La
contemporaneidad en el mundo de las artes no es una cuestión de fechas, de
tiempo externo o simple cronología, sino de algo más esencial y profundo que
atraviesa el corazón de cada época. El artista contemporáneo –y lo que digo
vale igualmente para el poeta– es aquel que ilumina con su sensibilidad y con los
medios expresivos que le son propios el tiempo que le tocó vivir; que sabe
reconocer lo que un filósofo llamó “la realidad vital” de su época, que no es otra
cosa que la adecuación de su conciencia al mundo que le rodea, y, así, vive y
se expresa de acuerdo con esa realidad de hoy.
A modo de
juego, y para ilustrar bien lo que quiero decir, propongo una parábola acerca
de la contemporaneidad en la poesía y en las artes que hubiera probablemente hecho
las delicias de los fabulistas del XVIII. Aquí va, desnuda de artificio, clara y breve, como decía
Platón que podían enunciarse las ideas.
Despierto y
veo que, afuera, el día está gris, triste, presagiando lluvia. ¿Me decidiré a
salir? Al poco de caminar por la calle comienza a chispear, a caer casi como
una caricia del cielo la lluvia, suave al principio, pertinaz, más intensa cada
vez. Nos sorprende entonces ver que hay gente –poca– en la calle, pertrechada de
su paraguas, personas cautas y precavidas que ya salieron de sus casas
previendo el inminente aguacero. Y abren, no sin cierto orgullo de sí mismas,
el paraguas salvador que las protege de aquel diluvio en miniatura.
Éstas viven en
la estricta contemporaneidad, se han anticipado a lo esperable: su sensibilidad
de meteorólogos urbanos no les ha traicionado. Están en el mundo real. Son
personas de las que se suele decir que “se han adelantado a su tiempo” con
indudable frase errónea, porque nadie de hecho se adelanta a su tiempo, sino
que son personas que presienten el cambio que vendrá y, como si ya se hubiera
producido, actúan en consecuencia. La lluvia les da la razón.
Pero ahora ha
escampado. Los feos nubarrones se alejan y hay incluso un tibio sol que se abre
paso entre las nubes deshilachadas. No menos nos choca entonces observar a
ciertos transeúntes que, pese a la tregua del cielo, siguen impasibles con sus
paraguas abiertos andando maquinalmente por la calle cada vez más seca. Estos
ya no viven su día. Han caído de lleno, sin notarlo siquiera, en el automatismo
de los gestos. Cesó la lluvia, pero ellos creen en una “tradición” que ya no
existe. No viven con conciencia de su momento, simplemente mimetizan, repiten.
Y claro es, no
faltará tampoco el viandante que ha salido cuando la lluvia era un hecho, una
realidad sucediendo, y desplegó el paraguas cuando descargaba el chaparrón y lo
cerró luego cuando cesó. Se diría que es lo normal, lo sensato, lo juicioso, lo
que cabe esperar de alguien con sentido práctico (y que además tenga un
paraguas a mano). Es el artista clásico.
El artista
clásico se convierte en un contemporáneo de su tiempo con tal de saber abrir y
cerrar el paraguas en el momento justo. ¡Ah, qué confortable y correcto ser
clásico…!
Pero la realidad
del arte, como cualquier otra, es compleja, y no se agota en un par o tres de
esquemas tipológicos. Siempre hay más: ved a ese otro, que salió de su casa
cuando llovía a cántaros y sin llevarse paraguas. Quiere vivir la vieja dicha
de mojarse a cielo abierto como una señal de rebeldía contra todo: contra la
ciudad, la seguridad, las marquesinas y civilizados soportales. ¿Es un
primitivo?, ¿un romántico?
Tampoco falta
–y la figura juvenil de Azorín nos lo recuerda– el que sabiendo que el sol
vuelve a lucir y que el riesgo de lluvia pasó, sale de su casa con un paraguas
provocativo, no diré inútil, sino con otro sentido e intención. ¿Un paraguas rojo
tal vez?
Todos ellos, a
su modo, desde el momento en que sus actitudes están sujetas a la misma realidad
cambiante, tratan de vivir con mayor o menor fortuna la contemporaneidad. Pero
está claro, como dijo Ezra Pound, que no
todos los hombres viven el mismo tiempo.
Alejandro Duque Amusco


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