Leopoldo
María Panero es un inmenso poeta que, más allá de su malditismo y su marginalidad impuesta por los ortodoxos del
lenguaje, deja una obra original y sorprendente. Obra escrita a sangre y fuego donde
se muestra la terrible lucidez de alguien que hizo de la literatura una forma
de vida. Acercarse a ella es asomarse al abismo de su atormentada existencia, para
sentir así el vértigo de toda la belleza convulsa que encierra.
Gracias
a mis amigos Charo y Antonio, Huerga & Fierro Editores, tuve la suerte de
conocerle personalmente un 10 de junio de 2011. Compartir espacio y palabras
con él, en la caseta de la Feria
del Libro, fue una experiencia inolvidable. Leopoldo firmaba ejemplares del
florilegio Sobre la tumba del poema,
una antología de cuya selección y edición fui responsable.
Muchos
son los recuerdos e impresiones que, de esos dos encuentros, guarda mi memoria.
Si tuviera que resumirlos en pocas líneas diría que una de las cosas que más
huella dejó en mí fue su fuerte personalidad, tan admirada por quienes le
queremos, su discurso ingenioso y brillante —un tanto ininteligible, eso sí— que,
salpicado de citas y algún chiste que otro, ponía una nota de humor corrosivo en
la conversación. También me impactó la naturalidad
con que se mostraba ante un público totalmente entregado a su pluma. Emocionaba
ver el respeto con el que sus lectores se acercaban para que les firmase un
ejemplar. Quizá no hubiese una larguísima cola de público, como era el caso de
autores más famosos, pero sí un
continúo goteo de fieles al poeta.
Adjetivos
como ¡maestro! o ¡grande!, en boca de sus admiradores, me sonaban —por su sinceridad—
a algo nuevo y realmente verdadero.
Continuando
con la línea de reeditar los libros más significativos y/o agotados de Panero,
nuevamente Huerga & Fierro Editores confiaron en mí para la edición de Narciso en el acorde último de las flautas en 2013. Ese año, por circunstancias
personales, no pude estar con Leopoldo como hubiese deseado. Recuerdo que,
junto a Noelia Illán, Joaquín Baños, Samuel Jara y Ángel Paniagua, creo
recordar, teníamos previsto acercarnos a la Feria del Libro. No pudo ser, como ya digo.
En
este marzo mortal en que escribo estas palabras para mis amigos de La Galla Ciencia, más que nunca se
ilumina en mí el recuerdo de este grande llamado Leopoldo María Panero. Y
pienso en la soledad de los magnolios del Retiro, sin la cálida meada de
Panero, y en mis queridos Charo y Antonio, tan huérfanos ahora. Llegado a este
punto, justo es decir que, en Madrid, nadie cuidaba de Leopoldo como ellos.
Panero lo sabía, quizá por eso en su libro Sombra[2]
le dedica a Challo Fierro el poema
XLIII.
«Challo,
eres la única novia de la Nada
Tu
pelo es una voz en el desierto
Donde
brilla el oro de la página
¡Oh
tú Muerte!, señora del verso,
Eres
mejor que el alma y mejor que la vida
¡Oh
tú Challo!, señora única del verso».
Si
el mundo no revienta antes, en 2014 el Parque del Retiro acogerá otro año más
su Feria del Libro. Huerga & Fierro Editores, tras la reedición del mítico Last river together, editará Rosa enferma uno de sus libros póstumos.
Pero
esos días de autor firmando libros ya no serán lo mismo sin Leopoldo María
Panero. No pueden serlo.
Descanse
en paz el poeta que acaba de dejarnos —rotos y solos— llorando sobre el cadáver
del poema.
ANTONIO MARÍN ALBALATE
Cartagena,
marzo de 2014
[1] Leopoldo María Panero. Papá, dame la mano que tengo miedo. Cahoba
Ediciones, 2007.
[2] Leopoldo María Panero. Sombra. Huerga & Fierro Editores,
2008.
No hay comentarios:
Publicar un comentario