coeurs, leur poussière
indifférente continue à être mêlée, à servir d'alliage, aux circonstances du
passé, comenta el narrador: Y es que mucho tiempo después de salir de
nuestro corazón los pobres muertos, su polvo indiferente sigue mezclando,
sirviendo de aleación, a las circunstancias del pasado. En verdad, en el
caso de la escena final de la Recherche, se trata de polvo, si; pero
polvo enamorado.
Por vez
primera, al final de su historia, el narrador sospecha que Oriane de Guermantes
pudo ocultar una o varias historias de amor, lejos del lecho conyugal. Su
marido, Basin, ha vuelto a traicionarla; ahora, a su edad provecta, tiene por
amante, previsiblemente última, a Odette de Crécy, quien, tras enterrar a Swann
y monsieur de Forcheville -su segundo esposo, después de haber sido su
penúltimo amante-, ya muy anciana, igualmente, sigue coqueteando con una nueva
corte de hombres jóvenes. Sobre Gilberte -el primer gran amor del narrador, una
amiga de Albertine, la mujer por la que el narrador creyó que podría morir- la
duquesa de Guermantes deja caer una sentencia sumarísima: “Non, voyez-vous,
conclut-elle, cest une cochonne”. “No -concluyó-, le digo que es una
cochina”. Me pregunto si “cochina” traduce con fidelidad el amor lésbico y
el vicio de esa “cochonne”.
El paso
inexorable del tiempo sobre las ajadas fisonomías de los protagonistas de todas
las historias, íntimamente entrelazadas en distintos lechos de amor, no resta
un ápice al fulgor de intactas pasiones. Basin de Guermantes, anciano, intenta
secuestrar a su amante con la misma fiebre que atormentaba al narrador víctima
de los celos atizados por el equívoco comportamiento de Albertine. Fiebre, la
de Basin, idéntica a la de Swann, víctima de la misma Odette, Circe de opereta
prostibularia: tan inculta, trepadora y snob como cuando sedujo a Swann. Ella,
Odette, ya muy entrada en años, pero siempre coqueta, no duda en intentar
seducir al narrador contándole -Sherezade lúbrica- muchas de sus historias de
mujer entretenida, furcia de lujo y mucho mundo, creyendo, ilusa, que sus
devaneos amorosos y carnales pudieran ser materia novelesca para un literato
que escribiese novelas rosa bombón y crónicas mundanas en las páginas de
sociedad de Le Figaro, como hizo Proust.
El narrador
descubre en el horizonte los brumosos contornos sin orillas de la muerte
-“vieja capitana” en un poema de Baudelaire, cuya obra es esencial en la
formación de la materia proustiana-, pero el recuerdo del amor le permite
contemplar con serenidad tal perspectiva: Depuis longtemps déjà le souvenir
de l'amour m'aidait à ne pas craindre la mort. Car je comprenais que mourir
n'était pas quelque chose de nouveau, mais qu'au contraire depuis mon enfance
j'étais déjà mort bien des fois. [ .. ] Moi je dis que la loi cruelle de
l'art est que les êtres meurent et que nous-mêmes mourions en épuisant toutes
les souffrances pour que pousse l'herbe non de l'oubli mais de la vie
éternelle, l'herbe drue des oeuvres fécondes, sur laquelle les générations
viendront faire gaiement, sans souci de ceux qui dorment en dessous, leur
“déjeuner sur l'herbe”... El recuerdo del amor me ayudaba, desde hacía
tiempo, a no temer la muerte. Pues comprendía que morir no era cosa nueva, sino
que, por el contrario, desde mi infancia había muerto ya muchas veces. [ ..
] Yo digo que la ley cruel del arte es que los seres humanos mueran y que
nosotros mismos muramos agotando todos los sufrimientos, para que nazca la
hierba no del olvido, sino de la vida eterna, la hierba firme de las obras
fecundas, sobre la que vendrán las generaciones a hacer, sin preocuparse de los
que duermen debajo, su “almuerzo en la hierba”.
Cuando su
obra culmina, al fin, iluminando los más remotos senderos perdidos en la bóveda
sin estrellas del tiempo pasado -al fin recuperado, a través de la palabra,
iluminando la oscuridad impenetrable del ayer con las piedras luminosas que
jalonan el camino recorrido, dándole un sentido-, el narrador descubre que
aquella agonía infantil que lo atormentaba, esperando el beso amado de la
madre, era una primera forma de morir, en vida, como una flor, una planta o un
árbol que mueren sin recibir el agua que les da la vida.
A lo largo
de su existencia, el narrador conoce una y otra vez esa misma sensación de
vacío que anticipa la muerte en vida de los seres privados de amor, como las
plantas y los seres vivos privados de agua. Hasta que, al fin, el polvo áureo
de los muertos le recuerda que las cenizas del amor tienen sentido. “Serán
ceniza”, dice de sus restos mortales el Quevedo de Amor constante, más
allá de la muerte, “más tendrán sentido”. “Polvo serán, más polvo
enamorado”.
El amor es
un fuego y un manantial. Una llama que ilumina nuestras vidas. Y un venero que
nos siembra con sus jugos y semillas. En la zarza ardiendo del lecho amoroso,
los amantes ofician la celebración del amor. En la soledad de una noche oscura,
Sherezade y el narrador de la Recherche se salvan y nos salvan contando
historias, hilando un tejido inmaterial que construye la arquitectura
espiritual donde moran los vivos y los muertos, dando cobijo y sentido al esprit,
el espíritu, el alma de lo que fuimos, somos y seremos, polvo iluminado por la
llama de un fuego que perdura después de la muerte, a través de la palabra,
semilla de Eros y Logos.
Juan Pedro
Quiñonero

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