Quizá para un lector
español el concepto de poesía experimental (esto es, no explícitamente
narrativa o discursiva, no organizada en torno a un “yo” lírico reconocible y
conocedor de todos los hilos del poema, centrada en la exposición de las
trampas del lenguaje y abierta a que el lector complete la ausencia de contexto),
todavía sea difícil de digerir. Y no porque no existan poetas, en nuestra
lengua, que la practiquen: ahí están los ejemplos de autoras como Olvido García
Valdés o Eli Tolaretxipi, entre otros muchos. Pero es cierto que la tendencia
“oficial”, el cauce por el que discurren los principales premios, publicaciones
y medios de difusión, está más bien del lado del poema de la experiencia, el
“yo” omnipresente y pesaroso (por cuanto alienado del mundo) del romanticismo
que, en sus más altas cotas, constituye una voz sublime; pero que al cabo de
muchos años y múltiples procesos de domesticación, y aunque en pocos foros se
reconozca, suena peligrosamente a déjà
vu.
Algo de esto
experimentó Rae Armantrout cuando, a finales de los sesenta, entró en la
universidad con un puñado de poemas escritos en soledad bajo el influjo de
Emily Dickinson y William Carlos Williams, aunque sin apenas estímulo
intelectual externo, en los cuales ya apuntaba el estilo que caracteriza toda
su obra. Se trataba de poemas minimalistas, hechos de retazos discursivos de
los que nada se excluía por el hecho de no ser explícitamente literario (la
frase oída al paso en la calle, el anuncio de televisión, el titular del
periódico); poemas que empezaban a exponer la banalidad de la sociedad
americana contemporánea pero sin pretensión evaluadora, sino únicamente con el
afán de explorar dónde quedaba el sujeto (o más bien, en qué parámetros
lingüístico/mentales fluctuaba) entre tanto estímulo superfluo; poemas que
terminaron coincidiendo, en lo fundamental, con los presupuestos de la poesía
del lenguaje y las teorías de la deconstrucción, siempre a posteriori; pero que, en el ambiente de los talleres literarios
de la época, dominados por el poema post-confesional exento de la magia que
Sylvia Plath o Robert Lowell le supieron imprimir décadas atrás, rozaban
descaradamente el narcisismo per se,
sin poco más que ofrecer. Las tendencias, no obstante, cambian muy rápidamente
en los Estados Unidos, y algo ha cambiado en las últimas décadas para que una
poeta como Rae Armantrout recibiera el premio Pulitzer en 2010.
[1] Esta visión postestructuralista
del sujeto como un constructo cultural, aunque él crea en su originalidad, me
recuerda al inquietante episodio de la película Blade Runner en el que la replicante trata a toda costa de
justificar su existencia a través de unas fotos de infancia que le han sido
suministradas. Todos tenemos recuerdos, claro está. Pero hasta nuestra manera
de recordar está mediatizada por el exceso de mensajes prefabricados, por toda
esa “basura” propia de las sociedades postmodernas donde ya Baudelaire
profetizó que había que hurgar, si es que el poeta quería seguir reclamando la
validez de su quehacer poético como recinto de conocimiento y dignidad humana.
Natalia Carbajosa (El Puerto de Santa María, España, 1971), es Doctora en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca y autora de cuatro
libros de poemas. Ha traducido al español obras de autores angloamericanos como
H.D. (Hilda Doolittle, 2008), Scott Higtower (2012), la antología de poetas
contemporáneas estadounidenses Mujeres a
los remos (2012) y la primera parte de las memorias de Kathleen Raine
(2013), en colaboración con Adolfo Gómez Tomé. También ha publicado un ensayo
titulado Shakespeare y el lenguaje de la
comedia (2009). Ha colaborado con el profesor de ciencia Juan Ortega en
recitales sobre poesía y astronomía y con el cantante Antonio Arias, del grupo
Lagartija Nick, autor de la canción sobre su poema “Desde una estrella enana.”
Tiene un blog con artículos sobre poesía en la revista digital Jotdown y ha colaborado con otras
revistas como El coloquio de los perros y
Cuadernos del matemático. Poemas suyos
han sido traducidos al inglés y al rumano.
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